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#Si Sostenido

Consideraciones intempestivas | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

Mi propósito, por lo menos hoy, no es escribir sobre la tan cacareada despenalización del aborto. ¿Por qué habría de escribir sobre un asunto que no depende de mí ni, por desgracia, de ningún ciudadano de a pie? Si la opinión pública contara algo en México, entonces sería otra cosa; pero, hasta ahora, nunca he sido testigo de semejante prodigio. ¿Qué le importan a los de arriba lo que puedan desear, opinar, creer o querer esos pobres seres que don Mariano Azuela llamó simplemente los de abajo?

No creo que este artículo vaya a cambiar nada de lo que ya está decidido en las altas esferas, sino únicamente para aclarar que un católico medio –como lo soy yo, y como lo son la mayoría de mis lectores- no piensa que la despenalización del aborto sea un asunto sobre el que valga la pena discutir. Los católicos no estamos a favor de la penalización; de lo que estamos en contra es del aborto. Por decirlo así, vamos mucho más allá de lo que un diputado, un magistrado o un senador puedan decir o determinar respecto a este desagradable asunto. ¿O creen éstos que yo me alegro por el hecho de que una mujer que ha abortado sea llevada a prisión? La verdad es que no me alegra nada, pues ya bastante tiene ésta con las palizas que le propinará toda la vida su propia conciencia.

Cuando, por ejemplo, leo en el periódico o escucho en el noticiero de la tarde que un sujeto ha matado a su compadre, yo no suelo pensar en los años de cárcel que le esperan, sino en lo que este individuo va a experimentar durante el resto de su vida. ¡No es tan fácil olvidar que uno ha matado a alguien, y aun cuando el asesinato haya tenido lugar gracias a eso que suele llamarse «un penoso accidente», los remordimientos quedan! Y si esto es así, ¡cuánto más quedarán si el asesinato en cuestión ha sido urdido con paciencia y largo tiempo meditado!

Se quiere despenalizar el aborto. Yo no me opongo a su despenalización, pero me opongo al aborto. Veintidos años de ejercicio sacerdotal –ya casi veintitrés- me han enseñado que difícilmente una mujer que ha tenido que recurrir a esta solución fatal llega, pasado el tiempo, a perdonarse a sí misma. ¿Que la policía no la persigue por lo que ha hecho? Eso es lo de menos. Lo terrible es esa policía interior que, como en El proceso de Kafka, no deja de mirarnos con unos ojos que nos dicen: «Eres culpable, lo quieras o no». Y entonces, para evitar esa mirada y acallar esa voz, se arman con pancartas y salen a las plazas a desgañitarse proclamando un derecho que bien sabían ellas que no tenían.

Ya sé que hay quienes, para parecer liberales y desinhibidos, tratan en público estos temas con soltura y desparpajo, pero ellos sólo se limitan a opinar y, dado el caso, a dar manotazos en el estrado aduciendo que «la mujer tiene ese derecho». Pero luego se callan, cobran su sueldo y dejan a esa mujer sola con su pena.

Si les preguntas, dirán que no van a dejarla sola y que, si ésta necesitara ayuda, la canalizarían al instante con un buen psicólogo para que la ayude a recuperar el equilibrio perdido. ¡Como si un problema tan serio como éste se arreglara mediante la ingesta de un tranquilizante! Con esto no quiero decir, evidentemente, que la psicología no sirva de nada; quiero decir que, por lo menos en esto, se requiere de algo más que de pura psicología.

Conocí una vez a una mujer que, habiéndose hecho practicar un aborto, luego, cuando quiso, ya no pudo tener hijos, y que gemía arañándose la cara: «¡Dios me ha castigado! ¡Dios me ha castigado!». Ahora bien, ¿cómo podrá la psicología solucionar este problema que sólo atañe a la teología?

Y luego hay otra cosa. A menudo se dice que licitar (banalizar) el aborto es ponerse de parte de las mujeres, cuando la verdad es más bien lo contrario.

