noviembre 26, 2022

Conecta con nosotros

#Si Sostenido

Tempestad -antídoto para la indiferencia- | Columna de Jorge Ramírez Pardo

Publicado hace

el

Tempestad

[email protected]

 

“Lo que comienza como una solitaria melodía
se transforma en un coro de millones de voces”
Indiewire

El título de este texto no se refiere al Covid 19 –tema trillado-; sino a la película Tempestad de la directora salvadoreña/mexicana Tatiana Huezo.

Esta película entrelaza dos históricas dramáticas de mujeres reales y en tiempo presente.

El film equilibra y administra contenidos y adopta una narrativa visual estructurada con inteligencia y oficio. Como en películas documentales de otras directoras mexicanas del tiempo presente –Mi vida dentro, 2007, de Lucía Gajá; Intimidades entre Shakespeare y Víctor Hugo, 2008, de Yuliene Olaizola-, hay dominio del lenguaje fílmico reinventado para mostrarnos un tema documental con un ritmo, estructura, vuelcos argumentales y pista sonora, con tal cúmulo de sorpresas y búsquedas simbólicas y poéticas, como si de una película de ficción en modalidad de cine de autor se tratara. Si por cine de autor entendemos un film que trata al espectador como ser pensante; no sólo consumidor de palomitas al ritmo de imágenes frenéticas sin descanso o argumentos y finales predecibles “lindos”.

Tempestad es un viaje que cruza a México de norte a sur a lo largo de 2 mil kilómetros. En ese recorrido, los testimonios de dos mujeres se entrelazan, llevan al espectador al centro de una tormenta: un país en donde la violencia ha tomado el control de vidas, deseos y sueños de buena parte de la sociedad; donde se victimiza/atemoriza, empezando por los más frágiles.

• Miriam Carvajal, madre soltera y empleada de aduanas en Cancún, quien fue acusada de tráfico de personas, sin ninguna prueba que justificara esa acusación, es detenida y llevada a un reclusorio al otro extremo del país; es liberada en agosto de 2010 por falta de elementos probatorios, pero su vida está trastocada y su retorno al lugar de origen y reencuentro con su hijo es complicado.

• La segunda es una mamá –fonomímica en un circo modesto-; tiene a una hija desaparecida, Mónica; hace años que está en su búsqueda y está en pie de guerra; exige respuesta a las autoridades

Tatiana Huezo, la directora de la película, comenta en entrevista producida por IMCINE (Instituto Mexicano de Cinematografía): “Tengo un vínculo afectivo importante con las dos mujeres. Tempestad nace, justamente de ese vínculo que siento a una de las protagonistas que es una amiga; yo la vi a un año de haber salido de la cárcel; en ese momento nace la necesidad de querer entender qué le sucedió a ella, qué le hicieron al interior de esa cárcel y qué significa la intimidación y el miedo, qué nos hereda como personas.

Por su parte, Esteban Pardo, el camarógrafo, comenta: trabajé tres meses en la película y nunca había vivido esa negrura tan de cerca; mi acercamiento con la cámara me hizo vivir esa negrura, ese miedo.

Tatiana agrega: inevitablemente uno se pone en los pies de los protagonistas, y es insoportable imaginar lo que implica para la vida de una madre tener a un hijo desaparecido.

Cuando a Tatiana le informan que La Tempestad tiene 8 nominaciones para el premio Ariel de la Academia Mexicana de Cinematografía, comenta:

“Me acabo de enterar…, todavía no lo puedo creer ni asimilar. La Academia ha decidido mirar el documental como igual de la ficción (dice mientras mueve las manos simulando una balanza en busca de equilibrio). Es una sorpresa enorme saber que Tempestad ha sido nominada como mejor película. Hay otros documentales también nominados y han abierto al género documental las categorías que siempre han sido el feudo de la ficción”.

En días de pandemia, Tatiana vuelve a ser entrevistada porque su película se puede ver, en este momento y sin costo; la pone en línea el Festival de Cine de Morelia en este sitio: https://moreliafilmfest.com/ficm-presenta-en-linea-tempes…/….

