octubre 20, 2026

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El pobre Señor Goliadkin | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Jacobo Petrovich Goliadkin era consejero titular en aquellos tiempos gloriosos en que los consejeros titulares eran vistos por todo el mundo, y sobre todo en Rusia, con cierta admiración. Por ejemplo, a nadie hubiera permitido este calvo y honesto burócrata un tuteo imprudente o una falta a las reglas de la cortesía. Las distancias, como quiera que sea, debían ser siempre respetadas.  Digamos, pues, que Jacobo Petrovich Goliadkin, más que caminar por la vida, flotaba, y que aunque no era rico tampoco lo pasaba tan mal. Claro, ¿cuándo se ha visto que los que viven del erario público esperen con aprensión la llegada del casero o el recibo de la luz? Pues bien, nuestro consejero titular había vivido del Estado desde muy joven, de modo que, en cierto sentido, podía decir con el salmista que nada le faltaba. Y en tal mundo de ensueño habría transcurrido la existencia de este irreprochable funcionario si no hubiera sucedido algo que… pero vayamos por partes.

Un día, Jacobo Petrovich Goliadkin, habiendo salido de la oficina y tomado una de las calles de San Petersburgo, vio a lo lejos a un hombre que se parecía mucho a él. Viéndolo más de cerca, llegó incluso a admitir que se le parecía demasiado, y esto, como podrá imaginar el avispado lector, no le hizo maldita la gracia. ¿Cómo es que había en la ciudad un hombre que era algo así como su doble? Por más que puso a trabajar su cerebro (cosa en la que, a decir verdad, no son muy duchos los consejeros titulares) llegó a la conclusión de que no tenía hermanos gemelos, ni nada por el estilo, de manera que la existencia de aquel desvergonzado individuo lo sacó de sus casillas. ¡Qué broma más pesada le había jugado la naturaleza!

¡Dios mío!, se quejaba el señor Goliadkin, ¿de modo que también la naturaleza se había puesto contra él? ¿Y si el doble, por llamarlo así, cometía más de un destrozo público haciéndose pasar por él? No, no quería ni pensar en semejante eventualidad: se moriría de la pena. ¿Qué iban a pensar de él sus conocidos y compañeros? ¿Y si aquel diablo entraba, por ejemplo, a la casa de su jefe y decía cosas indecentes a la hija de éste, esa hermosa señorita de la que ni siquiera se atrevía a pronunciar el nombre? Todos pensarían, entonces, que había sido él, Jacobo Petrovich Goliadkin el autor de tales indecencias. Al pensar en estas cosas, nuestro funcionario se secaba el sudor de la frente, hablaba solo y hasta quiso ponerse a buscar por la ciudad a ese energúmeno que, aprovechándose de su cara, podía hacer cuanto le viniera en gana y sin pagar por ello las consecuencias.

Pero ni siquiera fue necesario buscarlo, porque en los días que siguieron a aquel encuentro desgraciado, nuestro consejero titular se encontraba a cada paso con su doble. En la oficina, fuera de ella, en las plazas y en los tranvías, él estaba siempre allí. Una mañana, harto ya de verlo por doquier, Jacobo Petrovich Goliadkin se acercó a él, lo tomó por las solapas y le dijo: «¿Cómo se llama? ¿Podría decírmelo usted?». A lo que el doble respondió amablemente así: «Jacobo Petrovich Goliadkin, estimado señor». ¡Cómo! ¿De modo que hasta tenían el mismo nombre? ¿Y no era esto para volverse loco?

Desde entonces la vida de nuestro burócrata se convirtió literalmente en un infierno. Sobornaba ujieres, interrogaba policías, se acercaba sigilosamente a los guardianes nocturnos para hacerles las preguntas más extrañas. ¡Hasta se llegó pelear más de una vez con su otro yo a la vista de todos!

Pues bien, si usted ya lo pensó, déjeme decirle que no se ha equivocado: Jacobo Petrovich Goliadkin se había vuelto loco. En realidad, no había tal doble, y todo lo que veía y pensaba eran puros cuentos -¿engendros, se los llama?- de su imaginación. ¡Pobre señor Goliadkin! El que quiera conocer la historia completa de su vida, haría bien en leer El doble, la novela del escritor ruso Fedor Dostoievski (1821-1881).

