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Los Recuerdos | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
El sol se apagó como un fuego de artificio que llevara ya mucho tiempo consumiéndose. La mujer entrecerró los ojos durante unos segundos y luego volvió a abrirlos. Sí, él seguía allí, a un lado suyo: todavía respiraba…
Se preguntó qué estaría pensando en ese momento su marido. Desde el día de la embolia no había vuelto a hablar, ni a abrir los ojos; desde hacía seis meses él no hacía otra cosa que tomar aire y expulsarlo en silencio: a eso se reducían sus relaciones con el universo. Siguió con la mirada en suspenso los movimientos de su pecho y acarició largamente su mano derecha.
Desde la terraza, la ciudad le pareció como un inmenso árbol de navidad a causa de las luces que en la distancia se encendían y se apagaban. ¿Por qué había pedido a su hijo que la ayudara a sacar al padre a la terraza? Pensó, de pronto, que no debió haberlo hecho, pues la temperatura empezaba a descender y el aire a enfriarse. Quería estar sola con él, como cuando eran novios, eso era todo. Las palabras no eran necesarias. Él estaba aún allí: ¿era necesario pedir más? Desdobló una frazada y cubrió con ella el cuerpo del enfermo hasta los pies, y mientras lo arropaba contempló su rostro: un rostro que hacía cuarenta años había sido hermoso y que, para ella, aún seguía siéndolo. «Mis hijos, pensó, no se sobrecogen de emoción cuando lo ven porque ahora está pálido, y además sólo es para ellos el rostro de su padre. Si lo hubieran conocido en otro tiempo, en los tiempos de su juventud»…
«Uno no ve envejecer a las personas que ama», escribió Simone de Beauvoir en una de sus mejores novelas: Todos los hombres son mortales. Y así es. Los años no pasan por las personas que amamos verdaderamente. Para esta mujer, el hombre que respiraba en el diván era el mismo por el que ella suspiró toda su vida; el mismo al que besó mil veces antes de que llegara esta tarde que ahora se rompía en pedazos: el mismo al que acariciaba, cuando era joven, a través de las fotografías que ella guardó siempre en un álbum dedicado sólo a él. ¿Qué había cambiado desde entonces? Nada. Para ella, él sería siempre el muchacho alto y espigado que un día le declaró su amor a través de una ventana cuyos barrotes le impedían hacer nada más, el joven que aquella misma tarde la hizo llorar en el momento en que le entregaba un ramo de rosas. Era el mismo, el mismo: lo único que cambiaba era que los años habían pasado y ahora él estaba enfermo. Volvió a acariciarle la mano y se la besó.
Su hijo solía decirle: “¡Qué paciencia tienes con él, mamá!” Pero ella no alcanzaba a comprender el sentido de tales palabras. ¿Por qué hablar de paciencia si a ella no le costaba nada hacer lo que hacía? ¿Paciencia de qué, o por qué? Ella seguía amándolo y lo amaría hasta el final. Para ella, él seguía siendo un muchacho. No, uno no ve envejecer a las personas que ama.
Una vez, en el hospital, durante las horas más desesperantes de la crisis, se preguntó qué haría si su marido muriera. Es verdad que trató de no pensar, pero la pregunta volvía a su conciencia una y otra vez. ¿Se casaría otra vez? O, expresada con otras palabras: ¿podría vivir sin él?
No, no podría. Con otro nombre no la ligaba ningún recuerdo digno de conservarse, y son los recuerdos el fundamento del amor. ¿Qué nos une a las personas que no nos recuerdan nada ? «¿Qué me importa un paisaje que no han podido reflejar unos ojos amados? El horizonte es más dulce si guarda aún la caricia de miradas extintas», escribió François Mauriac (1885-1970) en un bello libro de marcados tonos autobiográficos. Para que dos seres se amen es necesario un pasado común, una geografía compartida: que ambos recuerden las horas y los lugares en que estuvieron juntos.