Ahora se refiere Tatiana a la escena final de la película; dotada de una belleza proverbial y simétrica con dos cargas remarcadas, la poética visual/musical y los simbolismos de la narrativa pausada y envolvente que permite activar resortes de proactividad y valoración mesurada ante esta medicina preventiva y alertadora para que esos sucesos criminales no se repitan. Dice que estuvo aprensiva buscando ese final e hizo el esfuerzo de soñar y de ahí surgió.

Los contrapuntos del cine de autor

¿Qué haría una película histérica, aturdidora y cargada de violencia? Distanciarte de los hechos; no te pertenecen, es la ficción remarcada del pleno entretenimiento y vacuna para ser insensible ante la violencia y el dolor; es espectáculo, no es mío, a tragar palomitas y coleccionar héroes virtuales.

Tatiana con Tempestad, retoma un tema que duele, pero lo vuelve empático con estética visual, ritmo y pausas reflexivas. La narrativa no está en los hechos explícitos, fecalidades, puses y bilis al descubierto, sino en la reconstrucción y vestuario poético/reflexivo de hechos reales.

Así se refiere a la película Tempestad el analista de cine Luis Gallardo:

“Es quizá el gran relato de dos sexenios de zozobra, en los que la vida humana en México no vale nada, ni para el poder político, ni para los poderes fácticos. Dos personas destruidas por el terremoto que ha sido la guerra contra el narcotráfico tratan de levantar los escombros de su vida. Encontramos en Tempestad, los rescoldos de doce años de tormenta (…)

¿Algún día veremos la transición de la necropolítica a la política? ¿Algún día serán visibilizados los invisibles, los que nada importan? Es difícil vislumbrarlo en medio de la borrasca. El llamado sexenio del socavón cierra muy bien con un diálogo de La tempestad de Shakespeare, cuando Ariel hace zozobrar la nave: “¡El infierno está vacío! ¡Aquí están los demonios!”. Y sí, ese es México… en la tempestad.

Tatiana Huezo

La directora de Tempestad es una mujer despojada de glamour, de mirada atenta/indagatoria; opinión y análisis inteligente como sus películas; de atuendo y maquillaje sobrios/anticlimáticos. Puede parecer tímida, pero cuando hace uso de la opinión llena el escenario sin reticencias.

Estudió la licenciatura en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), Ciudad de México, y una maestría en Documental de Creación en la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona.

Su primer largometraje documental, “El lugar más pequeño” –referido a las secuelas de las guerrillas en su natal Salvador-(2011), recorrió más de 50 festivales alrededor del mundo y ha obtenido numerosos premios nacionales e internacionales.

También lee: Con utopía hay futuro | Columna de Jorge Ramírez Pardo

#4 Tiempos

La competencia en competencia | Columna de León García Lam

Publicado hace

el

VOLUTA

Un logro más de este gobierno fue recientemente anunciado por la Secretaría de Educación: no habrá más reprobados, la calificación mínima de cualquier estudiante será 6. En el momento que leí la nota, cruzaron por mi mente tantas noches en vela pensando cómo iba a aprobar el examen de Química Orgánica o el de Biología (una maestra nos obligó a memorizar las tres eras geológicas con sus respectivos períodos y temporalidades) o el de Etimologías (nos obligaban a memorizar los cinco modelos de declinación del latín). Muchos de esos días los viví convencido que no iba a terminar la preparatoria y de que no merecía existir.

En aquel tiempo, la excusa para torturar estudiantes era la competencia, entendida como “la sobrevivencia del más apto”. Se nos atemorizaba, diciéndonos que “allá afuera” en el mundo “real” y no en nuestras vidas de pacotilla, había que competir por todo y sólo el más apto sobrevivía y si se trabajaba tenazmente se podía hasta “triunfar”. Se nos explicaba, ya en tono buena onda, que la verdad de esta postura descansa en la naturaleza: Darwin había descubierto que la evolución se basaba en la competencia entre individuos y especies. El universo entero era una jaula de lucha libre: todos contra todos (o una fiesta de Gobierno del Estado en tiempos de Toranzo). Acto seguido, nos pasaban a la clase de religión y ahí nos explicaban cómo Noé diseñó el arca para que las jirafas no se pelearan con los rinocerontes.