A una joven que había quedado embarazada y a la que conocí hace poco, su novio se negó a dirigirle la palabra hasta que no se decidiera a sacarse «ese absceso» que se le había formado en el estómago. Ella quería tener el hijo, pero su novio fue terminante: «O el hijo o yo». ¡No nos hagamos ilusiones! Aquí el feminismo no tiene nada que ver; aquí el que ha ganado la partida es el machismo. ¡El hombre no pierde nada! La que lo pierde todo, aun cuando vaya a la mejor de las clínicas del mundo, es siempre la mujer; es ella la que tendrá que tenderse en una cama y dejar que uno o varios hombres vestidos de blanco maniobren durante algún tiempo dentro de su cuerpo.

Tal vez sea yo muy mal pensado –y en ocasiones lo soy-, pero cuando oigo que un líder de opinión hace en público la apología del aborto, yo no pienso en él, ni en su pasado ideológico, ni en su futuro político, sino en esas mujeres que serán –literalmente- obligadas a abortar porque un niño les echaría a perder la fiesta a los varones. (Una vez, un hombre abordó un taxi y al punto se puso a platicar con el conductor. Hablaron del cielo y de la tierra, pero pasadas varias cuadras el taxista le preguntó lo que pensaba del aborto. «Señor –respondió aquél-: sobre el aborto pienso mismo que pensaba la madre de usted». El taxista no dijo nada más y se echó a reír: había comprendido la lección). Como digo, no quiero yo con este escrito atizar el fuego; quiero únicamente que se piense en estos detalles que los de arriba no siempre consideran y que también sería necesario discutir antes de dar ese paso del que hablaba un famoso dictador sudamericano, quien dijo así en uno de sus discursos: «¡Conciudadanos: estamos al borde del abismo! Pero, si votan por mí, daremos un paso adelante».

Lee también: La salvación en palabras de Lewis | Columna de Juan Jesús Priego

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Perfil del secretario de Cultura | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

 

Estimado y culto público de La Orquesta, Mauricio Gómez publicó en su periódico Grado 23 un detallado estado de la cultura y de las experiencias con las últimas administraciones estatales, que obligan a la reflexión sobre el perfil del próximo secretario de cultura y como imaginar y proponer no cuesta nada, aquí propongo mis humildes consideraciones.

  1. Comprensión cultural transversal

No solo cultura a secas, no solo cultura en un campo (música, artes visuales, arte popular o letras), se requiere de alguien que reconozca de los problemas básicos de la cultura en San Luis Potosí, que no son pocos y sí muy variados: como los espacios abandonados, las instituciones disfuncionales, el desdén por la cultura indígena, la pérdida de lenguas y de patrimonio cultural, la falta de objetivos artísticos-académicos, la renovación de concursos, convocatorias y programas, la instalación de un programa editorial, o sea: la definición de una política cultural. Hubo un tiempo donde hubo un secretario que era culto, muy culto, ávido de música, pero nada más de eso, lo demás importó lo mismo que un cilantro partido a la mitad. Se requiere pues de un especialista en todo. Transversal significa, en resumidas cuentas, que comprenda la complejidad de cada caso, que tenga la virtud de actuar en circo de tres pistas.

  1. Capacidad política frente a la administración del Estado

El secretario es un vocero del sector cultural frente al poder. Tuvimos alguna vez un secretario sensible y conocedor, como el que se describe atrás, pero atado de manos y pues no sirve de nada un secretario que no es escuchado por el gobernador. Se requiere de un mediador que tenga esa fuerza de hacerse escuchar en palacio de gobierno y que logre colocar en la agenda del estado los intereses del sector cultural.

Por el otro lado, la comunidad cultural es difícil: el aparador es insuficiente para tanto ego inflado. Así que la capacidad política no solo debe servir para codearse en la mesa de los secretarios del Estado sino para estabilizar las aguas tempestuosas de artistas, críticos, gestores y consumidores culturales, ávidos de chamba y aquí viene una pregunta ¿hasta dónde el Estado puede seguir siendo el mecenas del arte, la cultura y la academia?

  1. Vinculación nacional

También se requiere un tejedor de vínculos nacionales. Al estado de San Luis Potosí le conviene tutearse con las Escuelas de Arte de Oaxaca, Guanajuato, Querétaro, Michoacán. ¡Nos estamos quedando bien atrás! Hay que impulsar programas federales en el suelo potosino y vincular a los intereses del locales con editoriales, museos, galerías, gestores e instituciones como el INALI, el INAH, los centros independientes de arte y un muy nutrido etcétera. No se crea que es cosa fácil, simplemente el acervo Julián Carrillo implica más de un dolor de cabeza.

