enero 22, 2021

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Consideraciones intempestivas | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

Mi propósito, por lo menos hoy, no es escribir sobre la tan cacareada despenalización del aborto. ¿Por qué habría de escribir sobre un asunto que no depende de mí ni, por desgracia, de ningún ciudadano de a pie? Si la opinión pública contara algo en México, entonces sería otra cosa; pero, hasta ahora, nunca he sido testigo de semejante prodigio. ¿Qué le importan a los de arriba lo que puedan desear, opinar, creer o querer esos pobres seres que don Mariano Azuela llamó simplemente los de abajo?

No creo que este artículo vaya a cambiar nada de lo que ya está decidido en las altas esferas, sino únicamente para aclarar que un católico medio –como lo soy yo, y como lo son la mayoría de mis lectores- no piensa que la despenalización del aborto sea un asunto sobre el que valga la pena discutir. Los católicos no estamos a favor de la penalización; de lo que estamos en contra es del aborto. Por decirlo así, vamos mucho más allá de lo que un diputado, un magistrado o un senador puedan decir o determinar respecto a este desagradable asunto. ¿O creen éstos que yo me alegro por el hecho de que una mujer que ha abortado sea llevada a prisión? La verdad es que no me alegra nada, pues ya bastante tiene ésta con las palizas que le propinará toda la vida su propia conciencia.

Cuando, por ejemplo, leo en el periódico o escucho en el noticiero de la tarde que un sujeto ha matado a su compadre, yo no suelo pensar en los años de cárcel que le esperan, sino en lo que este individuo va a experimentar durante el resto de su vida. ¡No es tan fácil olvidar que uno ha matado a alguien, y aun cuando el asesinato haya tenido lugar gracias a eso que suele llamarse «un penoso accidente», los remordimientos quedan! Y si esto es así, ¡cuánto más quedarán si el asesinato en cuestión ha sido urdido con paciencia y largo tiempo meditado!

Se quiere despenalizar el aborto. Yo no me opongo a su despenalización, pero me opongo al aborto. Veintidos años de ejercicio sacerdotal –ya casi veintitrés- me han enseñado que difícilmente una mujer que ha tenido que recurrir a esta solución fatal llega, pasado el tiempo, a perdonarse a sí misma. ¿Que la policía no la persigue por lo que ha hecho? Eso es lo de menos. Lo terrible es esa policía interior que, como en El proceso de Kafka, no deja de mirarnos con unos ojos que nos dicen: «Eres culpable, lo quieras o no». Y entonces, para evitar esa mirada y acallar esa voz, se arman con pancartas y salen a las plazas a desgañitarse proclamando un derecho que bien sabían ellas que no tenían.

Ya sé que hay quienes, para parecer liberales y desinhibidos, tratan en público estos temas con soltura y desparpajo, pero ellos sólo se limitan a opinar y, dado el caso, a dar manotazos en el estrado aduciendo que «la mujer tiene ese derecho». Pero luego se callan, cobran su sueldo y dejan a esa mujer sola con su pena.

Si les preguntas, dirán que no van a dejarla sola y que, si ésta necesitara ayuda, la canalizarían al instante con un buen psicólogo para que la ayude a recuperar el equilibrio perdido. ¡Como si un problema tan serio como éste se arreglara mediante la ingesta de un tranquilizante! Con esto no quiero decir, evidentemente, que la psicología no sirva de nada; quiero decir que, por lo menos en esto, se requiere de algo más que de pura psicología.

Conocí una vez a una mujer que, habiéndose hecho practicar un aborto, luego, cuando quiso, ya no pudo tener hijos, y que gemía arañándose la cara: «¡Dios me ha castigado! ¡Dios me ha castigado!». Ahora bien, ¿cómo podrá la psicología solucionar este problema que sólo atañe a la teología?

Y luego hay otra cosa. A menudo se dice que licitar (banalizar) el aborto es ponerse de parte de las mujeres, cuando la verdad es más bien lo contrario.