No quiero entretenerla mucho cuestionando estas ideas, pero déjeme separar algunas piedritas de este arroz. La frase de la supervivencia del más apto no fue de Darwin sino de Spencer (Darwin dijo “adaptado” y Spencer dijo “apto”, que no son lo mismo). Si Darwin vio competencia entre especies fue porque su modelo lo tomó del capitalismo bebé, pues cuando Darwin vio las tortugas galápagos no tenía ninguna formación como biólogo, pero sí conocía a Adam Smith y a Thomas Malthus. Siendo estrictos Darwin casi no habló de evolución, sino de origen de las especies y podría decirse que hasta antievolucionista era, en el sentido que Darwin pensaba que cada especie estaba adaptada a su medio ambiente y esto no significaba ser mejor o peor. De hecho, parece que le molestaba la arrogancia del ser humano de sentirse superior al resto de las especies: todos estamos adaptados a nuestras circunstancias y en la naturaleza no hay circunstancias mejores que otras. ¿Entonces la naturaleza está en competencia o no? Pues cada quién ve lo que le conviene, pero en la naturaleza operan otros muchos procesos además de la competencia.

Hasta aquí, estimada y culta lectora de La Orquesta, parece que trato de convencerla de unirse al movimiento contra la competitividad que ha lanzado la SEP, pero nada de eso. Yo me declaro un defensor de la competencia, no por los argumentos evolucionistas, ni por defender al capitalismo transnochado, sino por la simple razón que la competencia genera felicidad y cuando no la hay se reciben amarguras tremendas. Le propongo algunos ejemplos: 

Casi toda persona ha tenido que comer una torta de central camionera. Las venden en localitos ubicados en la zona de andenes, para aquellos pasajeros de paso que tienen 15 minutos antes de abordar su camión. Seguramente son las peores tortas del mundo: insípidas, vacías, con ingredientes de mala calidad ahumados con diesel, preparadas de mala gana y carísimas. Se trata de tortas carentes de competencia. Esos torteros se aprovechan de que sus clientes nunca son los mismos y no hay manera de reclamarles. Quienes hemos pagado $60.00 pesos por una torta de esas es porque el instinto de supervivencia obliga a comer lo que sea antes de morir de hambre.

El segundo ejemplo es el SAT. Si hubiera dos SAT en competencia por captar contribuyentes, el servicio mejoraría muchísimo: imagine que usted llega a las oficinas a preguntar cualquier cosa y lo recibe una chica qué le orienta con amabilidad. “No haga filas, venga a este SAT, su SAT de confianza” o “No permita que lo traten como ganado, aquí todos nuestros contribuyentes son personas”. Sin regaños, sin páginas indescifrables, sin laberintos burocráticos, sin trámites innecesarios. ¡Qué maravilla! Hasta dan ganas de pagar impuestos.

El tercer ejemplo está en la llamada “Liga Mx”. También se trata de un monopolio. Los espectadores no tenemos de otra: vemos un juego del San Luis contra el Puebla o renunciamos a nuestra afición futbolera. Con una tenacidad notable, la Liga Mexicana de Futbol ha logrado lo que parecía imposible: quitarles a los deportistas las ganas de competir. Decisiones como que el último equipo ya no desciende a la liga inferior o limitar el número de jugadores extranjeros dizque para “proteger” al jugador mexicano producen resultados “más peores” que las tortas de la Central Camionera, les faltó decir que, en adelante, ya no habrá equipos perdedores, todos somos ganadores por decreto de la SEP.

Fíjese que, la solidaridad es la competencia de la competencia y también es muy necesaria, pero de eso platicamos otro día.

También lee: La gastroanomia | Columna de León García Lam

Continuar leyendo

#4 Tiempos

La gastroanomia | Columna de León García Lam

Publicado hace

el

VOLUTA

 

Sí usted me hizo el grandísimo honor de leer la columna pasada, recordará que hablaba del patrianomio. La anomia, le explicaba, es el malestar social, la enfermedad de la cultura, el COVID de las instituciones, que se genera cuando los propósitos no se cumplen. Por ejemplo, si una madre o un padre de familia trabajan mucho, es buscando que a su familia no le falte nada, pero si por este motivo, el padre o la madre trabajan tanto que dejan de atender y estar con sus hijos, pues se echa a perder todo: trabajo, tiempo y familia. El despropósito total.

