julio 3, 2022

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#Si Sostenido

El tormento de Sísifo | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Según leí no sé dónde, una familia media norteamericana cambia de casa unas catorce veces a lo largo de su vida. Por mi parte, debo decir que ésta es la quinta vez que me mudo y que no sé si soportaré una sexta. Apenas empieza uno a conocer a los vecinos, a saludarlos y a aprenderse sus números telefónicos cuando ya se nos pide que volvamos a hacer maletas.

-Ah, pero estás ascendiendo», me dijo hace poco mi padre cuando le comuniqué la noticia de que me transferían a otra ciudad. Está orgulloso de mis constantes desplazamientos. Para él, moverse es sinónimo de ascender. Como ha vivido siempre en la misma casa desde hace cincuenta años, es incapaz de comprender cuántas cosas se pierden con cada mudanza.

-En cierto sentido nuestro hijo tiene razón –intervino mi madre tratando de suavizar las líneas de mi rostro-: los muebles se estropean, las cacerolas se abollan.

Pero tampoco ella me entendía. Ante la necesidad de partir, ¿quién piensa en los muebles, los platos o las cacerolas?

Lo que en realidad deja uno atrás son nombres, rostros, amistades: esto es lo que se estropea, lo que se rompe. En la ciudad a la que voy nadie me conoce, y pasarán muchos meses antes de que los vecinos me saluden por mi nombre. Sí, con el tiempo acaso lleguemos a conocernos, incluso tal vez a estimarnos, pero tan pronto como esto haya sucedido, otra vez habré de marcharme a vivir a otra ciudad. Si hoy los dioses tuvieran que castigar a Sísifo, no lo obligarían a cargar una piedra, sino a cambiar de casa como cambio yo. Lo peor de todo es que mis padres se imaginan a Sísifo feliz.

En Los trabajos y los días, según puedo recordar de mis lecturas escolares, Hesíodo hacía la siguiente recomendación a los griegos de su tiempo: «Que no te llamen muy amigo de los huéspedes, ni nada amigo de los huéspedes». De ellos, en una palabra, no había que hacerse amigo de ninguna manera. ¿Por qué tan extraña recomendación?, pregunté entonces a mi maestro de literatura, y él se explayó hablando en clase acerca de la «tan inesperada como deplorable xenofobia helena». Hoy, sin embargo, creo conocer la respuesta: porque los huéspedes están de paso y se irán un día u otro. De ellos, puesto que se marcharán, no debe uno hacerse amigo, pues nos dejarán tarde o temprano con el corazón herido. Una traducción posmoderna del texto de Hesíodo podría ser ésta: «Que no te llamen muy amigo de los nómadas, ni nada amigo de los nómadas». Pero, ¿pueden los nómadas tener amigos?

Cuando pienso en mis viejos compañeros, sufro de veras. Hay algunos a los que no he visto desde hace por lo menos dieciocho años, es decir, desde que estábamos en la preparatoria y no nos sentíamos nunca solos. ¿Qué se ha hecho Gustavo, por ejemplo? ¿Vive o ha muerto? ¿Dónde está? Lo único que sé de él es que hace treinta años, en 1989, tuvo que irse con su familia a los Estados Unidos, país en el que una cierta compañía de electrodomésticos contrató a su padre, que era un competente ingeniero. ¿Se casó ya?, ¿cuántos hijos tiene?, ¿vive incluso? ¡No lo sé!

En esta época de regresión a los tiempos nómadas no existe la certeza de que nos volveremos a ver, de que continuaremos encontrándonos. ¿Cómo, si cambiamos tan rápido de dirección, de conocidos? ¡Y de los teléfonos celulares mejor ni hablar! Raro es el hombre o la mujer que duran más de seis meses con el mismo aparato (¡nos los roban los ladrones o nosotros mismos los perdemos con tanta facilidad!). Yo mismo, en apenas un año, he comprado por lo menos tres, y en dos ocasiones –para no pagar el cambio de chip- he tenido que conformarme con el nuevo número que me ha asignado la compañía, número que debo -¡otra vez!- hacer circular entre mis conocidos.