A una joven que había quedado embarazada y a la que conocí hace poco, su novio se negó a dirigirle la palabra hasta que no se decidiera a sacarse «ese absceso» que se le había formado en el estómago. Ella quería tener el hijo, pero su novio fue terminante: «O el hijo o yo». ¡No nos hagamos ilusiones! Aquí el feminismo no tiene nada que ver; aquí el que ha ganado la partida es el machismo. ¡El hombre no pierde nada! La que lo pierde todo, aun cuando vaya a la mejor de las clínicas del mundo, es siempre la mujer; es ella la que tendrá que tenderse en una cama y dejar que uno o varios hombres vestidos de blanco maniobren durante algún tiempo dentro de su cuerpo.

Tal vez sea yo muy mal pensado –y en ocasiones lo soy-, pero cuando oigo que un líder de opinión hace en público la apología del aborto, yo no pienso en él, ni en su pasado ideológico, ni en su futuro político, sino en esas mujeres que serán –literalmente- obligadas a abortar porque un niño les echaría a perder la fiesta a los varones. (Una vez, un hombre abordó un taxi y al punto se puso a platicar con el conductor. Hablaron del cielo y de la tierra, pero pasadas varias cuadras el taxista le preguntó lo que pensaba del aborto. «Señor –respondió aquél-: sobre el aborto pienso mismo que pensaba la madre de usted». El taxista no dijo nada más y se echó a reír: había comprendido la lección). Como digo, no quiero yo con este escrito atizar el fuego; quiero únicamente que se piense en estos detalles que los de arriba no siempre consideran y que también sería necesario discutir antes de dar ese paso del que hablaba un famoso dictador sudamericano, quien dijo así en uno de sus discursos: «¡Conciudadanos: estamos al borde del abismo! Pero, si votan por mí, daremos un paso adelante».

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La vida sencilla | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

Los libros que hablan de sobriedad, de vida tranquila, de regreso a viejas virtudes olvidadas son hoy leídos con avidez. Pienso, por ejemplo, en las obras de Pierre Sansot (Sobre el buen uso de la lentitud, Vivir con simplicidad, etcétera), que en Francia y en Italia han llegado a convertirse en auténticos bestsellers. Oler el pan recién cocido, pasear por un parque solitario a la hora del crepúsculo, degustar un vino viejo bebiéndolo a pequeños sorbos, charlar apaciblemente con los amigos manteniendo apagados nuestros teléfonos celulares, dar forma a una amistad con el mismo cuidado con que los japoneses de antaño daban forma a los mazos de flores: he aquí una serie de actividades reposadas que, a juzgar por sus lecturas, el hombre hiper-moderno echa bastante de menos.

En el fondo, lo que este hombre quiere saber es si hay alguna manera de volver atrás, de recobrar aunque sólo sea una parte de la calma perdida. «Antes la vida era más fácil –escribe Pedro Álvarez en El vivir humilde-, pero no por cómoda, sino por menos complicada». ¿Existe un camino que nos devuelva al paraíso del que hemos sido expulsados por la ansiedad y la alta tecnología? Pregunta capital es ésta, pues, como se sabe, en el reino tecnológico impera un axioma que dice así: «Lo que se ha inventado, no puede desinventarse». Esto quiere decir que no es posible volver al tiempo en el que Internet no existía; a la época en que los aviones eran sólo el sueño de Ícaro; en que para oír música había que recurrir a aquellas mastodónticas consolas que constituyen hoy las delicias de los anticuarios. ¿Significará también que ya no es posible volver al tiempo en el que éramos más simples porque nos conformábamos con poco?

