diciembre 1, 2022

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#4 Tiempos

De tu mano, Bob (II) | Columna de Roberto Rocha “El Mojado”

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Rudeza necesaria 

En 23 años y medio, 47 torneos entre el octavo y noveno campeonato de Cruz Azul, tuve por supuesto mucho tiempo de imaginar cómo festejaría un título de liga, como el que obtuvo La Máquina el domingo pasado en el Estadio Azteca, para romper la sequía.

En la versión que más repetí, Cruz Azul se coronaba conmigo en las tribunas. Entonces, tomaría mi celular y llamaría por teléfono a muchos de mis amigos aficionados al Cruz Azul y también hinchas de otros equipos. Pero la primera de esas llamadas sería para el Bob, mi papá.

La idea surgió porque de su mano pude entrar no solo a la afición a Cruz Azul, sino también al estadio Nou Camp de León aquel domingo de diciembre de 1997 en que La Máquina obtuvo su octavo campeonato de Liga, con el gol de penalti del ensangrentado Carlos Hermosillo.

Decidí hacerme cementero un día de un año antes, en agosto de 1996, con solo siete años de edad, cuando vi ingresar a la cancha a Juan Francisco Palencia, que hace solo unas semanas había hecho un golazo con la selección olímpica que participó en Atlanta en el triunfo mexicano contra Italia.

Ese gol, ensalzado por la narración del “Perro” Bermúdez (“Palencia, Palencia, Palencia”) convirtió al “Gatillero” en mi nuevo ídolo, aunque ni idea tenía que jugaba con Cruz Azul. Pero cuando Paco entró al campo al medio tiempo del primer partido de liga que jugaba La Máquina como local en el Estadio Azul en toda su historia, decidí yo también hacerme celeste.

Tuve a bien informárselo a mi papá a las pocas horas, con algo que recuerdo como un muy relajado “ya le voy al Cruz Azul”. Si hubiera sabido la relevancia que esa decisión tendría en mi vida, no lo hubiera tomado con tanta calma. El Bob había tratado de hacerme de Cruz Azul durante algunos años, pero yo, con la rebeldía propia de un niño apenas en edad escolar, prefería hasta entonces al Necaxa, el único campeón que había visto en mi incipiente interés futbolístico, que incluso le ganó una final a los cementeros de mi papá.

Pero cuando me hice del Azul, de un minuto a otro, mi interés por el futbol creció. Tanto, que llegado el momento histórico de la final entre León y Cruz Azul, el Bob consiguió que viajáramos con un grupo de aficionados cruzazulinos desde San Luis Potosí.

Cruz Azul levantó el trofeo con demasiado sufrimiento en León, con Juan Reynoso como líder de la defensa. ¡Quién iba a decir cómo se iban a mover las cosas, peruano!

Desde ese 1997, hasta el domingo pasado, pensé que tal vez Cruz Azul nunca volvería a levantar un trofeo si yo no me encontraba en el estadio, pues aunque lo he intentado varias veces, no he podido entrar a ninguna otra de las finales de mi equipo. Fue tranquilizador darme cuenta que no dependía de mí.

Pero mucha menos calma me dio no haber podido cumplir mi otra promesa, la de llamar a mi papá primero que nadie después de la obtención de la novena. El árbitro pitó el final del histórico partido contra Santos al minuto 100 de juego. Entonces abracé a Daniel, mi hermano; besé a Ornella, mi novia y también a Cecilia, mi mamá.

El recuerdo del Bob me impactó después de ese escueto festejo y me eché a llorar, con una rarísima mezcla de alegría, paz y nostalgia. Mi papá murió tres años antes de que Cruz Azul consiguiera su noveno campeonato, como tantos y tantos cruzazulinos, que fallecieron en la espera de sumar una nueva estrella en el escudo.

Brindemos en la memoria de todas esas personas, que la copa ya es nuestra, pero también de ellos.
Por mi parte, como desde hace 25 años, cada que vista una camiseta de Cruz Azul; o cada que entre a un estadio a ver a La Máquina, como en 1997; cada que vuelva a sufrir o a gozar con mi equipo, como he hecho siempre, lo haré de cierto modo de su mano.

De tu mano, Bob.

NOTA: En septiembre de 2018 escribí “De tu mano, Bob”, una columna en el que agradezco a mi papá por mi afición taurina. Ese texto fue ganador del tercer lugar en el Premio Estatal de Periodismo de 2019, pero en el momento del anuncio fue leído como “De tu mano, Bob I”, pues la barra que utiliza La Orquesta para separar el título del artículo del nombre de columnista, se confundió con un uno romano. Pensé que ese no era un error, sino una señal del destino, pidiéndome que existiera un “De tu mano, Bob (II)”. Aquí está.

