mayo 8, 2026

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Opinión

Esta noche, la última carta en el Lastras | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Esta noche, el estadio Alfonso Lastras volverá a ser el centro de las miradas. Atlético de San Luis recibe al Atlas en un partido que va más allá del marcador. Es una prueba de carácter, una cita que llega en un momento crucial para ambos equipos, con la obligación de recuperar confianza y demostrar que todavía pueden aspirar a algo en el torneo.

San Luis llega a este encuentro con el orgullo herido. El último juego de local, aquel duelo ante América dejó un sabor amargo, el equipo jugó bien, dominó por momentos y merecía mucho más, pero un error al minuto 89 terminó convirtiéndose en sentencia. Aquella derrota dolió no solo por el resultado, sino porque evidenció lo que tantas veces ha pasado: un equipo que compite, que genera, pero que aún no sabe cerrar los partidos.

Esta noche, los potosinos tienen la oportunidad de reivindicarse ante su gente. En casa, con el apoyo del público y con el peso de la responsabilidad, están obligados a dejarlo todo. El equipo ha mostrado orden en la media cancha, transiciones rápidas y cierta solidez defensiva cuando mantiene la concentración, pero la clave estará en la contundencia. San Luis genera, pero le cuesta concretar. Y ante un Atlas que no perdona los descuidos, esa carencia puede ser letal.

Del otro lado, Atlas llega en busca de estabilidad. Su torneo ha sido irregular, alternando partidos intensos con otros llenos de dudas. Sin embargo, tiene jugadores de jerarquía, futbolistas que saben leer los partidos y aprovechar cada espacio. Su ataque, aunque no tan explosivo como en otras temporadas, sigue siendo peligroso

cuando encuentra ritmo. Y su defensa, liderada por jugadores experimentados, puede volver el partido una batalla cerrada, de esas que se definen por detalles.

El duelo en el mediocampo promete. San Luis deberá cortar las conexiones de Atlas y salir con velocidad por las bandas, buscando sorprender. Si logra mantener la posesión con inteligencia y evitar errores en la salida, tendrá mucho terreno ganado. Pero si se deja dominar en la presión o cede espacios, el partido puede volverse cuesta arriba muy rápido.

El Alfonso Lastras será un factor. La afición potosina ha demostrado que, cuando el equipo responde con entrega, el ambiente se transforma en un impulso. Esta noche, el público no pedirá lujos, sino actitud: correr, presionar, competir y no rendirse.

Esta noche no se juega solo un partido, se juega el orgullo de un equipo que quiere demostrar. San Luis tiene la oportunidad de cambiar la narrativa, de dejar atrás los lamentos y convertir la frustración en energía.
El Atlas llega con experiencia, pero el San Luis tiene hambre. Y cuando un equipo sale con hambre y corazón, el fútbol a veces recompensa.

En el Lastras, más que un duelo de tres puntos, se define algo más profundo: la fe de una afición que sigue creyendo que este equipo puede volver a ilusionar.

También lee: El duelo que siempre vuelve | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

Letras minúsculas

¡CÁLLATE! | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

Por: Juan Jesús Priego

«En aquel tiempo llegó Jesús a Cafarnaúm y el sábado siguiente fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo que se puso a gritar: “¿Qué quieres con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!”. El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea» (Marcos 1, 21-28).

Leo el texto una y otra vez, pues debo predicar sobre él en la misa del próximo domingo. Respiro profundamente y trato de repetir para mí mismo las palabras que más impresión me han causado, es decir, las que con mayor espontaneidad acuden, después de la lectura, a mis labios y a mi memoria. Quizá no sea éste el método más adecuado para preparar una homilía dominical, pero así suelo hacerlo regularmente y no creo que, al menos por ahora, me decida a cambiarlo.