Y sus recuerdos sólo se referían a él. En su pasado no había habido ningún otro hombre. Sólo él. De modo que volver a casarse sería para ella como traicionarse a sí misma. «Cualquier otro hombre, se dijo, sería para mí un desconocido, un extraño».
Amor es destino. Llegados a una cierta altura de la vida, las personas recién conocidas ya no impresionan nuestro negativo interior. Funcionamos, por decirlo así, como cámaras fotográficas ya averiadas. El flash puede seguir lanzando sus flechas de luz, el botón puede hacer el ruido de siempre, pero la película está llena y no cabe ya ninguna foto más. ¡Que se me entienda! No es que despreciemos a los recién llegados, ni tampoco que no reconozcamos sus virtudes: es que llegaron demasiado tarde a nuestra vida. A éstos podemos tenerles cariño, o estimación, o simpatía, pero siempre volveremos –porque los preferimos- a los rostros que dieron sentido a nuestro pasado. En realidad no pertenecemos más que a estos seres, por más que se hayan ido o ya estén muertos.
La mujer se inclinó sobre su marido y lo besó en la frente. Éste no dijo nada. Respirar, respirar: por el momento, lo único necesario era sólo esto. Quizá en el fondo de sí mismo él hablaba con ella y le daba las gracias. Tal vez le decía a su manera, con su lenguaje de silencio: «Bésame otra vez. No te vayas». Pero ella ya no volvió a besarlo y se alejó por unos instantes para pedirle a su hijo que la ayudara a meter el diván: ella se encargaría de su marido. «Nadie –se dijo a sí misma mientras lo cargaba- lo tratará con más cariño que yo: ni siquiera su hijo». Y, para disculparse con éste, dijo todavía en voz alta: -Si yo pudiera sola con tu padre y con el diván, ten por seguro que no te molestaría, de modo que no te enfades. Pero el muchacho estaba ya enfadado y metió el diván a regañadientes, como hacía casi todo en la vida.
Un día más había pasado. ¿Mañana su esposo aún estaría aquí? Pidió a Dios que se lo dejara todavía un poco más. A pesar de todo, seguía necesitándolo…

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Soliloquios de una puerta | Columna de Juan Jesús Priego
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¿Se ha imaginado alguna vez un mundo sin puertas? En cierta ocasión hice todo lo posible por imaginármelo y, vanidad aparte, debo confesar que no lo conseguí. Imagine, digo, la cara de un niño que no pueda ir a rebotar su balón a la acera de enfrente; el humor de la mujer a la que le esté prohibido ir a platicar con la vecina de dos cuadras más allá; la nostalgia del que habiendo nacido cerca del mar –marinero en tierra- tenga que conformarse con el puro ruido del oleaje. Un mundo sin puertas sería como un campo de concentración, o algo peor aún que eso. Consta por ciertos testimonios dignos de todo crédito que los prisioneros de los campos alguna vez se consolaron contemplando un crepúsculo, o inclinándose ante la fragancia de una rosa solitaria. Pero en un mundo sin puertas no habría crepúsculos ni rosas. No es casualidad, pues, que la Jerusalén celestial tenga doce puertas siempre abiertas hacia todas las direcciones, según asegura san Juan evangelista, autor también del libro del Apocalipsis. ¡Por muy divina que fuese, si no tuviera puertas, la Jerusalén de arriba sería un infierno más que un cielo!
Cuando los hombres eran nómadas, poca necesidad tenían de puertas: vivían de cara al infinito y caminaban en grupos. Pero cuando, andando el tiempo, se volvieron sedentarios, obraron la separación y cada uno se fue a vivir a su propia casa. Entonces descubrieron que existía un peligro llamado encierro, y que éste puede significar más de una cosa: soledad, incomunicación, tal vez locura. Por lo cual, para tener siempre disponible una vía de escape, se dieron a la tarea de construir puertas, que son como los barrotes por los que se escapa el reo. La puerta es símbolo de salud y libertad. Mucho se equivocaba, pues, Octavio Paz (1914-1998) cuando en algún lugar de su obra poética dijo: “No hay puertas, hay espejos”. ¡Si así fuera, el hombre estaría perdido!