#4 Tiempos

Las cosas que extraño | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Cuando yo era niño y me enfermaba, un ejército de tías asaltaba mi cama. Una, gorjeando como un pajarito, me ofrecía de comer; otra, la cronista e historiadora de la familia, me contaba cuentos, y otra más se llegaba hasta mí con una taza hirviente que contenía cierta infusión misteriosa preparada con hojas y raíces traídas de alguna montaña inaccesible por un escalador osado. Una vez que el brebaje se quedaba allí, humeando sobre el buró, la tía regresaba corriendo a la cocina para volver cinco minutos más tarde con otro remedio tan milagroso como el anterior. ¡Con qué gusto se enfermaba uno entonces! ¡Estábamos en los tiempos en que enfermarse era un placer!

Pero no nos hagamos ilusiones: hoy en día estos seres solícitos se hallan ya en vías de extinción, como los ornitorrincos y los osos polares. ¿Dónde están esos seres cuya única misión en la vida parecía ser la de quedarse noches enteras cuidando al pariente enfermo, al familiar en agonía? No, esas mujeres no existen más. Hoy el imperativo categórico es que cada quien viva su vida y deje que los demás vivan la suya arreglándoselas como puedan.

¿De dónde sacaban aquellas mujeres tanta disponibilidad, tanta paciencia, tanto tiempo? No lo sé. Y no hay que pensar que fueran todas ellas unas solteronas desocupadas: eran simplemente mujeres, como aquella Marta del evangelio que apenas vio llegar a Jesús se puso a remover en la cocina platos, ollas y cazuelas.

Recuerdo que cuando leí Una muerte muy dulce, libro en el que Simone de Beauvoir (1908-1986) cuenta los últimos días de su madre, me sorprendió muchísimo saber que la novelista filósofa no dormía –ni durmió nunca- en el hospital acompañando a la enferma, sino que, llegada la noche, tranquilamente se iba a su casa.

-¡Cómo! –pensé-. ¿Se va? ¿Por qué no se queda con ella? ¡Después de todo es su madre! ¡Después de todo su deber es estar allí!

Nacido en una familia de provincia, semejante actitud me parecía de una frialdad inconcebible. La idea de que uno pudiera marcharse mientras un ser tan querido agonizaba, literalmente me sacaba de mis casillas. Y es que yo estaba habituado a la creencia de que era un deber sacrosanto «estar al pie de la cama», como se decía entonces, todo el tiempo que fuera necesario: de noche y de día, a media mañana y a media tarde, hasta que el éste saliera de su cuarto bien vivo o bien muerto; hasta que el médico lo diera de alta o la vida lo diera de baja.

En La muerte de Iván Illich, uno de los más bellos relatos de León Tolstoi (1828-1910), el único que soportaba los gritos del funcionario moribundo era un criado de origen campesino llamado Guerasim. Era él quien lo llevaba al baño, lo cambiaba de posición en la cama y secaba con paciencia sus lágrimas, pues ni su mujer ni su hija quisieron nunca hacerlo. «¿Por qué nos atormenta papá de esa manera?», se preguntaba esta última cuando los gritos de su padre llegaron a parecerle demasiado desgarradores e insistentes. Sí, Guerasim era el único que estaba allí, y no por servilismo, sino porque era un murik familiarizado con el dolor y los tormentos. Una noche en que Iván Illich quiso mandarlo a dormir, Guerasim protestó diciendo: «¿Y por qué no he de tomarme esta molestia?», dando a entender con ello que el trabajo que se tomaba por su amo no le era de ningún modo pesado, pues «esperaba que, cuando le llegase la ocasión,  habría otro que también lo haría por él».

Hoy por ti, mañana por mí: tal era la lógica que imperaba en aquel remoto entonces, y de esta manera la enfermedad se temía menos, pues cuando ésta llegaba el paciente no estaba nunca solo para combatirla.

¿Qué haría falta para regresar a ese pasado que nos parece mucho más humano que nuestro presente? Ante todo, dos cosas: disponibilidad y tiempo. ¿Cómo va a haber gente junto a uno si ésta no hace más que moverse apresurada de una oficina a otra y de un piso al siguiente? Y, sobre todo, ¿cómo vamos a quedarnos con los demás si ni siquiera tenemos tiempo ni para hacerles una breve visita? El antiguo sabía una cosa: que si se esforzaba por estar con los que sufrían, siempre habría alguien que estaría con él cuando se presentara la ocasión o llegara la oportunidad; pero el moderno, de esto, no sabe absolutamente nada. ¿Quién se preocupa hoy por el otro?, ¿quién le da aunque sólo sea una migaja de su tiempo?