Sin embargo, lo que me interesa, al menos por ahora, es reproducir la entrevista que nuestro funcionario tuvo con su médico de cabecera pocos días antes del colapso. Como el pobre señor Goliadkin ya no podía más, digamos que se atrevió a hacerle a su médico una breve visita, y que éste, tras revisarlo atentamente, le habló así:

«-Cambie su modo de vivir. A esto se reduce todo mi tratamiento. Las distracciones le convienen. Frecuente usted a sus amigos, viva en sociedad. Tampoco hay por qué ser amigo declarado de la bebida. Conviva con gente alegre».

El señor Golidkin no entendía. ¡Él sentía morirse y el doctor le hablaba de asistir a reuniones y cambiar de vida! «El señor Goliadkin se apresuró a manifestar que vivía igual a todo el mundo; que se distraía honestamente, como pudieran hacerlo los demás; que podía acudir a los teatros, pues disponía, como cualquier otra persona, con los medios suficientes para ello; que durante el día se hallaba ocupado en la oficina, como tantos otros funcionarios de la Administración, y que por las noches solía quedarse en casa.

»-Hum –respondió el doctor-. No, no es eso lo que quiero decir. Lo que deseo saber es si de veras le agradan a usted las diversiones, si le gusta pasar alegremente su tiempo… ¿Qué vida lleva? ¿Continúa usted con sus melancolías o, por el contrario, se ha vuelto ya optimista? En una palabra, es precisa una radical transformación de su vida. Usted, en cierto sentido, debe variar su carácter. Es necesario que busque usted distracciones. Debe hacer también alegres cosas. No debe encerrarse en su casa. ¡Eso es altamente nocivo para su salud!».

¡Ah, doctor, usted es un sabio, usted había anticipado la catástrofe! Yo también, como el señor Goliadkin, apenas tengo tiempo para visitar amigos, escuchar canciones o ir a caminar a los parques. ¡Todo es trabajo para mí! Hasta podría decir que he perdido el gusto por las fiestas. De modo que, como no quiero que me pase lo mismo que a aquel pobre consejero titular, he decidido a partir de hoy seguir su tratamiento.

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Bondades epidérmicas | Columna de Juan Jesús Priego

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Hay una clase de simpatía que a mí me ha parecido siempre odiosa a la vez que sospechosa. Es la simpatía etérea del que sonríe siempre, pero más como una pose y un artificio que como una manera de obsequiar a las personas. Aunque todo el tiempo hay una sonrisa estampada en su rostro, esa sonrisa nunca es para nadie: es una sonrisa sin dedicatoria, por decirlo así.

Cuando llegas a su oficina, el bondadoso ficticio se levanta como impulsado por un potentísimo resorte, te estrecha la mano con efusión y te ofrece un caramelo abriendo cortésmente su bombonera de cristal cortado. Quien lo viera, diría que está recibiendo a un viejo amigo, a un compañero de cien batallas, aunque en realidad no te conoce y, siendo sinceros, ni quiere conocerte. Dando diez mil rodeos te pregunta tu nombre y, cuando se lo dices, pareciera que lo guarda en lo más hondo de su corazón.

-¿Me ha dicho usted que se llama Abel? –dice poniendo los ojos en blanco-. Bonito nombre, en verdad. El primer mártir de la historia se llamaba como usted.

Y con estas palabras u otras parecidas se pone a divagar sobre la historia sagrada con el único y mezquino fin de salir del paso.

No obstante, cuando te lo vuelves a encontrar en algún pasillo de la vida ni siquiera te saluda porque tu rostro ya no le dice nada: simple y sencillamente te ha olvidado. “¿Por qué no me saludaría?”, te preguntas, poseído por una angustia casi suicida. Y como te faltarán otras cosas, pero no ingenuidad, lo abordas, creyendo que todo se ha debido a una lamentable inadvertencia, a una estúpida distracción de parte suya.

