diciembre 1, 2022

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Cuando la ciencia potosina empequeñece | Columna de Jorge Ramírez Pardo

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Un contrapunto regio.-  Antes del amanecer del siglo XX, Monterrey, la capital de Nuevo León, era un pintoresco pueblo provinciano, muy distante en población y señorío de la capital potosina con un Centro histórico bruñido en su arquitectura barroca patrocinada por su colonial emporio minero, y el neoclásico porfiriano; además, con la llegada del ferrocarril y su privilegiado cruce de caminos al centro norte de México, urbe propicia para la industria y el comercio.

En Monterrey, detonó su eclosión hacia la industria, la fundación, el 5 de mayo de 1900 de la Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, S.A., centro fabril donde se instaló el primer alto horno de América Latina. Permaneció activa y boyante hasta 1986.

Una década después, en 1988, fue creado el Fideicomiso Fundidora para conformar y administrar El Parque Fundidora, considerado un Museo de Sitio de Arqueología Industrial, para ofrecer a las familias de Nuevo León un lugar de descanso, donde se pueda practicar el deporte, además de una oferta de entretenimiento, actividades de formación, encuentros empresariales, pasarelas comerciales y de fomento cultural y artístico.

El Parque Fundidora, es multi-temático. Ahí se encuentra la Cineteca de Nuevo León, una pinacoteca con dos salas de exposiciones, mediateca, taller infantil, un teatro con capacidad para 350 personas, y un museo interactivo sobre el origen del acero el cual posee área de exposiciones y un mirador donde se puede observar el centro de Monterrey.

Parque Fundidora en Monterrey

MMSA/SLP, MÁS AÑOS DE ENRIQUECIMIENTO Y ENTRE PINGUE Y NULA CORTESÍA SOCIAL

Durante el porfiriato (1876-1911), la arquitectura neoclásica, y el desarrollo ferroviario con cruce oriente a poniente, Aguscalientes-Tampico, y sur a norte, Ciudad de México-Ciudad Juárez, ingresaron la capital potosina a la modernidad; antes que lo consiguiera la mayoría de las capitales estatales de la federación. El auge comercial era una derivación lógica y, con él, el resurgimiento de otra minería distinta a la primigenia colonial.

El hoy complejo minero de la Industrial Minera México (IMMSA), al oriente de la capital potosina, inició operaciones en 1892, con la nomenclatura American Smelting and Refining Company (ASARCO), cuando no había población en las cercanías; luego surgió, a un costado de la minera, el poblado de Morales habitado por obreros de la empresa y sus familias; ingenieros y altos funcionarios de la minera habitaban una colonia residencial distante y separada. Con el tiempo, y desde hace medio siglo, la mancha urbana rodeó al conjunto.

La semana pasada, durante una rueda de prensa, precedida por variopinta concurrencia (expertos, ex ambientalistas y representantes de IMMSA) se informó: El terreno, que fue un complejo metalúrgico de la planta de cobre de la compañía Industrial Minera México, será utilizado para impulsar proyectos de infraestructura para la capital potosina, como viviendas y comercios, con lo cual los beneficios serán incuantificables a largo plazo.

Obvia decir la plusvalía del sitio a comercializar y el beneficio millonario para unos pocos inversionistas y sus gestores (¿Autoridades avales de espalda a la ciudadanía?, ¿Cuándo se ha visto tal? Será en las islas del Pacífico sur o por allá).

Nada de Parque recreativo multi-temático ni arqueología industrial. Conflicto de intereses y negocio multimillonario en favor de German Larrea, actual dueño de IMMSA y siempre colocado en la escala del 1 al 3 (desde hace 6 lustros) entre los mayores multimillonarios mexicanos; desde luego, con la complicidad vernácula de autoridades y hasta (como se señaló, ocupado presídium) ex defensores del medio ambiente con posgrados universitarios.

Se trata, se informó en el panel con los medios, de 432.6 hectáreas ubicadas al oeste de la ciudad de San Luis Potosí, que estaban contaminadas con arsénico, plomo y cadmio, y que hoy ya están rehabilitadas y listas para integrarse al desarrollo urbano (sic).

