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Saber esperar | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
«Había caído enfermo un tal Lázaro, natural de Betania, el pueblecito de María y su hermana Marta. Fue María la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos; Lázaro, el enfermo, era hermano suyo, y por eso las hermanas le mandaron un recado a Jesús:
»-Señor, mira que tu amigo está enfermo.
»Jesús, al oírlo, dijo:
»-Esta enfermedad no es para muerte, sino para honra de Dios, para que ella honre al Hijo de Dios.
»(Jesús era muy amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro).
»Y cuando se enteró de la enfermedad esperó dos días donde estaba; sólo entonces dijo a los discípulos:
»-Vamos otra vez a Judea» (Juan 11, 1-7).
Detengámonos aquí, pues hay cosas en este relato que no siempre le quedan claras al lector. Si Jesús era muy amigo de Lázaro, ¿cómo es que se demoró dos días para ir a verlo? ¡Dos días! ¿No hubiera sido necesario que, al oír tan triste noticia, echara literalmente a correr? Por lo menos, esto es lo que esperaríamos de un amigo . Pero Jesús no hace nada de esto, y en lugar de encaminarse a Betania sí que se dispone a partir, pero a otro lugar que no es precisamente Betania. Para dar una idea de lo que ha sucedido tomemos el siguiente ejemplo. Supongamos que llega alguien y nos dice: «Mira, tu amigo, al que tanto quieres, está en el hospital casi muriéndose», y que nosotros, entonces, respondemos así:
-¿Enfermo? ¿Dices que muy enfermo? ¡Pobrecito! Me doy por enterado. A ver si puedo ir a verlo uno de estos días.
Así como se habla de negligencia médica, ¿así podría hablarse igualmente de negligencia afectiva?
Desde que era muy joven, estas palabras me hacían removerme en mi silla: «Cuando se enteró de la enfermedad, esperó dos días donde estaba». Y me decía a mí mismo: «Si de veras Lázaro hubiera sido su amigo, Jesús habría partido a Betania en ese mismo instante. ¿Para qué esperar? ¿Por qué dejar para mañana, para pasado mañana, para después?».
Pero por fortuna existen los estudiosos de la Biblia, y gracias a uno de ellos he podido enterarme de algo que hasta hace poco ignoraba y que aclara bastante bien todo este embrollo que me sumía en hondas –y muy amargas- cavilaciones. He aquí, pues, lo que hasta hace poco no sabía y ahora sé:
«¿Qué motivo pudo haber tenido Jesús para retrasar dos días su viaje? No basta para explicar esta demora el peligro que suponía el regreso, ni la resistencia del grupo de discípulos. Se trata de una decisión que Jesús toma desde el primer momento. En la mente del autor (es decir, del evangelista Juan, que es quien puso por escrito este episodio de la vida del Maestro), desde el momento en que recibe la noticia de la enfermedad de su amigo, Jesús ya sabe que Lázaro está muerto. Si retrasa dos días su viaje es para que la resurrección tenga lugar cuando ya el cadáver haya empezado a descomponerse, y el milagro sea absolutamente patente. Se trata de hacer algo “más difícil todavía”. Según la creencia judía, durante tres días el alma no dejaba el cuerpo. Era al cuarto día, al comenzar la putrefacción, cuando la muerte real era ya irreversible» (Juan Manuel Martín-Moreno, Personajes del cuarto evangelio).
¡Así las cosas cambian! Si Jesús no hubiera dejado pasar esos dos días, lo más probable es que más de alguno, al ver a Lázaro saliendo del sepulcro, hubiera dicho: «No, en realidad este hombre no ha resucitado a nadie; lo que pasa, más bien, es que Lázaro aún no moría» . O, dicho a la mexicana: «No estaba muerto; andaba de parranda». Pero, ¿quién podría objetar el milagro cuando el cuerpo ya apestaba? «Señor –dice Marta, la hermana del difunto-, ya huele mal, lleva cuatro días» (Juan 11,39).
El cuerpo de Lázaro estaba ya en proceso de franca descomposición y este hecho, para los judíos de aquella época, no podía significar más que una cosa: que se trataba de un auténtico fallecimiento. Pues bien, es entonces –y sólo hasta entonces- cuando Jesús grita con voz potente: «¡Lázaro, sal fuera!» (Juan 11,43). ¿Quién podía negar ahora que lo que Jesús había hecho era un milagro, un milagro como nunca antes se había visto uno en Israel?
