agosto 20, 2026

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Saber esperar | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

«Había caído enfermo un tal Lázaro, natural de Betania, el pueblecito de María y su hermana Marta. Fue María la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; Lázaro, el enfermo, era hermano suyo, y por eso las hermanas le mandaron un recado a Jesús:

»-Señor, mira que tu amigo está enfermo. 

»Jesús, al oírlo, dijo:

»-Esta enfermedad no es para muerte, sino para honra de Dios, para que ella honre al Hijo de Dios.

»(Jesús era muy amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro).

»Y cuando se enteró de la enfermedad esperó dos días donde estaba; sólo entonces dijo a los discípulos:

»-Vamos otra vez a Judea» (Juan 11, 1-7).

Detengámonos aquí, pues hay cosas en este relato que no siempre le quedan claras al lector. Si Jesús era muy amigo de Lázaro, ¿cómo es que se demoró dos días para ir a verlo? ¡Dos días! ¿No hubiera sido necesario que, al oír tan triste noticia, echara literalmente a correr? Por lo menos, esto es lo que esperaríamos de un amigo

. Pero Jesús no hace nada de esto, y en lugar de encaminarse a Betania sí que se dispone a partir, pero a otro lugar que no es precisamente Betania. Para dar una idea de lo que ha sucedido tomemos el siguiente ejemplo. Supongamos que llega alguien y nos dice: «Mira, tu amigo, al que tanto quieres, está en el hospital casi muriéndose», y que nosotros, entonces, respondemos así:

-¿Enfermo? ¿Dices que muy enfermo? ¡Pobrecito! Me doy por enterado. A ver si puedo ir a verlo uno de estos días. 

Así como se habla de negligencia médica, ¿así podría hablarse igualmente de negligencia afectiva? 

Desde que era muy joven, estas palabras me hacían removerme en mi silla: «Cuando se enteró de la enfermedad, esperó dos días donde estaba». Y me decía a mí mismo: «Si de veras Lázaro hubiera sido su amigo, Jesús habría partido a Betania en ese mismo instante. ¿Para qué esperar? ¿Por qué dejar para mañana, para pasado mañana, para después?». 

Pero por fortuna existen los estudiosos de la Biblia, y gracias a uno de ellos he podido enterarme de algo que hasta hace poco ignoraba y que aclara bastante bien todo este embrollo que me sumía en hondas –y muy amargas- cavilaciones. He aquí, pues, lo que hasta hace poco no sabía y ahora sé:

«¿Qué motivo pudo haber tenido Jesús para retrasar dos días su viaje? No basta para explicar esta demora el peligro que suponía el regreso, ni la resistencia del grupo de discípulos. Se trata de una decisión que Jesús toma desde el primer momento. En la mente del autor (es decir, del evangelista Juan, que es quien puso por escrito este episodio de la vida del Maestro), desde el momento en que recibe la noticia de la enfermedad de su amigo, Jesús ya sabe que Lázaro está muerto. Si retrasa dos días su viaje es para que la resurrección tenga lugar cuando ya el cadáver haya empezado a descomponerse, y el milagro sea absolutamente patente. Se trata de hacer algo “más difícil todavía”. Según la creencia judía, durante tres días el alma no dejaba el cuerpo. Era al cuarto día, al comenzar la putrefacción, cuando la muerte real era ya irreversible» (Juan Manuel Martín-Moreno, Personajes del cuarto evangelio).

¡Así las cosas cambian! Si Jesús no hubiera dejado pasar esos dos días, lo más probable es que más de alguno, al ver a Lázaro saliendo del sepulcro, hubiera dicho: «No, en realidad este hombre no ha resucitado a nadie; lo que pasa, más bien, es que Lázaro aún no moría»

. O, dicho a la mexicana: «No estaba muerto; andaba de parranda». Pero, ¿quién podría objetar el milagro cuando el cuerpo ya apestaba? «Señor –dice Marta, la hermana del difunto-, ya huele mal, lleva cuatro días» (Juan 11,39). 

El cuerpo de Lázaro estaba ya en proceso de franca descomposición y este hecho, para los judíos de aquella época, no podía significar más que una cosa: que se trataba de un auténtico fallecimiento. Pues bien, es entonces –y sólo hasta entonces- cuando Jesús grita con voz potente: «¡Lázaro, sal fuera!» (Juan 11,43). ¿Quién podía negar ahora que lo que Jesús había hecho era un milagro, un milagro como nunca antes se había visto uno en Israel? 

