octubre 20, 2026

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La cebolla de Dostoyevski | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego 

Leí “Los hermanos Karamazov” cuando era joven, lo cual fue muy bueno y también muy malo. Muy bueno porque cuando un muchacho de veinte años lee una novela como ésta sin dejarla a la mitad, quiere decir que en el futuro ningún libro, por voluminoso o difícil que sea, logrará espantarlo; y muy malo también, porque a esta edad uno no comprende obras filosóficamente tan complejas más que a medias.

Sea como sea, algunas frases se me quedaron en la memoria tras aquella lectura juvenil. Y justamente buscaba una de éstas la semana pasada para citarla en uno de mis artículos cuando, de pronto, al abrir el libro, me encontré con esta historia bellísima. ¿Cómo es que ni siquiera la recordaba? ¡No, no había leído “Los hermanos Karamazov” con la seriedad debida! La prueba estaba en esta historia olvidada. Hela aquí; la cuenta Grushenka a Aliosha Karamazov, y creo que también a Rakitin, un seminarista mediocre y grisáceo que está siempre al lado de aquél sin que uno sepa muy bien por qué razón. En fin, todo comienza cuando dice Grushenka:

-“Por mala que me consideres, yo también he intentado una obra buena, yo también he dado una cebolla. ¡Perdóname, Aliosha! –dice la mujer con risa nerviosa-. Permíteme referirte la leyenda que Matriona, la cocinera, me contaba cuando yo era niña…

“Érase una vez una mala mujer que murió sin dejar vestigio de una sola virtud. Se la llevaron los demonios y la echaron al lago de fuego. Su ángel de la guarda se devanaba los sesos para descubrir en ella una sola virtud que ofrecer ante Dios en su defensa. De pronto se acordó y dijo al Señor:

“- Una vez arrancó de su huerto una cebolla y se la dio a una mendiga.

“Dios le contestó al ángel:

“- Pues toma esa cebolla, busca a esa mujer en el lago de fuego y échasela para que se agarre de ella, y si de este modo consigues tirarla hasta la orilla, entrará en el paraíso; pero si se partiese la cebolla, se hundiría de nuevo entre las llamas.

“El ángel buscó a la mujer y le tendió la cebolla.

“-Toma –le dijo-: agárrate de ella e intenta subir.

“Y la mujer empezó a tirar de ella con precaución; ya estaba casi fuera del infierno cuando los demás pecadores, viendo cómo era sacada del lago en llamas, se asieron de sus ropas, queriendo aprovechar también éstos ese momento de buena suerte. Pero la mujer, que era muy mala, les daba fuertes puntapiés, y gritaba:

“- ¡La cebolla es mía, no vuestra! ¡Es a mí a quien salvan y no a vosotros!

“Pero al pronunciar estas palabras se partió la cebolla y la mujer volvió a caer en el lago, donde arde todavía. El ángel se fue llorando”.

Y así acaba la historia. ¡Ah, es tan buena que no quiso Dostoievsky dejar de endilgársela al lector poniéndola en boca de cualquiera de los personajes de la novela, el que fuera, con tal de que no quedara sin contarse!

He aquí las conclusiones que se pueden sacar de ella:

  1. Nos salvamos únicamente por lo que hemos dado. ¡Si esta mujer terrible hubiera regalado a la mendiga una cosa mucho más sólida, o quizá tres cebollas en vez de una sola, ahora estaría salvada! Pero, tristemente, no le dio más que una, y ésta ya casi podrida…De ahora en adelante, cuando dé alguna cosa, me preguntaré: “¿Es lo suficientemente sólida y fuerte para asirme de ella cuando mi ángel de la guarda, Dios no lo quiera, me tenga que sacar del lugar de castigo, es decir, del lago de fuego?…

Pero otras interpretaciones son también son válidas:

  1. Pese a ser sólo una hortaliza, es decir, una cosa sumamente frágil cuando se tira de ella, la cebolla no se habría roto si la mujer no se hubiese puesto a patalear como lo hizo buscando quitarse de encima a los demás condenados. De haber aceptado llevárselos consigo, sacándolos del infierno, habría realizado, en el último momento, una obra buena, gracias a la cual se habría salvado con toda seguridad. Pero ya sabemos lo que esta envidiosa hizo y lo que sucedió después.
  2. El valor de las pequeñas cosas es infinito. Si no se quedará sin recompensa un solo vaso de agua que hayamos dado con generosidad (Cf. Mateo 10,42) en nombre del Señor, ¿por qué va a quedarse sin premio una cebolla?