Pero ahora pongámonos en el lugar de Marta y María. ¿Estaban desesperadas al ver que Jesús no llegaba? ¡Es claro que lo estaban! Y no solamente desesperadas, sino también molestas. ¿Qué creían en lo más hondo de sí mismas? ¿Pensaban que Jesús, por negligencia afectiva o por lo que sea, había llegado tarde a la cita? De que estaban francamente airadas, no hay ninguna duda; basta con prestar un poco de atención a lo que dice Marta a Jesús cuando por fin lo ve llegar: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano» (Juan 11,21). ¿Y qué es esto si no un reclamo? ¡Y cómo se arrepentiría después esta mujer, hoy tan venerada en más de un templo de nuestra ciudad, por sus pucheros y su falta de confianza!
Por eso, valiéndose de este pasaje evangélico, los maestros espirituales de ayer y de hoy nos recomiendan la paciencia y la esperanza. Él vendrá. Aún cuando pareciera que tarda, no dejará de venir. Y cuando todo parezca perdido, cuando todo parezca venirse abajo, cuando todas las puertas parezcan cerradas, Él lo hará todo de nuevo con la sola fuerza de su voz. ¿Lo llamaste? Entonces llegará.
En uno de sus libros, por ejemplo, Thomas Keating dice así: «Si Dios te quiere mucho, no esperes que vaya a acudir en el momento en que lo necesites. Al contrario, parecerá que no acude. Pero hará más de lo que piensas. Tiene todo planeado. Parece ignorarte. Y esa es la señal más maravillosa de que algo grande va a ocurrir. Cuando Jesús acudió por fin a Betania, resucitó a Lázaro de entre los muertos».
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¡CÁLLATE! | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
«En aquel tiempo llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo que se puso a gritar: “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!”. El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea» (Marcos 1, 21-28).
Leo el texto una y otra vez, pues debo predicar sobre él en la misa del próximo domingo. Respiro profundamente y trato de repetir para mí mismo las palabras que más impresión me han causado, es decir, las que con mayor espontaneidad acuden, después de la lectura, a mis labios y a mi memoria. Quizá no sea éste el método más adecuado para preparar una homilía dominical, pero así suelo hacerlo regularmente y no creo que, al menos por ahora, me decida a cambiarlo.
«Este hombre habla con autoridad». ¿Cómo hablaba Jesús? ¿Cómo era el timbre de su voz? ¿Era un tono dulce, o más bien enérgico y decidido? Me lo imagino predicando a la pequeña comunidad reunida en la sinagoga y a ésta escuchándolo con embeleso. Pero de pronto mi imaginación pega un brinco, por decirlo así, y me escucho repitiendo esta sola exclamación: «¡Cállate!». ¿A quién se la dice Jesús? ¿A quién va dirigida? Históricamente hablando, por decirlo así, al endemoniado que andaba por allí cerca, pero sería demasiado iluso de mi parte creer que sólo se la dice a él. ¿Y si esta orden estuviese dirigida a mí también? «Juan Jesús, cállate. Hablas demasiado. De pronto dices cosas que no debes decir».
Trago saliva. Sí, el Señor me está reprendiendo también a mí, como si yo formase parte de la asamblea de aquella sinagoga, y lo escucho con la cabeza baja, profundamente avergonzado: «¡Cállate, por el amor de Dios! ¿Qué ganas con decir lo que sabes? Sé discreto, sé silencioso. Para refrenar la lengua he ideado la compuerta de los dientes; te he dado dos orejas, pero sólo una lengua para que escuches lo doble y hables la mitad. Analiza con cuidado tu anatomía, aprende de ella y saca de ello las debidas consecuencias. ¡Cuántas enemistades te has granjeado por haber abierto la boca más de lo debido! ¡Y cuántas se han alejado de ti por no querer participar de tu charla inconveniente! Así, pues, cállate. Tú hablas con libertad creyendo que los demás nunca se enterarán de los que dices en lo íntimo y lo privado. Pero se enterarán, de eso no hay duda, porque no hay nada oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a descubrirse».
Sí, es verdad: así hable uno con la pared, los demás siempre se enteran de lo que dijimos. Por eso dice la Escritura: «Ni en tu pensamiento hables mal del rey, ni en tu alcoba hables mal del poderoso
, porque un pajarito del cielo le lleva el cuento y un ser alado les cuenta lo dicho» (Eclesiastés 10, 20). ¡Dios mío, cuánta sabiduría hay en estas palabras, y qué actuales son!A menudo, tras una amarga decepción, nos preguntamos: «¿Cómo se enteró éste de lo que dije, si supuestamente se lo confié únicamente a mis amigos y sólo a ellos? Además, me prometieron solemnísimamente que no dirían nada de cuanto acababan de escuchar. ¿Quién de todos ha traicionado de este modo mi confianza?».