Pero ahora pongámonos en el lugar de Marta y María. ¿Estaban desesperadas al ver que Jesús no llegaba? ¡Es claro que lo estaban! Y no solamente desesperadas, sino también molestas. ¿Qué creían en lo más hondo de sí mismas? ¿Pensaban que Jesús, por negligencia afectiva o por lo que sea, había llegado tarde a la cita? De que estaban francamente airadas, no hay ninguna duda; basta con prestar un poco de atención a lo que dice Marta a Jesús cuando por fin lo ve llegar: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Juan 11,21). ¿Y qué es esto si no un reclamo? ¡Y cómo se arrepentiría después esta mujer, hoy tan venerada en más de un templo de nuestra ciudad, por sus pucheros y su falta de confianza! 

Por eso, valiéndose de este pasaje evangélico, los maestros espirituales de ayer y de hoy nos recomiendan la paciencia y la esperanza. Él vendrá. Aún cuando pareciera que tarda, no dejará de venir. Y cuando todo parezca perdido, cuando todo parezca venirse abajo, cuando todas las puertas parezcan cerradas, Él lo hará todo de nuevo con la sola fuerza de su voz. ¿Lo llamaste? Entonces llegará. 

En uno de sus libros, por ejemplo, Thomas Keating dice así: «Si Dios te quiere mucho, no esperes que vaya a acudir en el momento en que lo necesites. Al contrario, parecerá que no acude. Pero hará más de lo que piensas. Tiene todo planeado. Parece ignorarte. Y esa es la señal más maravillosa de que algo grande va a ocurrir. Cuando Jesús acudió por fin a Betania, resucitó a Lázaro de entre los muertos».

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#4 Tiempos

Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego

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Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:

¿Alguien quiere este billete?

Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?

El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:

-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.

Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!

Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.

-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.

Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.

-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.

El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:

-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?

Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…

Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.

Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.

El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.

Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:

-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?

-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.

-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?

El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…

¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.

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Siempre hay gente así | Columna de Juan Jesús Priego

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Hay gente que sólo llama cuando nos necesita. Mientras comen y beben, todo está bien, pero tan pronto como se les atora un hueso allí los tienes acordándose de nosotros. Yo conozco a muchos miembros de esta raza canina, y cuando veo su número telefónico parpadeando en la pantalla de mi celular, me digo: “¿Qué se les ofrecerá ahora? ¿De qué apuro hay que sacarlos?”.

Juan Jesús, ¡qué milagro! ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¡Hombre, déjate ver más a menudo! Pero, mira, en realidad te hablaba para esto…
¡Vaya, por lo menos son sinceros! ¡Por lo menos no tratan de engañarnos diciéndonos que nos han hablado para otra cosa!
-¿En qué puedo servirte? –digo, sabiendo perfectamente que no estoy usando una frase retórica.
Pero las cosas se complican todavía más cuando suceden cosas como las que voy a contar.

Desde hace muchos años conozco una pareja que siempre anda, como decimos en mi tierra, a la cuarta pregunta. Yo no sé cómo han hecho para que sus hijos estudien en los mejores colegios, tomen por las tardes clases de alemán, y además sean socios de varios clubes recreativos de nuestra ciudad. Esto es un misterio para mí, pero no pienso desentrañarlo. ¿Para qué? ¿Qué me importa a mí saber cómo le hacen para sostener semejante tren de vida? Pero sucedió una vez que el patriarca de aquella extraña familia vino en mi busca para suplicarme que por favor le ayudara a conseguir una beca para su hijo mayor.

-No te imaginas –me dijo- cómo andan de mal nuestras economías. ¡A veces siento la tentación de colgarme de la viga más alta del techo!
“¡Pero si el techo de tu casa no tiene vigas!”, dije para mi coleto. Además, a este hombre yo lo había oído muchas veces hablar así, de modo que aquella confesión apenas me impresionó.
-Sí –dije yo-. Los tiempos son malos. Y en España están peor.
-¿Malos? Te quedas corto. Yo no sé cómo le vamos a hacer. Yo no sé. Pero, mira, todo es cuestión de que hables con los directivos del colegio y…
-Pero si se trata sólo de hablar, ¿por qué no lo haces tú?
-Ah, es que a ti te harán más caso. No es lo mismo que hable yo a que hables tú. ¿Comprendes?

Total que le prometí hacer lo que pudiera. Y, vanidad aparte, debo confesar que conseguí mucho más de lo que yo mismo hubiera deseado.

