#4 TiemposColumna de María José Puente

Oye, Cayeyo, ¡ya nos exhibiste! | Columna de María José Puente Zavala

La Penúltima Palabra

 

El Cayeyo Jr es un tipo de cuidado. Si se le cruza la mirada con la de uno, se crea un vacío en el tiempo y uno siente la necesidad de aprovechar el Mes del Testamento, no bien concluya la situación.

Durante más de un mes que duró el juicio oral al que su defensa recurrió para intentar una reclasificación del delito y reducirlo a un homicidio en riña, el muchacho escuchó, al menos, en veinte ocasiones las siguientes palabras:

“…el juicio que se sigue contra Eduardo Hernández Jannet, por el delito de homicidio calificado, cometido en agravio de Eugenio Castañón Elizondo”.

La madrugada del 5 de mayo, nebulosa por el alcohol pero adrenalínica por lo ocurrido, tuvo que haber pasado por su mente, por lo menos, una vez cada audiencia y, cada audiencia, se mantuvo impaciente, inquieto, sentado sobre media espalda, retador y con una expresión que osciló entre el desprecio franco y una suerte de respeto inducido, casi obligado.

Para alguien tan poco acostumbrado a rendir cuentas de su comportamiento, encontrarse en semejante situación debe resultar… incómodo. Vamos, no es lo mismo portar un relojazo en Tequis que en La Pila. Y él lo porta, así, como seguramente lo portaba aquel jueves de mayo, cuando el after party se convirtió en una saga de 24 meses protagonizada involuntariamente por dos poderes del Estado, los mejores rostros del QuéTal y un puñado de medios.

Sin saberlo, con su parranda de aquel día, el Cayeyo enfiló a todos a la exhibición de las miserias. Nadie pudo ni quiso quedarse atrás.

El primer sitio lo peleó, feroz, la Fiscalía General del Estado. La relación personal del fiscal general, tanto con la víctima como con el acusado, tocó el caso y tocó el desenlace, así Federico Garza insista en protegerse con el escudo de la vida personal.

A menos que cualquier ciudadano tenga a la mano el teléfono celular del encargado de la Policía Ministerial del Estado y, no solo eso, sino el poder de hacerlo aparecer en cuestión de minutos, su actuar, desde el momento en que el Cayeyo llamó a su puerta y le dijo lo que le dijo, fue el que le confiere su investidura.

Quienes atestiguamos su interrogatorio pudimos observar cómo su presencia intimidó a los, ya de por sí, parcos defensores oficiales, los que objetaron prácticamente todas las preguntas de la defensa, pero luego fueron incapaces de hilar con soltura una frase para explicar por qué.

Ese testimonio, sin embargo, fue citado por el relator al fundar el fallo condenatorio.

Ahora bien, al menos en la mitad de las audiencias se contó con la presencia de la vicefiscal Maricela Meza, quien, estoica, se reventó sesiones de hasta 13 horas, no sin librar uno o dos cabeceos causados por el sueño; sin embargo, la pregunta es obligada:

En un estado donde ocurren más de cuatrocientos homicidios al año: ¿en cuántos la Fiscalía dispone de un elemento de la talla de la vicefiscal para acompañar personalmente a la familia de las víctimas?

La matemática es innecesaria.

Para el segundo puesto, la Fiscalía hizo mancuerna con la imprudencia mediática. Si bien está de sobra explicar los motivos por los que fue una barrabasada que se publicara el video del levantamiento del cadáver de Eugenio, hay que reconocer que en él se muestran escandalosas fallas en la operatividad del aparato investigador del estado.

Las peritos aseguraron, bajo protesta de decir verdad, haber utilizado equipo de bioseguridad y eso no es cierto; los bancos se movieron de lugar y justamente su posición en el perímetro de la cocina fue parte de dos extenuantes interrogatorios a los peritos que, en cada bando, construyeron la mecánica de los hechos; es decir, dónde y cómo estaban ubicados los chicos antes, durante y después del disparo.

Ya ni hablar de la forma en que se lleva a cabo la captura del material: en un teléfono celular, seguramente con conexión a internet, sin el menor protocolo para evitar que, luego pasa, el video termine en las manos equivocadas… y, mire, pasó.

Vaya usted a saber qué demonios atenacen la mente de un homicida como el que aquí nos ocupa. La cosa es que el chico es culpable y, si las cosas siguen el curso actual, pagará con creces por su crimen; sin embargo, la Fiscalía, si es prudente, debe rechazar los vítores, admitir la crítica y comenzar a trabajar.

Quedito, sin hacer aspavientos, pero comenzar a trabajar en serio.

Por otro lado, la verdad es que el Cayeyo no tuvo oportunidad. Con la exposición del caso, la decisión era complicada, pues admitir las evidentes y vergonzosas falencias que la Fiscalía cometió durante la investigación (y durante el juicio oral) hubiera sido, a nivel de la opinión pública, exponer que todas esas fallas también están presentes en las más de treinta mil carpetas de investigación que se abren anualmente en San Luis Potosí.

O al menos en aquellas investigaciones donde está la mano de los peritos involucrados en este caso. Y no son pocas. Una de ellos contó, por lo menos, cuatrocientos dictámenes emitidos en su carrera. Imagínese.

El Poder Judicial tampoco puede quedarse al margen, pues el análisis de las pruebas y testimonios para construir el dictamen estuvo a su cargo y es innegable, en el contexto que ya se expuso, que durante casi siete horas, el tribunal lo mismo pudo haber deliberado en una oficina que una olla de presión.

Los sentimientos son encontrados.

Emocionado, el tío de la víctima dio el lunes por la noche la única declaración a los medios durante todo el juicio oral y se mostró satisfecho, lo que no es para menos. A la muerte de Eugenio le sucedió la de su padre y luego la de su abuelo. La familia quedó destruida, según declaró Salvador, el hermano mayor.

Sin duda que el arribo de la justicia fue una de cal por las que iban de arena pero es un evento que no sucede a menudo; de hecho, en San Luis Potosí es un privilegio al que solo accederán el 4% de las víctimas.

¿Quién es el culpable ahí?

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