Pensaba hace poco que si lograra encontrar los cuadernos que usé en mis tiempos de bachillerato, tal vez encontraría en ellos algún indicio que me ayudara a localizar por lo menos a dos o tres de estos ausentes (siempre es posible que sus papás vivan en la misma vieja casa familiar). Pero estas libretas no existen ya. Si no recuerdo mal, me deshice de ellos en mi primera mudanza, hace más o menos quince años. En aquel tiempo (y en aquel estado de ánimo) no pensé que me pudieran servir más tarde. ¡En cambio ahora, cuánto daría por volverlos a ver! En ellos escribí mis primeros pensamientos personales, mis primeros versos (que fueron, por lo demás, los últimos). Si pudiera echarles un vistazo, acaso me comprendería mejor a mí mismo, pues allí encontraría la fuente de la que manan mis pensamientos de hoy. Pero con tanto movimiento, ¿quién puede darse el lujo de cargar con todo? Para caminar ligeros, arrojamos a la basura acaso lo único que hubiéramos debido conservar.

Toda mudanza implica una gran cantidad de serias decisiones. ¿Llevarse el buró en vez de la caja con los libros juveniles?, ¿el colchón en lugar de las carpetas en las que recogimos apuntes de clases ya olvidadas?, ¿la grabadora en vez del cofre en el que depositábamos las cartas no enviadas y las postales recibidas? Como ya la misma palabra lo indica, mudarse es cambiarse; es, en cierto sentido, hacerse otro, perder una parte de nuestra identidad: algo así como atentar contra el recuerdo. ¿Será por eso que cada vez me vuelvo más melancólico y menos amable?

Hay que guardar un silencio respetuoso cada vez que nos encontremos con una cara larga; quizá se trate de un rostro que camina en una ciudad en la que ningún corazón late por él. ¡Ay, y pensar que dentro de poco esa cara será tal vez la mía en la ciudad a la que iré!

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#4 Tiempos

La gastroanomia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Sí usted me hizo el grandísimo honor de leer la columna pasada, recordará que hablaba del patrianomio. La anomia, le explicaba, es el malestar social, la enfermedad de la cultura, el COVID de las instituciones, que se genera cuando los propósitos no se cumplen. Por ejemplo, si una madre o un padre de familia trabajan mucho, es buscando que a su familia no le falte nada, pero si por este motivo, el padre o la madre trabajan tanto que dejan de atender y estar con sus hijos, pues se echa a perder todo: trabajo, tiempo y familia. El despropósito total.

En nuestro contexto potosino pululan los ejemplos de instituciones anómicas. Lo reto a hallar una institución que cumpla medianamente con el fin para el que fue hecha. Yo solo he dado con una de la que hablaré otro día (10 letras, empieza por T y repite cuatro veces una misma vocal).  Por lo pronto, me vienen a la cabeza hartos recuerdos de casos escandalosos de fiscalías, iglesias, partidos, legislaturas, asociaciones civiles, medios de comunicación y escuelas en donde cunden los despropósitos y los efectos contraproducentes, o sea que logran a cabalidad exactamente lo opuesto de su misión.

Pero de lo que quiero hablar es algo que ocurre a la hora de la comida. Se trata de la pérdida de patrimonio gastronómico, culinario y nutricio que debiera considerarse un rasgo alarmante de nuestra sociedad. Esta reflexión no es mía, sino una argumentación que Miguel Iwadare expone a través de una plática al respecto y que yo tuve la fortuna de organizar para mis estudiantes. Tan impresionado quedé con la propuesta de la gastroanomia que escribí la columna del patrianomio de la vez anterior.

La primera cuestión es que la comida no es simple digestión de nutrientes orgánicos. No se trata solamente de meterse los tamales al cuerpo o de llenar el vacío de las 11.45. Sino que la comida es alimento de significados. Fíjese bien y se dará cuenta que solo Hannibal Lecter cocinaba para sí mismo. Generalmente, cocinamos para los demás: los guisos tienen como remitente a alguien cercano y querido. Cocinar significa querer agradar, cuidar, comer con alguien implica compartir y cada alimento incorpora emociones y significados al cuerpo.

La segunda cuestión es que los saberes y sabores de la cocina de nuestras abuelitas están en riesgo de perderse

(si no es que, como en mi caso, ya se los llevó el xoloescuincle del más allá). No sólo eso, también se pierden las maneras de mesa y los valores y significados que la comida transporta de generación en generación. Los valores, no solo se transmiten con regaños y chanclazos, sino sobre todo se pasan a través de la comida. No vaya usted a creer que ese plato que le ponían en la mesa nomás eran fideos … no, se trata de un sofisticado artilugio mediante el cual las madres de familia transmiten valores, reglas y sentimientos:

-Mamá, es que está muy caliente…

– ¡Te lo comes!