-Señor Estrada –dices estrujándolo con emoción-, ¡qué gusto me da volverlo a ver! ¡Qué dicha y qué honor!

Le estrechas la mano con la misma efusión con que él te estrechó la tuya en su oficina tras abrir la bombonera, francamente convencido de que, en aquel encuentro fugaz, algo profundo había nacido. Y el señor Estrada, claro está, sonríe, pero a la vez tartamudea, vacila, duda. Se pregunta para sus adentros: “¿Quién será este imbécil? ¿Es que no ve que tengo prisa?”, pero recobra la calma, se arregla la corbata y dice triunfal:

-¡Ah, es usted! No dejaba de preguntarme qué había pasado con mi querido amigo…

Tan pronto como dice: con mi querido amigo, se detiene, porque es necesario que diga tu nombre, y éste le es más inaccesible que el nombre del cuarto emperador de la dinastía Ching. Tú, sintiéndote profundamente desilusionado, dices: “Sánchez. Abel Sánchez”.

-Sí –dice el otro-, Abel Sánchez, como el inocente de la novela de Unamuno. ¿Sabe usted a qué novela me refiero y, sobre todo, quién es Unamuno?

En realidad, pasa a hablar de la novela para salir del atolladero en el que se ha metido. Y sale bastante bien librado, pues –para su suerte- ha leído la novela de Unamuno y puede contar la trama con pelos y señales, es decir, desviar impunemente la conversación. Por último, recomienda:

-Léala usted, amigo mío. Se llama Niebla, y podrá conseguirla en cualquiera de las librerías de nuestra ciudad. Léala usted. ¡No se arrepentirá!

Y se despide sonriente, amigable, para luego, como los perros, echarse a correr. Esta forma de amabilidad es muy común entre las grandes personalidades, aunque las hay menores que también la practican. Su objetivo es causar en sus visitantes e interlocutores una buena impresión, una especie de sentimiento de gratitud hacia su gentilísima persona. Aunque no lo confiesen abiertamente, todas sus atenciones y todas sus sonrisas están encaminadas a suscitar en los otros sentimientos de alabanza, si no es que hasta de adoración o incluso de idolatría: “¡Qué importante es este hombre y al mismo tiempo qué sencillo!”. Entre dos personas de igual jerarquía social, uno tiende a juzgar más importante al que nos trató mejor: he aquí una verdad del comportamiento social que estos amables hipócritas explotan de la manera más vil, pues, como afirma André Maurois

(1885-1967) en Un arte de vivir, “es fácil ser admirable cuando se permanece inaccesible”.

Si no nos volviéramos a encontrar con estos tales, su batalla estaría ganada: los llevaríamos siempre en nuestro recuerdo como sólo pueden ser llevados los seres excepcionales, los próceres de la nación. Pero como con frecuencia no es así, pues para eso tendrían que irse a vivir a la luna, lo único que consiguen más tarde o más temprano es causar una honda pena.

“Ya conocía su bondad, pero una bondad epidérmica puede dañar mucho a la gente”, confiesa sinceramente indignado el personaje de una novela de Graham Greene (El que pierde, gana) al que su jefe, un hombre en estado de sonrisa permanente, invitó a Montecarlo y que luego lo dejó plantado por no recordar después la invitación. “¡Ya sé! –había dicho este hombre a su empleado apenas unos días antes-. Encontré la solución, señor Bertram. Usted y su linda mujer vendrán a mi yate. Todos mis huéspedes me abandonarán en Niza y Montecarlo. Allí los recogeré el día treinta. Navegaremos por la costa de Italia, la bahía de Nápoles, Capri, Ischia…”. Sí, todo muy bonito, pero cuando éste llegó a Montecarlo, varios días después del día treinta, ni siquiera se acordaba de la promesa que había hecho a estos dos pobres tontos que ya casi tenían que dormir en la calle por no tener con qué pagar la habitación del hotel. ¡Qué patán! ¡Y ellos que pensaban que su jefe los recordaría! Nada de eso: esta gente no se acuerda de nada, sino que sólo se limita a sonreír y a prometer.

