julio 6, 2022

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#4 Tiempos

Coronavirus y la revolución de las conciencias | Columna de Oscar Esquivel

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coronavirus

Desafinando

 

El mundo corre de prisa: la tarea diaria, el tráfico, las deudas, la salud. Caemos en el aturdimiento emocional, la velocidad que se imprime para ejercer una acción constante, el querer mejorar todo en poco tiempo, permite que caigamos en el error de la desesperación.

Prisioneros en nuestras propias exigencias, ya no se razona, olvidamos la ética que debería conducirnos al encuentro a la razón colectiva. Por el bien de todos hagamos conciencia de no correr para alcanzar metas personales, más bien, para generar un conjunto de acciones donde se permita la entrada de las ideas, debatirlas y como resultado, se obtendrán beneficios para alcanzar el bien común.

Muy pocos hombres comprenden lo que es la conciencia, muchos otros como raza humana, tal vez solo alcancen a ceñirse al “deber”, lo que significaría actuar de manera conducente ante situaciones marcadas por las normas o las leyes. Pero el generar conciencia va mucho más allá, es el deber, sumando al pensamiento crítico, guiado de igual forma, por su propia moral, como resultado, nacerá “un hombre de conciencia” y de aquel que se jacte de ser una persona universal.

“La verdadera seguridad es el testimonio de la buena conciencia”: Santa Teresa. El polímata, suizo del siglo XVII un observador del arte, las ciencias, la política y las humanidades, Jacques Rousseau, menciona: “Existe para toda la especie humana una regla básica anterior a la opinión y es la conciencia; inflexible debe ser esta dirección, la regla a las que todas las reglas deben referirse”

En este contexto, la conciencia debe ser la mejor aliada, y más, atrevernos a participarla en un momento crítico como el que vivimos, la conciencia es el mejor consejero y también nuestro implacable juez, no solo a conveniencia particular, escuchemos la voz de la conciencia y el mundo será otro.

Limitar el florecimiento de la conciencia colectiva da como resultado la provocación, el acallar los gritos de los insensatos como lo hacen con nosotros mismos de manera natural, sin sustentos firmes, mal informados; comúnmente los generadores de la murmuración, los enredos y lo peor , convertidos “opinadores”, negados a tomar un libro, enterarse del conocimiento adquirido por otros, ellos son los que conforman el odio hacia todo aquel que pretenda realizar una “revolución de las conciencias”.

Los dias transcurren, estamos en el numero veinte desde que el primer infectado por el coronavirus dio positivo en nuestro país, las noticias de China venían, lo veíamos tan lejano, y el tiempo nos alcanzó, la pandemia se propagó por el mundo, asustando, atemorizando, reventando la economía, caídas de las bolsas de valores por el mundo, las monedas devaluadas; la poca información de los jefes políticos del mundo hacia sus ciudadanos, hizo de los reclamos exigencias de políticas públicas adecuadas, técnicas y contundentes.

En nuestro país no fue diferente, más bien, no es diferente. Si la polarización ya era marcada, se acentuó y creció como bola de nieve; basta ver unos minutos las redes sociales, todos nos convertimos en jueces de la conciencia, “El Presidente no tiene conciencia, es un loquillo”, “esconden cifras”, “los ricos nos trajeron la enfermedad, y él como si nada”, toda clase de calificativos y demostraciones poco afectivas hacia sus “madres” la de él y sus colaboradores.

En las redes, los muros de los usuarios llenos de noticias falsas, y aun así, desinformados suben a la red sus contenidos, provocando irritación social, pánico y hasta enemistades, la conciencia muriendo lentamente.

La irresponsabilidad es el signo de Caín, bien puesto y bien llevado por muchos, comenzando por los “grandes periodistas de México”, un tal Lopez-Doriga difundiendo la muerte del empresario Kuri, socio de Carlos Slim, secundado por un ejército de periodistas corruptos, afines a los regímenes anteriores, Carlos Loret, el cínico de Ciro Gómez, Fernanda Familiar por nombrar algunos, se mostraron como buitres carroñeros, querían un muerto para denostar y dejar caer su odio… hasta el día de hoy, el empresario no ha muerto.

Desafortunadamente falleció el primer hombre por el Covid -19, el fallecido era un hombre de 41 años, padecía diabetes, una enfermedad que da mayor condición de gravedad de los síntomas por el virus. El 3 de marzo a pesar de la advertencia de no acudir a actos masivos, asistió al concierto de un grupo llamado Ghost, en el Palacio de los Deportes, presentó síntomas y se internó el día 9 marzo, muriendo el día 18. Su deber: ir al concierto. Su justificación irresponsable: “ya había adquirido los boletos”. Si hubiera reflexionado responsablemente con conciencia, tal vez estaría aún vivo… cuando la muerte llama, ni Dios Padre.