Pero, ultimadamente, ¿por qué hemos de sacar conclusiones si Grushenka no las sacó? Ella, una vez contada la historia, pasó a otra cosa, como diciendo: “Que cada uno saque de ella lo que más le convenga, lo que le inspire su conciencia; en fin, lo que quiera”.

¡Sí –me digo-, la mujer, con esos movimientos bruscos que hizo lo echó todo a perder! ¡Un gesto de solidaridad, uno solo, habría sido suficiente para escapar al castigo!

“He aquí que mi ángel me tira esta cebolla como un lazo. Agárrense de mí y tratemos de salir de aquí todos juntos, hermanos”. ¡Ah, con decir esto hubiera bastado! Y, no sé, tal vez el infierno hasta hubiera quedado vacío. ¡Lo que vale un gesto pequeño delante de Dios!

Pero no, nadie se salvará sin haber dado algo a alguien en esta vida, aunque este algo sea algo tan barato, tan pequeño e insignificante como una frágil cebolla…

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Bondades epidérmicas | Columna de Juan Jesús Priego

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Hay una clase de simpatía que a mí me ha parecido siempre odiosa a la vez que sospechosa. Es la simpatía etérea del que sonríe siempre, pero más como una pose y un artificio que como una manera de obsequiar a las personas. Aunque todo el tiempo hay una sonrisa estampada en su rostro, esa sonrisa nunca es para nadie: es una sonrisa sin dedicatoria, por decirlo así.

Cuando llegas a su oficina, el bondadoso ficticio se levanta como impulsado por un potentísimo resorte, te estrecha la mano con efusión y te ofrece un caramelo abriendo cortésmente su bombonera de cristal cortado. Quien lo viera, diría que está recibiendo a un viejo amigo, a un compañero de cien batallas, aunque en realidad no te conoce y, siendo sinceros, ni quiere conocerte. Dando diez mil rodeos te pregunta tu nombre y, cuando se lo dices, pareciera que lo guarda en lo más hondo de su corazón.

-¿Me ha dicho usted que se llama Abel? –dice poniendo los ojos en blanco-. Bonito nombre, en verdad. El primer mártir de la historia se llamaba como usted.

Y con estas palabras u otras parecidas se pone a divagar sobre la historia sagrada con el único y mezquino fin de salir del paso.

No obstante, cuando te lo vuelves a encontrar en algún pasillo de la vida ni siquiera te saluda porque tu rostro ya no le dice nada: simple y sencillamente te ha olvidado. “¿Por qué no me saludaría?”, te preguntas, poseído por una angustia casi suicida. Y como te faltarán otras cosas, pero no ingenuidad, lo abordas, creyendo que todo se ha debido a una lamentable inadvertencia, a una estúpida distracción de parte suya.

-Señor Estrada –dices estrujándolo con emoción-, ¡qué gusto me da volverlo a ver! ¡Qué dicha y qué honor!

Le estrechas la mano con la misma efusión con que él te estrechó la tuya en su oficina tras abrir la bombonera, francamente convencido de que, en aquel encuentro fugaz, algo profundo había nacido. Y el señor Estrada, claro está, sonríe, pero a la vez tartamudea, vacila, duda. Se pregunta para sus adentros: “¿Quién será este imbécil? ¿Es que no ve que tengo prisa?”, pero recobra la calma, se arregla la corbata y dice triunfal:

-¡Ah, es usted! No dejaba de preguntarme qué había pasado con mi querido amigo…

Tan pronto como dice: con mi querido amigo, se detiene, porque es necesario que diga tu nombre, y éste le es más inaccesible que el nombre del cuarto emperador de la dinastía Ching. Tú, sintiéndote profundamente desilusionado, dices: “Sánchez. Abel Sánchez”.