Y así, uno aprende a aceptar que lo que hay, es un lujo.

Tampoco piense que esa mesa llena de chavillos gritando y peleándose por la última concha era simple caos cotidiano, sino toda una escuela de convivencia, en donde a punta de zapes, gritos, y llanto con mocos, las personas aprenden a compartir, a respetar y a disentir. Es probable que, en escenarios como estos, en una mesa donde se comparten alimentos, los políticos de antes aprendían a aceptar sus derrotas.

¿Por qué le digo que estamos en medio del apocalipsis gastroanómico?

Porque los sabores y saberes de las cocinas se dejaron de transmitir. El molcajete pasó a ser una licuadora que ya tampoco se usa por falta de tiempo. Los frijoles dejaron de cocerse en la casa y ahora se compran por botes al igual que la salsa. Las tortillas ya ni son de maíz. La mayor porción de alimentos está industrializada y, en el fondo de esto, está el hecho de que muchas personas comen solas. Comer solo, es la peor manera de alimentarse y la mejor manera de agravar los problemas sociales (entre ellos, la salud).

Lo saludable es cocinar y comerlo con las personas que se quiere en la mesa de la casa. Cualquier cosa que sustituya esta tendencia es poner en riesgo nuestro ser social y corporal.

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#4 Tiempos

Notas sobre el patrianomio | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Me he topado por la calle a una “señorita de antes”, que es amiga mía, originaria de Cerro de San Pedro y me ha dicho lo siguiente: “me gusta mi pueblo, el Cerro de San Pedro como era antes, pero no en lo que lo han convertido… música fea, gente fea… es una cantina”, en ese momento llega a mi mente la nota del Sol de San Luis (19/05/22) que afirma algo similar, pero de la Ciudad de San Luis Potosí:  el Centro histórico es una cantina: alcohol, fiesta y ruido, y luego regreso a la conversación con mi amiga y le digo: “… es eso que llaman gentrificación…” a lo que me responde: “¡Sabrá Dios, yo no sé qué es eso!”.

La gentrificación es un fenómeno que consiste en el re-aprovechamiento de un espacio deteriorado y en estado de abandono por agentes inmobiliarios con suficiente capital para reorganizar el espacio y volverlo rentable. Se aprovecha que esos predios son baratos para adquirirlos y volverlos cervecerías, cafés, tiendas de chácharas o restaurancitos de moda (y ahora mi mente me lleva a las Historias de Perros Callejeros de Luis Moreno sobre el Miniso, 6/01/22, que encuentra aquí en su portal La Orquesta). Esos espacios urbanos son reocupados sin habitarse, son re-colonizados, modificados y despersonalizados: resulta ser un fenómeno altamente preocupante porque desplaza y margina a los pobladores originales de su propio patrimonio, como mi amiga, que vivió y creció en Cerro de San Pedro y al ver en lo que se convirtió su pueblo, se le forma una perturbación tan o más grande que ver a la misma Minera San Xavier.

A unas cuantas horas de la conversación con mi amiga, en el Centro Histórico se quemaba la casa de la antigua Exposición. Fue un edificio magnífico, como todos lo de ese sector. Sí, ya lo había escrito en otros contrapuntos y volutas: esos edificios quizá son producto del colonialismo, del clasismo y elitismo (chivos expiatorios de nuestra nueva moral burguesa) y probablemente de la usurpación de bienes y recursos, pero para eso la historia pone a cada quién en su lugar y me pregunto si el lugar de mi generación en la historia era convertir esos espacios en locales para después, accidentalmente, quemarlos; entonces las llamas -al igual que dicen de los ladridos de los perros- han de ser señal de que vamos avanzando.

Hace unos días, un hombre delgado y de barba, se me acercó en el Jardín Colón. No lo conozco, pero me dijo que era profesor de inglés y también artista visual.  Este hombre me preguntó si yo sabría qué hacer, porque para él, se está perdiendo el patrimonio histórico, se lo están robando -dijo- “es grave lo que está pasando, pero estamos como dormidos”

. Es el patri-anomio, le respondí.

