julio 2, 2026

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El pobre Señor Goliadkin | Columna de Juan Jesús Priego

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Por: Juan Jesús Priego

Jacobo Petrovich Goliadkin era consejero titular en aquellos tiempos gloriosos en que los consejeros titulares eran vistos por todo el mundo, y sobre todo en Rusia, con cierta admiración. Por ejemplo, a nadie hubiera permitido este calvo y honesto burócrata un tuteo imprudente o una falta a las reglas de la cortesía. Las distancias, como quiera que sea, debían ser siempre respetadas.  Digamos, pues, que Jacobo Petrovich Goliadkin, más que caminar por la vida, flotaba, y que aunque no era rico tampoco lo pasaba tan mal. Claro, ¿cuándo se ha visto que los que viven del erario público esperen con aprensión la llegada del casero o el recibo de la luz? Pues bien, nuestro consejero titular había vivido del Estado desde muy joven, de modo que, en cierto sentido, podía decir con el salmista que nada le faltaba. Y en tal mundo de ensueño habría transcurrido la existencia de este irreprochable funcionario si no hubiera sucedido algo que… pero vayamos por partes.

Un día, Jacobo Petrovich Goliadkin, habiendo salido de la oficina y tomado una de las calles de San Petersburgo, vio a lo lejos a un hombre que se parecía mucho a él. Viéndolo más de cerca, llegó incluso a admitir que se le parecía demasiado, y esto, como podrá imaginar el avispado lector, no le hizo maldita la gracia. ¿Cómo es que había en la ciudad un hombre que era algo así como su doble? Por más que puso a trabajar su cerebro (cosa en la que, a decir verdad, no son muy duchos los consejeros titulares) llegó a la conclusión de que no tenía hermanos gemelos, ni nada por el estilo, de manera que la existencia de aquel desvergonzado individuo lo sacó de sus casillas. ¡Qué broma más pesada le había jugado la naturaleza!

¡Dios mío!, se quejaba el señor Goliadkin, ¿de modo que también la naturaleza se había puesto contra él? ¿Y si el doble, por llamarlo así, cometía más de un destrozo público haciéndose pasar por él? No, no quería ni pensar en semejante eventualidad: se moriría de la pena. ¿Qué iban a pensar de él sus conocidos y compañeros? ¿Y si aquel diablo entraba, por ejemplo, a la casa de su jefe y decía cosas indecentes a la hija de éste, esa hermosa señorita de la que ni siquiera se atrevía a pronunciar el nombre? Todos pensarían, entonces, que había sido él, Jacobo Petrovich Goliadkin el autor de tales indecencias. Al pensar en estas cosas, nuestro funcionario se secaba el sudor de la frente, hablaba solo y hasta quiso ponerse a buscar por la ciudad a ese energúmeno que, aprovechándose de su cara, podía hacer cuanto le viniera en gana y sin pagar por ello las consecuencias.

Pero ni siquiera fue necesario buscarlo, porque en los días que siguieron a aquel encuentro desgraciado, nuestro consejero titular se encontraba a cada paso con su doble. En la oficina, fuera de ella, en las plazas y en los tranvías, él estaba siempre allí. Una mañana, harto ya de verlo por doquier, Jacobo Petrovich Goliadkin se acercó a él, lo tomó por las solapas y le dijo: «¿Cómo se llama? ¿Podría decírmelo usted?». A lo que el doble respondió amablemente así: «Jacobo Petrovich Goliadkin, estimado señor». ¡Cómo! ¿De modo que hasta tenían el mismo nombre? ¿Y no era esto para volverse loco?

Desde entonces la vida de nuestro burócrata se convirtió literalmente en un infierno. Sobornaba ujieres, interrogaba policías, se acercaba sigilosamente a los guardianes nocturnos para hacerles las preguntas más extrañas. ¡Hasta se llegó pelear más de una vez con su otro yo a la vista de todos!

Pues bien, si usted ya lo pensó, déjeme decirle que no se ha equivocado: Jacobo Petrovich Goliadkin se había vuelto loco. En realidad, no había tal doble, y todo lo que veía y pensaba eran puros cuentos -¿engendros, se los llama?- de su imaginación. ¡Pobre señor Goliadkin! El que quiera conocer la historia completa de su vida, haría bien en leer El doble, la novela del escritor ruso Fedor Dostoievski (1821-1881).

