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De ser foráneo a ser parte | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

Hace un par de meses escribí sobre el sentimiento de ser foráneo. En ese texto exponía la extrañeza de no pertenecer al lugar donde se habita. Hablaba un poco de las cosas que extraño de mi lugar de origen, las amistades, los lugares y la historia. No tener anécdotas de donde habito me sigue causando un conflicto interior. Ni siquiera sé en qué lugares ronda La Llorona por las noches ni tampoco que primarias fueron un cementerio. No sé en que discotecas ronda el diablo porque la única que conozco tenía cover de 200 y decidí no pagar. Pero han pasado los meses y uno empieza a echar raíces. A uno se le olvida lo que extraña y le empieza a tomar cariño a lo que tiene, un cine con Sala de Arte y una ciudad sin baches, por ejemplo. Agradece la expansión del grupo Provi y puedes sentir un poco del orgullo potosino en el súper más cercano. El nudo en la garganta que se formaba en cada regreso de pronto ha desaparecido. Las letras de “La despedida” de Ana Gabriel ya no provocan el llanto en las tardes de soledad. Ya no hay añoranza por el pasado, pero si por el futuro en estas nuevas tierras. Se acepta que las amistades no se reducen, pues se crean nuevos lazos y anécdotas que recordar en cada reunión. Pues esas promesas sobre vernos cada vez que vuelvas son sólo frases al viento que todos alguna vez habremos de pronunciar. Quizá, lo que aún desequilibra es la lejanía de la familia, pero no porque se ame, sino por la sociedad mexicana que nos ha dictado que siempre hay que estar juntos de la madre. Pues se puede seguir queriendo en la distancia, pero el pensamiento invisible nos dicta que debemos regresar pues en algún momento nos harán falta los seres queridos y que el arrepentimiento nos cobrará una factura alta a pagar.  Pero si se logra vencer ese prejuicio, no será necesario volver en cada oportunidad pues se puede seguir queriendo a más de cientos de kilómetros.

Ahora ya puedo sentir que pertenezco, aunque sea un poco. Las rutas de camión no me parecen destinos sin retorno. Puedo reconocer los jardines, plazas, iglesias y un par de calles y sentirme que he nacido aquí desde hace dos años. Las grandes avenidas ya no me provocan temor, si bien no soy Ayrton Senna puedo al menos pisar el acelerador sin miedo a terminar en el muro de contención pues hasta eso uno empieza a conocer donde se puede acelerar y donde no. Se pasa de ser un foráneo a ser uno más de la población, pues los vendedores de tours turísticos han dejado de ofrecer sus paquetes cada vez que te los cruzas por el centro histórico. Más allá que el INE ha actualizado mi domicilio, se es parte hasta que uno logra tener su taquería, cantina, plaza y cine favorito. Y que recomiendo a quién me lo pregunte. Se es parte hasta que uno puede confiar en los vecinos al pedir un favor y las amistades pueden llegar sin avisar.

Entonces, las frases de los adultos cobran sentido, el tiempo lo cura todo, siempre habrá tiempos mejores, no hay mal que por bien no venga. Se trata de asimilar y aceptar que las decisiones se han tomado. Y sí, no todo es bueno, no todos los tiempos serán mejores, pero tampoco todos serán peores. Al final, uno crea su hogar sin importar el código postal. 

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