«Yo era una molestia para ti, sobraba –dice a su madre la protagonista de Le rendez-vous, esa desgarradora novela escrita por Justine Lévy, la joven escritora francesa-. ¿Alguna vez me acompañaste al médico, o me llevaste de vacaciones a algún lugar adecuado para mí y en el que no montases tu numerito, o me diste un consejo; alguna vez me escuchaste, me oíste siquiera?… No estoy de acuerdo contigo, Minina, no tengo tiempo de acompañarte al colegio, no tengo tiempo de enseñarte a nadar, no tengo tiempo de hacerte feliz. Eso era todo lo que decías… ¿Es que no hemos vivido juntas también momentos de ternura? Sí, claro que sí. Pero mi memoria, ya lo ves, no tiene buen gusto. Creo que he olvidado esos momentos”.

Cuando Dios giró la orden, por decir así, de guardar el sábado seguramente pensaba en la necesidad de que el hombre tuviera tiempo: tiempo para estar con los demás, para conversar amistosamente con ellos, para orar y estudiar e incluso para recordar. «Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay en ellos y el séptimo descansó. Por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó» (Deuteronomio 5,15).

Pareciera, a la luz de este texto, que el sábado fue hecho sobre todo para recordar. Para recordar las hazañas que hizo el Señor en favor de su pueblo, pero también los rostros desaparecidos nunca más vueltos a ver. Tiempo para cantar viejas melodías olvidadas, tiempo para la compañía, el amor y la sana nostalgia. Tiempo, tiempo. Lo que tanto extraño es que los hombres volvamos a tener tiempo para realizar estas pocas cosas, sencillas e improductivas, que quizá, además, sean las únicas que cuentan.

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#4 Tiempos

El pionero de la divulgación de la astronomía en San Luis Potosí | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

La astronomía es el área de la ciencia más popular, a tal grado que existe una importante comunidad de los llamados astrónomos aficionados que colaboran, con sus observaciones, con los astrónomos profesionales y que han ayudado a su avance. Aunada a esa labor de observación, esa comunidad ha participado de manera activa a la divulgación de la astronomía. San Luis Potosí no ha sido la excepción. En el ámbito de la divulgación científica de la astronomía han existido y, existen, personajes que han realizado de manera importante esta labor de divulgación; uno de ellos y, que puede considerarse como el pionero de la divulgación de la astronomía en San Luis Potosí es Don Godofredo A. de la Fuente.

Don Godofredo A. de la Fuente era sobrino del padre Ricardo B. Anaya y llegó a vivir en el edificio de la Acción Católica en donde organizaba talleres de astronomía.

En el ámbito profesional se desempeñó en siete profesiones, entre otras, fue abogado, contador público, y, por su gusto por la astronomía fue técnico en óptica y técnico en divulgación científica en la entonces Secretaría de Agricultura y Ganadería. De esta manera fue de los primeros divulgadores científicos que recibían salario por esta labor lo que le convierte en uno de los divulgadores pioneros en el país. Escribía artículos de divulgación científica en temas de astronomía en el periódico El Sol de San Luis. En sus últimos años de vida aún se le veía deambular por la ciudad cargado de su telescopio a alguna de las plazas potosina, para montarlo y el público pudiera realizar observaciones mientras Don Godofredo explicaba a los interesados lo observado.

En la década de los sesenta su labor de divulgación lo llevó a la entonces Escuela de Física a platicar sobre el tema con los estudiantes que se habían aventurado a la física y colaboró con sus programas académicos, de manera informal; su labor como técnico en óptica y su experiencia en el uso de telescopios, lo llevó a reparar uno de los viejos telescopios que tenía la Escuela de Física y, que había lucido en el observatorio astronómico del Instituto Científico y Literario en el siglo XIX. El telescopio, gracias a Don Godofredo de la Fuente, quedó arreglado y volvió a usarse en observaciones y mediciones astronómicas.

En la actualidad este telescopio es un patrimonio cultural de San Luis Potosí y bajo el resguardo del Museo de Historia de la Ciencia de San Luis Potosí, que ahora está en receso, se exhibe, bajo préstamo, en el Museo de Sitio de la UASLP.