Sin embargo, lo que me interesa, al menos por ahora, es reproducir la entrevista que nuestro funcionario tuvo con su médico de cabecera pocos días antes del colapso. Como el pobre señor Goliadkin ya no podía más, digamos que se atrevió a hacerle a su médico una breve visita, y que éste, tras revisarlo atentamente, le habló así:

«-Cambie su modo de vivir. A esto se reduce todo mi tratamiento. Las distracciones le convienen. Frecuente usted a sus amigos, viva en sociedad. Tampoco hay por qué ser amigo declarado de la bebida. Conviva con gente alegre».

El señor Golidkin no entendía. ¡Él sentía morirse y el doctor le hablaba de asistir a reuniones y cambiar de vida! «El señor Goliadkin se apresuró a manifestar que vivía igual a todo el mundo; que se distraía honestamente, como pudieran hacerlo los demás; que podía acudir a los teatros, pues disponía, como cualquier otra persona, con los medios suficientes para ello; que durante el día se hallaba ocupado en la oficina, como tantos otros funcionarios de la Administración, y que por las noches solía quedarse en casa.

»-Hum –respondió el doctor-. No, no es eso lo que quiero decir. Lo que deseo saber es si de veras le agradan a usted las diversiones, si le gusta pasar alegremente su tiempo… ¿Qué vida lleva? ¿Continúa usted con sus melancolías o, por el contrario, se ha vuelto ya optimista? En una palabra, es precisa una radical transformación de su vida. Usted, en cierto sentido, debe variar su carácter. Es necesario que busque usted distracciones. Debe hacer también alegres cosas. No debe encerrarse en su casa. ¡Eso es altamente nocivo para su salud!».

¡Ah, doctor, usted es un sabio, usted había anticipado la catástrofe! Yo también, como el señor Goliadkin, apenas tengo tiempo para visitar amigos, escuchar canciones o ir a caminar a los parques. ¡Todo es trabajo para mí! Hasta podría decir que he perdido el gusto por las fiestas. De modo que, como no quiero que me pase lo mismo que a aquel pobre consejero titular, he decidido a partir de hoy seguir su tratamiento.

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La orla del manto | Columna de Juan Jesús Priego

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¡Dios me libre, amigo mío, de condenar a los pecadores! ¿No vino Cristo a salvarlos? Si él no condenó a la mujer adúltera, ¿por qué de hacerlo yo?

Pero detengámonos, aunque sólo sea un momento, en esta mujer. ¿Tan infeliz era en su matrimonio que hubo de andar por calles y plazas buscando afecto? Y, sobre todo, ¿tan necesitados de cariño estamos los humanos como para comportarnos así? Pobre mujer, pobre mujer.

Mas no nos engañemos, amigo mío: también los animales, cuando se les ofrece una caricia, quedan desarmados. Piense usted en esos perrotes que se acercan a uno en actitud agresiva: una caricia basta para tenerlos de nuestra parte toda la vida.

“Sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico”, escribió poco antes de morir don José María Cabodevilla (1928-2003), el sacerdote español. ¿Y por qué aclaro que poco antes de morir? Porque estas cosas, amigo, sólo se descubren hasta el final, es decir, al cabo de un largo recorrido.

Hablábamos de la mujer adúltera. Pero, ¿y qué decir de las otras mujeres del evangelio? De la samaritana mejor ni hablemos: había tenido cinco maridos y, cuando Jesús se la encontró un día cabe el brocal de un pozo, andaba ya rompiendo con el sexto. Sí, señor: necesitamos cariño, una caricia, un gesto afectuoso para no desesperar.

Conocí una vez a un anciano que tenía fama de lujurioso. Su mujer lo despreciaba, lo despreció siempre, sin darse cuenta de que, en el fondo, ella era la culpable de los deslices de su marido. ¡Oh, no es lo que usted piensa! Déjeme terminar y comprenderá. Digo que, en el fondo, ella era la culpable porque no tuvo para con su esposo ni el más leve gesto de ternura. Se había casado con él quién sabe por qué, he ahí todo. Le gritaba, lo amenazaba, lo reprendía; y el hombre, que no estaba hecho precisamente de piedra, se puso a buscar caricias aquí y allá, con mujeres desconocidas. Lo que este hombre necesitaba era sentirse querido, y lo que no encontró en su casa fue a buscarlo fuera de ella. Me dijo un día:

-¡Pero yo no soy un lujurioso! Yo lo único que quiero comprobar es que mi cuerpo no causa asco…

Sí, amigo: sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico.

