#Si SostenidoLetras minúsculas

El tormento de Sísifo | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

Según leí no sé dónde, una familia media norteamericana cambia de casa unas catorce veces a lo largo de su vida. Por mi parte, debo decir que ésta es la quinta vez que me mudo y que no sé si soportaré una sexta. Apenas empieza uno a conocer a los vecinos, a saludarlos y a aprenderse sus números telefónicos cuando ya se nos pide que volvamos a hacer maletas.

-Ah, pero estás ascendiendo», me dijo hace poco mi padre cuando le comuniqué la noticia de que me transferían a otra ciudad. Está orgulloso de mis constantes desplazamientos. Para él, moverse es sinónimo de ascender. Como ha vivido siempre en la misma casa desde hace cincuenta años, es incapaz de comprender cuántas cosas se pierden con cada mudanza.

-En cierto sentido nuestro hijo tiene razón –intervino mi madre tratando de suavizar las líneas de mi rostro-: los muebles se estropean, las cacerolas se abollan.

Pero tampoco ella me entendía. Ante la necesidad de partir, ¿quién piensa en los muebles, los platos o las cacerolas?

Lo que en realidad deja uno atrás son nombres, rostros, amistades: esto es lo que se estropea, lo que se rompe. En la ciudad a la que voy nadie me conoce, y pasarán muchos meses antes de que los vecinos me saluden por mi nombre. Sí, con el tiempo acaso lleguemos a conocernos, incluso tal vez a estimarnos, pero tan pronto como esto haya sucedido, otra vez habré de marcharme a vivir a otra ciudad. Si hoy los dioses tuvieran que castigar a Sísifo, no lo obligarían a cargar una piedra, sino a cambiar de casa como cambio yo. Lo peor de todo es que mis padres se imaginan a Sísifo feliz.

En Los trabajos y los días, según puedo recordar de mis lecturas escolares, Hesíodo hacía la siguiente recomendación a los griegos de su tiempo: «Que no te llamen muy amigo de los huéspedes, ni nada amigo de los huéspedes». De ellos, en una palabra, no había que hacerse amigo de ninguna manera. ¿Por qué tan extraña recomendación?, pregunté entonces a mi maestro de literatura, y él se explayó hablando en clase acerca de la «tan inesperada como deplorable xenofobia helena». Hoy, sin embargo, creo conocer la respuesta: porque los huéspedes están de paso y se irán un día u otro. De ellos, puesto que se marcharán, no debe uno hacerse amigo, pues nos dejarán tarde o temprano con el corazón herido. Una traducción posmoderna del texto de Hesíodo podría ser ésta: «Que no te llamen muy amigo de los nómadas, ni nada amigo de los nómadas». Pero, ¿pueden los nómadas tener amigos?

Cuando pienso en mis viejos compañeros, sufro de veras. Hay algunos a los que no he visto desde hace por lo menos dieciocho años, es decir, desde que estábamos en la preparatoria y no nos sentíamos nunca solos. ¿Qué se ha hecho Gustavo, por ejemplo? ¿Vive o ha muerto? ¿Dónde está? Lo único que sé de él es que hace treinta años, en 1989, tuvo que irse con su familia a los Estados Unidos, país en el que una cierta compañía de electrodomésticos contrató a su padre, que era un competente ingeniero. ¿Se casó ya?, ¿cuántos hijos tiene?, ¿vive incluso? ¡No lo sé!

En esta época de regresión a los tiempos nómadas no existe la certeza de que nos volveremos a ver, de que continuaremos encontrándonos. ¿Cómo, si cambiamos tan rápido de dirección, de conocidos? ¡Y de los teléfonos celulares mejor ni hablar! Raro es el hombre o la mujer que duran más de seis meses con el mismo aparato (¡nos los roban los ladrones o nosotros mismos los perdemos con tanta facilidad!). Yo mismo, en apenas un año, he comprado por lo menos tres, y en dos ocasiones –para no pagar el cambio de chip- he tenido que conformarme con el nuevo número que me ha asignado la compañía, número que debo -¡otra vez!- hacer circular entre mis conocidos.

Pensaba hace poco que si lograra encontrar los cuadernos que usé en mis tiempos de bachillerato, tal vez encontraría en ellos algún indicio que me ayudara a localizar por lo menos a dos o tres de estos ausentes (siempre es posible que sus papás vivan en la misma vieja casa familiar). Pero estas libretas no existen ya. Si no recuerdo mal, me deshice de ellos en mi primera mudanza, hace más o menos quince años. En aquel tiempo (y en aquel estado de ánimo) no pensé que me pudieran servir más tarde. ¡En cambio ahora, cuánto daría por volverlos a ver! En ellos escribí mis primeros pensamientos personales, mis primeros versos (que fueron, por lo demás, los últimos). Si pudiera echarles un vistazo, acaso me comprendería mejor a mí mismo, pues allí encontraría la fuente de la que manan mis pensamientos de hoy. Pero con tanto movimiento, ¿quién puede darse el lujo de cargar con todo? Para caminar ligeros, arrojamos a la basura acaso lo único que hubiéramos debido conservar.

Toda mudanza implica una gran cantidad de serias decisiones. ¿Llevarse el buró en vez de la caja con los libros juveniles?, ¿el colchón en lugar de las carpetas en las que recogimos apuntes de clases ya olvidadas?, ¿la grabadora en vez del cofre en el que depositábamos las cartas no enviadas y las postales recibidas? Como ya la misma palabra lo indica, mudarse es cambiarse; es, en cierto sentido, hacerse otro, perder una parte de nuestra identidad: algo así como atentar contra el recuerdo. ¿Será por eso que cada vez me vuelvo más melancólico y menos amable?

Hay que guardar un silencio respetuoso cada vez que nos encontremos con una cara larga; quizá se trate de un rostro que camina en una ciudad en la que ningún corazón late por él. ¡Ay, y pensar que dentro de poco esa cara será tal vez la mía en la ciudad a la que iré!

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