Para celebrar el triunfo, la familia me invitó a cenar a su casa. Y aunque dudé en hacerlo para no exponerme a nuevos sablazos, acabé yendo gracias a esa perniciosa incapacidad de decir que no que vengo padeciendo desde las más tempranas etapas de mi existencia. Bien, estábamos en la mesa cuando de pronto me preguntó la mujer; quiero decir, la matriarca:

-¿Y con quién habló usted para solucionar el asunto, si puede saberse?
Como la cosa podía saberse, dije:
-Con el señor Martínez.
-¿Con el señor Martínez? ¿Con Rogelio Martínez?


-Así es –respondí.
-¡Hombre! –exclamó la mujer-. ¡Pero si Rogelio Martínez es amiguísimo de mi marido! ¿Verdad que es amiguísimo tuyo, cariño?
-Sí –respondió éste-. Fuimos compañeros en la preparatoria, y además éramos inseparables.
-¡Ay! –volvió a gemir la mujer-. ¿Para qué molestaste al padre? ¡Tan fácil que hubiéramos podido arreglar este asunto nosotros!

Pues lo hubieran hecho”, dije en voz tan baja que nadie pudo oírme. Y en este tono transcurrió aquella cena maldita. Por demás está decir que regresé a mi casa pateando latas. Y pasó un mes. Y luego otro mes. Y luego otro mes más. Y he aquí que mi teléfono, una tarde, volvió a sonar. Y, sí, era el número temido. “¿Qué se les ofrecerá ahora? ¿De qué apuro hay que sacarlos esta vez?”, me pregunté visiblemente angustiado.

-Juan Jesús, ¡qué milagro! ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¡Hombre, déjate ver más a menudo! Pero, mira, en realidad te hablaba para esto…

¿De qué se trataba ahora? De que por falta de pago la familia había perdido la membresía de cierto club recreativo… ¿Podía yo, en pocas palabras, conseguirles un pase de cortesía, de manera que los muchachos pudieran ir todas las tardes a nadar? ¡Ay, sufrían tanto por no poder hacerlo! Bien, se lo conseguí.

Y una vez que me encontré a esta pareja en un gran centro comercial, el capitán de aquellas panzas aventureras se aproximó a mí, me llamó su bienhechor y ya casi me estrangulaba con su abrazo cuando me preguntó su mujer:

– ¿Y con quién habló para solucionar este asunto, si puede saberse?
Como la cosa podía saberse, dije:
-Con la señorita Torres.
-¿Con Paty Torres?
-Así es –respondí.
-¡Ay, pero si Paty es casi mi comadre! ¿Verdad que es casi mi comadre, cariño?

Y para evitar lo que seguía miré el reloj, dije que tenía mucha prisa y me despedí de ellos corriendo. A los guardianes les pareció muy sospechoso que saliera del centro comercial arrollando a quien se me pusiese enfrente. Pero era mejor caer en la cárcel que volver a ver a estos mequetrefes.

Dios mío, ¿por qué tiene que haber gente así?

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Conversación a tres voces | Columna de Juan Jesús Priego

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Apago la luz, me meto en la cama, doy una vuelta y luego cien más. ¿Qué le vamos a hacer? Me espera otra linda, larga e interminable noche de insomnio. Pero esta vez no me desespero porque de pronto se me ocurre una idea: escribir este artículo. ¿Y de qué voy a hablar en él? Fíjese usted: de lo que tres grandes señores de la República de las Letras dijeron hace mucho, cada uno en su tiempo, acerca de la catedral de Francia. ¿Por qué no hacerlos dialogar entre ellos? La idea me emociona a tal punto que el pájaro del sueño, espantado, echa a volar para ir a posarse muy lejos de mi cama.

Tratemos de imaginarnos un diálogo entre Léon Bloy, Stefan Zweig y Heinrich Heine. Después de todo, ¿por qué no? ¿Qué tiene de malo pensar que los muertos podrían hablar continuamente entre ellos? Así pues, enciendo la luz, tomo tinta y papel y me pongo a escribir. Advierto al lector que yo no he inventado nada, y que si bien se trata de un diálogo imaginario, las palabras que éstos pronunciarán aquí no lo son en modo alguno: el que quiera, puede ir a buscarlas en los libros de cada cual. Pero como no quiero abrumar al lector con advertencias preliminares, comienzo ya.