Hace unos días cayó en mis manos un viejo libro de don Alfonso Junco –data el amarillento volumen de 1939, año en que estallaba la Segunda Guerra- cuyo título era La vida sencilla. En él el autor transcribía párrafos y pasajes de un libro más antiguo aún, encontrado por él en un bazar madrileño, en el que un tal Carlos Wagner encomiaba la sencillez de la vida y daba sugerencias prácticas para conseguirla. Transcribo y comento ahora algunos de estos consejos. ¿Quiere usted vivir apaciblemente y con sencillez? Entonces, escuche usted:

Ante todo, es necesario no sucumbir a la fáustica tentación de querer saberlo todo; he aquí lo que escribió Junco citando a Wagner: «Así como no hay necesidad de agotar toda el agua de las fuentes para apagar nuestra sed, tampoco necesitamos saberlo todo para vivir». Vale esta recomendación para aquellos que, queriendo estar al día en todas las cosas, se pasan la vida entre libros y documentos, telediarios y noticieros, de manera que muy raramente tienen tiempo para los demás y casi nunca para ellos mismos. ¡Hay que reencontrar las amistades perdidas y reanudar los lazos rotos! Hay quienes creen que los grandes amores mueren de traición, pero la verdad es que más frecuentemente mueren de olvido, o de descuido.

El segundo consejo se reduce a esto: evitar los pensamientos pesimistas: «Cuando se sabe que un manjar es peligroso para la salud, no se come. Y cuando un cierto modo de pensar nos quita la confianza, la alegría y la fuerza, hay que rechazarlo, seguros de que no es sólo un alimento detestable para el espíritu, sino que es falso… La esperanza más sencilla está más cerca de la verdad que la desesperanza más razonada».

Tercero: hacer concreto nuestro amor a la humanidad. Ya a principios de siglo decía Péguy, el poeta francés, que hay quienes creen que aman a Dios simplemente porque no aman a nadie; de igual manera, habría que decir que hay quienes creen amar a la Humanidad simplemente porque no son capaces de amar con amor sincero a aquellos que separadamente la componen, es decir, a los individuos. «Nos apasionamos por la comunidad –escribe Junco-, por el bien público, por las lejanas desgracias, mientras vamos pisando a los transeúntes, o empujándolos». ¡Pensamos en los lejanos, pero ignoramos a quienes tenemos a un lado! Los jóvenes posmodernos sentados a la mesa en silencio, pero maniobrando su teléfono mientras sus padres le hablan, son una excelente muestra de esta raza abominable.

Cuarto: conspirar a favor de la alegría. «El que se dedica a mantenerla, hace una labor tan provechosa como la del que hace puentes, perfora túneles o cultiva la tierra… Proporcionar un poco de placer, desarrugar las frentes preocupadas, introducir un poco de luz en los caminos oscuros, ¡qué oficio tan verdaderamente divino para esta pobre humanidad!».

Quinto: buscar a los de la misma casa. «Nuestros hijos –prosigue Junco- heredan un mundo que no es alegre… Deje la alegría de ser un género de exportación. Reunamos a nuestros hijos, multipliquemos las fiestas caseras, las recepciones y las excursiones en familia. Elevemos en nosotros el buen humor a la altura de una intuición… No hay nada semejante para comprender bien a un profesor que el haber reído junto a él. Recibid sencillamente, reuníos sencillamente. Veréis el fruto».

Sexto: amar el propio hogar, ese refugio donde el amor encuentra su escondite. «¡Cómo suspiran por el hogar los que lo han perdido! ¡Cómo, los que nunca probaron su acogedora plenitud! Así el norteamericano que conoce apenas el hogar porque en la mañana se dispersan todos al trabajo, a mediodía cada quien toma su lunch en la calle, por la noche cada uno se pasea por su lado… Porque el hombre no es un nómada. Le gusta, sí, salir y vagar; pero le gusta tener donde volver».

Pero me detengo aquí, porque se ha hecho tarde ¿Son válidos estos consejos en el año 2021 así como lo fueron en 1939 y en 1913 (años en que fueron publicados, respectivamente, los libros de Junco y Wagner?). Júzguelo el lector; o, mejor aún, haga la prueba y verá.