-Sí –dice el otro-, Abel Sánchez, como el inocente de la novela de Unamuno. ¿Sabe usted a qué novela me refiero y, sobre todo, quién es Unamuno?

En realidad, pasa a hablar de la novela para salir del atolladero en el que se ha metido. Y sale bastante bien librado, pues –para su suerte- ha leído la novela de Unamuno y puede contar la trama con pelos y señales, es decir, desviar impunemente la conversación. Por último, recomienda:

-Léala usted, amigo mío. Se llama Niebla, y podrá conseguirla en cualquiera de las librerías de nuestra ciudad. Léala usted. ¡No se arrepentirá!

Y se despide sonriente, amigable, para luego, como los perros, echarse a correr. Esta forma de amabilidad es muy común entre las grandes personalidades, aunque las hay menores que también la practican. Su objetivo es causar en sus visitantes e interlocutores una buena impresión, una especie de sentimiento de gratitud hacia su gentilísima persona. Aunque no lo confiesen abiertamente, todas sus atenciones y todas sus sonrisas están encaminadas a suscitar en los otros sentimientos de alabanza, si no es que hasta de adoración o incluso de idolatría: “¡Qué importante es este hombre y al mismo tiempo qué sencillo!”. Entre dos personas de igual jerarquía social, uno tiende a juzgar más importante al que nos trató mejor: he aquí una verdad del comportamiento social que estos amables hipócritas explotan de la manera más vil, pues, como afirma André Maurois

(1885-1967) en Un arte de vivir, “es fácil ser admirable cuando se permanece inaccesible”.

Si no nos volviéramos a encontrar con estos tales, su batalla estaría ganada: los llevaríamos siempre en nuestro recuerdo como sólo pueden ser llevados los seres excepcionales, los próceres de la nación. Pero como con frecuencia no es así, pues para eso tendrían que irse a vivir a la luna, lo único que consiguen más tarde o más temprano es causar una honda pena.

“Ya conocía su bondad, pero una bondad epidérmica puede dañar mucho a la gente”, confiesa sinceramente indignado el personaje de una novela de Graham Greene (El que pierde, gana) al que su jefe, un hombre en estado de sonrisa permanente, invitó a Montecarlo y que luego lo dejó plantado por no recordar después la invitación. “¡Ya sé! –había dicho este hombre a su empleado apenas unos días antes-. Encontré la solución, señor Bertram. Usted y su linda mujer vendrán a mi yate. Todos mis huéspedes me abandonarán en Niza y Montecarlo. Allí los recogeré el día treinta. Navegaremos por la costa de Italia, la bahía de Nápoles, Capri, Ischia…”. Sí, todo muy bonito, pero cuando éste llegó a Montecarlo, varios días después del día treinta, ni siquiera se acordaba de la promesa que había hecho a estos dos pobres tontos que ya casi tenían que dormir en la calle por no tener con qué pagar la habitación del hotel. ¡Qué patán! ¡Y ellos que pensaban que su jefe los recordaría! Nada de eso: esta gente no se acuerda de nada, sino que sólo se limita a sonreír y a prometer.

La amabilidad no debe nunca ser etérea y sí, en cambio, llena de memoria; de lo contrario, más que amabilidad es una burla. Tenía razón François Mauriac (1885-1970), el novelista francés, cuando afirmó en Nudo de víboras: “Existe una cierta calidad de gentileza que es casi siempre señal de traición”.

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El elíxir de la vida | Columna de Juan Jesús Priego

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-¡Oh! ¿De modo que no ha sido solamente un lindo sueño? –exclamó el anciano alisándose el cabello, o por lo menos lo que le quedaba de él en la cabeza; su rostro estaba marcado por infinitas arrugas, como un periódico estrujado.