Consideradas las cosas desde esta perspectiva, ¿le parece extraño que Jesús se hubiese comparado a sí mismo con una puerta? “Yo soy la puerta -dijo un día a las multitudes en Jerusalén-. Si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” (Juan 10, 9). Honor que nos hizo.
¿Me creería usted, estimado señor, si le digo que hasta un sociólogo tan renombrado como Georg Simmel (1858-1918) se ocupó una vez de nosotras las puertas? Lo hizo en un ensayo de 1909, donde dijo: “Es esencial para el hombre, en lo más profundo, el hecho de que él mismo se ponga una frontera, pero con libertad, esto es, de modo que también pueda superar nuevamente esta frontera, situarse más allá de ella”.
¡Ya sé que este párrafo puede parecerle a usted un tanto difícil! Pero es que Georg Simmel era alemán y, como se sabe, a los alemanes les gusta enormemente oscurecer lo claro. Pues bien, se lo diré con mis palabras. La casa pone un límite al espacio infinito: lo cuadricula, por decirlo así, para convertirlo en hogar; pero gracias a las puertas puede el hombre vencer el confinamiento al que él mismo se ha sometido para salir a respirar el aire puro de la libertad. ¿No es esto maravilloso? Pero vea, también, para qué otra cosa puede servir una puerta.
Cuando los judíos habitaban ya en la tierra prometida y habían construido en ella sus casas, Dios les dio el siguiente mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si estás de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, serán como una insignia ante tus ojos, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas” (Deuteronomio 6, 5-9).
Para nosotras las puertas, puesto que nos concierne directamente, este texto es de obligada meditación. Durante mucho tiempo he dado vueltas y más vueltas a este pasaje misterioso. ¿Por qué sobre nosotras debía de ser escrito el primero de los mandamientos y no en el techo de la casa, por ejemplo? Respecto a esta difícil cuestión he llegado a elaborar una teoría que ahora expongo a su juicio, estimado señor. ¿Qué es lo que hace alguien, por ejemplo, cuando quiere dejarle a otro un recado urgente? No lo deja por cierto en el suelo, pues se lo llevaría el viento; ni sobre su escritorio, porque se perdería entre los otros muchos papeles que hay en él –se le traspapelaría, para decírselo de manera llana-, sino que lo fija en la puerta, a la altura de los ojos, de manera que cuando éste entre o salga sea lo primero que vea. Algo similar, me imagino, quiso hacer Dios con su pueblo: como lo que le ordenaba hacer era algo de suma importancia, quiso que sus palabras estuvieran siempre delante de los ojos, de modo que nadie las olvidase.
Pero hay todavía algo más: al fijar allí el mandamiento y no en otro lugar, el Todopoderoso vio que era muy prudente que al entrar a su casa o al salir de ella, todo judío, por joven o viejo que fuese, se acordara del mandamiento del amor. El que sale a la calle sin acordarse de que debe amar, corre el riesgo de convertirse en un peligro para sus congéneres; el que entra a su casa y se olvida del amor, puede acabar siendo, como se dice, candil de la calle y oscuridad de su casa, relacionándose con los suyos como sólo saben hacerlo los tiranos. Hay el deber de amar adentro y afuera. Y si esto es así, ¿dónde más podría ser fijado el mandamiento sino en la puerta, que es como el puente entre el adentro y el afuera, entre lo público y lo privado?
En los tiempos de la posmodernidad y del retorno de los brujos, a las puertas nos ponen ajos. Es decir, que hoy servimos únicamente para recordar a las personas que tienen que lavarse la boca y cuidarse el aliento. Lo que, me parece, es una gran ofensa a la dignidad de las puertas.
