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¡CÁLLATE! | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
«En aquel tiempo llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo que se puso a gritar: “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!”. El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea» (Marcos 1, 21-28).
Leo el texto una y otra vez, pues debo predicar sobre él en la misa del próximo domingo. Respiro profundamente y trato de repetir para mí mismo las palabras que más impresión me han causado, es decir, las que con mayor espontaneidad acuden, después de la lectura, a mis labios y a mi memoria. Quizá no sea éste el método más adecuado para preparar una homilía dominical, pero así suelo hacerlo regularmente y no creo que, al menos por ahora, me decida a cambiarlo.
«Este hombre habla con autoridad». ¿Cómo hablaba Jesús? ¿Cómo era el timbre de su voz? ¿Era un tono dulce, o más bien enérgico y decidido? Me lo imagino predicando a la pequeña comunidad reunida en la sinagoga y a ésta escuchándolo con embeleso. Pero de pronto mi imaginación pega un brinco, por decirlo así, y me escucho repitiendo esta sola exclamación: «¡Cállate!». ¿A quién se la dice Jesús? ¿A quién va dirigida? Históricamente hablando, por decirlo así, al endemoniado que andaba por allí cerca, pero sería demasiado iluso de mi parte creer que sólo se la dice a él. ¿Y si esta orden estuviese dirigida a mí también? «Juan Jesús, cállate. Hablas demasiado. De pronto dices cosas que no debes decir».
Trago saliva. Sí, el Señor me está reprendiendo también a mí, como si yo formase parte de la asamblea de aquella sinagoga, y lo escucho con la cabeza baja, profundamente avergonzado: «¡Cállate, por el amor de Dios! ¿Qué ganas con decir lo que sabes? Sé discreto, sé silencioso. Para refrenar la lengua he ideado la compuerta de los dientes; te he dado dos orejas, pero sólo una lengua para que escuches lo doble y hables la mitad. Analiza con cuidado tu anatomía, aprende de ella y saca de ello las debidas consecuencias. ¡Cuántas enemistades te has granjeado por haber abierto la boca más de lo debido! ¡Y cuántas se han alejado de ti por no querer participar de tu charla inconveniente! Así, pues, cállate. Tú hablas con libertad creyendo que los demás nunca se enterarán de los que dices en lo íntimo y lo privado. Pero se enterarán, de eso no hay duda, porque no hay nada oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a descubrirse».
Sí, es verdad: así hable uno con la pared, los demás siempre se enteran de lo que dijimos. Por eso dice la Escritura: «Ni en tu pensamiento hables mal del rey, ni en tu alcoba hables mal del poderoso
, porque un pajarito del cielo le lleva el cuento y un ser alado les cuenta lo dicho» (Eclesiastés 10, 20). ¡Dios mío, cuánta sabiduría hay en estas palabras, y qué actuales son!A menudo, tras una amarga decepción, nos preguntamos: «¿Cómo se enteró éste de lo que dije, si supuestamente se lo confié únicamente a mis amigos y sólo a ellos? Además, me prometieron solemnísimamente que no dirían nada de cuanto acababan de escuchar. ¿Quién de todos ha traicionado de este modo mi confianza?».
Uno se rompe la cabeza preguntándose quién podrá haber sido, pero tales indagaciones son vanas además de inútiles, porque pudo haber sido cualquiera de ellos o incluso cada uno por su cuenta. O quizá, ¿por qué no?, incluso ese pajarillo del que habla el libro del Eclesiastés. Por eso dice también, con toda verdad, un refrán judío: «Amigo: tu amigo tiene amigos; por lo tanto, sé discreto».
Mientras pensaba en estas cosas me puse a recordar a un compañero mío de la preparatoria al que todos, como apodo, le decían la piñata. ¿Por qué la piñata?, pregunté a mi vecino de al lado, el cual me respondió así:
-Le decimos la piñata porque a éste basta sacudirlo un poco para que saque todo lo que guarda dentro.
Iba a lanzar una carcajada recordando estas cosas ya muy viejas cuando caí en la cuenta de que estaba preparando mi homilía y que, por lo tanto, no debía dar pie a divagaciones ociosas. En vez de reírme, traté de recordar algo que sobre este asunto del callar había escrito Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés, en una página de su diario: «Pareciera que los hombres han recibido el don de la palabra no para esconder sus pensamientos (como sostenía Talleyrand), sino para esconder el hecho de que no tienen pensamientos».