Durante un tiempo me he dedicado a pensar en una mujer que, por lo menos en el evangelio, carece de nombre. Se le conoce como “la hemorroísa”, es decir, como “la mujer de las hemorragias”. Ahora le contaré su historia: “Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: ‘Con sólo tocar su manto quedaré curada’.
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó:

“-¿Quién tocó mi manto?

“Sus discípulos le dijeron:

“-¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?

“Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo:

“-Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (Marcos 5, 21-43).

Y así esta mujer desaparece de la Historia sin volver a aparecer en ella nunca más. Y me pregunta usted, amigo, qué tiene que ver la hemorroísa con la mujer adúltera, y yo le digo que mucho: que son almas gemelas, por hablar así.

Esta última padecía constantes flujos de sangre; por lo tanto, para la cultura judía era no sólo una mujer impura, sino una fuente perenne de impureza para quien se acercase a ella; la ley de Moisés era bastante clara a este respecto: “Cuando una mujer tenga hemorragias frecuentes fuera o después de la menstruación, quedará impura mientras le duren las hemorragias. La cama en que se acueste quedará impura; el asiento en que se siente quedará impuro. El que la toque quedará impuro” (Levítico 15, 25)…

¿Qué es lo que hay que concluir de todo esto? Que la mujer se sentía sucia, impura –legalmente lo era-, repulsiva. ¿A quién podía acercarse que no la rechazara? Y, ¿sabe usted? Ella tenía necesidad de tocar, de utilizar el sentido del tacto y, tímidamente lo usó, alcanzando con sus dedos la orla del manto de Jesús.

Sí, señor: tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados, pues de otra forma nos sentimos muertos. ¡A los muertos no se los toca! Necesitamos que alguien nos diga, tocándonos, que nuestro cuerpo no es repulsivo, ni asqueroso. “El amor verdadero –escribió el novelista italiano Vasco Pratolini (1913-1991) en su Crónica de mi familia es el de los pobres. Un hombre y una mujer pobres que se casan tienen que poder unir sus dos almas para resistir y darse coraje. Amarse es darse coraje… Un hombre pobre, sumido siempre en la miseria, es más fuerte con una compañera a su lado. Sólo entonces valora plenamente el vigor de sus propios brazos, el significado de su presencia en la tierra, ve con claridad y perspectiva; sus angustias desaparecen con una caricia”.

Espléndido, ¿no le parece? ¡Realmente espléndido, diría yo!

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El Anatomista de Almas | Columna de Juan Jesús Priego

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Ha caído en mis manos muy extrañamente –como caen casi siempre los libros en nuestras manos- una vieja novela de Paul Bourget (1852-1935) publicada en México en 1917. Se trata de una pequeña novela titulada Lazarine. ¿Y cómo iba a dejarla en aquel botadero de venerables volúmenes ante el que los transeúntes seguían de largo con paso apresurado?

Es una pena que ya nadie lea a Paul Bourget, ese anatomista de almas, como me gusta llamarlo. Todos los problemas de la vida están planteados en sus novelas y, por eso, no es casualidad que Jean Paul Sartre lo cite constantemente en El ser y la nada, su obra filosófica más ambiciosa, aunque no sea más que para refutarlo.

Sus análisis de los desórdenes del corazón son implacables. Él es el padre, a pleno título, de la novela psicológica moderna, o novela de tesis. Para él, un novelista es ante todo un moralista cuya misión consiste en mostrar la vida tal como es, y de sus propias novelas llegó a decir que no eran sino “simples planchas de anatomía moral”. Con Émile Zola creía que “la novela es un tratado de anatomía moral, una recopilación de hechos humanos y una filosofía experimental de las pasiones”. En 1894, es decir, a sus 42 años de edad, fue elegido para ocupar uno de los cuarenta sillones de la Academia Francesa, sillón que ocuparía tras su muerte el famoso crítico literario Edmond Jaloux. En fin, si mis lectores quieren saber quién fue Paul Bourget y conocer la elegancia de su prosa, harían bien en leer El demonio del mediodía o, también, El sentido de la muerte, dos de sus novelas más representativas y logradas.

Pero me he dejado llevar por la pluma en vez de llevarla yo a ella y nada he dicho aún de Lazarine. Era ésta una hermosa joven de provincias, hija de un militar ya retirado, que de pronto descubre haberse enamorado de un apuesto joven, también militar de carrera, llamado Robert Graffeteau, y algo le dice a nuestra heroína que es plenamente correspondida… ¡Ah, los signos del amor no mienten nunca!