Si no se toma conciencia, la irresponsabilidad de algunos dará la pauta para mayores contagios, como un ejemplo que aparentemente le afecta solo a una apersona que sin razonamiento lógico de sus actos, el presidente del Club Atlético de San Luis, viajó a España después del encuentro del Atlético con el Monterrey, la semana antepasada. A su regreso, conociendo la situación en España, hace caso omiso a las indicaciones de salubridad y no se somete al control de aislamiento de 14 días. Continuó realizando su vida como si nada, convive con los jugadores. ¿Qué estaría pensando el Sr. Marrero?, no solo expone su vida, si no la de cientos, miles de aficionados que acuden al estadio o los entrenamientos de los jugadores.

Sé que estamos aturdidos, nos sentimos vulnerables, se escuchan tambores que generan miedo, angustia. El coronavirus no debe llegar para quedarse, si hacemos lo que nos corresponde, y eso es primeramente tomar conciencia de no generar pánico, seguido de atender las recomendaciones, no asistir a eventos multitudinarios, lavarse las manos de manera constante, estornudar debidamente dentro del brazo, usar gel antibacterial, si se padece diabetes, hipertensión o enfermedades autoinmunes, hacer doblemente lo que se indica.

Del tamaño de la revolución de conciencia que formemos, de igual manera saldrá el coronavirus más rápido de nuestras vidas.

Nos saludamos pronto.

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#4 Tiempos

Monólogo sobre el destino | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

La libertad no lo es todo, eso es lo que digo yo. El hombre, además de libertad, necesita destino: aunque sea un poquito, aunque sólo sea en pequeñas dosis. ¿Se ha preguntado usted, estimado señor, qué haríamos en un mundo donde todo estuviera previsto y regulado; donde, en fin, no ocurriera nunca nada?

¡Qué bello es el verbo ocurrir! Ocurre lo que no había sido planeado, lo que escapa a cualquiera de nuestras previsiones. ¿Ha notado usted que a los hombres nos gustan las ocurrencias? Pues bien, ¿podría usted decirme qué es una ocurrencia si no un pensamiento que llega sin avisar, una idea no programada que se cuela en la conversación sin que nadie sepa de dónde ha venido ni adónde va, como el Espíritu? Una ocurrencia, si se vale decirlo así, no es un pensamiento pensado, sino un pensamiento ocurrido, y en eso radica precisamente su atracción, su irresistible interés. Le daré un ejemplo de lo que quiero decir.

Una vez contaba yo a mi sobrina un cuento infantil muy conocido. La niña estaba intrigadísima y sudaba de miedo cuando la Bruja le dice a Blancanieves: «¡Cómete esa manzana!». No quiero engañarlo a usted, pero mi sobrina temblaba de pies a cabeza, lo cual ya no me gustó nada; entonces decidí introducir en el relato un elemento cómico. «Y cuando Blancanieves oyó lo que le decía la bruja, le preguntó: “¿Es una orden?” La Bruja se le quedó mirando, se rascó la cabeza y dijo: “No, la orden es de seis”».

Mi sobrina, al estallar en risas, dejó de temblar y yo quedé bien contento. Pero no crea que yo había pensado ese final: es que, para salvar la situación, no me quedó otro remedio que improvisar. Pero prosigamos con nuestro discurso, estimado señor.

¿Y no es por esto, también, que preferimos una conversación viva –donde todo puede ocurrir– a un programa televisivo en el que cada cosa ha sido programada y medida? En televisión no hay ocurrencias, señor mío: para que las hubiera debería haber también un poco de espontaneidad, cosa que, por supuesto, no hay ni habrá jamás.

Y, ahora, permítame una breve digresión filológica, lingüística, o como quiera llamarla usted. En italiano, acontecimiento se dice accadimento, palabra derivada del verbo cadere, que significa caer. Un acontecimiento es aquello que cae, que nos cae encima, es decir, algo que no ha dependido de nosotros pero que de alguna manera se nos pone enfrente para que luchemos con él –como hizo Jacob con el ángel- o simplemente lo hagamos a un lado.

Lo diré con otras palabras: lo que habíamos planeado sucede, pero lo imprevisto ocurre. Si no encuentra usted desconsiderada la comparación, diría que los acontecimientos son como las ropas con que se viste el destino para salir de casa.

Y ahora, ¿podría decirme usted, estimado señor, cuáles son los días más aburridos de todos? ¿No son, acaso, los que no nos dan sino lo que esperábamos de ellos, pero nada más? El aburrimiento nace de la ausencia de lo imprevisto. Allí donde todo se reduce a ser una réplica exacta de lo que tiene que ser, allí nace el hastío. Levantarse, ir a la oficina o a la fábrica, hacer una pausa, volver al trabajo, acabar la jornada, regresar al hogar, acostarse y volver a empezar mañana la misma operación. Los días en lo que todo sucede como había sido registrado en nuestra agenda son los más insípidos de todos. Nunca una novedad, un suceso que altere el orden de las cosas: días siempre iguales a sí mismos; días, por decir así, sin alma.