LÉON BLOY: “La Edad Media era una inmensa iglesia como no se volverá a ver más hasta que Dios vuelva a la tierra: un lugar de oraciones tan vasto como todo el Occidente y construido sobre diez siglos de éxtasis. Era el arrodillamiento universal en la adoración o en el terror. Los blasfemos mismos y los sanguinarios estaban de rodillas, porque no había otra actitud en presencia del Crucificado terrible, que debía juzgar a todos los hombres… Las pobres gentes del campo trabajaban el suelo temblando, como si tuviesen temor de despertar a los difuntos antes de la hora. ¡Ah, sí! Y estos hombres de oración, estos ignorantes sin murmuración que desprecia nuestra suficiencia de idiotas, esos oprimidos llevaban en sus corazones y en sus cerebros la Jerusalén Celeste. Traducían como podían sus éxtasis en las piedras de las catedrales, en las vidrieras ardientes de las capillas, en la vitela de los libros de horas, y todo nuestro esfuerzo, cuando tenemos un poco de genio, está en volver a esta fuente luminosa. Vean ustedes, señores, esta inmensa catedral. ¿Qué es si no un éxtasis petrificado, una inmensa piedra florecida?”.

Stefan Zweig y Heinrich Heine escuchan con respeto a este león al que los ricos temen y los pobres aman. Sí, piensan los dos: una catedral como ésta a cuya sombra se hallan no pudo nacer así como así. ¿Qué tenían los antiguos que los moder nos hemos perdido?

Esto es lo que se pregunta Stefan Zweig lanzando la mirada “allá donde las cumbres besan los luceros”, y, tras un largo silencio, dice a su vez:

STEFAN ZWEIG: “Los verdaderos constructores de esta Catedral se llaman Fe y Paciencia. Fe de miles de seres anónimos desaparecidos y Paciencia de muchos miles de obreros trabajando en soledad. Inútilmente se examinan las líneas, los planos: no contestan la inexcusable pregunta de cómo pocos individuos tuvieron una vez el valor de construir semejante Catedral gigantesca

en el vacío de la naturaleza, apenas apoyada en una ciudad mísera”.

Aquí el escritor austriaco detiene su discurso para contemplar esas rocas milenarias que cada día parecen florecer, como acaba de decir el señor Bloy; esas piedras que son, al mismo tiempo, naturaleza y paisaje. Luego continúa así:

“Con respeto se siente aquí el espíritu de lo gótico, el siglo de la Fe y de la Paciencia, un siglo que no volverá. Porque nunca surgirán en nuestro mundo obras semejantes; nuestro mundo cuenta las horas con otras medidas y vive con ritmos distintos:  

“No –siguió diciendo el famoso novelista, tras una breve pausa-: los hombres ya no construyen catedrales: cuando se vuelve de estas formas duraderas, se siente nuestra época como una pobreza, ante todo. Nuestros planos tienden a fines más rápidos, nuestro ritmo es más acelerado y ya nunca una sola obra dura más que toda una generación y aun raras veces más que una sola vida. Nosotros, a quienes una chispa de sonido permite en un segundo hablar con otro continente, olvidamos lo que hemos aprendido: expresar nuestra esencia, nuestro modo de ser en lentas piedras, en años sin fin… Sí, eso se acabó: los hombres no construyen más catedrales”.

Falta fe, falta paciencia, falta ver pasar el tiempo de otra manera. ¡Vivimos tan apresurados! Heinrich Heine sonrió el escuchar estas palabras. Estaba en pleno acuerdo con ellas. ¿Para qué añadir algo a lo que ya de por sí estaba tan bien dicho? En todo caso, se limitó a contar lo siguiente:

HEINRICH HEINE: “Cuando hace poco me detuve con un amigo ante esta Catedral me preguntó por qué no construíamos ya monumentos semejantes; a lo cual contesté: ‘Querido Alphonse, los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones; nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para construir una catedral gótica se necesita algo más que una opinión’ ”.

Léon Bloy lanzó una carcajada; Stefan Zweig se limitó a esbozar una sonrisa, pues su temperamento tristón y melancólico no daba para más, y prosiguieron su camino a paso lento…
Fe, paciencia, lentitud, convicciones: ¿es esto lo que antes teníamos y hemos perdido? ¿Es esto lo que se requiere para emprender grandes cosas?, ¿es la carencia de todo ello lo que nos hace, de alguna manera, unos enanos espirituales? Y mientras estros tres señores se pierden en las sombras, de las que salieron, yo me incorporo, voy corriendo hacia el interruptor y apago la luz, haciendo un guiño al pájaro del sueño para que se digne volver…

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