Uno se rompe la cabeza preguntándose quién podrá haber sido, pero tales indagaciones son vanas además de inútiles, porque pudo haber sido cualquiera de ellos o incluso cada uno por su cuenta. O quizá, ¿por qué no?, incluso ese pajarillo del que habla el libro del Eclesiastés. Por eso dice también, con toda verdad, un refrán judío: «Amigo: tu amigo tiene amigos; por lo tanto, sé discreto».
Mientras pensaba en estas cosas me puse a recordar a un compañero mío de la preparatoria al que todos, como apodo, le decían la piñata. ¿Por qué la piñata?, pregunté a mi vecino de al lado, el cual me respondió así:
-Le decimos la piñata porque a éste basta sacudirlo un poco para que saque todo lo que guarda dentro.
Iba a lanzar una carcajada recordando estas cosas ya muy viejas cuando caí en la cuenta de que estaba preparando mi homilía y que, por lo tanto, no debía dar pie a divagaciones ociosas. En vez de reírme, traté de recordar algo que sobre este asunto del callar había escrito Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés, en una página de su diario: «Pareciera que los hombres han recibido el don de la palabra no para esconder sus pensamientos (como sostenía Talleyrand), sino para esconder el hecho de que no tienen pensamientos».
Es verdad: muchas veces hablamos para no pensar, para no escuchar, para dar la impresión de que estamos llenos cuando en realidad sólo hay en nosotros sequedad y vacío. ¡Qué superficial nos parece la gente que no es capaz de estarse un momento con la boca cerrada! Ésta se siente en la necesidad de hablar de todo, aunque por esto deban caer muchas cabezas a su alrededor. Como los peces, estos individuos mueren siempre por su propia boca.
«¡Cállate!». Si de todo esto hablara el próximo domingo; si convenciera a mis feligreses (y me convenciera yo el primero) de que es necesario ser más discretos y silenciosos, no creo que vaya a ser tiempo perdido. En todo caso, ya veré. Aún me quedan varios días para decidir y tomar las decisiones pertinentes al caso…
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La cebolla de Dostoyevski | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
Leí “Los hermanos Karamazov” cuando era joven, lo cual fue muy bueno y también muy malo. Muy bueno porque cuando un muchacho de veinte años lee una novela como ésta sin dejarla a la mitad, quiere decir que en el futuro ningún libro, por voluminoso o difícil que sea, logrará espantarlo; y muy malo también, porque a esta edad uno no comprende obras filosóficamente tan complejas más que a medias.
Sea como sea, algunas frases se me quedaron en la memoria tras aquella lectura juvenil. Y justamente buscaba una de éstas la semana pasada para citarla en uno de mis artículos cuando, de pronto, al abrir el libro, me encontré con esta historia bellísima. ¿Cómo es que ni siquiera la recordaba? ¡No, no había leído “Los hermanos Karamazov” con la seriedad debida! La prueba estaba en esta historia olvidada. Hela aquí; la cuenta Grushenka a Aliosha Karamazov, y creo que también a Rakitin, un seminarista mediocre y grisáceo que está siempre al lado de aquél sin que uno sepa muy bien por qué razón. En fin, todo comienza cuando dice Grushenka:
-“Por mala que me consideres, yo también he intentado una obra buena, yo también he dado una cebolla. ¡Perdóname, Aliosha! –dice la mujer con risa nerviosa-. Permíteme referirte la leyenda que Matriona, la cocinera, me contaba cuando yo era niña…
“Érase una vez una mala mujer que murió sin dejar vestigio de una sola virtud. Se la llevaron los demonios y la echaron al lago de fuego. Su ángel de la guarda se devanaba los sesos para descubrir en ella una sola virtud que ofrecer ante Dios en su defensa. De pronto se acordó y dijo al Señor:
“- Una vez arrancó de su huerto una cebolla y se la dio a una mendiga.
“Dios le contestó al ángel:
“- Pues toma esa cebolla, busca a esa mujer en el lago de fuego y échasela para que se agarre de ella, y si de este modo consigues tirarla hasta la orilla, entrará en el paraíso; pero si se partiese la cebolla, se hundiría de nuevo entre las llamas.
“El ángel buscó a la mujer y le tendió la cebolla.
“-Toma –le dijo-: agárrate de ella e intenta subir.