Es verdad: muchas veces hablamos para no pensar, para no escuchar, para dar la impresión de que estamos llenos cuando en realidad sólo hay en nosotros sequedad y vacío. ¡Qué superficial nos parece la gente que no es capaz de estarse un momento con la boca cerrada! Ésta se siente en la necesidad de hablar de todo, aunque por esto deban caer muchas cabezas a su alrededor. Como los peces, estos individuos mueren siempre por su propia boca.
«¡Cállate!». Si de todo esto hablara el próximo domingo; si convenciera a mis feligreses (y me convenciera yo el primero) de que es necesario ser más discretos y silenciosos, no creo que vaya a ser tiempo perdido. En todo caso, ya veré. Aún me quedan varios días para decidir y tomar las decisiones pertinentes al caso…
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Satán | Columna de Juan Jesús Priego
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Satán significa adversario, enemigo, acusador (cfr. Apocalipsis 12, 7ss). Todo su trabajo y todo su afán se concentra en apuntar con el dedo, señalar los defectos, gritar los pecados y desconfiar de la bondad. Todo gesto le parece sospechoso y toda piedad interesada.
“-¿No te has fijado en mi siervo? ¡No hay nadie como él en la tierra! Es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal -exclama el Altísimo lleno de orgullo al contemplar desde el cielo las virtudes de Job.
“-Ah, ¿pero es que Job teme a Dios gratuitamente? –le responde el adversario con un dejo de cinismo-. ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos, y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca sus bienes: ¡verás si no te maldice a la cara!” (Job 1, 1-11).
¡Qué chiste –dice Satán al Señor-, así cualquiera te alaba! Job es el hombre más afortunado del mundo –es el Elon Musk de estos tiempos que los contemporáneos llaman jurásicos-, ¿y no quieres que se muestre agradecido contigo? ¡Claro que está agradecido! Pero porque lo proteges de sus enemigos y le has dado riquezas a manos llenas. Mas quítaselo todo y ya verás el cambio que se opera en él. ¡Apuesto a que te costará reconocerlo!
Juan, el visionario, escribió así de él en el libro del Apocalipsis:
Ahora se ha establecido la salvación
y el poder y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo.
Porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche (12, 10).
Sí, de día y de noche nos acusa, diciendo, por ejemplo:
-¿Juan Jesús Priego? ¡Pobre hombre! Míralo, Dios, míralo bien. No es tan bueno como muchos creen. Está lleno de soberbia y maldad. ¿Has leído en su corazón? En el fondo es un canalla. ¡Anda, mándale una parálisis, detenle la mano y ciérrale la boca para que lo compruebes! Y mira también a Manuel, y a María, que ahora están leyendo uno de sus libros. Quieren parecer piadosos porque leen literatura católica. ¡Ah, como si no supiera yo la clase de pensamientos que conciben en su interior!
Su actitud fundamental es la desconfianza: en los gestos más heroicos no ve sino cálculos interesados y dobles intenciones; para él, la vida es una comedia cuya verdadera trama se lleva a cabo no sobre las tablas, sino detrás del telón. “Hay que desconfiar de todo y de todos”, nos dice al oído. “Aquel que te sonríe desde la acera de enfrente, ¿sabes tú por qué lo hace? ¿Adivinas lo que quiere de ti, o por lo menos lo sospechas? ¡Nadie se muestra simpático con los demás sólo porque sí!”. Ni siquiera se le ocurre que pudiera existir lo que los psicólogos y los filósofos han llamado desinterés, esa hermosa virtud que nos impele a hacer las cosas por el puro placer de realizarlas. (“¿Ah, pero es que Job teme a Dios gratuitamente?”).
En una página de su diario, Julien Green hizo una certera descripción de la mirada demoníaca; escribió así el 10 de febrero de 1959: “Es triste pensar que a menudo vemos la vida como la ve el demonio: con una lucidez atroz. El demonio ve con claridad, pero ve sin amor. Cuanto hay de radiante, o de santo, él no lo ve, o lo oculta, o lo odia. Nos hace ver a aquel hombre y nos dice: ‘¡Míralo! Mira cómo se atraganta cuando come; ¿no parece una bestia? Es de una glotonería atroz. Se cree bueno, pero está lleno de pensamientos impuros. Para hacer una prueba, escucha cómo habla de los últimos escándalos. Es un hipócrita y un egoísta’. Y acaso todo eso sea verdad, pero hay otras muchas cosas además de éstas que nos negamos a ver, que veríamos si estuviéramos más atentos”.