“¿Entonces todo ha sido verdad y lo que contiene esta copa que veo frente a mí no es otra cosa –digámoslo despacio, digámoslo en voz baja- que el elíxir de la vida? ¿De veras este líquido espeso en apariencia es el brebaje buscado por todos los hombres y todas las culturas en su deseo vehemente de vencer a la muerte? ¡Oh, pócima maravillosa, déjame contemplarte de cerca! ¡Cuánto no hubieran dado por poseerte aquellos hombres de barba larga y sueño corto que conocemos con el nombre de alquimistas!”.

Tomó el anciano el frasco entre sus manos y lo levantó a la altura de los ojos, un poco así como el sacerdote levanta el cáliz frente al altar. Su apariencia no era nada extraordinaria y, sin embargo, sus efectos…

-¡Ea! –exclamó-, bebámoslo de una vez.

Pero sus manos le temblaban, y poco después también sus piernas, y por último todos los miembros de su frágil cuerpo. ¿Emoción? Acaso miedo.

“-¿Por qué te agitas, alma mía, ¿qué es lo que temes? –volvió a decir como hablando consigo mismo, o con su otro yo-. ¿No es verdad que te aterraba la idea de morir?, ¿no es cierto que con sólo pensar en la tumba que te espera te volvías loco de pesar? ¡Entonces bébelo! No lo dudes: un solo trago y el futuro será tuyo, un futuro convertido en un continuo presente: lo más parecido a la eternidad. ¿Es que no habías pedido este milagro? Un ángel bueno te lo ha concedido y, no obstante eso, ahora vacilas, ahora retrocedes espantado”. Sudaba, parecía otro.

“-Vamos, vuelve a tomar esa copa y apura su contenido de una vez por todas. Degústalo, bébelo a pequeños sorbos, y empieza a ver la vida con el desprecio con que la ven los inmortales: con la indiferencia de un dios. Sólo los inmortales sobreviven a la tiranía de la pasión; aman protegidos como por una coraza y no sucumben a ningún amor; sus manos no tiemblan, ni sudan, ni conocen los vértigos.

“Bébelo. ¿Qué fue lo que te dijo el ángel a la hora de depositar el frasco en el borde de tu mesa de noche? Recuerda sus palabras: ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. ¿Las recuerdas? ¿Dudas, pues, de la veracidad de sus palabras? No dudes. ¡Tu plegaria ha sido atendida! Y, sin embargo, titubeas. ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. Te dan miedo estas palabras. ¿O es, quizá, que te recuerdan algo?”.

A este punto de su monólogo, el anciano parecía más viejo que antes; era como si le hubieran caído encima los años que quería vivir de más y lo aplastaran. Casi no podía tenerse en pie. Las palabras del ángel le parecían conocidas, pero no sabía con precisión dónde las había escuchado.

“Trata de recordarlo –se decía a sí mismo-. ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. Se trata de una feliz promesa y, a pesar de ello, te estremeces. ¡No te estremezcas! Haz memoria. ¿Fue en un cuento de los hermanos Grimm donde la escuchaste? Después de todo, cuando eras pequeño, tu madre solía contarte todas las noches los cuentos de los hermanos Grimm, leyéndolos en un viejo volumen de tapas color marrón. Es entonces muy probable que haya sido en uno de ellos donde…”.

Pero el hombre no estaba muy seguro. ¿Hans Christian Andersen, entonces? No, no, no… Repasó mentalmente todas las lecturas de su infancia; incluso fue a su biblioteca y se puso a hojear pacientemente libro por libro en busca de aquella frase que lo fascinaba y lo turbaba al mismo tiempo. Removió estantes, desempolvó folios, repasó volúmenes, pero no pudo encontrar nada. ¡Esa maldita costumbre suya de dejar las frases importantes sin subrayar!