“Y la mujer empezó a tirar de ella con precaución; ya estaba casi fuera del infierno cuando los demás pecadores, viendo cómo era sacada del lago en llamas, se asieron de sus ropas, queriendo aprovechar también éstos ese momento de buena suerte. Pero la mujer, que era muy mala, les daba fuertes puntapiés, y gritaba:
“- ¡La cebolla es mía, no vuestra! ¡Es a mí a quien salvan y no a vosotros!
“Pero al pronunciar estas palabras se partió la cebolla y la mujer volvió a caer en el lago, donde arde todavía. El ángel se fue llorando”.
Y así acaba la historia. ¡Ah, es tan buena que no quiso Dostoievsky dejar de endilgársela al lector poniéndola en boca de cualquiera de los personajes de la novela, el que fuera, con tal de que no quedara sin contarse!
He aquí las conclusiones que se pueden sacar de ella:
- Nos salvamos únicamente por lo que hemos dado. ¡Si esta mujer terrible hubiera regalado a la mendiga una cosa mucho más sólida, o quizá tres cebollas en vez de una sola, ahora estaría salvada! Pero, tristemente, no le dio más que una, y ésta ya casi podrida…De ahora en adelante, cuando dé alguna cosa, me preguntaré: “¿Es lo suficientemente sólida y fuerte para asirme de ella cuando mi ángel de la guarda, Dios no lo quiera, me tenga que sacar del lugar de castigo, es decir, del lago de fuego?…
Pero otras interpretaciones son también son válidas:
- Pese a ser sólo una hortaliza, es decir, una cosa sumamente frágil cuando se tira de ella, la cebolla no se habría roto si la mujer no se hubiese puesto a patalear como lo hizo buscando quitarse de encima a los demás condenados. De haber aceptado llevárselos consigo, sacándolos del infierno, habría realizado, en el último momento, una obra buena, gracias a la cual se habría salvado con toda seguridad. Pero ya sabemos lo que esta envidiosa hizo y lo que sucedió después.
- El valor de las pequeñas cosas es infinito. Si no se quedará sin recompensa un solo vaso de agua que hayamos dado con generosidad (Cf. Mateo 10,42) en nombre del Señor, ¿por qué va a quedarse sin premio una cebolla?
Pero, ultimadamente, ¿por qué hemos de sacar conclusiones si Grushenka no las sacó? Ella, una vez contada la historia, pasó a otra cosa, como diciendo: “Que cada uno saque de ella lo que más le convenga, lo que le inspire su conciencia; en fin, lo que quiera”.
¡Sí –me digo-, la mujer, con esos movimientos bruscos que hizo lo echó todo a perder! ¡Un gesto de solidaridad, uno solo, habría sido suficiente para escapar al castigo!
“He aquí que mi ángel me tira esta cebolla como un lazo. Agárrense de mí y tratemos de salir de aquí todos juntos, hermanos”. ¡Ah, con decir esto hubiera bastado! Y, no sé, tal vez el infierno hasta hubiera quedado vacío. ¡Lo que vale un gesto pequeño delante de Dios!
Pero no, nadie se salvará sin haber dado algo a alguien en esta vida, aunque este algo sea algo tan barato, tan pequeño e insignificante como una frágil cebolla…
Lee también: El moribundo y la taza de café | Columna de Juan Jesús Priego
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El moribundo y la taza de café | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
¿Desde cuándo he perdido las palabras? Yo hablo, pero ellos no me escuchan; mi voz ya no los alcanza. ¿Es esto la muerte: escuchar sin responder, palabras que quedan sin respuesta? ¡Ah, la muralla de mis dientes no deja escapar nada!
Cuando están en torno mío, apretujándose en las orillas de mi cama, hablan despacio y se dicen entre ellos: “No reacciona”. Y me palpan la frente y observan el termómetro y se inclinan sobre mí para decirme al oído dulces palabras que nunca escuché en otro tiempo: palabras que siempre eché de menos. Por lo demás, no hay necesidad de que se inclinen tanto: yo los oigo perfectamente y lo entiendo todo.
Ayer, por ejemplo, usted se mostró muy pesimista, y hoy creo que lo está todavía más, pues acaba de decir en un tono muy grave y muy afectado y muy solemne que había que caer en la cuenta de que la medicina no era aún todopoderosa; que, dada la situación en que me encontraba y las complicaciones que se habían presentado…, etcétera. Está bien, doctor: acepto con resignación que la medicina no sea aún todopoderosa, pero ¿lo será algún día, alguna vez?