El periodista Javier Padrón, obsequió hace 3 días, una revisión multi-angular e interpretación solvente del suceso; se puede consultar en: (https://potosinoticias.com/2020/01/30/mesa-revuelta-el-fastidio-de-vidal-muhech-y-la-conversion-de-diaz-barriga/). Ocioso sería tratar de emularlo. Va, en cambio, información complementaria. 

ACA LAS TUNAS Y LOS CARDOS ENTRE CONFLICTO DE INTERESES

Entre los años 2005 y 2011, la revista electrónica enredarte, en su sección 5, “San Luis con Vida”, dedicada a los agravios ambientales mineros a la capital potosina, mostro varias ocasiones este texto:

En 2003, cuando el contador Marcelo de los Santos asume la gubernatura estatal, un grupo de académicos de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), lo reciben con desplegados de plana completa en formato grande (30 por 56 centímetros) del diario Pulso, en la conta-portada de su primera sección con el reclamo de parar los agravios ambientales producidos por la empresa Industrial Minera México, IMMSA, al poniente de la ciudad.

De pronto ese reclamo se silenció. El grupo de científicos de la UASLP abandonó el monitoreo de los impactos ambientales de IMMSA/Morales.

IMMSA de Pasta de Conchos (donde quedaron sepultados 65 mineros a causa de la desatención a medidas básicas de seguridad) es la misma empresa IMMSA/Morales o Grupo México que infecta el aire de la ciudad de San Luis Potosí y sus entornos, y opera hace 25 años en forma ilegal en cuanto a procesamiento de zinc

En San Luis Potosí, IMMSA invierte en maquillar imagen. Tan grave como el deterioro ambiental, acentuado en niños y mujeres embarazados del entorno de la minera, es el silencio del equipo de investigadores que consignaban sus impactos ambientales. 

Cabe señalar que tal afirmación publicada más de 30 veces, nunca fue replicada.

En el número 223 de enredarte, además del texto anterior, se publicaron, un fragmento de poema alusivo y un testimonio, mostrados a continuación:

Al poniente/ la Asarco y la Industrial Minera México/ flamantes como cigarros enormes/ vomitan plomo a los niños de Morales (“Mediodía”, de Alfonso Vadillo Dimas) 

Sobre IMMSA/SLP.- La planta de cobre (de IMMSA/SLP) se va a destruir y vender como chatarra, innumerables piezas y equipos de fundición que son dignas de estar en un museo. Son parte de nuestra historia. He contactado a la asociación mundial de patrimonio industrial y les he comentado lo anterior, pero al parecer a nadie le interesa. Testimonio de trabajador a punto de dejar de serlo.

Fernando Díaz Barriga caracterizado de Contraveneno

Y… ¿QUÉ FUE DEL GRACIOSO “CONTRAVENENO”?

Antes y durante la publicación de los desplegados contra IMMSA, uno de los científicos promotores de ese texto, Fernando Díaz Barriga, tenía un montaje escénico, con un personaje representado por él mismo, Contraveneno (una suerte de chapulín verde, inspirado acaso en el televisivo de vestimenta roja), acompañado en papeles aleatorios por profesionistas y estudiantes de investigaciones biomédicas. Ponían en escena un auténtico ejercicio de sociodrama* dirigido a niños de preescolar y primaria para invitarlos a tomar conciencia de lo daños provocados por la minera y motivar a prácticas preventivas y/o remediadoras.

Con el silencio de sus colegas, Díaz Barría y su elenco inductor de toma de conciencia, salieron de escena.

*Un sociodrama es una obra dramática en la que varios individuos actúan a cabo las funciones asignadas a los efectos de estudiar y resolver los problemas en las relaciones de grupo o colectivos.

Exterior e interior de la Cineteca en el Parque Fundidora

SI ALGO LUCE Y HUELE MAL ES PORQUE PUEDE HABER PUDRICIÓN

Entre 2006 y 2010 se desmanteló parcialmente la planta. El alto grado de toxicidad sembrado, y las siempre cooptables/cooptadas autoridades, el confuso y débil plan urbano recién presentado por el munícipe Xavier Nava (impulsado al incoloro mandato que ejerce por urbanizadores que primero se tomaron la foto con el reelegible Ricardo Gallardo), su tío Horacio como abogado de IMMSA (¿Cuál conflicto de intereses?), más lo que se acumule en la semana, meses y proximidades electorales, demandan, mínimo, ejercicios contra-venénicos y proactividad ciudadana.

