septiembre 28, 2026

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Carta al Papa | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Estoy cansado, muy cansado, y a manera de terapia he decidido leer esta noche –por cuarta o quinta vez: casi podría decir que me la conozco de memoria- la larga carta que San Bernardo de Claraval escribió hacia el año 1149 al Papa Eugenio III para darle consejos acerca de cómo gobernar la Iglesia y, al mismo tiempo, para regañarlo por su vida tan ajetreada y tan llena de sobresaltos.

El papa Eugenio III había sido monje en su juventud, de modo que en el fondo de sí mismo amaba la calma y el silencio; sin embargo, ahora que había sido puesto en el centro del mundo, por decirlo así, corría el riesgo de no encontrar tiempo ni siquiera para decir sus oraciones cotidianas.

«No te fíes demasiado del afecto con que por ahora amas la contemplación –le decía el santo en su carta-. Porque nada está fijado en el ánimo que no lo borre el descuido y el tiempo».

Cuando leo estas palabras pienso, no sé por qué, en mis amigos, y en el olvido en que los tengo. Es cierto que los quiero, y mucho, pero también es verdad que ya casi no los busco. Los días pasan y no sé nada de ellos. ¿Dónde están, qué hacen, en qué se entretienen? ¿Y no es precisamente esta ignorancia la que erosiona los grandes afectos? Es necesario caer en la cuenta, pues –me digo a mí mismo-, de que lo que mata el amor no es únicamente la traición, sino sobre todo el olvido. «No te fíes demasiado del afecto con que ahora amas»… No, no te fíes, porque de pronto, y sin que te des cuenta, llegará un momento en que ya no amarás.

«Otra vez te lo digo –prosigue la carta-: temo que entre la multitud de ocupaciones que te oprimen, como no esperas que acaben jamás, tu alma se familiarice con ellas, y de este modo te prives poco a poco a ti mismo de este justo y provechoso dolor que ahora sientes por verte cercado por ellas. Mayor cordura será hurtarles el cuerpo que permitir que te arrastren y te lleven a donde tú no quieras. ¿Me preguntas a dónde? A un corazón duro».

En otras palabras: ¿sufres por vivir como vives? ¿Se te parte el alma al comprobar que nunca tienes tiempo para aquello que consideras importante? Bien, entonces cultiva esta nostalgia: es buena, pues te dice que no es normal ni saludable vivir así. Además, el diagnóstico del santo es certero: cuando uno no tiene tiempo para sí mismo, cuando vive siempre como volcado hacia los deseos y las exigencias de los demás, el corazón acaba por endurecérsenos. Entonces nos volvemos secos, agrios y maleducados.

La psicología actual habla de burn-out para describir esta sensación de cansancio que se apodera de nosotros cuando, por no poder disponer de un tiempo propio, acabamos odiando a aquellos mismos que nos prometíamos atender y ayudar. Llega un punto en el que, ya bien situados en el borde de la desesperación, exclamamos: «¿Pero qué se piensa esta gente que sólo pide y no da nada? ¿Te hablan, te buscan? ¡Lo hacen porque por ahora te necesitan! Pero ya verás cuando hayan resuelto su problema: ni siquiera se acordarán de ti». Cuando nos sentimos utilizados, nos amargamos, y de ahí a que el corazón se nos vuelva duro como un ladrillo hay sólo un paso. El buen vino se vuelve entonces vinagre, y las sonrisas –que debieran ser signos de cordialidad y afecto- se convierten en desagradables muecas.

«Ve aquí, pues, a dónde te pueden llevar estas malditas ocupaciones si continúas entregándote a ellas sin dejar nada de ti para ti». ¡Dios mío, y pensar que quien ha escrito esto vivió hace casi novecientos años! El ser humano, desde entonces, no ha cambiado gran cosa, por lo que puede verse.