La amabilidad no debe nunca ser etérea y sí, en cambio, llena de memoria; de lo contrario, más que amabilidad es una burla. Tenía razón François Mauriac (1885-1970), el novelista francés, cuando afirmó en Nudo de víboras: “Existe una cierta calidad de gentileza que es casi siempre señal de traición”.

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El elíxir de la vida | Columna de Juan Jesús Priego

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-¡Oh! ¿De modo que no ha sido solamente un lindo sueño? –exclamó el anciano alisándose el cabello, o por lo menos lo que le quedaba de él en la cabeza; su rostro estaba marcado por infinitas arrugas, como un periódico estrujado.

“¿Entonces todo ha sido verdad y lo que contiene esta copa que veo frente a mí no es otra cosa –digámoslo despacio, digámoslo en voz baja- que el elíxir de la vida? ¿De veras este líquido espeso en apariencia es el brebaje buscado por todos los hombres y todas las culturas en su deseo vehemente de vencer a la muerte? ¡Oh, pócima maravillosa, déjame contemplarte de cerca! ¡Cuánto no hubieran dado por poseerte aquellos hombres de barba larga y sueño corto que conocemos con el nombre de alquimistas!”.

Tomó el anciano el frasco entre sus manos y lo levantó a la altura de los ojos, un poco así como el sacerdote levanta el cáliz frente al altar. Su apariencia no era nada extraordinaria y, sin embargo, sus efectos…

-¡Ea! –exclamó-, bebámoslo de una vez.

Pero sus manos le temblaban, y poco después también sus piernas, y por último todos los miembros de su frágil cuerpo. ¿Emoción? Acaso miedo.

“-¿Por qué te agitas, alma mía, ¿qué es lo que temes? –volvió a decir como hablando consigo mismo, o con su otro yo-. ¿No es verdad que te aterraba la idea de morir?, ¿no es cierto que con sólo pensar en la tumba que te espera te volvías loco de pesar? ¡Entonces bébelo! No lo dudes: un solo trago y el futuro será tuyo, un futuro convertido en un continuo presente: lo más parecido a la eternidad. ¿Es que no habías pedido este milagro? Un ángel bueno te lo ha concedido y, no obstante eso, ahora vacilas, ahora retrocedes espantado”. Sudaba, parecía otro.

“-Vamos, vuelve a tomar esa copa y apura su contenido de una vez por todas. Degústalo, bébelo a pequeños sorbos, y empieza a ver la vida con el desprecio con que la ven los inmortales: con la indiferencia de un dios. Sólo los inmortales sobreviven a la tiranía de la pasión; aman protegidos como por una coraza y no sucumben a ningún amor; sus manos no tiemblan, ni sudan, ni conocen los vértigos.

“Bébelo. ¿Qué fue lo que te dijo el ángel a la hora de depositar el frasco en el borde de tu mesa de noche? Recuerda sus palabras: ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. ¿Las recuerdas? ¿Dudas, pues, de la veracidad de sus palabras? No dudes. ¡Tu plegaria ha sido atendida! Y, sin embargo, titubeas. ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. Te dan miedo estas palabras. ¿O es, quizá, que te recuerdan algo?”.

A este punto de su monólogo, el anciano parecía más viejo que antes; era como si le hubieran caído encima los años que quería vivir de más y lo aplastaran. Casi no podía tenerse en pie. Las palabras del ángel le parecían conocidas, pero no sabía con precisión dónde las había escuchado.

“Trata de recordarlo –se decía a sí mismo-. ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. Se trata de una feliz promesa y, a pesar de ello, te estremeces. ¡No te estremezcas! Haz memoria. ¿Fue en un cuento de los hermanos Grimm donde la escuchaste? Después de todo, cuando eras pequeño, tu madre solía contarte todas las noches los cuentos de los hermanos Grimm, leyéndolos en un viejo volumen de tapas color marrón. Es entonces muy probable que haya sido en uno de ellos donde…”.

Pero el hombre no estaba muy seguro. ¿Hans Christian Andersen, entonces? No, no, no… Repasó mentalmente todas las lecturas de su infancia; incluso fue a su biblioteca y se puso a hojear pacientemente libro por libro en busca de aquella frase que lo fascinaba y lo turbaba al mismo tiempo. Removió estantes, desempolvó folios, repasó volúmenes, pero no pudo encontrar nada. ¡Esa maldita costumbre suya de dejar las frases importantes sin subrayar!