Además, no se debería usted apenar demasiado, doctor: yo nunca he desconfiado de sus remedios –que, dicho sea de paso, no han remediado nada-, ni de su competencia profesional. ¡Dios me libre de dudar de usted! Lo único que en realidad quiero decirle es que no debe preocuparse más de lo debido. ¿Y por qué no? Trataré de explicárselo de la mejor manera. Mire, doctor, yo no sé lo que me pasa, pero usted sí lo sabe, y a esto que me pasa usted lo llama morirse. Si esto es así, doctor, déjeme decirle entonces que morir es bien sencillo. ¿Puede imaginarse que hasta me siento relajado? Yo siempre sufrí de insomnios, pero ahora el sueño llega como un amigo: de repente y sin avisar. ¡Qué bien!
Yo creía que, en trances como éste, los moribundos ponían los ojos en blanco, sacaban la lengua, gemían como endemoniados y se ponían a recitar frases definitivas o, ya por lo menos, inolvidables. Pero no; por lo menos yo, no siento nada de esto; quiero decir, ni creo que esté bizqueando, ni creo que a partir de ahora me ponga a hacer estas cosas que tan ridículas me han parecido siempre. ¿Por qué nadie me había dicho antes que morir era algo así como dormirse?
Pero no es de esto de lo que quiero hablarle. ¿Doctor? ¿Me escucha usted, doctor? De lo que quiero hablarle, más bien, es de otra cosa. De la melancolía que siento, de la tristeza que me da, de la envidia que me invade cuando pienso en lo mucho que echaré de menos la luz de este sol que apenas alcanzo a presentir a través de las cortinas en esta alcoba climatizada. ¿Cree que no echaré de menos el sol? Sí, y también el frío de la noche, ese vientecillo polar que me hacía meterme en la cama recordando los buenos tiempos en que era niño y mi madre me arropaba.
¡Y luego las calles! ¡Qué espectáculo! Luces que se prenden y se apagan, voces que gritan, niños que silban, autos que corren
. ¡Qué carnaval de rostros es una calle! ¡Rostros de todos los colores, alegres, grises, simpáticos, furibundos, luminosos, cetrinos, bellos, únicos! Quizá lo que más echaré de menos serán los rostros. ¡Qué novedad, qué prodigio! Ninguno parecido a otro, un milagro cada uno. Caminar por una amplia avenida es haber visto miles de milagros que gesticulaban, saludaban o miraban distraídos…Pero no lo quiero abrumar con mi discurso, doctor. Únicamente he querido decirle que echaré de menos muchas cosas, muchas voces. También, por supuesto, extrañaré mis libros. Ya no podré tocarlos, ni acariciarles la portada, ni ponerles marcas. ¡Ah, doctor, morir no es duro por lo que viene después, sino por lo que se deja!
¿Usted cree, por ejemplo, que no echaré de menos el ruido del mar, la voz de mis amigos, la taza de café?
Y aquí es donde digo: Dios tiene que hablarnos muy dulcemente para que aceptemos morirnos; tiene que llamarnos a su casa con muy buenos modales para que prefiramos irnos con Él, pues no es fácil dejar a la deriva y como abandonado todo lo que amamos.
¡Qué envidia siento por los que se quedan en este pobre mundo lleno de injusticia y de belleza! Irán al mar, se bañarán en él, y cerca de ellos rugirán las olas. Y cuando haga frío –ese frío que tanto he amado- se encerrarán en la cocina contándose historias anodinas al amor de la lumbre. Y se mirarán a los ojos, y se dirán que se quieren, y se hablarán por teléfono sólo para demostrarse que no se olvidan.
¿Sabe usted, doctor? Hay unos versos que me gustan mucho, y me gustaría recitárselos ahora, a modo de despedida; los escribió Carl Sandburg (1878-1967), el poeta estadounidense, hace ya muchos años, y dicen así:
¡Golpea los barrotes!
Lanza un grito
y sal, si puedes.
Sal al encuentro del mar,
de la luna, de la casa,
de la taza de café.
Quizá la Felicidad, doctor, no sea más que la suma de estas modestas felicidades que la vida nos da todos los días. El mar, la luna, la casa, la contemplación fugaz del rostro amado, la llamada que esperabas y acaba por llegar, es decir, el cariño correspondido.
Y ahora, doctor, si me lo permite, cerraré los ojos, y también los oídos. ¿Me escucha todavía? A juzgar por los gritos y el tumulto que escucho alrededor de mi cama debe estar pasándome algo realmente muy grave…
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