En una carta a su única hermana, mayor que ella y ya casada, Lazarine le escribe, por ejemplo: “Dime, ¿no tienes por extraordinaria, por estupefaciente, por milagrosa la aventura de que los dos caminos por los que andábamos el señor Graffeteau y yo, tan lejos el uno del otro, se hayan entrecruzado repentinamente?”.

Lazarine llora de felicidad y todo le parece milagroso. ¿Cómo era posible, siendo el mundo tan ancho, que ella y Robert Graffeteau se encontraran en un pequeño rincón del universo? Ya esto era en sí mismo un milagro. Pero que además se vieran el uno al otro con amor… ¡Oh, ya esto era demasiado! En la misma carta –fechada el 4 de abril de 1916-, Lazarine prosigue así sus confesiones: “Le amo y sé que me ama. ¿Cuándo me lo dirá?

”.

 Pero había un pequeño problema, y era éste: que el tal Robert Graffeteau estaba ya casado, sólo que no lo decía; casado con una mujer de la peor especie que luego lo abandonó para irse en pos de otros hombres. El nombre de su esposa era Thérèse Aldière, y vivía por esos días con un individuo que la había introducido –o ella a él- en el terrorífico mundo de las drogas

.

Se sorprenderá el lector –como me sorprendí yo- que estas palabras, dichas por el actual amante de Thérèse, no hubiesen sido pronunciadas ayer por la noche, sino  hace ya casi un siglo: “Figúrate que ayer, con ocasión de asistir a la catedral de Tolón a los funerales de esos soldados de marina de que te he hablado, me quedé todo suspenso y maravillado al oír la definición que da la Iglesia del paraíso: ‘El absoluto descanso en la luz’. Te traduzco las palabras latinas al pie de la letra. El opio no es más que eso. Entremos, pues, en el paraíso, sin demora. Algunas pipas bastan, con la adición de un poco de cocaína en el reverso de la uña”.

Robert Graffeteau amaba a Lazarine, pero chocaba contra una pared que, bien lo sabía él, no iba a poder derribar con tanta facilidad: el catolicismo de ésta, que no toleraba el adulterio.

¡No, Lazarine jamás sería suya! ¡Jamás! Y, de pronto, al comprenderlo, sintió que aborrecía a la Iglesia. ¿Por qué tenía que entrometerse entre él y ella? ¿Quién le dio permiso para interferir en su felicidad? He aquí sus pensamientos, tal como los consigna Bourget en su novela:

“Su inteligencia entera se esforzaba en combinar los razonamientos que habían de vencer la resistencia de la tierna niña: su derecho –el derecho de él- a rehacer su vida; su crueldad –la crueldad de ella- al negarle su apoyo; la inhumanidad, la injusticia de un dogma en cuyo nombre habrían de quedar despedazados sus corazones. Y esto por nada, y para nada, puesto que al casarse a nadie ocasionaban perjuicio. A medida que este raciocinio se presentaba en su cerebro, sentía crecer en su interior un instinto de rebeldía, hasta entonces desconocido para él, y que le llenaba de extrañeza. Hasta ahora su actitud respecto de la Iglesia había consistido en la veneración indiferente –valga la expresión-, muy frecuente en las familias de la burguesía parisiense, en la que la huella hereditaria sobrevive a la creencia. Semejante sumisión a las ritualidades exteriores está muy próxima a la total desafección… Lo que ahora experimentaba Graffeteau era un verdadero acceso de odio”…

¡Cuán implacable es el análisis de Boruget! Sí, muchas veces la Iglesia es odiada no por lo que hace, sino por lo que impide hacer. ¡Ah, si la Iglesia no existiera, qué fácil sería todo para Graffeteau! Pero existía, y la odiaba por existir. ¡Con qué gusto la habría dinamitado, si pudiera! Y, al terminar de leer Lazarine me pregunto: ¿cuántos, hoy, la odian por idénticos motivos?

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La Orla del Manto | Columna de Juan Jesús Priego

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¡Dios me libre, amigo mío, de condenar a los pecadores! ¿No vino Cristo a salvarlos? Si él no condenó a la mujer adúltera, ¿por qué de hacerlo yo? 

Pero detengámonos, aunque sólo sea un momento, en esta mujer. ¿Tan infeliz era en su matrimonio que hubo de andar por calles y plazas buscando afecto? Y, sobre todo, ¿tan necesitados de cariño estamos los humanos como para comportarnos así? Pobre mujer, pobre mujer. 