Ya casi amanecía cuando llegó, por fin, a una vieja Biblia ilustrada por Doré, regalo de sus padres en una ocasión que ni siquiera recordaba. No hubo necesidad de hurgar demasiado; en las primeras páginas encontró lo que buscaba: “La serpiente era la más astuta de todos los animales del campo que Yahvé había hecho, y dijo a la mujer: ‘¿Es cierto que Dios les ha dicho: No coman de ninguno de los árboles del jardín?’. La mujer respondió: ‘Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán’. La serpiente replicó: De ninguna manera morirán” (Génesis 3, 1-4)…

¡En efecto, ésta era la frase que buscaba! De ninguna manera morirán. ¡Y qué parecida era a aquella otra que…!

El anciano tomó el frasco, corrió al baño y dejó que el líquido se fuera por la cañería. Y cuando hubo desaparecido hasta la última gota, suspiró lleno de alivio. ¿Había comprendido que buscar por todos los medios no morirse era tanto como obedecer a la serpiente? ¿Comprendió que aceptar morirse es un acto de humildad por el que Alguien nos recompensará con una vida eterna? Morir es abandonarse a Aquel que nunca dijo: “No morirás”, sino simple y sencillamente: “Vivirás” (Juan 14,19), lo cual es muy distinto, casi lo contrario. ¿Y no dijo Jesús, el Señor, que si el grano de trigo no caía en tierra y moría quedaría estéril para siempre, pero que, si moría, daría mucho fruto (Juan 12,24)?

Sí, cerrar los ojos a este sol era necesario, morir era necesario. Jesús no dijo nunca que no lo fuera. Y, por lo demás, él mismo, enseñando con el ejemplo…

El anciano huyó hacia su cama pensando en el misterio de los granos de trigo y se arrebujó entre las sábanas. No estaba tranquilo, pero tampoco desesperado. Había perdido una batalla, pero había ganado otra.

Cerró los ojos dolorosamente y se quedó dormido.

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Satán | Columna de Juan Jesús Priego

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Satán significa adversario, enemigo, acusador (cfr. Apocalipsis 12, 7ss). Todo su trabajo y todo su afán se concentra en apuntar con el dedo, señalar los defectos, gritar los pecados y desconfiar de la bondad. Todo gesto le parece sospechoso y toda piedad interesada.

“-¿No te has fijado en mi siervo? ¡No hay nadie como él en la tierra! Es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal -exclama el Altísimo lleno de orgullo al contemplar desde el cielo las virtudes de Job.

“-Ah, ¿pero es que Job teme a Dios gratuitamente? –le responde el adversario con un dejo de cinismo-. ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos, y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca sus bienes: ¡verás si no te maldice a la cara!” (Job 1, 1-11).

¡Qué chiste –dice Satán al Señor-, así cualquiera te alaba! Job es el hombre más afortunado del mundo –es el Elon Musk de estos tiempos que los contemporáneos llaman jurásicos-, ¿y no quieres que se muestre agradecido contigo? ¡Claro que está agradecido! Pero porque lo proteges de sus enemigos y le has dado riquezas a manos llenas. Mas quítaselo todo y ya verás el cambio que se opera en él. ¡Apuesto a que te costará reconocerlo!

Juan, el visionario, escribió así de él en el libro del Apocalipsis:

Ahora se ha establecido la salvación
y el poder y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo.
Porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche (12, 10).

Sí, de día y de noche nos acusa, diciendo, por ejemplo:

-¿Juan Jesús Priego? ¡Pobre hombre! Míralo, Dios, míralo bien. No es tan bueno como muchos creen. Está lleno de soberbia y maldad. ¿Has leído en su corazón? En el fondo es un canalla. ¡Anda, mándale una parálisis, detenle la mano y ciérrale la boca para que lo compruebes! Y mira también a Manuel, y a María, que ahora están leyendo uno de sus libros. Quieren parecer piadosos porque leen literatura católica. ¡Ah, como si no supiera yo la clase de pensamientos que conciben en su interior!