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Paloma debe ser la candidata de Morena en SLP | Columna de Luis Moreno

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HISTORIAS PARA PERROS CALLEJEROS.

Es un hecho, Paloma Rachel Aguilar Correa se inscribirá el lunes al proceso interno de Morena para definir quién será su candidata a gobernadora y es una de las favoritas a quedarse con la nominación, así lo confirmaron al menos tres fuentes diferentes.

Uno de los trascendidos apuntó a que el propio presidente López Obrador fue quien le solicitó a Paloma ser la candidata y la instrucción fue clara: hacer una campaña digna.

No una mentira ni tampoco un lance machista asegurar que hoy los perfiles más fuertes de Morena en San Luis son hombres: Leonel Serrato, Juan Ramiro Roble y Primo Dothé, pero la posibilidad de verlos en la boleta es lejana, por no decir imposible, pues implicaría la modificación de alguna de las ocho candidaturas para hombres en otros estados.

A finales del año anterior, cuando Mario Delgado, dirigente nacional morenista, hizo el anuncio de que en San Luis tendrían a una candidata, el proceso electoral se convulsionó, pues antes de eso muchos anticipábamos una victoria de Morena sin muchos contratiempos, pero considerando lo poco conocidas que son y los negativos que tienen las tres inscritas originalmente para la postulación: Francisca Reséndiz, Marcelina Oviedo y María del Consuelo Jonguitud, dio la impresión de que el partido quería perder y con su derrota abrirle paso a otro candidato para quedarse con el voto de las izquierdas.

Luego de eso surgieron voces que sentaban a Mónica Rangel, secretaria de Salud, en la postulación de Morena, una posibilidad que sigue latente, de hecho en el escritorio de Mario Delgado los expediente de Mónica y Paloma son los más adelantados, sin embargo, elegir a la funcionaria carrerista es un suicidio partidista para Morena, pues causaría una decepción irreparable no solo entre su militancia (que es muy poca), sino entre sus simpatizantes (que son muchos y muchas); ya que Mónica, además de no ser parte de Morena, tiene acusaciones serias por uso indebido de recursos públicos, lo que traería una retahíla, no para el partido, sino para el presidente López Obrador, que suficiente tiene con los cuestionamientos contra Félix Salgado Macedonio en Guerrero.

Hacer una campaña digna no es sinónimo de ganar, pues se puede ganar siendo indigno, pero es un triunfo a largo plazo, uno que urgentemente necesita Morena San Luis, pues liderazgos guiados por los complejos y mediocres como el de Sergio Serrano han condenado al partido oficial a un marasmo que lo hace parecer una izquierda de los años 70 y lo aleja de la visión progresista de las y los morenistas en la Ciudad de México que, sin problema, es capaz de convencer a las clases medias aspiracionales y juveniles, algo por ahora impensable en el estado.

Estoy convencido de que si es real que Andrés Manuel ha depositado esa encomienda en Paloma Rachel, ella cuenta con todos los elementos para cumplirla.

En primer lugar tiene el perfil político: es fundadora de Morena en el estado, tiene la inteligencia, la retórica y la oratoria. Fue brigadista de López Obrador, le ha sido leal durante toda su trayectoria y el presidente le responde igual. Y en un tema más trivial, pero que no se debe soslayar (las elecciones son en buena medida un tema de imagen), tiene el atractivo que ofrece la juventud.

Paloma puede ser la punta del inicio de una refundación de Morena en San Luis, en la que deben tener un lugar preponderante otros liderazgos importantes como Leonel Serrato. Su presencia en la boleta sería incontestable, no así la de muchas de las interesadas y de paso, en una de esas, con una elección dividida entre Ricardo Gallardo, Octavio Pedroza, Xavier Nava (si logra romper la coalición) y lo que logren juntar entre Juan Carlos Machinena, Arturo Segoviano, los representantes del PES y RSP, puede que la elección acabe por ponerse al alcance de todas, siempre y cuando se salven pleitos con viejos, se busquen aliados y se acuda a un discurso del siglo XXI.

