#4 TiemposDeportesRudeza necesaria

De tu mano, Bob | Columna de Roberto Rocha “El Mojado”

Rudeza necesaria

Agosto estuvo cabrón y me gustaría que el Bob lo supiera. Pero si estuvo cabrón fue justamente por su ausencia.

Bob es mi papá, a quien mi hermana y yo le dimos ese apodo cuando éramos muy pequeños y ya ni me acuerdo cuando fue la última vez que le dije papá. Ya nunca más podré decirlo, pues el Bob murió el abril pasado y esta es la primera vez que me animo a escribirlo.

Agosto estuvo cabrón y culpo de ello, en parte, a los toros.

El 30 de abril de 2017 fuimos mi papá, Daniel, mi hermano, y yo, a la Plaza Monumental de Aguascalientes, a una corrida de toros de la Feria de San Marcos. Nunca pensé que solo un año después, el Bob ya no estaría entre nosotros.

Mi papá me llevó a los toros desde muy pequeño. Por eso, a veces me cuesta trabajo explicar esa afición. Pero fue adquirida y desde entonces no pude alejarme de ella.

Una vez, cuando yo tenía 8 o 9 años, fuimos a comprar los boletos para una corrida y de pasada, nos acercamos a los corrales para ver a los toros que se lidiarían en ese festejo. Ahí llegué yo, de la mano del Bob, quien me cargó para poder ver a las reses desde la ventana del corral.

A nuestro lado estaba un señor hablando con otro sobre las cualidades de los toros. “Ese se ve bastante bravo, ojalá le toque a mi hijo. Este tiene algunos problemas”.
Cuando el interlocutor se fue, mi papá quiso acercarse al señor para platicar con él. Era el papá del matador Humberto Flores, cuya sencillez llamó la atención del Bob.

Por la tarde, en la Plaza de Toros El Paseo, a la que también llegué de la mano del Bob, Humberto Flores dio una actuación destacada, aunque no recuerdo con qué trofeos salió, por lo que mi papá pidió acercarnos a él del otro lado de la puerta de cuadrillas. Ahí, Humberto, también con gran sencillez, me regaló una postal que de un lado tenía una fotografía suya y del otro, su autógrafo.

Desde ahí, mi papá tuvo la idea de invitar a Humberto Flores y a su papá a comer a la casa, donde el Bob les haría la mejor paella de San Luis. Pasaron 20 años y ese plan nunca pudo realizarse.

También desde ahí me nació una fascinación por la tauromaquia que he mantenido hasta ahora. A la Fiesta Brava le debo también mi único premio de periodismo y todo por una afición obtenida desde la infancia. Por eso considero un error que se quiera prohibir la entrada de niños a las corridas de toros. Y que haya tantos que quieran denostarlas sin haber estado nunca en una Plaza.

En diciembre pasado, sin saber que sería nuestra última Navidad juntos, mi hermano decidió regalar al Bob el libro Diálogo con Navegante, en el que José Tomás y algunos literatos hablan acerca de la cornada que casi le cuesta la vida al diestro de Galapagar en Aguascalientes, en 2010. No sé si mi papá alcanzó a leerlo, ni lo he hecho yo tampoco.

Por eso agosto estuvo cabrón. Entre otras cosas, porque sabía que iría a los toros, por primera vez, desde que mi papá murió. Y pasó. Fue un sábado en un festival taurino en Santa María del Río.

Tuvo que ser ahí porque la Plaza de Santa María me fascina, pero también porque no quise ir a El Paseo. No aún. Tal vez en noviembre.
Pero aunque nunca fui a los toros a Santa María con el Bob, su recuerdo me alcanzó varias veces. Y seguirá pasando cada vez que vaya a una corrida. El recuerdo de cómo mi papá me inculcó esa afición estará ahí siempre.

Ese sábado en Santa María, el momento más difícil fue cuando Claudia, la esposa de Moy, me preguntó cómo había llegado a los toros. Tuve que contarle que, como cuando era niño y como será desde ahora, a los toros llegué de la mano del Bob.

@RconRMacuarro

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