¿Qué quiere San Bernardo de su antiguo hijo espiritual? Sólo esto: que deje un tiempo para sí mismo; que se entregue a los demás, sí, pero que tampoco sea su esclavo. «Te ruego que me digas si es ocupación digna de ti estar desde la mañana hasta la tarde litigando u oyendo a los litigantes. ¡Y quisiera Dios que bastara al día su malicia! Pero las mismas noches no quedan libres. Apenas se da un rato para el reposo necesario del cuerpo, cuando nuevamente hay que levantarse para la audiencia de los pleitos… Gran virtud es la paciencia, sí, mas no deseo que la practiques en esta ocasión. Quizá sea más acertado que te impacientes alguna vez. No es buena paciencia permitir que te hagas esclavo pudiendo ser libre… Indicio de un corazón entorpecido es no sentir su propia y continua vejación».

En otras palabras: no te acostumbres a ser un títere de las voluntades ajenas. Sírvelos de todo corazón y con toda tu alma, pero deja un tiempo, aunque sea corto, para estar contigo mismo y con tu Dios. No es bueno –y por lo tanto tampoco es cristiano- andar por la vida con la lengua de fuera, como los perros demasiado exhaustos.

Prosigue San Bernardo: «Si das toda tu vida y toda tu ciencia a la acción y nada a la contemplación, ¿te alabaré? Ciertamente que no. Si quieres ser de todos, a la manera de aquel que se hizo todo para con todos (1 Corintios. 9,22), alabo la caridad, pero con tal de que ésta sea completa. ¿Pero cómo estará completa si te excluyes a ti mismo? Tú también eres hombre. Luego, para que tu caridad sea perfecta es preciso que en ella también te incluyas tú. Así, ya que eres de todos, sé también para ti mismo… De los sabios y los ignorantes eres deudor, ¿y sólo a ti mismo te niegas? Finalmente, el que es malo para sí mismo, ¿cómo podría ser llamado bueno? Acuérdate, por lo tanto, no digo siempre ni a todas horas, pero sí algunas veces, de tener tiempo para ti mismo».

Cierro el libro que contiene esta carta, doy un beso a sus pastas grises –es un libro de la BAC, esa editorial imprescindible, al menos para un católico-, bendigo a Dios por la existencia de estos santos comprensivos y humanísimos, apago con un solo movimiento de manos mi teléfono celular y me digo a mí mismo que es necesario dormir.

Dormir, sí. Por hoy ha sido todo. Que Dios me perdone por lo que debí hacer y no hice. Y, sobre todo, por haber querido convertir, durante mucho tiempo, mis noches en días: un pecado que se paga caro…

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Soliloquios de una puerta | Columna de Juan Jesús Priego

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¿Se ha imaginado alguna vez un mundo sin puertas? En cierta ocasión hice todo lo posible por imaginármelo y, vanidad aparte, debo confesar que no lo conseguí. Imagine, digo, la cara de un niño que no pueda ir a rebotar su balón a la acera de enfrente; el humor de la mujer a la que le esté prohibido ir a platicar con la vecina de dos cuadras más allá; la nostalgia del que habiendo nacido cerca del mar –marinero en tierra- tenga que conformarse con el puro ruido del oleaje. Un mundo sin puertas sería como un campo de concentración, o algo peor aún que eso. Consta por ciertos testimonios dignos de todo crédito que los prisioneros de los campos alguna vez se consolaron contemplando un crepúsculo, o inclinándose ante la fragancia de una rosa solitaria. Pero en un mundo sin puertas no habría crepúsculos ni rosas. No es casualidad, pues, que la Jerusalén celestial tenga doce puertas siempre abiertas hacia todas las direcciones, según asegura san Juan evangelista, autor también del libro del Apocalipsis. ¡Por muy divina que fuese, si no tuviera puertas, la Jerusalén de arriba sería un infierno más que un cielo!