Mas no nos engañemos, amigo mío: también los animales, cuando se les ofrece una caricia, quedan desarmados. Piense usted en esos perrotes que se acercan a uno en actitud agresiva: una caricia basta para tenerlos de nuestra parte toda la vida. 

Sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico”, escribió poco antes de morir don José María Cabodevilla (1928-2003), el sacerdote español. ¿Y por qué aclaro que poco antes de morir? Porque estas cosas, amigo, sólo se descubren hasta el final, es decir, al cabo de un largo recorrido. 

Hablábamos de la mujer adúltera. Pero, ¿y qué decir de las otras mujeres del evangelio? De la samaritana mejor ni hablemos: había tenido cinco maridos y, cuando Jesús se la encontró un día cabe el brocal de un pozo, andaba ya rompiendo con el sexto. Sí, señor: necesitamos cariño, una caricia, un gesto afectuoso para no desesperar. 

Conocí una vez a un anciano que tenía fama de lujurioso. Su mujer lo despreciaba, lo despreció siempre, sin darse cuenta de que, en el fondo, ella era la culpable de los deslices de su marido. ¡Oh, no es lo que usted piensa! Déjeme terminar y comprenderá. Digo que, en el fondo, el la era la culpable porque no tuvo para con su esposo ni el más leve gesto de ternura

. Se había casado con él quién sabe por qué, he ahí todo. Le gritaba, lo amenazaba, lo reprendía; y el hombre, que no estaba hecho precisamente de piedra, se puso a buscar caricias aquí y allá, con mujeres desconocidas. Lo que este hombre necesitaba era sentirse querido, y lo que no encontró en su casa fue a buscarlo fuera de ella. Me dijo un día:

-¡Pero yo no soy un lujurioso! Yo lo único que quiero comprobar es que mi cuerpo no causa asco…

Sí, amigo: sólo el amor carnal, tan primario, es capaz de aplacar un dolor metafísico. 

Durante un tiempo me he dedicado a pensar en una mujer que, por lo menos en el evangelio, carece de nombre. Se le conoce como “la hemorroísa”, es decir, como “la mujer de las hemorragias”. Ahora le contaré su historia: “Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias.
Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor.
Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto,
porque pensaba: ‘Con sólo tocar su manto quedaré curada’.
Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: 

“-¿Quién tocó mi manto? 

“Sus discípulos le dijeron: 

“-¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?

“Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo: 

“-Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (Marcos 5, 21-43).

Y así esta mujer desaparece de la Historia sin volver a aparecer en ella nunca más. Y me pregunta usted, amigo, qué tiene que ver la hemorroísa con la mujer adúltera, y yo le digo que mucho: que son almas gemelas, por hablar así. 

Esta última padecía constantes flujos de sangre; por lo tanto, para la cultura judía era no sólo una mujer impura, sino una fuente perenne de impureza para quien se acercase a ella; la ley de Moisés era bastante clara a este respecto: “Cuando una mujer tenga hemorragias frecuentes fuera o después de la menstruación, quedará impura mientras le duren las hemorragias. La cama en que se acueste quedará impura; el asiento en que se siente quedará impuro. El que la toque quedará impuro” (Levítico 15, 25)… 

¿Qué es lo que hay que concluir de todo esto? Que la mujer se sentía sucia, impura –legalmente lo era-, repulsiva. ¿A quién podía acercarse que no la rechazara? Y, ¿sabe usted? Ella tenía necesidad de tocar, de utilizar el sentido del tacto y, tímidamente lo usó, alcanzando con sus dedos la orla del manto de Jesús. 

Sí, señor: tenemos necesidad de tocar y ser tocados, de amar y ser amados, pues de otra forma nos sentimos muertos. ¡A los muertos no se los toca! Necesitamos que alguien nos diga, tocándonos, que nuestro cuerpo no es repulsivo, ni asqueroso. “El amor verdadero –escribió el novelista italiano Vasco Pratolini (1913-1991) en su Crónica de mi familia es el de los pobres. Un hombre y una mujer pobres que se casan tienen que poder unir sus dos almas para resistir y darse coraje. Amarse es darse coraje… Un hombre pobre, sumido siempre en la miseria, es más fuerte con una compañera a su lado. Sólo entonces valora plenamente el vigor de sus propios brazos, el significado de su presencia en la tierra, ve con claridad y perspectiva; sus angustias desaparecen con una caricia”. 

Espléndido, ¿no le parece? ¡Realmente espléndido, diría yo! 

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