Pero me callo ya: nuestros soliloquios producen el mismo sonido de las polillas cuando éstas nos devoran las entrañas, y la verdad es que no me agrada nada la idea de anticipar ese júbilo un tanto lánguido llamado, quién sabe por qué motivo, jubilación. ¿Sabe usted lo que haría conmigo el dueño de la casa si por ventura me escuchase? ¡No quiero ni pensarlo! De modo que me despido de usted y le digo adiós. Buenas noches.
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El viejo rico | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
Para los evangelistas fui, una vez, “el joven rico”, pero ya no soy joven. ¡Han pasado tantos años desde que…! Pero, ¿conoce usted mi historia, señor? Si yo se la contara a usted con mis palabras, no me creería: dirá, quizá, que exagero. Además, los recuerdos adquieren siempre en la memoria los rasgos de la idealidad, de manera que no hay que confiar mucho en lo que dicen los viejos. ¡Nunca cuentan la historia como la vivieron, sino como la recuerdan! Por eso, le contaré la mía de la manera más objetiva, aunque también más fría: con esto quiero decir que se la referiré a usted tal y como la dejó escrita San Marcos en el capítulo décimo de su libro.
“Jesús estaba a punto de partir cuando corrió uno a su encuentro, se arrodilló delante de él y le preguntó:
“-Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para ganar la vida eterna?
“Jesús le respondió:
“-¿Por qué me llamas bueno? Uno solo es bueno: Dios. Ya conoces los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.
Él contestó:
“-Maestro, todo esto lo he practicado desde muy joven.
“Jesús lo miró, sintió cariño por él y le dijo:
“-Sólo una cosa te falta: anda a vender todo lo que tienes, dáselo a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme.
“Al oír estas palabras, el otro frunció el ceño y se puso muy triste, pues tenía muchos bienes” (Marcos 10, 17-22).
Y esto es todo lo que el evangelista dice respecto a mí. ¿Cómo supo que me había puesto en verdad muy triste? ¿Se lo reveló mi semblante? En todo caso, sí: me fui muy triste. ¡Me fui! Por eso nunca supe, sino hasta muchos años después, lo que Jesús, al verme partir, dijo en aquel momento a sus discípulos:
“¡Qué difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!… Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios” (Marcos 10, 24-25).
¡Y bien, amigo mío, yo soy ese individuo del que el evangelista ni siquiera dice el nombre! Yo no tuve nombre para él, con todo lo que esto significa para un judío. ¿Nota usted el desprecio con que se refiere a mi persona? “Corrió uno a su encuentro”. Uno. ¿Se ha fijado usted que el rico de la parábola de Lucas, ese mismo que banqueteaba espléndidamente cada día mientras a las puertas de su casa se moría de hambre un mendigo, tampoco tiene nombre? El pobre sí: se llama Lázaro. Pero el rico… No tener nombre significa no existir. O peor aún que eso: no existir para Dios.
¡Quién dijera que han pasado sesenta años desde entonces! Ahora soy un muerto que camina… ¡Sí, señor, hay muertos vivos! Yo morí hace sesenta años, aquel día en que Él pasó a mi lado y, mirándome con amor, me dijo: “¡Sígueme!”.
Es verdad que sigo siendo un hombre rico, pero pronto dejaré de serlo, porque la muerte se acerca y todo lo dejaré. Contra lo que suele decirse, amigo, no hay muerto rico . ¡Los muertos son más pobres aún que los mendigos! Son los más pobres entre los pobres.
El otro día, a través de una puerta mal cerrada, oí lo que discutían mis hijos. Disputaban acerca de cuánto debía tocarle a cada uno, y negociaban acaloradamente con el primogénito, quien, por ley, recibiría más que todos. Es más, creo que incluso sus hermanos han dejado de hablarle. Y yo, mientras tanto, desde mi asiento, me pongo de su parte, y le pido a Dios que todo acabe de una vez. ¿Para qué seguir en este mundo? ¿Únicamente para verlos reñir?