Cuando los hombres eran nómadas, poca necesidad tenían de puertas: vivían de cara al infinito y caminaban en grupos. Pero cuando, andando el tiempo, se volvieron sedentarios, obraron la separación y cada uno se fue a vivir a su propia casa. Entonces descubrieron que existía un peligro llamado encierro, y que éste puede significar más de una cosa: soledad, incomunicación, tal vez locura. Por lo cual, para tener siempre disponible una vía de escape, se dieron a la tarea de construir puertas, que son como los barrotes por los que se escapa el reo. La puerta es símbolo de salud y libertad. Mucho se equivocaba, pues, Octavio Paz (1914-1998) cuando en algún lugar de su obra poética dijo: “No hay puertas, hay espejos”. ¡Si así fuera, el hombre estaría perdido!

Consideradas las cosas desde esta perspectiva, ¿le parece extraño que Jesús se hubiese comparado a sí mismo con una puerta? “Yo soy la puerta -dijo un día a las multitudes en Jerusalén-. Si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” (Juan 10, 9). Honor que nos hizo.

¿Me creería usted, estimado señor, si le digo que hasta un sociólogo tan renombrado como Georg Simmel (1858-1918) se ocupó una vez de nosotras las puertas? Lo hizo en un ensayo de 1909, donde dijo: “Es esencial para el hombre, en lo más profundo, el hecho de que él mismo se ponga una frontera, pero con libertad, esto es, de modo que también pueda superar nuevamente esta frontera, situarse más allá de ella”.

¡Ya sé que este párrafo puede parecerle a usted un tanto difícil! Pero es que Georg Simmel era alemán y, como se sabe, a los alemanes les gusta enormemente oscurecer lo claro. Pues bien, se lo diré con mis palabras. La casa pone un límite al espacio infinito: lo cuadricula, por decirlo así, para convertirlo en hogar; pero gracias a las puertas puede el hombre vencer el confinamiento al que él mismo se ha sometido para salir a respirar el aire puro de la libertad. ¿No es esto maravilloso? Pero vea, también, para qué otra cosa puede servir una puerta.

Cuando los judíos habitaban ya en la tierra prometida y habían construido en ella sus casas, Dios les dio el siguiente mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si estás de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, serán como una insignia ante tus ojos, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas” (Deuteronomio 6, 5-9).

Para nosotras las puertas, puesto que nos concierne directamente, este texto es de obligada meditación. Durante mucho tiempo he dado vueltas y más vueltas a este pasaje misterioso. ¿Por qué sobre nosotras debía de ser escrito el primero de los mandamientos y no en el techo de la casa, por ejemplo? Respecto a esta difícil cuestión he llegado a elaborar una teoría que ahora expongo a su juicio, estimado señor. ¿Qué es lo que hace alguien, por ejemplo, cuando quiere dejarle a otro un recado urgente? No lo deja por cierto en el suelo, pues se lo llevaría el viento; ni sobre su escritorio, porque se perdería entre los otros muchos papeles que hay en él –se le traspapelaría, para decírselo de manera llana-, sino que lo fija en la puerta, a la altura de los ojos, de manera que cuando éste entre o salga sea lo primero que vea. Algo similar, me imagino, quiso hacer Dios con su pueblo: como lo que le ordenaba hacer era algo de suma importancia, quiso que sus palabras estuvieran siempre delante de los ojos, de modo que nadie las olvidase.

Pero hay todavía algo más: al fijar allí el mandamiento y no en otro lugar, el Todopoderoso vio que era muy prudente que al entrar a su casa o al salir de ella, todo judío, por joven o viejo que fuese, se acordara del mandamiento del amor. El que sale a la calle sin acordarse de que debe amar, corre el riesgo de convertirse en un peligro para sus congéneres; el que entra a su casa y se olvida del amor, puede acabar siendo, como se dice, candil de la calle y oscuridad de su casa, relacionándose con los suyos como sólo saben hacerlo los tiranos. Hay el deber de amar adentro y afuera. Y si esto es así, ¿dónde más podría ser fijado el mandamiento sino en la puerta, que es como el puente entre el adentro y el afuera, entre lo público y lo privado?