De día, de noche, a todas horas, Satán acusa en nuestro interior a los demás haciéndonoslos parecer siempre viles, siempre pérfidos. Es él quien nos incita a ver de las personas el lado sombrío y de los acontecimientos sólo el aspecto tenebroso. Se goza en cultivar en nosotros la desconfianza, el horror y el pesimismo.
Pero eso no es todo: también se complace en acusarnos a nosotros mismos delante de nuestra propia conciencia. “Eres vil, un cerdo. ¿Crees que alguien podría quererte siendo el que eres? ¡Pobre animal! Lo único que provocas es asco. Y, ahora, observa los movimientos de esa persona que está frente a ti. ¿Crees que en realidad tiene prisa, como dice? ¡Mentira! La verdad es que huye de ti: no quiere verte. Ahora mira a aquella otra: es bella y, además, rica. ¿Has observado que belleza y riqueza casi siempre caminan de la mano? Allí donde hay riqueza, allí podrás encontrar casi siempre a su gemela. Tú, en cambio, eres pobre y feo. ¿Y no se te ha ocurrido nunca reclamarle a Dios por haberte hecho como te hizo? A los otros, todo se lo dio; a ti, todo te lo negó. ¡Anda, maldice a Dios en su cara y muérete de una vez!”.
“La acción del enemigo –escribió el cardenal Carlo Maria Martini (1927-2012) refiriéndose al demonio- es la de apagar los deseos, acusarnos, apagar todo lo bueno que hay en nuestro interior. Tenemos, pues, que aprender a reconocerlo, porque está enfurecido contra nosotros. Siempre nos hace ver nuestros lados negativos, nuestros errores y nuestras incapacidades. Contra su acción, Jesús recomienda lo siguiente: no hacer caso ni dentro de nosotros, ni en la comunidad, ni en el grupo, a las voces de derrotismo y de pesimismo, que son las voces del demonio”.
Cuando me siento inferior (o siento que los demás son inferiores a mí); cuando creo que no valgo nada (o que son los otros los que nada valen); cuando ya no espero nada de la vida, ni de los demás, ni de mí, ni de Dios; cuando pienso que lo mejor sería morirme de una vez (o que mi vecino de enfrente debería morirse cuanto antes), no lo dudemos: es él, Satán, quien nos está dirigiendo la palabra.

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Soliloquios de una puerta | Columna de Juan Jesús Priego
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¿Se ha imaginado alguna vez un mundo sin puertas? En cierta ocasión hice todo lo posible por imaginármelo y, vanidad aparte, debo confesar que no lo conseguí. Imagine, digo, la cara de un niño que no pueda ir a rebotar su balón a la acera de enfrente; el humor de la mujer a la que le esté prohibido ir a platicar con la vecina de dos cuadras más allá; la nostalgia del que habiendo nacido cerca del mar –marinero en tierra- tenga que conformarse con el puro ruido del oleaje. Un mundo sin puertas sería como un campo de concentración, o algo peor aún que eso. Consta por ciertos testimonios dignos de todo crédito que los prisioneros de los campos alguna vez se consolaron contemplando un crepúsculo, o inclinándose ante la fragancia de una rosa solitaria. Pero en un mundo sin puertas no habría crepúsculos ni rosas. No es casualidad, pues, que la Jerusalén celestial tenga doce puertas siempre abiertas hacia todas las direcciones, según asegura san Juan evangelista, autor también del libro del Apocalipsis. ¡Por muy divina que fuese, si no tuviera puertas, la Jerusalén de arriba sería un infierno más que un cielo!
Cuando los hombres eran nómadas, poca necesidad tenían de puertas: vivían de cara al infinito y caminaban en grupos. Pero cuando, andando el tiempo, se volvieron sedentarios, obraron la separación y cada uno se fue a vivir a su propia casa. Entonces descubrieron que existía un peligro llamado encierro, y que éste puede significar más de una cosa: soledad, incomunicación, tal vez locura. Por lo cual, para tener siempre disponible una vía de escape, se dieron a la tarea de construir puertas, que son como los barrotes por los que se escapa el reo. La puerta es símbolo de salud y libertad. Mucho se equivocaba, pues, Octavio Paz (1914-1998) cuando en algún lugar de su obra poética dijo: “No hay puertas, hay espejos”. ¡Si así fuera, el hombre estaría perdido!
Consideradas las cosas desde esta perspectiva, ¿le parece extraño que Jesús se hubiese comparado a sí mismo con una puerta? “Yo soy la puerta -dijo un día a las multitudes en Jerusalén-. Si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” (Juan 10, 9). Honor que nos hizo.