En nuestro contexto potosino pululan los ejemplos de instituciones anómicas. Lo reto a hallar una institución que cumpla medianamente con el fin para el que fue hecha. Yo solo he dado con una de la que hablaré otro día (10 letras, empieza por T y repite cuatro veces una misma vocal).  Por lo pronto, me vienen a la cabeza hartos recuerdos de casos escandalosos de fiscalías, iglesias, partidos, legislaturas, asociaciones civiles, medios de comunicación y escuelas en donde cunden los despropósitos y los efectos contraproducentes, o sea que logran a cabalidad exactamente lo opuesto de su misión.

Pero de lo que quiero hablar es algo que ocurre a la hora de la comida. Se trata de la pérdida de patrimonio gastronómico, culinario y nutricio que debiera considerarse un rasgo alarmante de nuestra sociedad. Esta reflexión no es mía, sino una argumentación que Miguel Iwadare expone a través de una plática al respecto y que yo tuve la fortuna de organizar para mis estudiantes. Tan impresionado quedé con la propuesta de la gastroanomia que escribí la columna del patrianomio de la vez anterior.

La primera cuestión es que la comida no es simple digestión de nutrientes orgánicos. No se trata solamente de meterse los tamales al cuerpo o de llenar el vacío de las 11.45. Sino que la comida es alimento de significados. Fíjese bien y se dará cuenta que solo Hannibal Lecter cocinaba para sí mismo. Generalmente, cocinamos para los demás: los guisos tienen como remitente a alguien cercano y querido. Cocinar significa querer agradar, cuidar, comer con alguien implica compartir y cada alimento incorpora emociones y significados al cuerpo.

La segunda cuestión es que los saberes y sabores de la cocina de nuestras abuelitas están en riesgo de perderse (si no es que, como en mi caso, ya se los llevó el xoloescuincle del más allá). No sólo eso, también se pierden las maneras de mesa y los valores y significados que la comida transporta de generación en generación. Los valores, no solo se transmiten con regaños y chanclazos, sino sobre todo se pasan a través de la comida. No vaya usted a creer que ese plato que le ponían en la mesa nomás eran fideos … no, se trata de un sofisticado artilugio mediante el cual las madres de familia transmiten valores, reglas y sentimientos:

-Mamá, es que está muy caliente…

– ¡Te lo comes!

Y así, uno aprende a aceptar que lo que hay, es un lujo.

Tampoco piense que esa mesa llena de chavillos gritando y peleándose por la última concha era simple caos cotidiano, sino toda una escuela de convivencia, en donde a punta de zapes, gritos, y llanto con mocos, las personas aprenden a compartir, a respetar y a disentir. Es probable que, en escenarios como estos, en una mesa donde se comparten alimentos, los políticos de antes aprendían a aceptar sus derrotas.

¿Por qué le digo que estamos en medio del apocalipsis gastroanómico?

Porque los sabores y saberes de las cocinas se dejaron de transmitir. El molcajete pasó a ser una licuadora que ya tampoco se usa por falta de tiempo. Los frijoles dejaron de cocerse en la casa y ahora se compran por botes al igual que la salsa. Las tortillas ya ni son de maíz. La mayor porción de alimentos está industrializada y, en el fondo de esto, está el hecho de que muchas personas comen solas. Comer solo, es la peor manera de alimentarse y la mejor manera de agravar los problemas sociales (entre ellos, la salud).

Lo saludable es cocinar y comerlo con las personas que se quiere en la mesa de la casa. Cualquier cosa que sustituya esta tendencia es poner en riesgo nuestro ser social y corporal.

También lee: Notas sobre el patrianomio | Columna de León García Lam

Continuar leyendo

#4 Tiempos

Notas sobre el patrianomio | Columna de León García Lam

Publicado hace

el

VOLUTA

 

Me he topado por la calle a una “señorita de antes”, que es amiga mía, originaria de Cerro de San Pedro y me ha dicho lo siguiente: “me gusta mi pueblo, el Cerro de San Pedro como era antes, pero no en lo que lo han convertido… música fea, gente fea… es una cantina”, en ese momento llega a mi mente la nota del Sol de San Luis (19/05/22) que afirma algo similar, pero de la Ciudad de San Luis Potosí:  el Centro histórico es una cantina: alcohol, fiesta y ruido, y luego regreso a la conversación con mi amiga y le digo: “… es eso que llaman gentrificación…” a lo que me responde: “¡Sabrá Dios, yo no sé qué es eso!”.