En los tiempos de la posmodernidad y del retorno de los brujos, a las puertas nos ponen ajos. Es decir, que hoy servimos únicamente para recordar a las personas que tienen que lavarse la boca y cuidarse el aliento. Lo que, me parece, es una gran ofensa a la dignidad de las puertas.

Pero me callo ya: nuestros soliloquios producen el mismo sonido de las polillas cuando éstas nos devoran las entrañas, y la verdad es que no me agrada nada la idea de anticipar ese júbilo un tanto lánguido llamado, quién sabe por qué motivo, jubilación. ¿Sabe usted lo que haría conmigo el dueño de la casa si por ventura me escuchase? ¡No quiero ni pensarlo! De modo que me despido de usted y le digo adiós. Buenas noches.

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El viejo rico | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Para los evangelistas fui, una vez, “el joven rico”, pero ya no soy joven. ¡Han pasado tantos años desde que…! Pero, ¿conoce usted mi historia, señor? Si yo se la contara a usted con mis palabras, no me creería: dirá, quizá, que exagero. Además, los recuerdos adquieren siempre en la memoria los rasgos de la idealidad, de manera que no hay que confiar mucho en lo que dicen los viejos. ¡Nunca cuentan la historia como la vivieron, sino como la recuerdan! Por eso, le contaré la mía de la manera más objetiva, aunque también más fría: con esto quiero decir que se la referiré a usted tal y como la dejó escrita San Marcos en el capítulo décimo de su libro.

“Jesús estaba a punto de partir cuando corrió uno a su encuentro, se arrodilló delante de él y le preguntó:

“-Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para ganar la vida eterna?

“Jesús le respondió:

“-¿Por qué me llamas bueno? Uno solo es bueno: Dios. Ya conoces los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.

Él contestó:

“-Maestro, todo esto lo he practicado desde muy joven.

“Jesús lo miró, sintió cariño por él y le dijo:

“-Sólo una cosa te falta: anda a vender todo lo que tienes, dáselo a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme.

“Al oír estas palabras, el otro frunció el ceño y se puso muy triste, pues tenía muchos bienes” (Marcos 10, 17-22).

Y esto es todo lo que el evangelista dice respecto a mí. ¿Cómo supo que me había puesto en verdad muy triste? ¿Se lo reveló mi semblante? En todo caso, sí: me fui muy triste. ¡Me fui! Por eso nunca supe, sino hasta muchos años después, lo que Jesús, al verme partir, dijo en aquel momento a sus discípulos:

“¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!… Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios” (Marcos 10, 24-25).

¡Y bien, amigo mío, yo soy ese individuo del que el evangelista ni siquiera dice el nombre! Yo no tuve nombre para él, con todo lo que esto significa para un judío. ¿Nota usted el desprecio con que se refiere a mi persona? “Corrió uno a su encuentro”. Uno. ¿Se ha fijado usted que el rico de la parábola de Lucas, ese mismo que banqueteaba espléndidamente cada día mientras a las puertas de su casa se moría de hambre un mendigo, tampoco tiene nombre? El pobre sí: se llama Lázaro. Pero el rico… No tener nombre significa no existir. O peor aún que eso: no existir para Dios.

¡Quién dijera que han pasado sesenta años desde entonces! Ahora soy un muerto que camina… ¡Sí, señor, hay muertos vivos! Yo morí hace sesenta años, aquel día en que Él pasó a mi lado y, mirándome con amor, me dijo: “¡Sígueme!”.

Es verdad que sigo siendo un hombre rico, pero pronto dejaré de serlo, porque la muerte se acerca y todo lo dejaré. Contra lo que suele decirse, amigo, no hay muerto rico

. ¡Los muertos son más pobres aún que los mendigos! Son los más pobres entre los pobres.