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#4 Tiempos

Una historia de derechos humanos | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Se acerca diciembre, mes en el que evaluamos cuánto de lo propuesto se cumplió. Yo me propuse desde hace meses narrar una historia de lo más sorprendente que me pasó en este 2022.

Comienzo esta narración reconociéndome una capacidad perfeccionada de estar cerca de las situaciones más insospechadas, en vez de verlo como un defecto (una persona bien poco agradable un día me lo reprochó: “León, ¿por qué siempre, siempre te metes en líos?) lo veo con optimismo y poca humildad, como una de mis virtudes más presumibles. Faltaba más: por eso soy antropólogo, documento y registro situaciones sociales y entre más extrañas y peligrosas, mejor.

Sucedió pues de que estaba yo en la Central Camionera de Morelia, el mero Domingo de Pascua, último día de vacaciones de Semana Santa. Sí, el peor día para tomar un autobús de vuelta a casa, al San Luis de las Tunas. Filas y filas de gente desesperada en todas las líneas. Era la época en que el COVID todavía asustaba y las multitudes intentaban guardar infructuosamente su distancia, con su cubrebocas y poniéndose gel en las manos.

En el mostrador de ETN estaban 2 señoritas atendiendo a los pasajeros. Frente al mostrador, en el piso, estaban pegados unos círculos rojos que indicaban el lugar en que cada cliente debía ubicarse. Sin embargo, solo había una fila con 12 personas formadas y el resto de círculos rojos ahí solitos. Pensé en formarme en una fila vacía y ahorrarme unos 20 minutos, pero me pareció extraña la situación y mejor le pregunté a la última persona formada:

  • Disculpe ¿esta es la fila para comprar boletos…?

La señora me miró pensando en lo tonto de la pregunta (“no, es la fila para comprar filetes de pescado”), me respondió un lacónico “sí” y me formé, como el ciudadano obediente y decente que soy. Luego de mí, llegaron otras y otros que hacían la misma pregunta tonta al último formado. Entonces sucedió: un hombre en short y con playera de quien acaba de llegar de la playa observa una fila enorme de 15 personas y toma la decisión de pararse en el primer círculo rojo abandonado.

Tiene razón, pensé. Ahí están las marcas, que claramente tienen el letrero pintado “párese aquí” y espere su turno, pero mi experiencia me hace saber que, aunque una institución ponga reglas, la mejor manera de meterse en problemas es seguir esas reglas, siempre hay que esperar a ver qué pasa. Efectivamente sucedió: cuando el hombre quiso pasar, la señorita le dijo: fórmese en la fila y él respondió, “yo me formé en donde la empresa puso las marcas de las filas”. La señorita se molestó y le ordenó al señor que se formara en la fila de ya 20 personas que veíamos la situación. Como el hombre no se quiso mover de ahí hasta ser atendido, la señorita 2 llamó a la otra señorita 1 para explicar entre las dos que, aunque la empresa puso esas marcas en el piso, no había que hacerles caso: es una trampa para ver quién cae. Luego, llamaron al gerente de ETN, quién creyó que si ponía su semblante más amargado y gritaba iba a poner en su lugar al cliente que estaba cada vez más ofendido.

Aquí es donde intervengo yo: me salgo de la fila y voy y le digo al gerente: “El señor tiene razón, ustedes pusieron esas marcas, yo mismo me hubiera formado, pero se trata de una cuestión cultural, claramente él es extranjero y no tiene por qué saber que en México hay que preguntar en la cola de las filas, por favor atiéndalo ya y ayude a que la fila avance”. Lo más sorprendente del caso fue que el hombre me contradijo hablando un español perfecto: “No, no se trata de una cuestión cultural, sino de educación y de orden, que la empresa respete sus propias reglas”.  Wuao.

¿Cómo supe que era extranjero? Por un detalle que he omitido intencionalmente: el hombre era negro y aquí entró un prejuicio mío, supuse que era extranjero por su piel y que era turista por su atuendo.