¡No dejarles nada! ¡Con qué gusto lo haría! ¡Ah, si me hubiese atrevido hace sesenta años…!
Soy lo que se dice un hombre importante. Importante a los ojos de los hombres. Ante los de Dios, ya ve usted, ni siquiera tengo un nombre.
También Lucas habla de mí; y también él me trata con desprecio, limitándose a decir: “Cierto hombre le preguntó: ‘Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?'” (18, 18). Y despacha la historia con estas secas palabras: “Cuando él oyó esta respuesta (la que ya conoce usted, amigo), se puso muy triste porque era riquísimo”. Yo no soy Ismael, soy sólo uno, uno entre muchos: cierto hombre…
Amigo mío, ¿me escucha usted? Recoja mi confesión con el mismo respeto con que se recoge una lágrima: me muero de nostalgia. ¡Mi vida podría haber estado llena! ¿Qué habría sido de mí si…, si me hubiese atrevido? Porque bien claro oí lo que me dijo: “Después, ven y sígueme”. No fue un sueño, no. Él me invitaba a andar en su compañía, a formar parte de su grupo.
Jesús: maestro itinerante al que nunca se veía dos veces. Siempre andaba por caminos nuevos. Él pasaba…
“Temo a Cristo que pasa”, dijo un día, tal vez pensando en mí, el gran San Agustín. Hay que temerlo, sí, porque si te encuentra y te invita a seguirlo, y tú le dices que no, él seguirá adelante y tú te quedarás con la pena de lo que pudo haber sido…
“Temo a Cristo que pasa”. No estuvo nunca en un lugar fijo. ¿Para no dejarse encontrar por los temerosos y vacilantes? Es posible. Es, incluso, muy posible…

También lee: Teoría y práctica de la infelicidad | Columna de Juan Jesús Priego
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Teoría y práctica de la infelicidad | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
Como acerca de la felicidad he escrito ya mucho y no ha crecido siquiera mínimamente, por lo que he podido constatar, el número de las personas felices, hoy he decidido escribir sobre la infelicidad, esperando que las cosas se desarrollen de idéntica manera y no crezca el grupo de los seres infelices.
Infeliz. Aclaro desde ahora que voy a utilizar esta palabra con cuidado sumo, hasta diría que casi con pinzas, pues se trata de una término que, al menos desde hace tres siglos, o poco más, ha llegado a convertirse en un insulto. “¡Ese infeliz!…”. Como si el hecho de no ser felices fuese algo por lo que debiéramos pedir disculpas.
Para evitar malas interpretaciones, pues, aclaro desde ahora que ser infelices no es un pecado, ni algo que tenga que ver con ningún tipo de transgresión moral. “Infeliz”, aquí, es aquel que por alguna causa, o por algún revés, o por alguna contrariedad, o por alguna omisión, o por una serie de causas, reveses, contrariedades u omisiones, ha renunciado a decir de sí mismo que es feliz. En otras palabras, infeliz no es el bellaco, ni el malvado, ni el pusilánime, apocado, encogido, tímido y corto que dice el diccionario, sino el que hasta el día de hoy ha estado como jugando a las escondidas con la felicidad.
Aquí terminan las aclaraciones terminológicas. Ahora, a la cuestión. ¿Por qué son infelices los infelices? Hasta el momento no hay respuestas definitivas, sino sólo respuestas significativas. Veamos, por el momento, dos de ellas.
Una vez, hacia el siglo V a.C., le preguntaron a Buda:
“-¿Qué es el sufrimiento?”.
Respondió:
“-Encontrarse con lo que se odia, no encontrarse con lo que se ama, desear y anhelar sin obtener”.
Nueve siglos más tarde, san Agustín (354-430), al escribir su hermosísimo –y muy poco leído- tratado Acerca de las costumbres de la Iglesia, dijo a su vez: “No puede llamarse feliz el que no tiene lo que ama, sea lo que fuere; ni el que tiene lo que ama, si es pernicioso; ni el que no ama lo que tiene, aunque sea lo mejor” (I, 3).