«Este hombre habla con autoridad». ¿Cómo hablaba Jesús? ¿Cómo era el timbre de su voz? ¿Era un tono dulce, o más bien enérgico y decidido? Me lo imagino predicando a la pequeña comunidad reunida en la sinagoga y a ésta escuchándolo con embeleso. Pero de pronto mi imaginación pega un brinco, por decirlo así, y me escucho repitiendo esta sola exclamación: «¡Cállate!». ¿A quién se la dice Jesús? ¿A quién va dirigida? Históricamente hablando, por decirlo así, al endemoniado que andaba por allí cerca, pero sería demasiado iluso de mi parte creer que sólo se la dice a él. ¿Y si esta orden estuviese dirigida a mí también? «Juan Jesús, cállate. Hablas demasiado. De pronto dices cosas que no debes decir».

Trago saliva. Sí, el Señor me está reprendiendo también a mí, como si yo formase parte de la asamblea de aquella sinagoga, y lo escucho con la cabeza baja, profundamente avergonzado: «¡Cállate, por el amor de Dios! ¿Qué ganas con decir lo que sabes? Sé discreto, sé silencioso. Para refrenar la lengua he ideado la compuerta de los dientes; te he dado dos orejas, pero sólo una lengua para que escuches lo doble y hables la mitad. Analiza con cuidado tu anatomía, aprende de ella y saca de ello las debidas consecuencias. ¡Cuántas enemistades te has granjeado por haber abierto la boca más de lo debido! ¡Y cuántas se han alejado de ti por no querer participar de tu charla inconveniente! Así, pues, cállate. Tú hablas con libertad creyendo que los demás nunca se enterarán de los que dices en lo íntimo y lo privado. Pero se enterarán, de eso no hay duda, porque no hay nada oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a descubrirse».

Sí, es verdad: así hable uno con la pared, los demás siempre se enteran de lo que dijimos. Por eso dice la Escritura: «Ni en tu pensamiento hables mal del rey, ni en tu alcoba hables mal del poderoso

, porque un pajarito del cielo le lleva el cuento y un ser alado les cuenta lo dicho» (Eclesiastés 10, 20). ¡Dios mío, cuánta sabiduría hay en estas palabras, y qué actuales son!

A menudo, tras una amarga decepción, nos preguntamos: «¿Cómo se enteró éste de lo que dije, si supuestamente se lo confié únicamente a mis amigos y sólo a ellos? Además, me prometieron solemnísimamente que no dirían nada de cuanto acababan de escuchar. ¿Quién de todos ha traicionado de este modo mi confianza?».

Uno se rompe la cabeza preguntándose quién podrá haber sido, pero tales indagaciones son vanas además de inútiles, porque pudo haber sido cualquiera de ellos o incluso cada uno por su cuenta. O quizá, ¿por qué no?, incluso ese pajarillo del que habla el libro del Eclesiastés. Por eso dice también, con toda verdad, un refrán judío: «Amigo: tu amigo tiene amigos; por lo tanto, sé discreto».

Mientras pensaba en estas cosas me puse a recordar a un compañero mío de la preparatoria al que todos, como apodo, le decían la piñata. ¿Por qué la piñata?, pregunté a mi vecino de al lado, el cual me respondió así:

-Le decimos la piñata porque a éste basta sacudirlo un poco para que saque todo lo que guarda dentro.   

Iba a lanzar una carcajada recordando estas cosas ya muy viejas cuando caí en la cuenta de que estaba preparando mi homilía y que, por lo tanto, no debía dar pie a divagaciones ociosas. En vez de reírme, traté de recordar algo que sobre este asunto del callar había escrito Sören Kierkegaard (1813-1855), el filósofo danés, en una página de su diario: «Pareciera que los hombres han recibido el don de la palabra no para esconder sus pensamientos (como sostenía Talleyrand), sino para esconder el hecho de que no tienen pensamientos».

Es verdad: muchas veces hablamos para no pensar, para no escuchar, para dar la impresión de que estamos llenos cuando en realidad sólo hay en nosotros sequedad y vacío. ¡Qué superficial nos parece la gente que no es capaz de estarse un momento con la boca cerrada! Ésta se siente en la necesidad de hablar de todo, aunque por esto deban caer muchas cabezas a su alrededor. Como los peces, estos individuos mueren siempre por su propia boca.