Su actitud fundamental es la desconfianza: en los gestos más heroicos no ve sino cálculos interesados y dobles intenciones; para él, la vida es una comedia cuya verdadera trama se lleva a cabo no sobre las tablas, sino detrás del telón. “Hay que desconfiar de todo y de todos”, nos dice al oído. “Aquel que te sonríe desde la acera de enfrente, ¿sabes tú por qué lo hace? ¿Adivinas lo que quiere de ti, o por lo menos lo sospechas? ¡Nadie se muestra simpático con los demás sólo porque sí!”. Ni siquiera se le ocurre que pudiera existir lo que los psicólogos y los filósofos han llamado desinterés, esa hermosa virtud que nos impele a hacer las cosas por el puro placer de realizarlas. (“¿Ah, pero es que Job teme a Dios gratuitamente?”).

En una página de su diario, Julien Green hizo una certera descripción de la mirada demoníaca; escribió así el 10 de febrero de 1959: “Es triste pensar que a menudo vemos la vida como la ve el demonio: con una lucidez atroz. El demonio ve con claridad, pero ve sin amor. Cuanto hay de radiante, o de santo, él no lo ve, o lo oculta, o lo odia. Nos hace ver a aquel hombre y nos dice: ‘¡Míralo! Mira cómo se atraganta cuando come; ¿no parece una bestia? Es de una glotonería atroz. Se cree bueno, pero está lleno de pensamientos impuros. Para hacer una prueba, escucha cómo habla de los últimos escándalos. Es un hipócrita y un egoísta’. Y acaso todo eso sea verdad, pero hay otras muchas cosas además de éstas que nos negamos a ver, que veríamos si estuviéramos más atentos”.

De día, de noche, a todas horas, Satán acusa en nuestro interior a los demás haciéndonoslos parecer siempre viles, siempre pérfidos. Es él quien nos incita a ver de las personas el lado sombrío y de los acontecimientos sólo el aspecto tenebroso. Se goza en cultivar en nosotros la desconfianza, el horror y el pesimismo.

Pero eso no es todo: también se complace en acusarnos a nosotros mismos delante de nuestra propia conciencia. “Eres vil, un cerdo. ¿Crees que alguien podría quererte siendo el que eres? ¡Pobre animal! Lo único que provocas es asco. Y, ahora, observa los movimientos de esa persona que está frente a ti. ¿Crees que en realidad tiene prisa, como dice? ¡Mentira! La verdad es que huye de ti: no quiere verte. Ahora mira a aquella otra: es bella y, además, rica. ¿Has observado que belleza y riqueza casi siempre caminan de la mano? Allí donde hay riqueza, allí podrás encontrar casi siempre a su gemela. Tú, en cambio, eres pobre y feo. ¿Y no se te ha ocurrido nunca reclamarle a Dios por haberte hecho como te hizo? A los otros, todo se lo dio; a ti, todo te lo negó. ¡Anda, maldice a Dios en su cara y muérete de una vez!”.

“La acción del enemigo –escribió el cardenal Carlo Maria Martini (1927-2012) refiriéndose al demonio- es la de apagar los deseos, acusarnos, apagar todo lo bueno que hay en nuestro interior. Tenemos, pues, que aprender a reconocerlo, porque está enfurecido contra nosotros. Siempre nos hace ver nuestros lados negativos, nuestros errores y nuestras incapacidades. Contra su acción, Jesús recomienda lo siguiente: no hacer caso ni dentro de nosotros, ni en la comunidad, ni en el grupo, a las voces de derrotismo y de pesimismo, que son las voces del demonio”.

Cuando me siento inferior (o siento que los demás son inferiores a mí); cuando creo que no valgo nada (o que son los otros los que nada valen); cuando ya no espero nada de la vida, ni de los demás, ni de mí, ni de Dios; cuando pienso que lo mejor sería morirme de una vez (o que mi vecino de enfrente debería morirse cuanto antes), no lo dudemos: es él, Satán, quien nos está dirigiendo la palabra.

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