Insisto: los hombres necesitamos el destino tanto como la libertad. Reflexione usted en esto que solía decirle a Jean Guitton su querida esposa: «De buscarme, jamás me habrías encontrado». Y usted, ¿no podría decir otro tanto? Si hubiese buscado a aquellos seres que hoy le son tan importantes, ¿cree que hubiera tenido éxito en su intento, estimado señor? Por mi parte, debo decirle que lo que esperaba nunca llegó, y que lo que llegó fue siempre lo que no esperaba. Por honestidad –y también por franqueza- debo decirle que fue mejor así.

Tengo escrito aquí, en una tarjeta de cartulina, un pensamiento del poeta argentino Simón Kargieman. Hace ya varios meses que lo cargo en mi cartera como un pequeño tesoro. Permita que se lo lea a usted. Espere, espere… ¡Aquí está!: «El destino me da la mano todos los días. No creo demasiado en él pero, por si acaso, no rehúso su cercanía. No vaya a suceder que me abandone a mí mismo y que, dándome yo cuenta, lo busque y no lo encuentre. ¿Y qué ocurriría entonces? Pues muy sencillo, que me quedaría a solas con m soledad, sin más compañía que la ausencia y un desolado futuro. Por eso, aunque no crea demasiado en él, le hago caso todos los días para que me trate bien y para volverlo a ver mañana, y así todos los días hasta que se dé cuenta y entonces, bueno, entonces aceptaré lo que el destino disponga».

¿No son bellas estas palabras, estimado señor? Si el destino nos ignorara, aunque sólo fuera por un instante, quedaríamos abandonados a nuestra propia libertad, lo cual sería desastroso. Porque tenga en cuenta, señor mío, que es el destino quien hace llegar los seres a nuestra vida. Nosotros no los buscamos, sino que aparecen, caen: son siempre un acontecimiento. El destino es como el oleaje que empuja la botella que flotaba en el mar para confiarla a la playa. Entonces la playa lo recibe y se alegra con el mensaje que venía oculto en la botella. ¡Y todo gracias al oleaje, estimado señor, es decir, a lo que no depende de nosotros!

Lo que depende de nosotros es bueno realizarlo; y lo no depende de nosotros es bueno recibirlo. Aquello nos hace hombres, pero esto, con mucha frecuencia, nos hace felices.

Bueno, eso es lo que yo digo, estimado señor. Y, ahora adiós, que se ha hecho tarde.

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Una pléyade de poetas potosinos en la carrera de jurisprudencia | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Las letras potosinas en los albores del siglo XX tuvieron una intensa actividad con poetas de primera línea que dieron brillo a la literatura mexicana. Una característica de esta pléyade de artistas es que una gran cantidad de ellos coincidieron en las aulas del Instituto Científico y Literario, principalmente en la carrera de leyes.

Ese ambiente propició que estudiantes de otros estados siguieran ese camino de las letras y las leyes para formarse en el Instituto Científico y Literario, donde iniciaran su carrera en el mundo de las letras, siguiendo ese camino de formación que décadas atrás había marcado el bardo potosino Manuel José Othón.

Varios de esos escritores son desconocidos para los potosinos por lo que se requiere una mayor difusión de sus obras y sobre todo de ese ambiente cultural que se respiraba en el San Luis de principios de siglo y que trascendería a nivel nacional. La coincidencia de esos personajes en las letras y la formación en leyes que nutriera la discusión política que se mantenía en aquella época, que diera marco al movimiento revolucionario, es uno de los casos sui generis que ha sido poco estudiado.

De esa generación de escritores provenientes de otros estados y que vinieron a San Luis a estudiar leyes en el Instituto Científico y Literario sobresalen los poetas y escritores Ramón López Velarde, Manuel Muzquiz Blanco, Luciano Joublanc Rivas y Artemio del Valle Arizpe.

Entre los potosinos se encuentran: José María Facha, Ignacio Medellín Espinosa, David Alberto Cossío, José Margarito Ramos, Melchor Vera, Agustín Vera, Juan del Trejo, José Ciriaco Cruz, Rafael Diaz de León, Gildardo Estrada Dávalos, José Antonio Niño, Antonio Barrenechea Sein, Juan José González Bustamante, Alfredo Zepeda Winkfield, Jorge Adalberto Vázquez, Jesús Silva Hersog, Luis Castro y López, Salvador Gallardo, Rodolfo Diódoro Ruiz, Romeo Manrique de Lara, Roberto de la Cerda Silva, Aurelio de Alba, Salvador Cabello, Arturo Reyes Robledo, Guillermo Aguirre y Fierro, Miguel Álvarez Acosta, Manuel Ramírez Arriaga, Jorge Ferretis, Antonio Castro Leal, Francisco Arellano Belloc, Jesús Zavala.