«¡Cállate!». Si de todo esto hablara el próximo domingo; si convenciera a mis feligreses (y me convenciera yo el primero) de que es necesario ser más discretos y silenciosos, no creo que vaya a ser tiempo perdido. En todo caso, ya veré. Aún me quedan varios días para decidir y tomar las decisiones pertinentes al caso…

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#4 Tiempos

México vs México | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

 

Durante muchos años, la Concacaf quiso convencernos de que el fútbol de la región estaba creciendo parejo.

Que la MLS ya había alcanzado.
Que Centroamérica resistía.
Que los gigantes mexicanos ya no imponían como antes.

Y entonces llega otra final.

Tigres contra Toluca.

México contra México.

Otra vez.

La Concacaf Champions Cup tiene algo curioso: cada torneo parece abrir la puerta a una sorpresa… hasta que aparece un club mexicano recordándole a todos cómo funciona realmente esta competencia.

Porque sí, hay historias emocionantes en el camino. Equipos que compiten, estadios que aprietan, noches donde parece que el dominio se tambalea. Pero al final, casi siempre termina pasando lo mismo: el trofeo se queda aquí.

Y no es casualidad.

Durante años, los equipos mexicanos entendieron algo que el resto de la región todavía persigue, este torneo no se juega solo con intensidad. Se juega con profundidad, con jerarquía y con la costumbre de competir bajo presión.

Por eso las finales recientes ya parecen parte de una misma memoria.

León imponiéndose con autoridad.
Monterrey haciendo del torneo una propiedad privada.
Pachuca apareciendo cuando parecía que el dominio se desgastaba.
América recordando que los ciclos pasan, pero el peso permanece.

Y cuando no gana México… el impacto se siente histórico.

Porque las excepciones son pocas. Muy pocas.

Seattle Sounders rompiendo la hegemonía en 2022 se sintió menos como un cambio de era y más como una anomalía que obligó a reaccionar. Antes de eso, había que ir demasiado lejos para encontrar un campeón que no hablara mexicano futbolísticamente.

Ese es el tamaño del dominio.

Ahora la historia pone enfrente a dos maneras distintas de entender el poder.

Tigres llega como ese equipo que aprendió a habitar estas noches. Ya no juega las finales con ansiedad; las juega con memoria. Sabe sufrirlas, sabe administrarlas y, sobre todo, sabe que los detalles terminan cayendo de su lado cuando el partido se rompe.

Toluca, en cambio, llega con algo diferente: hambre.

Con esa sensación de equipo que volvió a reconocerse. Que encontró ritmo, carácter y una identidad incómoda para cualquiera. Toluca no llega a esta final solo por talento; llega porque volvió a competir como club grande, como bicampeón.

Y eso cambia todo.

Porque esta final no se siente improvisada.

Se siente lógica.

Son dos equipos que entendieron antes que nadie cómo sobrevivir a un torneo que exige viajar, rotar, adaptarse y competir cada tres días sin perder forma. Mientras otros clubes de la región todavía viven la Champions Cup como una oportunidad, algunos de los mexicanos la viven como obligación.

Y esa diferencia mental pesa demasiado.

Por eso, más allá de quién levante el trofeo, hay algo que ya quedó claro desde antes de jugarse la final:

La Concacaf volverá a tener campeón mexicano.

Otra vez.

Como ha pasado la mayor parte del tiempo.
Como pasa cuando la costumbre se vuelve estructura.
Como pasa cuando un país convierte un torneo regional en parte de su identidad futbolística.

Y quizá eso también explique por qué estas finales, aunque repetidas, nunca se sienten vacías.

Porque en el fondo no se trata solo de ganar la Concacaf.
Se trata de sostener un dominio que lleva décadas construyéndose. Uno que ha sobrevivido generaciones, formatos, discursos y proyectos extranjeros que prometían cambiar la jerarquía de la región.