La anomia es la enfermedad social: ocurre cuando las instituciones no pueden cumplir la función para la que fueron hechas. Ocurre cuando las normas no tienen fuerza, cuando los significados pierden su sentido. La simulación, la depresión, la perversión y la corrupción son hijitas de la anomia. El patrianomio surge cuando una generación no quiere heredar a sus descendientes, les niega los significados, los margina del proceso de herencia, pero también ocurre cuando las generaciones herederas desprecian, ignoran o desplazan (repudian, dicen los abogados) la herencia de sus padres.

Hace poco, Ana, una colega de La Orquesta me preguntaba por los taquitos rojos, que si estaban en riesgo, y yo respondí que no, pero ahora me pregunto cuántas mujeres jóvenes actuales estarán aprendiendo de la abuela o de la tía a cocinarlos. ¿En el futuro habrá abuelas que enseñen a sus nietas a cocinar taquitos rojos? Esta pérdida en la transmisión de la herencia cultural es el patrianomio.

El patrimonio cultural, al igual que la educación tienen dos partes. Una que emite y otra que recibe. El fallo puede estar en ambas: ni hemos sabido heredar, ni tampoco recibir. Otra parte del problema está en el testamento: ni sabemos qué dejamos, ni qué recibimos, ni qué dejamos de recibir. La última parte del problema está en el gobierno: ¿quién se encarga de hacer los inventarios de nuestro patrimonio? ¿quién se responsabiliza por la pérdida del patrimonio? ¿quién hace valer la ley? Preguntas que les toca responder a varias administraciones de la Secretaría de Cultura, INAH y Secretaría de Educación Pública y que siguen en silencio, pero por lo pronto una muy importante

¿Hasta cuándo los potosinos podremos acceder a un padrón o inventario de bienes culturales que conforman nuestro patrimonio?

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#Si Sostenido

Sur Carolina: historias de migración desde SLP

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La Orquesta conversó Octavio Guerrero, ganador del premio Federico García Lorca, que este viernes presenta su libro en casa

Por: Soledad Alatorre

Hace unos días empezó la Feria del Libro de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en la cual hay actividades culturales, presentaciones de libros y otras actividades. Este 18 de marzo, será presentado el libro Sur Carolina, escrito por Octavio Guerrero Torres, quien conversó con La Orquesta acerca de su trayectoria en las letras.

Octavio dijo que su primer libro consta de ocho cuentos con un léxico que oscila entre español y el inglés, en el que aborda temáticas vinculadas con la migración y los oficios de quienes buscan una mejor vida en Estados Unidos.

Guerrero contó que empezó a escribir el libro un verano que estaba en Estados Unidos, a raíz de cosas que vivía y veía, “un domingo me desperté muy temprano y desde antes tenía la idea de escribir un cuento, ese día salió el primero, brotaron y cuando regresé a la Facultad de Humanidades después de las vacaciones escribí los demás con ayuda de maestros y compañeros. Luego me fui de intercambio a España con el esbozo del libro y una amiga me pasó la convocatoria del premio Federico García Lorca de la Universidad de Granada, lo gané y así pude publicarlo”.

Octavio Guerrero también explicó cómo fue su acercamiento a la literatura: “en segundo semestre de preparatoria tuve a David Ortiz Celestino como profeso, nos encargó leer a Carlos Velázquez con el texto “La marrana negra de la literatura rosa”; además, mis dos compañeras Mariana y Sarahí siempre estaban leyendo y me prestaron un libro de Nicholas Sparks, así empecé en la literatura y mi primer relato lo escribí a los 17 años

”.

El autor estudió en la Facultad de Economía de la UASLP durante dos años, pero finalmente migró a la Facultad de Humanidades y encontró Lengua y Literatura Hispanoamericanas: “no tenía idea de que se trataba, solo quería seguir leyendo y que de eso se tratara mi educación”.

Sobre la presentación que tendrá este viernes en la Feria del Libro apuntó: “estoy agradecido con la oportunidad de presentar el libro, era algo con lo que soñaba, algún día poder sacarlo adelante y quería hablar de migración desde otro sitio y dejar mi marca”.

Finalmente, el escritor invitó a todas las personas interesadas en conocer su libro a asistir a la presentación y contactarlo por redes sociales para compartirles el texto de forma digital.

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Opinión