Ahora bien, como es imposible que Buda hubiera leído a san Agustín, y muy poco probable que éste leyese a aquél, hemos de suponer que ambos llegaron casi a la misma conclusión siguiendo cada uno su propio camino. Por lo menos, los dos coinciden en afirmar que la infelicidad es una carencia: una carencia no de felicidad –lo cual sería tautológico y absurdo-, sino de aquello que la produce, es decir, la posesión de o por lo menos el encuentro con aquello que se ama.
Sin embargo, es preciso aclarar que, llegados a este punto, los caminos de estos dos bienaventurados toman rumbos divergentes, pues mientras Buda aconseja la renuncia, la abolición del deseo y del apego, san Agustín agrega: “Tampoco es feliz el que no ama lo que tiene”, haciendo ver con ello que no sólo no condena el cariño, sino que lo quiere aún más extenso: un cariño que se vuelque sobre lo que no se amaba e incluso sobre lo que ya teníamos y no pensábamos conquistar. Es como si dijera: “¿Te consideras infeliz porque no tienes lo que amas? Bien, pues no te cruces de brazos esperando tenerlo, ni tampoco pierdas pie, pues todavía hay una puerta abierta para ti: ama lo que tienes
. Acaso sólo cuando ames lo que tienes vendrá a ti lo que no tienes, y entonces serás feliz, pero ahora de una manera mucho más perfecta”.“Sólo una vez me quejé del trato que la fortuna me daba –cuenta de sí mismo Sa’di (1213-1291), el poeta persa-. Tan pobre era que no podía permitirme siquiera unos zapatos. Así que fui a la mezquita de Kiyah con el corazón dolorido y quejoso. Y allí vi un hombre sin pies”. Su rebelión interior se aplacó entonces como por ensalmo. ¡Y él que creía ser el más pobre del planeta! Sí, es cierto que andas descalzo, pero hay otros que ni siquiera tienen pies; de modo que no debes ser tan desgraciado, después de todo.
Pero, ¿has bendecido alguna vez a Dios por tener un par de hermosos pies con los que puedes correr, bailar, saltar y, sobre todo, ponerte en camino hacia los que amas? ¡Apostaría que nunca lo has hecho! Claro, has dado por supuesto que tener dos pies es lo menos que podías tener. Y, sin embargo…
A los hombres que se creían muy infelices, Joubert, el moralista francés, les dio una vez el siguiente consejo: “Si quieres vivir feliz, haz la lista de los males que no tienes”.
Hay que amar también lo que ya tenemos. Y aquí entran no sólo nuestras facultades o riquezas interiores, sino también y sobre todo las personas que nos han sido dadas por la vida y con cuyo amor ya contamos porque era anterior a cualquiera de nuestros esfuerzos. ¡Con cuánta indiferencia tratamos a estos seres! A menudo ni siquiera los vemos. Nos sucede como a los enamorados, que por naturaleza son siempre injustos con respecto a aquello que no sea el objeto de su pasión; su mirada es profundamente excluyente: ¡a los otros seres ni siquiera los ve, ya sean padres, hermanos o amigos! Pues bien, dice san Agustín, si lográramos amar también a estos hombres y mujeres seríamos un poco menos infelices.
“Si no puedes tener lo que deseas –aconsejaba un rabino medieval-, por lo menos desea lo que tienes”.
Amar lo que ya es nuestro, querer cuanto nos ha sido dado por Dios y por la vida: he aquí el camino que nos propone san Agustín, es decir, un hombre que conoció casi todos los caminos.
Quizá tenga razón. Porque, como en el relato de Poe –La carta robada-, la felicidad está siempre a la mano, frente a nuestras narices, mientras nosotros nos cansamos buscándola en las estrellas.
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