Mientras el gerente de ETN gritaba y manoteaba, el señor se recargaba en el mostrador desafiante y tranquilo a la vez. Una señora mayor y de tez blanca se formó en una de las filas vacías e inmediatamente fue llamada al mostrador. Entonces sí, el señor reclamó y argumentó que se trataba de un caso de evidente discriminación racial, a él lo formaban y a la señora la dejaban pasar. El gerente no pudo más y llamó a la policía. Entonces saqué el celular y me puse a grabar, porque pensé que se iban a llevar al señor detenido por formarse en una fila de trampa.

Arribaron corriendo las fuerzas de la policía privada que cuida la Central Camionera (en estos casos, la policía llega bien rápido). El jefe y tres de ellos se fueron contra el señor y otro contra mí por estar grabando. Aquí entran discusiones del tipo “¿qué estás grabando?” “Lo que me da la gana, señor”, “no puedes grabar aquí” “¿por qué no?”, “lo dice el reglamento”, “tráigame el reglamento”. Etc. Hubo un momento de máxima tensión cuando los policías intentaron llevar el conflicto a un terreno físico.

Entonces ocurrió algo muy extraño. Los policías poco a poco se empezaron a retirar y solo quedó el jefe que le ordenó al último guardián del orden que me dejara en paz. Yo estaba a un turno para llegar al mostrador a comprar mis boletos, pero seguí grabando.

El hombre ofendido le reprochaba al jefe policía, dónde estaba su placa y le recordaba todos los artículos del reglamento que estaba incumpliendo. Le pidió ciertos papeles que el policía también incumplió y le advirtió: “tú vas a escribir tu informe y ahí vas a poner que incumpliste este procedimiento, y este y esto más y si no lo pones, yo me voy a encargar de que además seas sancionado por ocultar información, esto que hiciste es muy grave”. El policía se iba haciendo chiquito, chiquito, chiquito. El gerente de ETN desapareció de la escena y la señorita 1 atendió al hombre y le despachó sus boletos.

La señora mayor seguía ahí esperando. ¡Iba en compañía del hombre!

Pero la historia aun no acaba, viene lo mejor.

El señor me pidió mi teléfono para compartir los videos, pues estaba decidido a denunciar formalmente a la empresa ETN y a los policías. Me dijo: “Esto no puede seguir pasando en este país” y nos despedimos. Minutos más tarde, mientras comía una torta deliciosa en un lugar privilegiado (y casi secreto) de la central camionera me llegó un whatsapp de mi nuevo amigo. En su foto aparecía él, de traje, sentado en un escritorio, junto a las banderas de México, de la Comisión Internacional de Derechos Humanos y de la ONU. Lo busqué y resultó que se trataba de un alto comisionado que asesora al Gobierno de Michoacán en este tema de los derechos humanos. ¡ja!

Hace unas semanas recibí un mensaje de él. Me relataba que su denuncia fructificó: la empresa ETN debe solicitar disculpas públicas y desarrollar talleres y cursos para preparar a su personal en Derechos Humanos y evitar a toda costa actos de discriminación. Yo añado: No estaría mal también una asesoría en manejo de las filas de clientes.

Estimadas y cultas lectoras de La Orquesta: este es el mensaje para las empresas y gerentes discriminadores: Nunca saben cuándo están en la mira.  

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#4 Tiempos

La competencia en competencia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

Un logro más de este gobierno fue recientemente anunciado por la Secretaría de Educación: no habrá más reprobados, la calificación mínima de cualquier estudiante será 6. En el momento que leí la nota, cruzaron por mi mente tantas noches en vela pensando cómo iba a aprobar el examen de Química Orgánica o el de Biología (una maestra nos obligó a memorizar las tres eras geológicas con sus respectivos períodos y temporalidades) o el de Etimologías (nos obligaban a memorizar los cinco modelos de declinación del latín). Muchos de esos días los viví convencido que no iba a terminar la preparatoria y de que no merecía existir.