¿Me creería usted, estimado señor, si le digo que hasta un sociólogo tan renombrado como Georg Simmel (1858-1918) se ocupó una vez de nosotras las puertas? Lo hizo en un ensayo de 1909, donde dijo: “Es esencial para el hombre, en lo más profundo, el hecho de que él mismo se ponga una frontera, pero con libertad, esto es, de modo que también pueda superar nuevamente esta frontera, situarse más allá de ella”.
¡Ya sé que este párrafo puede parecerle a usted un tanto difícil! Pero es que Georg Simmel era alemán y, como se sabe, a los alemanes les gusta enormemente oscurecer lo claro. Pues bien, se lo diré con mis palabras. La casa pone un límite al espacio infinito: lo cuadricula, por decirlo así, para convertirlo en hogar; pero gracias a las puertas puede el hombre vencer el confinamiento al que él mismo se ha sometido para salir a respirar el aire puro de la libertad. ¿No es esto maravilloso? Pero vea, también, para qué otra cosa puede servir una puerta.
Cuando los judíos habitaban ya en la tierra prometida y habían construido en ella sus casas, Dios les dio el siguiente mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si estás de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, serán como una insignia ante tus ojos, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas” (Deuteronomio 6, 5-9).
Para nosotras las puertas, puesto que nos concierne directamente, este texto es de obligada meditación. Durante mucho tiempo he dado vueltas y más vueltas a este pasaje misterioso. ¿Por qué sobre nosotras debía de ser escrito el primero de los mandamientos y no en el techo de la casa, por ejemplo? Respecto a esta difícil cuestión he llegado a elaborar una teoría que ahora expongo a su juicio, estimado señor. ¿Qué es lo que hace alguien, por ejemplo, cuando quiere dejarle a otro un recado urgente? No lo deja por cierto en el suelo, pues se lo llevaría el viento; ni sobre su escritorio, porque se perdería entre los otros muchos papeles que hay en él –se le traspapelaría, para decírselo de manera llana-, sino que lo fija en la puerta, a la altura de los ojos, de manera que cuando éste entre o salga sea lo primero que vea. Algo similar, me imagino, quiso hacer Dios con su pueblo: como lo que le ordenaba hacer era algo de suma importancia, quiso que sus palabras estuvieran siempre delante de los ojos, de modo que nadie las olvidase.
Pero hay todavía algo más: al fijar allí el mandamiento y no en otro lugar, el Todopoderoso vio que era muy prudente que al entrar a su casa o al salir de ella, todo judío, por joven o viejo que fuese, se acordara del mandamiento del amor. El que sale a la calle sin acordarse de que debe amar, corre el riesgo de convertirse en un peligro para sus congéneres; el que entra a su casa y se olvida del amor, puede acabar siendo, como se dice, candil de la calle y oscuridad de su casa, relacionándose con los suyos como sólo saben hacerlo los tiranos. Hay el deber de amar adentro y afuera. Y si esto es así, ¿dónde más podría ser fijado el mandamiento sino en la puerta, que es como el puente entre el adentro y el afuera, entre lo público y lo privado?
En los tiempos de la posmodernidad y del retorno de los brujos, a las puertas nos ponen ajos. Es decir, que hoy servimos únicamente para recordar a las personas que tienen que lavarse la boca y cuidarse el aliento. Lo que, me parece, es una gran ofensa a la dignidad de las puertas.
Pero me callo ya: nuestros soliloquios producen el mismo sonido de las polillas cuando éstas nos devoran las entrañas, y la verdad es que no me agrada nada la idea de anticipar ese júbilo un tanto lánguido llamado, quién sabe por qué motivo, jubilación. ¿Sabe usted lo que haría conmigo el dueño de la casa si por ventura me escuchase? ¡No quiero ni pensarlo! De modo que me despido de usted y le digo adiós. Buenas noches.
También lee: El viejo rico | Columna de Juan Jesús Priego
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El viejo rico | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
Para los evangelistas fui, una vez, “el joven rico”, pero ya no soy joven. ¡Han pasado tantos años desde que…! Pero, ¿conoce usted mi historia, señor? Si yo se la contara a usted con mis palabras, no me creería: dirá, quizá, que exagero. Además, los recuerdos adquieren siempre en la memoria los rasgos de la idealidad, de manera que no hay que confiar mucho en lo que dicen los viejos. ¡Nunca cuentan la historia como la vivieron, sino como la recuerdan! Por eso, le contaré la mía de la manera más objetiva, aunque también más fría: con esto quiero decir que se la referiré a usted tal y como la dejó escrita San Marcos en el capítulo décimo de su libro.