Ya casi amanecía cuando llegó, por fin, a una vieja Biblia ilustrada por Doré, regalo de sus padres en una ocasión que ni siquiera recordaba. No hubo necesidad de hurgar demasiado; en las primeras páginas encontró lo que buscaba: “La serpiente era la más astuta de todos los animales del campo que Yahvé había hecho, y dijo a la mujer: ‘¿Es cierto que Dios les ha dicho: No coman de ninguno de los árboles del jardín?’. La mujer respondió: ‘Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán’. La serpiente replicó: De ninguna manera morirán” (Génesis 3, 1-4)…

¡En efecto, ésta era la frase que buscaba! De ninguna manera morirán. ¡Y qué parecida era a aquella otra que…!

El anciano tomó el frasco, corrió al baño y dejó que el líquido se fuera por la cañería. Y cuando hubo desaparecido hasta la última gota, suspiró lleno de alivio. ¿Había comprendido que buscar por todos los medios no morirse era tanto como obedecer a la serpiente? ¿Comprendió que aceptar morirse es un acto de humildad por el que Alguien nos recompensará con una vida eterna? Morir es abandonarse a Aquel que nunca dijo: “No morirás”, sino simple y sencillamente: “Vivirás” (Juan 14,19), lo cual es muy distinto, casi lo contrario. ¿Y no dijo Jesús, el Señor, que si el grano de trigo no caía en tierra y moría quedaría estéril para siempre, pero que, si moría, daría mucho fruto (Juan 12,24)?

Sí, cerrar los ojos a este sol era necesario, morir era necesario. Jesús no dijo nunca que no lo fuera. Y, por lo demás, él mismo, enseñando con el ejemplo…

El anciano huyó hacia su cama pensando en el misterio de los granos de trigo y se arrebujó entre las sábanas. No estaba tranquilo, pero tampoco desesperado. Había perdido una batalla, pero había ganado otra.

Cerró los ojos dolorosamente y se quedó dormido.

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Satán | Columna de Juan Jesús Priego

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Satán significa adversario, enemigo, acusador (cfr. Apocalipsis 12, 7ss). Todo su trabajo y todo su afán se concentra en apuntar con el dedo, señalar los defectos, gritar los pecados y desconfiar de la bondad. Todo gesto le parece sospechoso y toda piedad interesada.

“-¿No te has fijado en mi siervo? ¡No hay nadie como él en la tierra! Es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal -exclama el Altísimo lleno de orgullo al contemplar desde el cielo las virtudes de Job.

“-Ah, ¿pero es que Job teme a Dios gratuitamente? –le responde el adversario con un dejo de cinismo-. ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos, y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca sus bienes: ¡verás si no te maldice a la cara!” (Job 1, 1-11).

¡Qué chiste –dice Satán al Señor-, así cualquiera te alaba! Job es el hombre más afortunado del mundo –es el Elon Musk de estos tiempos que los contemporáneos llaman jurásicos-, ¿y no quieres que se muestre agradecido contigo? ¡Claro que está agradecido! Pero porque lo proteges de sus enemigos y le has dado riquezas a manos llenas. Mas quítaselo todo y ya verás el cambio que se opera en él. ¡Apuesto a que te costará reconocerlo!

Juan, el visionario, escribió así de él en el libro del Apocalipsis:

Ahora se ha establecido la salvación
y el poder y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo.
Porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche (12, 10).

Sí, de día y de noche nos acusa, diciendo, por ejemplo:

-¿Juan Jesús Priego? ¡Pobre hombre! Míralo, Dios, míralo bien. No es tan bueno como muchos creen. Está lleno de soberbia y maldad. ¿Has leído en su corazón? En el fondo es un canalla. ¡Anda, mándale una parálisis, detenle la mano y ciérrale la boca para que lo compruebes! Y mira también a Manuel, y a María, que ahora están leyendo uno de sus libros. Quieren parecer piadosos porque leen literatura católica. ¡Ah, como si no supiera yo la clase de pensamientos que conciben en su interior!