El telescopio fue donado por Rafael Guzmán, suegro del entonces Gobernador de San Luis Carlos Diez Gutiérrez; Rafael Guzmán pagó quinientos pesos que fueron destinados para mandar fabricar el telescopio tipo tránsito a Londres, a la casa Troughton & Simms, mismo que fuera entregado y puesto en operación en 1884.

Dentro de la labor de divulgación, Don Godofredo elaboró mapas o cartas celestes del cielo potosino correspondientes al periodo 1969 a 1978. En estos mapas celestes, ahora históricos, aparece una especie de logotipo consistente en un telescopio que es usado, orientado hacia las estrellas por una especie de mago, con un gorro picudo, cónico, con estrellas. La carta celeste va firmada por “el potosino” entrecomillado que sigue al nombre de Godofredo A. De la Fuente. En una parte, de esa carta celeste, se lee: el mejor maestro es aquel que instruye a la vez que deleita a sus discípulos.

Como parte de la presentación de la Carta Celeste Don Godofredo escribe: “Sin pretensión alguna, representa la culminación de una pequeña obra llena de inacabable entusiasmo, propia de un simple Aficionado Autodidacta por la Astronomía o “Reina de todas las Ciencias”, a quien la musa Urania acompañó siempre desde 194, aunque algo aislada y solitariamente. Su intención objetiva es la de contribuir a enriquecer el Patrimonio Cultural de nuestro País -siquiera un poco-, despertando además el interés y estudio de la Juventud Mexicana por dicha ciencia”.

Don Godofredo A. de la Fuente tuvo a la astronomía como su pasión, convirtiéndose en un verdadero difusor de la astronomía que realizó por mucho tiempo; una intensa labor desinteresada a favor de la popularización de la astronomía, del pionero de la divulgación de la astronomía en San Luis Potosí.

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#4 Tiempos

Una historia de derechos humanos | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Se acerca diciembre, mes en el que evaluamos cuánto de lo propuesto se cumplió. Yo me propuse desde hace meses narrar una historia de lo más sorprendente que me pasó en este 2022.

Comienzo esta narración reconociéndome una capacidad perfeccionada de estar cerca de las situaciones más insospechadas, en vez de verlo como un defecto (una persona bien poco agradable un día me lo reprochó: “León, ¿por qué siempre, siempre te metes en líos?) lo veo con optimismo y poca humildad, como una de mis virtudes más presumibles. Faltaba más: por eso soy antropólogo, documento y registro situaciones sociales y entre más extrañas y peligrosas, mejor.

Sucedió pues de que estaba yo en la Central Camionera de Morelia, el mero Domingo de Pascua, último día de vacaciones de Semana Santa. Sí, el peor día para tomar un autobús de vuelta a casa, al San Luis de las Tunas. Filas y filas de gente desesperada en todas las líneas. Era la época en que el COVID todavía asustaba y las multitudes intentaban guardar infructuosamente su distancia, con su cubrebocas y poniéndose gel en las manos.

En el mostrador de ETN estaban 2 señoritas atendiendo a los pasajeros. Frente al mostrador, en el piso, estaban pegados unos círculos rojos que indicaban el lugar en que cada cliente debía ubicarse. Sin embargo, solo había una fila con 12 personas formadas y el resto de círculos rojos ahí solitos. Pensé en formarme en una fila vacía y ahorrarme unos 20 minutos, pero me pareció extraña la situación y mejor le pregunté a la última persona formada:

  • Disculpe ¿esta es la fila para comprar boletos…?

La señora me miró pensando en lo tonto de la pregunta (“no, es la fila para comprar filetes de pescado”), me respondió un lacónico “sí” y me formé, como el ciudadano obediente y decente que soy. Luego de mí, llegaron otras y otros que hacían la misma pregunta tonta al último formado. Entonces sucedió: un hombre en short y con playera de quien acaba de llegar de la playa observa una fila enorme de 15 personas y toma la decisión de pararse en el primer círculo rojo abandonado.

Tiene razón, pensé. Ahí están las marcas, que claramente tienen el letrero pintado “párese aquí” y espere su turno, pero mi experiencia me hace saber que, aunque una institución ponga reglas, la mejor manera de meterse en problemas es seguir esas reglas, siempre hay que esperar a ver qué pasa. Efectivamente sucedió: cuando el hombre quiso pasar, la señorita le dijo: fórmese en la fila y él respondió, “yo me formé en donde la empresa puso las marcas de las filas”. La señorita se molestó y le ordenó al señor que se formara en la fila de ya 20 personas que veíamos la situación. Como el hombre no se quiso mover de ahí hasta ser atendido, la señorita 2 llamó a la otra señorita 1 para explicar entre las dos que, aunque la empresa puso esas marcas en el piso, no había que hacerles caso: es una trampa para ver quién cae. Luego, llamaron al gerente de ETN, quién creyó que si ponía su semblante más amargado y gritaba iba a poner en su lugar al cliente que estaba cada vez más ofendido.