“Jesús estaba a punto de partir cuando corrió uno a su encuentro, se arrodilló delante de él y le preguntó:
“-Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para ganar la vida eterna?
“Jesús le respondió:
“-¿Por qué me llamas bueno? Uno solo es bueno: Dios. Ya conoces los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.
Él contestó:
“-Maestro, todo esto lo he practicado desde muy joven.
“Jesús lo miró, sintió cariño por él y le dijo:
“-Sólo una cosa te falta: anda a vender todo lo que tienes, dáselo a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme.
“Al oír estas palabras, el otro frunció el ceño y se puso muy triste, pues tenía muchos bienes” (Marcos 10, 17-22).
Y esto es todo lo que el evangelista dice respecto a mí. ¿Cómo supo que me había puesto en verdad muy triste? ¿Se lo reveló mi semblante? En todo caso, sí: me fui muy triste. ¡Me fui! Por eso nunca supe, sino hasta muchos años después, lo que Jesús, al verme partir, dijo en aquel momento a sus discípulos:
“¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!… Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios” (Marcos 10, 24-25).
¡Y bien, amigo mío, yo soy ese individuo del que el evangelista ni siquiera dice el nombre! Yo no tuve nombre para él, con todo lo que esto significa para un judío. ¿Nota usted el desprecio con que se refiere a mi persona? “Corrió uno a su encuentro”. Uno. ¿Se ha fijado usted que el rico de la parábola de Lucas, ese mismo que banqueteaba espléndidamente cada día mientras a las puertas de su casa se moría de hambre un mendigo, tampoco tiene nombre? El pobre sí: se llama Lázaro. Pero el rico… No tener nombre significa no existir. O peor aún que eso: no existir para Dios.
¡Quién dijera que han pasado sesenta años desde entonces! Ahora soy un muerto que camina… ¡Sí, señor, hay muertos vivos! Yo morí hace sesenta años, aquel día en que Él pasó a mi lado y, mirándome con amor, me dijo: “¡Sígueme!”.
Es verdad que sigo siendo un hombre rico, pero pronto dejaré de serlo, porque la muerte se acerca y todo lo dejaré. Contra lo que suele decirse, amigo, no hay muerto rico . ¡Los muertos son más pobres aún que los mendigos! Son los más pobres entre los pobres.
El otro día, a través de una puerta mal cerrada, oí lo que discutían mis hijos. Disputaban acerca de cuánto debía tocarle a cada uno, y negociaban acaloradamente con el primogénito, quien, por ley, recibiría más que todos. Es más, creo que incluso sus hermanos han dejado de hablarle. Y yo, mientras tanto, desde mi asiento, me pongo de su parte, y le pido a Dios que todo acabe de una vez. ¿Para qué seguir en este mundo? ¿Únicamente para verlos reñir?
¡No dejarles nada! ¡Con qué gusto lo haría! ¡Ah, si me hubiese atrevido hace sesenta años…!
Soy lo que se dice un hombre importante. Importante a los ojos de los hombres. Ante los de Dios, ya ve usted, ni siquiera tengo un nombre.
También Lucas habla de mí; y también él me trata con desprecio, limitándose a decir: “Cierto hombre le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?'” (18, 18). Y despacha la historia con estas secas palabras: “Cuando él oyó esta respuesta (la que ya conoce usted, amigo), se puso muy triste porque era riquísimo”. Yo no soy Ismael, soy sólo uno, uno entre muchos: cierto hombre…
Amigo mío, ¿me escucha usted? Recoja mi confesión con el mismo respeto con que se recoge una lágrima: me muero de nostalgia. ¡Mi vida podría haber estado llena! ¿Qué habría sido de mí si…, si me hubiese atrevido? Porque bien claro oí lo que me dijo: “Después, ven y sígueme”. No fue un sueño, no. Él me invitaba a andar en su compañía, a formar parte de su grupo.
Jesús: maestro itinerante al que nunca se veía dos veces. Siempre andaba por caminos nuevos. Él pasaba…
“Temo a Cristo que pasa”, dijo un día, tal vez pensando en mí, el gran San Agustín. Hay que temerlo, sí, porque si te encuentra y te invita a seguirlo, y tú le dices que no, él seguirá adelante y tú te quedarás con la pena de lo que pudo haber sido…
“Temo a Cristo que pasa”. No estuvo nunca en un lugar fijo. ¿Para no dejarse encontrar por los temerosos y vacilantes? Es posible. Es, incluso, muy posible…

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