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Prejuicios y cine mexicano | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

En más de una ocasión he escrito sobre la crisis que enfrenta las producciones cinematográficas mexicanas. Cada año nuestros impuestos son usados para ver a Omar Chaparro, Martha Higareda, el hijo de Eugenio Derbez y el actor guapo de moda en la gran pantalla. El problema más grande no es sólo que sean malos actores o que sus nombres se repitan en los créditos, sino que las historias que representan no están bien contadas, o peor aún no cuentan nada. Narraciones inverosímiles que si bien en su mayoría son comedia, resulta imposible pensar que puedan ser parte de la realidad de muchos de nosotros. Y es que, uno va al cine para encontrarse, para tener empatía por alguno de los personajes y sentirse identificados. Pero nuestro cine se ha convertido en una fuente de dinero para productores, directores y actores pues parece que sólo van a cobrar, sin importar lo que presentan en pantalla. Me recuerdan a los cientos de estudiantes que presentan las tareas sin ni siquiera saber que están escribiendo sólo por entregar y obtener la nota. Nos creen idiotas a los espectadores mexicanos, y puede que lo seamos en ocasiones, pero grabar historias con personajes sin profundidad, llenos de cliché en pleno s. XXI parece ridículo. Ni que estuvieras frente a la literatura decimonónica.

La profundidad del problema se agrava cuando existen producciones mexicanas que valen la pena ver, pero los prejuicios de que todo el cine mexicano es basura hacen que las películas pasen desapercibidas. Así como los personajes cliché se repiten en los largometrajes mexicanos, así retumban los comentarios en los cines del país “pero es mexicana, mejor vemos otra”. Ni siquiera damos el beneficio de la duda. Sé que es complicado cuando nuestro cine nos ha entregado: La prima (Víctor Ugalde, 2018), Mirreyes contra Godínez (Chava Cartas, 2019) y Como si fuera la primera vez (Mauricio Valle, 2019).  Sé que no sólo se trata del beneficio de la duda también están en juego nuestro tiempo y dinero. Las posibilidades de que una película sea buena son las mismas que tiene Cruz Azul de ser campeón este año. No son nulas, pero parecen imposibles.

¿Por qué razón uno preferiría Cindy la regia cuando en cartelera tenemos Jojo Rabbit (Taika Waititi, 2019)? No hay nominaciones al Óscar ni grandes nombres en sus créditos, tampoco Casandra Sánchez Navarro es Scarlett Johanson. La razón es que si uno no asiste, no comenta, no crítica, seguirán gastando nuestro dinero en hacer las mismas cosas: Una joven rica tiene que vivir sin sus privilegios, al final encuentra el amor de su vida con el hombre menos pensado. No se trata de hacer que no existe el cine mexicano, se trata de juzgar y exigir por buenas producciones. La postura de no pagar por películas hechas aquí no significa que no se seguirán produciendo, pues los cheques de pago se dan desde que una película se produce. Los involucrados seguirán filmando largometrajes como si fueran capítulos de La rosa de Guadalupe si pocos los señalan. Pero sobre todo, no se trata de medir con la misma vara todas las producciones por más ridículos que suenen sus títulos. Y aquí una afirmación válida para cualquier crítica, debe ser nuestra y sin la finalidad de sentirse superior. Basta de repetir lo que algún crítico o autoridad dijo como nuestro sin haber visto el largometraje. Claro que podemos estar de acuerdo con el especialista, pero sólo lo sabremos después de estar frente a la pantalla grande. Dejemos de creer que no ver cine mexicano nos hace superiores intelectualmente, basta de creer que somos más por asistir a todos los festivales extranjeros de cine. En pocas palabras, dejemos de creer qué hay existe la superioridad por nuestros gustos artísticos y olvidemos los prejuicios sobre nuestro cine.

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