Aquí es donde intervengo yo: me salgo de la fila y voy y le digo al gerente: “El señor tiene razón, ustedes pusieron esas marcas, yo mismo me hubiera formado, pero se trata de una cuestión cultural, claramente él es extranjero y no tiene por qué saber que en México hay que preguntar en la cola de las filas, por favor atiéndalo ya y ayude a que la fila avance”. Lo más sorprendente del caso fue que el hombre me contradijo hablando un español perfecto: “No, no se trata de una cuestión cultural, sino de educación y de orden, que la empresa respete sus propias reglas”.  Wuao.

¿Cómo supe que era extranjero? Por un detalle que he omitido intencionalmente: el hombre era negro y aquí entró un prejuicio mío, supuse que era extranjero por su piel y que era turista por su atuendo.

Mientras el gerente de ETN gritaba y manoteaba, el señor se recargaba en el mostrador desafiante y tranquilo a la vez. Una señora mayor y de tez blanca se formó en una de las filas vacías e inmediatamente fue llamada al mostrador. Entonces sí, el señor reclamó y argumentó que se trataba de un caso de evidente discriminación racial, a él lo formaban y a la señora la dejaban pasar. El gerente no pudo más y llamó a la policía. Entonces saqué el celular y me puse a grabar, porque pensé que se iban a llevar al señor detenido por formarse en una fila de trampa.

Arribaron corriendo las fuerzas de la policía privada que cuida la Central Camionera (en estos casos, la policía llega bien rápido). El jefe y tres de ellos se fueron contra el señor y otro contra mí por estar grabando. Aquí entran discusiones del tipo “¿qué estás grabando?” “Lo que me da la gana, señor”, “no puedes grabar aquí” “¿por qué no?”, “lo dice el reglamento”, “tráigame el reglamento”. Etc. Hubo un momento de máxima tensión cuando los policías intentaron llevar el conflicto a un terreno físico.

Entonces ocurrió algo muy extraño. Los policías poco a poco se empezaron a retirar y solo quedó el jefe que le ordenó al último guardián del orden que me dejara en paz. Yo estaba a un turno para llegar al mostrador a comprar mis boletos, pero seguí grabando.

El hombre ofendido le reprochaba al jefe policía, dónde estaba su placa y le recordaba todos los artículos del reglamento que estaba incumpliendo. Le pidió ciertos papeles que el policía también incumplió y le advirtió: “tú vas a escribir tu informe y ahí vas a poner que incumpliste este procedimiento, y este y esto más y si no lo pones, yo me voy a encargar de que además seas sancionado por ocultar información, esto que hiciste es muy grave”. El policía se iba haciendo chiquito, chiquito, chiquito. El gerente de ETN desapareció de la escena y la señorita 1 atendió al hombre y le despachó sus boletos.

La señora mayor seguía ahí esperando. ¡Iba en compañía del hombre!

Pero la historia aun no acaba, viene lo mejor.

El señor me pidió mi teléfono para compartir los videos, pues estaba decidido a denunciar formalmente a la empresa ETN y a los policías. Me dijo: “Esto no puede seguir pasando en este país” y nos despedimos. Minutos más tarde, mientras comía una torta deliciosa en un lugar privilegiado (y casi secreto) de la central camionera me llegó un whatsapp de mi nuevo amigo. En su foto aparecía él, de traje, sentado en un escritorio, junto a las banderas de México, de la Comisión Internacional de Derechos Humanos y de la ONU. Lo busqué y resultó que se trataba de un alto comisionado que asesora al Gobierno de Michoacán en este tema de los derechos humanos. ¡ja!

Hace unas semanas recibí un mensaje de él. Me relataba que su denuncia fructificó: la empresa ETN debe solicitar disculpas públicas y desarrollar talleres y cursos para preparar a su personal en Derechos Humanos y evitar a toda costa actos de discriminación. Yo añado: No estaría mal también una asesoría en manejo de las filas de clientes.

Estimadas y cultas lectoras de La Orquesta: este es el mensaje para las empresas y gerentes discriminadores: Nunca saben cuándo están en la mira.  

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