Pero cada año, cuando llega mayo, el futbol termina acomodando las piezas en el mismo lugar.

Con un club mexicano levantando la copa.

Y con el resto de la Concacaf preguntándose cuánto falta para que eso deje de pasar.

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¿Como para qué fabricar mártires? | Apuntes de Jorge Saldaña

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Con la iniciativa de pedir como requisito un examen de control y confianza que expide el poder ejecutivo ¿Quién, aparentemente (y lo subrayo) se beneficiaría ? Le doy una pista: no es la ciudadanía ni es el gobernador.

Culto Público, hijos del detector del Metil y del metal:

Ayer, cuando lo leí por primera vez pensé que era Feic nius. Me reí incrédulo. Luego lo verifiqué y pensé: naaaaa (así digo “no” cuando dudo lo que pienso), ¿Es neta? Ok, no se oye mal…pero en eso estaba cuando me llamaron, vía oficial, para confirmar si tenía la información. Dios misericordioso…es real.

Ya no supe si reír o llorar. Me sentí como Canio, el payaso, (aunque por distintas razones) o como Garrick, el de Juan de Dios Peza (el de “cambiadme la receta”).

Pero basta de dramas y vamos al punto:

El diputado Héctor Serrano Cortés presentó ayer en el Congreso una propuesta que suena impecable en el papel y que, letras más o letras menos, dice que todos los aspirantes a cargos de elección popular —desde una regiduría hasta la gubernatura— deberán pasar exámenes de control de confianza antes de ser registrados como candidatos.

Pruebas psicológicas para que no estén tocadiscos, poligráficas para que no echen mentiras, toxicológicas para que no anden pachecos, y análisis socioeconómico para ver si lo que ganan corresponde a como viven.

Todo un aparato. Toda una medida institucional para evitar que pillos, malandrines, viciosos, loquitos, tranzas o cosas peores, lleguen a cargos públicos.

Miren, Culto Público, yo quiero entender la intención, y hasta me gustaría creerla.

Y es que tal como presentan la iniciativa, parece que es muy noble porque trata de blindar la elección que viene de sujetos indeseables.

¿Quién podría estar en contra de eso? Nadie, al contrario, la propuesta planteada así, pues se merecería aplausos, bravos y a la bio a la bao y a la bimbomba… Ra, ra, (Bis.) (Bis.) (Bis.)

Pero antes del confeti hay que detenerse en un pequeño detalle: no vivimos en una esfera color de rosa ni tenemos 5 años, por lo tanto volvamos a poner los pies en la tierra y pensemos el asunto más despacio y con mayor criterio….

Una pregunta: ¿Quién, aparentemente (y lo subrayo) se beneficiaría de este nuevo requisito? Le doy una pista: no es la ciudadanía ni es el gobernador.

Claro, los malpensados y críticos alegarán -justificadamente- que es una iniciativa con una intención ulterior, y que el beneficiado es el poder ejecutivo al darle la capacidad de decir quién puede participar o quién no y le explico:

La propuesta exige como requisito para ser candidato que el resultado de las pruebas de confianza mencionadas, sean emitidas por el Centro de Evaluación de Control y Confianza, un órgano que depende ¿de quién cree? de la Secretaría General de Gobierno.

¿Ahora me entiende mi confusión entre frustración y risa, Culto Público?

Está bien fácil, al depender las candidaturas de un documento que expide el ejecutivo, la narrativa contra Ricardo Gallardo se escribe sola: “El gobernador quiere decidir quién participa y quién no”.

¿Qué necesidad?

Y por si se lo siguen preguntando, aquí va la respuesta de quién resulta favorecido con esta iniciativa: Todos los opositores al Verde.

Bueno, en una de esas hasta el Batman de Tanquián regresa y si me lo permite, vamos a usarlo de ejemplo:

Ese que anda en campaña diciendo que no anda en campaña. El señalado por contratos turbios con Pemex. El involucrado en lavado de dinero. El que tiene tanto que explicar sobre el origen de sus recursos que Washington se pondría en alerta si alguien preguntara demasiado fuerte.