Pero si el próximo secretario considera que la solución consiste sólo en importar cultura, en copiar modelos, eventos o festivales y que las soluciones vienen de fuera, pues ya se perdieron otros seis años de gobierno y otra oportunidad de desenredar el embrollo.

  1. Lejanía de las mafias culturales

En la encarnizada lucha que muchas personas emprendieron contra las élites culturales, estas fueron sustituidas por mafias, es decir por grupos que se enquistan en algún coto cultural, artístico o académico. Se requiere que el próximo secretario no deba cuentas a los mafiosos o esté enemistado con algún sector, porque de ser así, la institución se convierte para unos en una industria de regalías (justicia y gracia), y para otros de torpeza administrativa (ley a secas), o peor de vendettas.

  1. Voltear abajo

Estando en el Tlalocan es muy difícil voltear a ver lo que ocurre en el inframundo cultural. Los sacos y las corbatas impiden enterarse de que, acá abajo, hay unas “corbatas de tierra” (así me dijo un amigo de Santa María Acapulco). Un buen secretario debe saber que la parte de abajo no solo es chusma proletaria que hay que civilizar, sino la mejor mitad del mundo (Galinier dixit), por lo menos donde esta la infraestructura humana (infraestrukchor en el sexenio de Peña) y la oportunidad de pasar a la historia de ser el primer semidios que alcance a ver tan abajo.

  1. Dosificador de soluciones

El primer problema por solucionar será la premiación del 20 de noviembre 2021 en el contexto de la austeridad y COVID19 de estos tiempos, esa será la medida de todo el sexenio. Para que la Secult no sea una dosificadora de programas federales, requiere de cierta autonomía y margen de maniobra. Aplicar el presupuesto con creatividad permitirá solucionar poco a poco la inmensa cantidad de pendientes culturales que tenemos acumulándose en el horizonte.

Hay más consideraciones claro, pero ya se acabó el espacio. Al fin que vendrán otros seis años para seguir comentando… ¿y usted qué piensa?

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#4 Tiempos

¿Usted es de clase media? | Columna de León García Lam

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VOLUTA IX.

Estimado y culto lector de La Orquesta: yo, más que una opinión, tengo una pregunta: ¿usted a qué clase social pertenece? (si tiene tiempo, responda este formulario) Seguramente usted es parte de ese exclusivo sector de la población que se llama así mismo “clase media”, pues el 78% de la población afirma pertenecer ahí. Queda claro que, la mayoría no somos tan ricos (o tan presumidos) para sentirnos clase alta, ni nos consideramos tan fregados pues siempre hay alguien más jodido que uno. Casi todos tenemos la suerte de estar en el justo medio, en el mero centro de la decencia existencial: ni muy muy, ni tan tan. Los opinólogos se arrancan los cabellos de desesperación, porque esa percepción no coincide con la evaluación de CONEVAL, la cual calcula 70 millones de pobres en México y creciendo.

Pero déjeme ponerle en contexto de dónde viene y a dónde va todo este debate sobre la clase media. Hace un año, Viri Ríos escribió para The New York Times un escandaloso artículo intitulado “No, no eres clase media” en donde refuta el mito de que todos somos clasemedieros, desde los que ganan $6 mil pesos al mes hasta los que ganan $120 mil pesos al día. Viri Ríos pone la vara en $16 mil pesos mensuales. Nadie recordaría la discusión del año pasado, si no es porque el presidente lleva semanas atacando a la clase media: aspiracionistas, egoístas, corruptos y privilegiados. Lo cual ha desencadenado ríos de tinta y harta discusión. Después de tanto, se determinó que, como casi todos somos clase media hay que dividirnos en clase media baja, clase media-media y clase media alta. El 90% de la población se ubicó como clase media-media.