En aquel tiempo, la excusa para torturar estudiantes era la competencia, entendida como “la sobrevivencia del más apto”. Se nos atemorizaba, diciéndonos que “allá afuera” en el mundo “real” y no en nuestras vidas de pacotilla, había que competir por todo y sólo el más apto sobrevivía y si se trabajaba tenazmente se podía hasta “triunfar”. Se nos explicaba, ya en tono buena onda, que la verdad de esta postura descansa en la naturaleza: Darwin había descubierto que la evolución se basaba en la competencia entre individuos y especies. El universo entero era una jaula de lucha libre: todos contra todos (o una fiesta de Gobierno del Estado en tiempos de Toranzo). Acto seguido, nos pasaban a la clase de religión y ahí nos explicaban cómo Noé diseñó el arca para que las jirafas no se pelearan con los rinocerontes.

No quiero entretenerla mucho cuestionando estas ideas, pero déjeme separar algunas piedritas de este arroz. La frase de la supervivencia del más apto no fue de Darwin sino de Spencer (Darwin dijo “adaptado” y Spencer dijo “apto”, que no son lo mismo). Si Darwin vio competencia entre especies fue porque su modelo lo tomó del capitalismo bebé, pues cuando Darwin vio las tortugas galápagos no tenía ninguna formación como biólogo, pero sí conocía a Adam Smith y a Thomas Malthus. Siendo estrictos Darwin casi no habló de evolución, sino de origen de las especies y podría decirse que hasta antievolucionista era, en el sentido que Darwin pensaba que cada especie estaba adaptada a su medio ambiente y esto no significaba ser mejor o peor. De hecho, parece que le molestaba la arrogancia del ser humano de sentirse superior al resto de las especies: todos estamos adaptados a nuestras circunstancias y en la naturaleza no hay circunstancias mejores que otras. ¿Entonces la naturaleza está en competencia o no? Pues cada quién ve lo que le conviene, pero en la naturaleza operan otros muchos procesos además de la competencia.

Hasta aquí, estimada y culta lectora de La Orquesta, parece que trato de convencerla de unirse al movimiento contra la competitividad que ha lanzado la SEP, pero nada de eso. Yo me declaro un defensor de la competencia, no por los argumentos evolucionistas, ni por defender al capitalismo transnochado, sino por la simple razón que la competencia genera felicidad y cuando no la hay se reciben amarguras tremendas. Le propongo algunos ejemplos: 

Casi toda persona ha tenido que comer una torta de central camionera. Las venden en localitos ubicados en la zona de andenes, para aquellos pasajeros de paso que tienen 15 minutos antes de abordar su camión. Seguramente son las peores tortas del mundo: insípidas, vacías, con ingredientes de mala calidad ahumados con diesel, preparadas de mala gana y carísimas. Se trata de tortas carentes de competencia. Esos torteros se aprovechan de que sus clientes nunca son los mismos y no hay manera de reclamarles. Quienes hemos pagado $60.00 pesos por una torta de esas es porque el instinto de supervivencia obliga a comer lo que sea antes de morir de hambre.

El segundo ejemplo es el SAT. Si hubiera dos SAT en competencia por captar contribuyentes, el servicio mejoraría muchísimo: imagine que usted llega a las oficinas a preguntar cualquier cosa y lo recibe una chica qué le orienta con amabilidad. “No haga filas, venga a este SAT, su SAT de confianza” o “No permita que lo traten como ganado, aquí todos nuestros contribuyentes son personas”. Sin regaños, sin páginas indescifrables, sin laberintos burocráticos, sin trámites innecesarios. ¡Qué maravilla! Hasta dan ganas de pagar impuestos.

El tercer ejemplo está en la llamada “Liga Mx”. También se trata de un monopolio. Los espectadores no tenemos de otra: vemos un juego del San Luis contra el Puebla o renunciamos a nuestra afición futbolera. Con una tenacidad notable, la Liga Mexicana de Futbol ha logrado lo que parecía imposible: quitarles a los deportistas las ganas de competir. Decisiones como que el último equipo ya no desciende a la liga inferior o limitar el número de jugadores extranjeros dizque para “proteger” al jugador mexicano producen resultados “más peores” que las tortas de la Central Camionera, les faltó decir que, en adelante, ya no habrá equipos perdedores, todos somos ganadores por decreto de la SEP.

Fíjese que, la solidaridad es la competencia de la competencia y también es muy necesaria, pero de eso platicamos otro día.