Su actitud fundamental es la desconfianza: en los gestos más heroicos no ve sino cálculos interesados y dobles intenciones; para él, la vida es una comedia cuya verdadera trama se lleva a cabo no sobre las tablas, sino detrás del telón. “Hay que desconfiar de todo y de todos”, nos dice al oído. “Aquel que te sonríe desde la acera de enfrente, ¿sabes tú por qué lo hace? ¿Adivinas lo que quiere de ti, o por lo menos lo sospechas? ¡Nadie se muestra simpático con los demás sólo porque sí!”. Ni siquiera se le ocurre que pudiera existir lo que los psicólogos y los filósofos han llamado desinterés, esa hermosa virtud que nos impele a hacer las cosas por el puro placer de realizarlas. (“¿Ah, pero es que Job teme a Dios gratuitamente?”).

En una página de su diario, Julien Green hizo una certera descripción de la mirada demoníaca; escribió así el 10 de febrero de 1959: “Es triste pensar que a menudo vemos la vida como la ve el demonio: con una lucidez atroz. El demonio ve con claridad, pero ve sin amor. Cuanto hay de radiante, o de santo, él no lo ve, o lo oculta, o lo odia. Nos hace ver a aquel hombre y nos dice: ‘¡Míralo! Mira cómo se atraganta cuando come; ¿no parece una bestia? Es de una glotonería atroz. Se cree bueno, pero está lleno de pensamientos impuros. Para hacer una prueba, escucha cómo habla de los últimos escándalos. Es un hipócrita y un egoísta’. Y acaso todo eso sea verdad, pero hay otras muchas cosas además de éstas que nos negamos a ver, que veríamos si estuviéramos más atentos”.

De día, de noche, a todas horas, Satán acusa en nuestro interior a los demás haciéndonoslos parecer siempre viles, siempre pérfidos. Es él quien nos incita a ver de las personas el lado sombrío y de los acontecimientos sólo el aspecto tenebroso. Se goza en cultivar en nosotros la desconfianza, el horror y el pesimismo.

Pero eso no es todo: también se complace en acusarnos a nosotros mismos delante de nuestra propia conciencia. “Eres vil, un cerdo. ¿Crees que alguien podría quererte siendo el que eres? ¡Pobre animal! Lo único que provocas es asco. Y, ahora, observa los movimientos de esa persona que está frente a ti. ¿Crees que en realidad tiene prisa, como dice? ¡Mentira! La verdad es que huye de ti: no quiere verte. Ahora mira a aquella otra: es bella y, además, rica. ¿Has observado que belleza y riqueza casi siempre caminan de la mano? Allí donde hay riqueza, allí podrás encontrar casi siempre a su gemela. Tú, en cambio, eres pobre y feo. ¿Y no se te ha ocurrido nunca reclamarle a Dios por haberte hecho como te hizo? A los otros, todo se lo dio; a ti, todo te lo negó. ¡Anda, maldice a Dios en su cara y muérete de una vez!”.

“La acción del enemigo –escribió el cardenal Carlo Maria Martini (1927-2012) refiriéndose al demonio- es la de apagar los deseos, acusarnos, apagar todo lo bueno que hay en nuestro interior. Tenemos, pues, que aprender a reconocerlo, porque está enfurecido contra nosotros. Siempre nos hace ver nuestros lados negativos, nuestros errores y nuestras incapacidades. Contra su acción, Jesús recomienda lo siguiente: no hacer caso ni dentro de nosotros, ni en la comunidad, ni en el grupo, a las voces de derrotismo y de pesimismo, que son las voces del demonio”.

Cuando me siento inferior (o siento que los demás son inferiores a mí); cuando creo que no valgo nada (o que son los otros los que nada valen); cuando ya no espero nada de la vida, ni de los demás, ni de mí, ni de Dios; cuando pienso que lo mejor sería morirme de una vez (o que mi vecino de enfrente debería morirse cuanto antes), no lo dudemos: es él, Satán, quien nos está dirigiendo la palabra.

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