Para algunos, que usted se considere clase media es un síntoma de una enfermedad muy grave que se llama conformismo, porque si se diera cuenta de su verdadera condición de pobreza, eso lo llevaría a luchar por salir del hoyo; para otros, que existan tantas personas aspirando a ser clase media es síntoma del egoísmo y del materialismo consumista que carcome los valores de nuestra sociedad. Hay quien piensa, por el contrario, que la única salida que tendríamos los mexicanos es a aspirar a ensanchar la clase media, pues ese sería el mejor signo de una repartición justa de la riqueza y hay quien piensa lo contrario, que la clase media es un callejón sin salida, porque seguir pensando en clases es reproducir el mismo sistema injusto, por lo tanto, nuestra aspiración debe ser hacia una sociedad de derechos.

Ante eso, déjeme contarle un secreto, aquí entre nos. Hay temas que no tienen solución. El concepto clase media surgió de la opinión popular, para referirnos a nosotros mismos, los que estamos en medio, que volteamos arriba con envidia y agradecemos no estar más abajo. Que los economistas (que son bien cuadrados) quieran encontrarle una definición exacta definitiva y cerrada a lo dicho en una discusión de cantina (que es donde seguramente apareció por primera vez el concepto), es muy su problema, ahí seguirán como el burro que persigue a la zanahoria, intentando poner un límite a la clase.

El gran error que cometen los economistas y comentólogos es partir del supositorio de que clase es igual a ingreso. Efectivamente, uno de nuestros principales anhelos son mayores ingresos, pero esos no cambiarán nuestra clase social. Uno podrá salir del barrio, pero el barrio nunca sale de nosotros, para que mejor me entienda. Un aumento en el ingreso solo incrementa el consumo en el mismo conjunto de significados que tiene nuestra clase, como cuando una familia recién acaudalada amuebla su nuevo departamento con una jirafa gigante de peluche o como cuando vemos pasar el coche deportivo edición limitada rebotando con frenesí al ritmo de los Ángeles Azules. Mudarse de colonia, vestir con ropa de marca, ostentar vehículos refleja solo la ventaja económica que tienen algunos en su propia clase. Dicho de otra manera, en todas las clases hay personas ricas y pobres.

Todo esto, me recuerda aquellas profecías apocalípticas: llegará el día que la clase alta no tenga clase, la clase media se quede sin medios y la clase trabajadora esté desempleada.

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#Si Sostenido

Demasiadas mujeres | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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A veces traes a una, dos o tres personas en la cabeza y estás demasiado cansado que no cabe otra más. Y a veces traes a quince y no has llenado todavía y tienes demasiada energía para gastar en otras diez mil personas más, pero al final del día no encontraste a nadie.

Compré sobres de colores para enviar cartas tristes a mis amigos, puede que también a algunas muchachas, ¿por qué no enviar cartas tristes a las mujeres? Las mujeres entienden todo pero hay cosas que no les hacen gracia y entonces se hacen las estúpidas y terminan por reducirte a un pobre estúpido mediante el hiriente conducto de la lástima.

Los textos sagrados no mencionan que Jesucristo follaba como un loco. Se tiraba a todas las mujeres, no por ser divino sino por ser humano. Luego se paseaba por los pueblos, brincando en pelotas, agitando un abanico para secarse el sudor y demás fluidos.

No te descuides, prepara un buen montón de mentiras para que las cosas no se pongan peor de lo habitual. Corre y cuéntales diez o doce mentiras más. Joseph Campbell le encontró mil caras al héroe y todo el mundo lo respeta. Encuentra mil mentiras qué contar y nadie va a decirte nada.

Luego, cuando todo esto mejore, nos inventaremos un saludo marcial para saludar a nuestro Ejército. Leeremos la biblia como se debe, guiados por un pastor yonqui con sida, preparado, con la claridad suficiente que ninguno de nosotros tendremos.

Ella me dijo: “te amo en tu condición de estar loco”, pero cuando llegó el momento de conocer a su madre, la locura se había ido, y ella dejó de quererme para siempre.

Me encanta el olor a alcohol en el aliento de las chicas, es un perfume único que dice muchas cosas a la vez, todas buenas, pero demasiadas como para explicarlas con palabras. Por lo demás, los padres de la chica con aliento a alcohol no estarán muy de acuerdo conmigo, es por eso que no son invitados a las noches de fiesta junto con sus hijas.

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