Es asombrosa la lista que se menciona y, no es completa, pues se centra en aquellos que estuvieron en el Instituto Científico y algunos de ellos también en el Seminario Conciliar. Así que en la ciudad de San Luis Potosí se nutría con los poemas y escritos que a través de poemas sueltos o libros publicaban estos poetas.

Figuras como Othón que, para entonces, era el poeta representativo de la literatura mexicana, así como el caso de López Velarde, atrajeron más que retraer a los jóvenes que ensayaban en forjar poemas, sirviéndoles de estímulo, fundaron revistas y periódicos y conformaron el enriquecimiento de la vida cultural potosina.

De esa lista de poetas que coincidieron en la carrera de leyes del Instituto Científico y Literario en los primeros años del siglo XX aparecen más de treinta escritores que sin duda crearon un rico ambiente cultural en torno a la literatura, propiciaron la discusión política y contribuyeron al desarrollo del propio Instituto Científico y Literario que se preparaba para convertirse en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí al obtener su autonomía al inicio de la segunda década del siglo XX.

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Recomendaciones de cine LGBTQ+ | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO

 

El lugar sin límites (Ripstein. 1978) Con un guión basado en la novela de José Donoso y con la colaboración del novelista argentino Manuel Puig, El lugar sin límites del director mexicano Arturo Ripstein representa un parteaguas en la cinematografía nacional, una película de culto que expone el machismo, la homofobia, el odio, la doble moral, la corrupción y abusos de poder en nuestra sociedad. La película muestra una mirada seria sobre la homosexualidad como no se había visto antes en el cine mexicano, un relato que desafortunadamente se mantiene actual y vigente. Para la posteridad quedan las enormes actuaciones de sus intérpretes, en especial la de Roberto Cobo, quien es todo un icono dentro del cine nacional, tanto por su trabajo como “El Jaibo” en Los olvidados de Buñuel, como por su “Manuela” y su inolvidable baile de la leyenda del beso. Un clásico de culto mexicano.

Prayers for Bobby (Mulcahy. 2009) Película basada en hechos reales, nos muestra el entramado de relaciones de una idílica familia cristiana, en la cual todo funciona a la perfección, cada miembro se mueve según ‘‘la voluntad de Dios’’. Sin embargo el perfecto mundo forjado bajo las férreas doctrinas que inculca la biblia se viene abajo cuando se descubre que Bobby no es el hijo perfecto con el que sus progenitores siempre habían soñado. La madre del joven Bobby, interpretada por Sigourney Weaver, es una señora de creencias evangélicas fundamentalistas que no puede asimilar que su hijo es homosexual. A partir de ahí, el drama va creciendo, hasta llegar a la tragedia. Y la tragedia dará paso al descubrimiento, a la transformación y a la solidaridad. Uno de los objetivos del filme es remover conciencias y hacernos reflexionar. Y sin duda nos hace anhelar el día en que la aceptación, la comprensión y el amor en el sentido más pleno de la palabra, hagan posible que historias como estas no tengan que suceder.

Pride (Warchus. 2014) La película relata la lucha de los mineros contra la Dama de Hierro, sus huelgas y reivindicaciones callejeras. Y como, una cuadrilla de gays y lesbianas, ante el rechazo a su colectivo en 1984, deciden crear una asociación en apoyo a los mineros para quizá así, conseguir aceptación y visualización. Lo que parece una idea alocada, poco a poco va tomando sentido, llegando a prensa, radios y televisión. Matthew Warchus y su guionista Stephen Beresford componen un agradable relato conciliador y emotivo que hace recuperar la fe en el ser humano más allá de todo lo que nos divide y, revindica aquello que nos une, que es el espíritu humano de solidaridad.

Retrato de una mujer en llamas (Sciamma. 2019) Una película que captura la esencia de los profundos sentimientos que sienten dos mujeres atrapadas en un tiempo que no es el suyo, el amor que surge entre ellas y la indeleble huella que les deja para siempre. Una cinta de gran belleza y delicadeza desde el primer fotograma al último, sin demasiados concesiones al sentimentalismo. Tiene momentos mágicos, cómo la canción de la fiesta en el fuego de un grupo exclusivo de mujeres, repleta de lírica, de poesía. Una película con secuencias que por momentos parecen pinturas renacentistas en imperceptible movimiento. Técnicamente es prodigiosa, tanto la fotografía como el sonido, que te transporta a esa época. Extraordinaria.

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