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Dios es mi hijo | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

 

El 21 de junio de 1940, durante la segunda gran guerra, Jean Paul Sartre (1905-1980), soldado de la resistencia francesa, fue hecho prisionero y llevado a Tréveris, Alemania, donde estuvo recluido durante casi un año. Para ese entonces había publicado ya algunas de sus obras más importantes (La imaginación, El muro, La náusea), y comenzaba a convertirse en el intelectual-símbolo de una época que no estaba dispuesta a vivir más que en absoluta libertad y sin fe.

En Las palabras, su autobiografía, Sartre no vacila en dirigirse a Dios como no lo haría con el peor de sus enemigos. Uno se frota los ojos para cerciorarse de que no está viendo visiones en la página impresa, de que esas frases fueron dichas verdaderamente. Pero no se trata de ninguna visión, por desgracia, ni de ningún error de tipografía.

Sin embargo, según cuenta el dominico Bernard Bro en uno de sus libros (La foi n’est pas ce que vous pensez), durante aquel breve cautiverio, un sacerdote amigo suyo, miembro de su misma congregación, pidió a Sartre la noche de Navidad (era la Navidad de 1940, la única que pasó en el campo aquel) que escribiera algo para recordar el nacimiento del Salvador. Si casi todos los prisioneros eran cristianos y tenían entre ellos a alguien que escribía, y que lo hacía bastante bien, ¿por qué no pedirle una composición?, ¿por qué desaprovechar la oportunidad? He aquí cómo cuenta este episodio el padre Bro:

«Fue (Sartre) uno de los mejores filósofos franceses de los últimos tiempos. Estando en cautiverio, un sacerdote amigo que estaba prisionero con él, le pidió ayuda para que la primera Navidad pasada en el campo no fuera tan siniestra. El filósofo proclamó a menudo que había abandonado la fe. Lo dijo una y mil veces. Y, sin embargo, inesperadamente, compuso una obra de teatro para esta Navidad de cautiverio. En ella evoca a la Virgen, al Niño Jesús y la Sagrada Familia».

He aquí, por ejemplo, lo que Sartre dijo de José en aquella obra que, según sé, acaba de publicar la editorial española Voz de Papel con el título Bariona, el hijo del trueno: «¿Y José? A José no lo pintaría. Simplemente mostraría una sombra y dos ojos brillantes en el fondo del pesebre. Porque no sé qué decir de José, y José no sabe qué decir de sí mismo. Él adora y es feliz adorando. Y se siente un poco desterrado. Creo que sufre sin confesarlo. Sufre al darse cuenta que la mujer que ama se parece a Dios, toma partido por Dios. Porque Dios vino a la intimidad de esta familia. José y María están separados para siempre en este incendio de claridad. Imagino que José se pasará la vida tratando de aceptar todo esto».

En otro pasaje de la misma pieza, el filósofo hace a hablar a María y pone en su boca estas palabras:

Dios… Dios es mi hijo.

Esta carne divina es mi carne.

Está hecho de mí, tiene mis ojos.

La forma de su boca tiene la forma de la mía.

Se parece a mí.

Es Dios y sin embargo se parece a mí.

Ninguna mujer ha podido tener a Dios para ella sola,

un Dios- niño  al que se puede cubrir de besos,

un Dios que sonríe y que respira,

un Dios al que se puede tocar y que sonríe.

A pesar de haber escrito esto más por complacer a los demás que para convencerse a sí mismo, Sartre tenía razón. María, en secreto, debió haber  dicho o pensado algo semejante. Ese niño que tenía allí, tan cerca, era Dios, Dios que se dejaba acariciar como se acaricia un niño.

Celebrar la Navidad es celebrar que Dios tiene una boca como la nuestra, unos ojos como los nuestros, un corazón de carne como el nuestro: que se parece a mí y a ti, que se nos parece. Y que sonríe.

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