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#4 Tiempos

La gastroanomia | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Sí usted me hizo el grandísimo honor de leer la columna pasada, recordará que hablaba del patrianomio. La anomia, le explicaba, es el malestar social, la enfermedad de la cultura, el COVID de las instituciones, que se genera cuando los propósitos no se cumplen. Por ejemplo, si una madre o un padre de familia trabajan mucho, es buscando que a su familia no le falte nada, pero si por este motivo, el padre o la madre trabajan tanto que dejan de atender y estar con sus hijos, pues se echa a perder todo: trabajo, tiempo y familia. El despropósito total.

En nuestro contexto potosino pululan los ejemplos de instituciones anómicas. Lo reto a hallar una institución que cumpla medianamente con el fin para el que fue hecha. Yo solo he dado con una de la que hablaré otro día (10 letras, empieza por T y repite cuatro veces una misma vocal).  Por lo pronto, me vienen a la cabeza hartos recuerdos de casos escandalosos de fiscalías, iglesias, partidos, legislaturas, asociaciones civiles, medios de comunicación y escuelas en donde cunden los despropósitos y los efectos contraproducentes, o sea que logran a cabalidad exactamente lo opuesto de su misión.

Pero de lo que quiero hablar es algo que ocurre a la hora de la comida. Se trata de la pérdida de patrimonio gastronómico, culinario y nutricio que debiera considerarse un rasgo alarmante de nuestra sociedad. Esta reflexión no es mía, sino una argumentación que Miguel Iwadare expone a través de una plática al respecto y que yo tuve la fortuna de organizar para mis estudiantes. Tan impresionado quedé con la propuesta de la gastroanomia que escribí la columna del patrianomio de la vez anterior.

La primera cuestión es que la comida no es simple digestión de nutrientes orgánicos. No se trata solamente de meterse los tamales al cuerpo o de llenar el vacío de las 11.45. Sino que la comida es alimento de significados. Fíjese bien y se dará cuenta que solo Hannibal Lecter cocinaba para sí mismo. Generalmente, cocinamos para los demás: los guisos tienen como remitente a alguien cercano y querido. Cocinar significa querer agradar, cuidar, comer con alguien implica compartir y cada alimento incorpora emociones y significados al cuerpo.

La segunda cuestión es que los saberes y sabores de la cocina de nuestras abuelitas están en riesgo de perderse (si no es que, como en mi caso, ya se los llevó el xoloescuincle del más allá). No sólo eso, también se pierden las maneras de mesa y los valores y significados que la comida transporta de generación en generación. Los valores, no solo se transmiten con regaños y chanclazos, sino sobre todo se pasan a través de la comida. No vaya usted a creer que ese plato que le ponían en la mesa nomás eran fideos … no, se trata de un sofisticado artilugio mediante el cual las madres de familia transmiten valores, reglas y sentimientos:

-Mamá, es que está muy caliente…

– ¡Te lo comes!

Y así, uno aprende a aceptar que lo que hay, es un lujo.

Tampoco piense que esa mesa llena de chavillos gritando y peleándose por la última concha era simple caos cotidiano, sino toda una escuela de convivencia, en donde a punta de zapes, gritos, y llanto con mocos, las personas aprenden a compartir, a respetar y a disentir. Es probable que, en escenarios como estos, en una mesa donde se comparten alimentos, los políticos de antes aprendían a aceptar sus derrotas.

¿Por qué le digo que estamos en medio del apocalipsis gastroanómico?

Porque los sabores y saberes de las cocinas se dejaron de transmitir. El molcajete pasó a ser una licuadora que ya tampoco se usa por falta de tiempo. Los frijoles dejaron de cocerse en la casa y ahora se compran por botes al igual que la salsa. Las tortillas ya ni son de maíz. La mayor porción de alimentos está industrializada y, en el fondo de esto, está el hecho de que muchas personas comen solas. Comer solo, es la peor manera de alimentarse y la mejor manera de agravar los problemas sociales (entre ellos, la salud).

Lo saludable es cocinar y comerlo con las personas que se quiere en la mesa de la casa. Cualquier cosa que sustituya esta tendencia es poner en riesgo nuestro ser social y corporal.

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