Ese señor, Culto Público, no pasa un control de confianza ni en la salida de una tienda departamental. Si lo conectan al polígrafo, el aparato pide su liquidación y presenta renuncia. Si le preguntan por su entorno socioeconómico, la respuesta generaría una investigación internacional.

Y ese perfil de ejemplo, junto con todos los de su calibre, los que tienen cola que les pisen, o los que saben que no pasarán los exámenes, serán los primeros en hacer fiesta si la iniciativa en cuestión se aprueba.

¿Por qué? Pregunta sencilla. Respuesta sencilla.

Porque no hay mejor oportunidad para hacerse el mártir.

No importa que el señor Zumaya u otros aspirantes no aprueben ninguno de los exámenes.

Reprobar es oro puro para el discurso: “El Estado no me deja participar” “Gallardo me tiene miedo” “Ese requisito lo pusieron porque saben que les gano” “Quieren el camino libre.”

Con eso ya tienen narrativa para medio año de campaña victimista, con dramatismo incluido y costo político cobrado al jefe del ejecutivo.

No hace falta ser politólogo de Harvard para ver el tiro, y sin embargo, aquí estamos.

Y aquí es donde me guardo la risa.

El diputado Serrano Cortés no es un recién llegado. Es un hombre de colmillo curtido en estas lides, de los que conocen el terreno antes de pisarlo, de los que saben que en política las iniciativas no solo se leen en tribuna: se leen entre líneas, se leen hacia adelante y se leen en los periódicos del día siguiente.

Entonces, la pregunta que no me puedo quitar de encima es ¿qué no vieron o qué no estamos viendo?

No importa la respuesta, el resultado es el mismo: la iniciativa, incluso si no se aprueba, pone al Estado, al Partido Verde y al gobernador en el centro de la diana.

Lo de menos es el debate jurídico que venga. Lo grave es el desgaste político innecesario, ese que no se lo va a cargar el legislativo.

¿De qué vale que los números les den ventaja de más de 20 puntos a un proyecto  si parece —sea o no sea cierto— que ese proyecto quiere deshacerse a cualquier costo de sus rivales?

Primero la mal llamada Ley Esposa que tuvo que vetarse, y ahora esto, que seguro pronto van a llamar algo como “Ley Mártires”, “Ley Palomeo”, o la peor: “Ley Miedo”. Hagan sus apuestas.

¿Qué necesidad de impulsar algo que se parece a un discrecional “tu entras, tu no”?

Es entonces que uno se pregunta, y lo digo con genuina preocupación y sin ánimo de ofender a nadie: ¿Qué no hay ya quién se atreva a decirle al mandatario lo que se ve desde afuera, o a darle siquiera un análisis básico de cálculo?

No es que el ejecutivo tenga que conocer las iniciativas del legislativo pero…de verdad su amigo el diputado Héctor Serrano, no por obligación, sino por cortesía y confianza ¿no intercambió ideas con Ricardo antes de presentar la iniciativa?

A veces el mejor favor que le puede hacer alguien a un amigo es decirle: hermano, ¿para qué?

Los ciudadanos potosinos no somos niños. Sabemos quién tiene cola que le pisen. No necesitamos polígrafo para detectarlo: ellos mismos se delatan. No necesitamos análisis socioeconómico: ellos mismos lo presumen.

Para ya irme dejo esto aquí para quien lo quiera y me retiro despacito: Háganse un favor, no autogeneren oposición innecesaria a un movimiento que tanto ha transformado este estado. A veces lo que parece una idea brillante puede ser un error estratégico y la mejor arma del contrincante.

Si hubiera diputados mala onda, mala leche, o maquiavélicos…hasta lo aprobarían de inmediato, ganarían 2×1. Lo bueno es que no los hay.

Hasta la próxima. Yo soy Jorge Saldaña.

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