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No es lo mismo verla venir que sentirla llegar | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales

 

Estimado lector, si nació usted a mediados de la década de los 90’s probablemente no recuerde la oleada de grupos que tomaron la bandera del activismo ecológico para llenarse los bolsillos de monedas. Eran tiempos en los que la venta de discos, como modo de enriquecimiento, daba las últimas patadas pero seguía siendo efectiva.

En 1992 la banda mexicana «Maná» presentó su álbum «¿Dónde jugarán los niños?», en el cual lanzaban una voz de alerta acerca del daño al medio ambiente y los peligros que este acarrearía en el mediano plazo. En su primer sencillo promocional alarmaban a los escuchas mexicanos con la historia del abuelo que jugó entre árboles, risas y alcatraces de color. El viejo vió ríos transparentes donde abundaban peces pero el tiempo pasó. Muchos compraron el disco, pocos hicieron conciencia del mensaje.

A decir verdad, a pocos les interesaron los consejos ambientalistas de aquellos, aún jóvenes y despreocupados, muchachones tapatíos. Cinco años más tarde el ánimo social todavía daba para bromear con la alerta ecológica y «Molotov» lanzó su álbum debút «¿Dónde jugarán las niñas?» haciendo mofa de las buenas intenciones de Fer y sus muchachos. La portada mostraba una colegiala en minifalda con las piernas abiertas. Fin de siglo y de milenio pero con el «jijí» colectivo a tope, como si se tratara de un quinceañero que ve lejana la senectud y hace alarde de sus superpoderes de escuincle invencible e infame.

No pretendo usar estas líneas para caer en el cliché insoportable del regaño ecológico, tampoco juzgaré a todos aquellos que en los 90’s no daban ni medio cacahuate por el daño ambiental y el calentamiento global. Hasta cierto punto entiendo, aunque no justifico, la reacción desinteresada de los habitantes de las zonas urbanas. No había motivo ni razón suficiente para que un habitante de la ciudad se preocupara por las selvas, los ríos, las sierras y los océanos. A final de cuentas el citadino seguía despertando diariamente sin que su rutina se viera afectada.

El habitante de la zona urbana seguía disfrutando de su café por las mañanas, de la comodidad de su auto para desplazarse, de agua para beber y ducharse. Las comodidades y actividades cotidianas del ciudadano no se habían visto alteradas, en lo más mínimo, por el daño a la ecología. Si bien los citadinos eran conscientes de los daños del calentamiento global en los polos, poco les interesaba el tema pues lo que pasaba a millones de kilómetros, en las puntas del planeta, no le impedirá seguir disfrutando de su serie favorita o de ir a beber una cerveza a su bar de preferencia los fines de semana. Nació y todo había, creció y de todo seguía habiendo. No había nada que temer.

Me da la impresión de que la gente de los suburbios había vivido rodeada de lo que he decidido llamar «perímetro de bienestar». En la zona rodeada por este perímetro aparentemente nada había cambiado a pesar de los desastres ecológicos más allá de nuestra zona de bienestar. Seguíamos teniendo entretenimiento, alimento, sexo, centros comerciales y todo lo necesario para seguir funcionando como lo habíamos hecho toda la vida. Poco nos importaba lo que estuviera sucediendo en la remota selva o el lejano polo norte. Dentro de nuestro «perímetro de bienestar» todo marchaba como siempre había marchado.

Ahora la situación es totalmente diferente. Por primera vez en mi vida he sido testigo de cómo el agua nos llega al cuello. Los daños al planeta ya no solamente se manifiestan fuera de nuestro perímetro de bienestar. Mucho de lo cercano que solíamos disfrutar se está viendo alterado. A nadie le importaba antes el calentamiento global ni el daño en la capa de ozono si en las vacaciones de verano podía correr a Cancún a disfrutar de unos días de sol y un buen chapuzón en aguas cristalinas. Pues bueno, hoy en día las aguas del caribe mexicano están invadidas de sargazo. Las playas del sur del país están convirtiéndose en pantanos hediondos infestados del alga. Nuestro perímetro de bienestar fue vulnerado, el daño ya no está en los polos, ya llegó a nuestras playas para estropear las vacaciones de turistas nacionales y extranjeros.

No vayamos más lejos, el partido de semifinales de la liga mexicana de fútbol (León vs América) tuvo que ser pospuesto por la contingencia ambiental en la CDMX a causa de la pésima calidad del aire. Gran parte del territorio nacional está en llamas y por primera vez se encienden los focos rojos de nuestra cotidianidad. Este caos ya no solamente está acabando con los osos polares, ahora le quitó al populi lo más sagrado que tenía, un partido de fútbol.

¿Qué sucedería si un día simple y sencillamente nuestro perímetro de bienestar colapsara? Tenemos que abrir los ojos y entender que una mañana no solamente no habrá fútbol ni vacaciones en Cancún, tampoco habrá agua para nuestro café de las mañanas ni nuestra cerveza de las noches. Si, así tal cual: NO HABRÁ AGUA PARA CAFÉ NI PARA CERVEZA, NO HABRÁ.

Nos encontramos en un nefasto estado de negación en el que vale más ignorar que el mundo esté de cabeza que hacer algo al respecto. Preferimos jugarle al pasado de vivo y brincar «de cojito» en la cuerda floja. No vamos a detenernos hasta que las llamas toquen a nuestra puerta (literalmente) para lo cual no falta mucho (si no lo creé posible simplemente tómese un minuto para mirar los cerros por su ventana). Y entonces no podremos correr a desentendernos haciendo gala de nuestra mejor cara de pendejos en las playas de Cancún. Y entonces haremos la más infantil de nuestras rabietas al tener que aceptar que los posers de Maná llevan 27 años siendo dueños de la razón, el fútbol no solamente se pospondrá si no que se cancelará y ahora sí el León y el América ¡¿¡¿DÓNDE DIABLOS JUGARÁN!?!?!

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