El otro día, a través de una puerta mal cerrada, oí lo que discutían mis hijos. Disputaban acerca de cuánto debía tocarle a cada uno, y negociaban acaloradamente con el primogénito, quien, por ley, recibiría más que todos. Es más, creo que incluso sus hermanos han dejado de hablarle. Y yo, mientras tanto, desde mi asiento, me pongo de su parte, y le pido a Dios que todo acabe de una vez. ¿Para qué seguir en este mundo? ¿Únicamente para verlos reñir?

¡No dejarles nada! ¡Con qué gusto lo haría! ¡Ah, si me hubiese atrevido hace sesenta años…!

Soy lo que se dice un hombre importante. Importante a los ojos de los hombres. Ante los de Dios, ya ve usted, ni siquiera tengo un nombre.

También Lucas habla de mí; y también él me trata con desprecio, limitándose a decir: “Cierto hombre le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?'” (18, 18). Y despacha la historia con estas secas palabras: “Cuando él oyó esta respuesta (la que ya conoce usted, amigo), se puso muy triste porque era riquísimo”. Yo no soy Ismael, soy sólo uno, uno entre muchos: cierto hombre…

Amigo mío, ¿me escucha usted? Recoja mi confesión con el mismo respeto con que se recoge una lágrima: me muero de nostalgia. ¡Mi vida podría haber estado llena! ¿Qué habría sido de mí si…, si me hubiese atrevido? Porque bien claro oí lo que me dijo: “Después, ven y sígueme”. No fue un sueño, no. Él me invitaba a andar en su compañía, a formar parte de su grupo.

Jesús: maestro itinerante al que nunca se veía dos veces. Siempre andaba por caminos nuevos. Él pasaba…

“Temo a Cristo que pasa”, dijo un día, tal vez pensando en mí, el gran San Agustín. Hay que temerlo, sí, porque si te encuentra y te invita a seguirlo, y tú le dices que no, él seguirá adelante y tú te quedarás con la pena de lo que pudo haber sido…

“Temo a Cristo que pasa”. No estuvo nunca en un lugar fijo. ¿Para no dejarse encontrar por los temerosos y vacilantes? Es posible. Es, incluso, muy posible…

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Teoría y práctica de la infelicidad | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Como acerca de la felicidad he escrito ya mucho y no ha crecido siquiera mínimamente, por lo que he podido constatar, el número de las personas felices, hoy he decidido escribir sobre la infelicidad, esperando que las cosas se desarrollen de idéntica manera y no crezca el grupo de los seres infelices.

Infeliz. Aclaro desde ahora que voy a utilizar esta palabra con cuidado sumo, hasta diría que casi con pinzas, pues se trata de una término que, al menos desde hace tres siglos, o poco más, ha llegado a convertirse en un insulto. “¡Ese infeliz!…”. Como si el hecho de no ser felices fuese algo por lo que debiéramos pedir disculpas.

Para evitar malas interpretaciones, pues, aclaro desde ahora que ser infelices no es un pecado, ni algo que tenga que ver con ningún tipo de transgresión moral. “Infeliz”, aquí, es aquel que por alguna causa, o por algún revés, o por alguna contrariedad, o por alguna omisión, o por una serie de causas, reveses, contrariedades u omisiones, ha renunciado a decir de sí mismo que es feliz. En otras palabras, infeliz no es el bellaco, ni el malvado, ni el pusilánime, apocado, encogido, tímido y corto que dice el diccionario, sino el que hasta el día de hoy ha estado como jugando a las escondidas con la felicidad.

Aquí terminan las aclaraciones terminológicas. Ahora, a la cuestión. ¿Por qué son infelices los infelices? Hasta el momento no hay respuestas definitivas, sino sólo respuestas significativas. Veamos, por el momento, dos de ellas.

Una vez, hacia el siglo V a.C., le preguntaron a Buda:

“-¿Qué es el sufrimiento?”.

Respondió:

“-Encontrarse con lo que se odia, no encontrarse con lo que se ama, desear y anhelar sin obtener”.