La gentrificación es un fenómeno que consiste en el re-aprovechamiento de un espacio deteriorado y en estado de abandono por agentes inmobiliarios con suficiente capital para reorganizar el espacio y volverlo rentable. Se aprovecha que esos predios son baratos para adquirirlos y volverlos cervecerías, cafés, tiendas de chácharas o restaurancitos de moda (y ahora mi mente me lleva a las Historias de Perros Callejeros de Luis Moreno sobre el Miniso, 6/01/22, que encuentra aquí en su portal La Orquesta). Esos espacios urbanos son reocupados sin habitarse, son re-colonizados, modificados y despersonalizados: resulta ser un fenómeno altamente preocupante porque desplaza y margina a los pobladores originales de su propio patrimonio, como mi amiga, que vivió y creció en Cerro de San Pedro y al ver en lo que se convirtió su pueblo, se le forma una perturbación tan o más grande que ver a la misma Minera San Xavier.

A unas cuantas horas de la conversación con mi amiga, en el Centro Histórico se quemaba la casa de la antigua Exposición. Fue un edificio magnífico, como todos lo de ese sector. Sí, ya lo había escrito en otros contrapuntos y volutas: esos edificios quizá son producto del colonialismo, del clasismo y elitismo (chivos expiatorios de nuestra nueva moral burguesa) y probablemente de la usurpación de bienes y recursos, pero para eso la historia pone a cada quién en su lugar y me pregunto si el lugar de mi generación en la historia era convertir esos espacios en locales para después, accidentalmente, quemarlos; entonces las llamas -al igual que dicen de los ladridos de los perros- han de ser señal de que vamos avanzando.

Hace unos días, un hombre delgado y de barba, se me acercó en el Jardín Colón. No lo conozco, pero me dijo que era profesor de inglés y también artista visual.  Este hombre me preguntó si yo sabría qué hacer, porque para él, se está perdiendo el patrimonio histórico, se lo están robando -dijo- “es grave lo que está pasando, pero estamos como dormidos”. Es el patri-anomio, le respondí.

La anomia es la enfermedad social: ocurre cuando las instituciones no pueden cumplir la función para la que fueron hechas. Ocurre cuando las normas no tienen fuerza, cuando los significados pierden su sentido. La simulación, la depresión, la perversión y la corrupción son hijitas de la anomia. El patrianomio surge cuando una generación no quiere heredar a sus descendientes, les niega los significados, los margina del proceso de herencia, pero también ocurre cuando las generaciones herederas desprecian, ignoran o desplazan (repudian, dicen los abogados) la herencia de sus padres.

Hace poco, Ana, una colega de La Orquesta me preguntaba por los taquitos rojos, que si estaban en riesgo, y yo respondí que no, pero ahora me pregunto cuántas mujeres jóvenes actuales estarán aprendiendo de la abuela o de la tía a cocinarlos. ¿En el futuro habrá abuelas que enseñen a sus nietas a cocinar taquitos rojos? Esta pérdida en la transmisión de la herencia cultural es el patrianomio.

El patrimonio cultural, al igual que la educación tienen dos partes. Una que emite y otra que recibe. El fallo puede estar en ambas: ni hemos sabido heredar, ni tampoco recibir. Otra parte del problema está en el testamento: ni sabemos qué dejamos, ni qué recibimos, ni qué dejamos de recibir. La última parte del problema está en el gobierno: ¿quién se encarga de hacer los inventarios de nuestro patrimonio? ¿quién se responsabiliza por la pérdida del patrimonio? ¿quién hace valer la ley? Preguntas que les toca responder a varias administraciones de la Secretaría de Cultura, INAH y Secretaría de Educación Pública y que siguen en silencio, pero por lo pronto una muy importante

¿Hasta cuándo los potosinos podremos acceder a un padrón o inventario de bienes culturales que conforman nuestro patrimonio?

También lee: Diarios de bicicleta 1 | Columna de León García Lam

Continuar leyendo

Opinión