Nueve siglos más tarde, san Agustín (354-430), al escribir su hermosísimo –y muy poco leído- tratado Acerca de las costumbres de la Iglesia, dijo a su vez: “No puede llamarse feliz el que no tiene lo que ama, sea lo que fuere; ni el que tiene lo que ama, si es pernicioso; ni el que no ama lo que tiene, aunque sea lo mejor” (I, 3).

Ahora bien, como es imposible que Buda hubiera leído a san Agustín, y muy poco probable que éste leyese a aquél, hemos de suponer que ambos llegaron casi a la misma conclusión siguiendo cada uno su propio camino. Por lo menos, los dos coinciden en afirmar que la infelicidad es una carencia: una carencia no de felicidad –lo cual sería tautológico y absurdo-, sino de aquello que la produce, es decir, la posesión de o por lo menos el encuentro con aquello que se ama.

Sin embargo, es preciso aclarar que, llegados a este punto, los caminos de estos dos bienaventurados toman rumbos divergentes, pues mientras Buda aconseja la renuncia, la abolición del deseo y del apego, san Agustín agrega: “Tampoco es feliz el que no ama lo que tiene”, haciendo ver con ello que no sólo no condena el cariño, sino que lo quiere aún más extenso: un cariño que se vuelque sobre lo que no se amaba e incluso sobre lo que ya teníamos y no pensábamos conquistar. Es como si dijera: “¿Te consideras infeliz porque no tienes lo que amas? Bien, pues no te cruces de brazos esperando tenerlo, ni tampoco pierdas pie, pues todavía hay una puerta abierta para ti: ama lo que tienes

. Acaso sólo cuando ames lo que tienes vendrá a ti lo que no tienes, y entonces serás feliz, pero ahora de una manera mucho más perfecta”.

“Sólo una vez me quejé del trato que la fortuna me daba –cuenta de sí mismo Sa’di (1213-1291), el poeta persa-. Tan pobre era que no podía permitirme siquiera unos zapatos. Así que fui a la mezquita de Kiyah con el corazón dolorido y quejoso. Y allí vi un hombre sin pies”. Su rebelión interior se aplacó entonces como por ensalmo. ¡Y él que creía ser el más pobre del planeta! Sí, es cierto que andas descalzo, pero hay otros que ni siquiera tienen pies; de modo que no debes ser tan desgraciado, después de todo.

Pero, ¿has bendecido alguna vez a Dios por tener un par de hermosos pies con los que puedes correr, bailar, saltar y, sobre todo, ponerte en camino hacia los que amas? ¡Apostaría que nunca lo has hecho! Claro, has dado por supuesto que tener dos pies es lo menos que podías tener. Y, sin embargo…

A los hombres que se creían muy infelices, Joubert, el moralista francés, les dio una vez el siguiente consejo: “Si quieres vivir feliz, haz la lista de los males que no tienes”.

Hay que amar también lo que ya tenemos. Y aquí entran no sólo nuestras facultades o riquezas interiores, sino también y sobre todo las personas que nos han sido dadas por la vida y con cuyo amor ya contamos porque era anterior a cualquiera de nuestros esfuerzos. ¡Con cuánta indiferencia tratamos a estos seres! A menudo ni siquiera los vemos. Nos sucede como a los enamorados, que por naturaleza son siempre injustos con respecto a aquello que no sea el objeto de su pasión; su mirada es profundamente excluyente: ¡a los otros seres ni siquiera los ve, ya sean padres, hermanos o amigos! Pues bien, dice san Agustín, si lográramos amar también a estos hombres y mujeres seríamos un poco menos infelices.

“Si no puedes tener lo que deseas –aconsejaba un rabino medieval-, por lo menos desea lo que tienes”.

Amar lo que ya es nuestro, querer cuanto nos ha sido dado por Dios y por la vida: he aquí el camino que nos propone san Agustín, es decir, un hombre que conoció casi todos los caminos.

Quizá tenga razón. Porque, como en el relato de Poe –La carta robada-, la felicidad está siempre a la mano, frente a nuestras narices, mientras nosotros nos cansamos buscándola en las estrellas.

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