mayo 4, 2026

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Opinión

El duelo que siempre vuelve | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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TESTEANDO

Otra vez México y Argentina, otra vez el destino cruzando caminos que parecen condenados a encontrarse en cada mundial, sin importar la categoría. Esta vez, en el Mundial Sub-20, el enfrentamiento vuelve a encender las pasiones, los recuerdos y las comparaciones inevitables. Pero en esta ocasión hay un ingrediente nuevo, una chispa distinta: Gilberto Mora, el joven que empieza a convertir el anhelo de una generación en una realidad palpable.

Mora llega a este partido convertido en símbolo. Con apenas dieciséis años, su irrupción ha sido tan veloz como ilusionante. En un fútbol acostumbrado a madurar tarde, su aparición representa una ruptura con el molde, el talento que no espera, el genio que no pide permiso. Y ahora, frente a Argentina, el escenario es ideal para comprobar si lo que hasta ahora parecía promesa puede empezar a transformarse en legado. El jugador que normalmente viste el uniforme rival, hoy aparece del lado de los norteamericanos, el lujo ya no es de Sudamérica, al menos en esta ocasión.

México no enfrenta solo a una potencia futbolística, enfrenta a un espejo. El fútbol argentino ha sido durante décadas el modelo a seguir: carácter, garra, inteligencia táctica, y una escuela que ha sabido convertir el talento juvenil en campeones del mundo. Pero esta generación mexicana tiene algo distinto. No es un grupo de buenos jugadores; es un grupo de jóvenes que compiten sin miedo, que se atreven a desafiar jerarquías. Y ahí aparece Mora, con esa naturalidad que parece impropia de su edad, con esa calma de quien juega como si el tiempo se detuviera cuando tiene la pelota.

Ante Argentina, todos los focos apuntarán a él. No solo porque es el más joven, sino porque encarna la esperanza de que México, por fin, tenga a ese jugador que puede cambiar un partido con una jugada. Mora no solo genera peligro, contagia.

Hace que el equipo se suelte, que la gente crea. Y en un duelo tan cargado de historia, eso vale tanto como un gol.

Los argentinos lo saben. Lo respetan. Saben que México tiene un futbolista diferente, alguien capaz de romper esquemas. Si Mora logra mantener la serenidad y el instinto que lo han caracterizado, este partido puede ser su consagración internacional. Sería apenas el inicio de una historia que ya suena a leyenda: la del joven que podría jugar el Mundial Sub-20 y el Mundial Mayor en el mismo ciclo.

Para el resto del plantel mexicano, el reto es acompañarlo, no depender de él. Porque si algo ha demostrado esta selección es que cuando se sueltan colectivamente, son capaces de igualar el ritmo y la intensidad de cualquier rival. Pero sin duda, Mora será el punto de equilibrio emocional y técnico del equipo: el jugador que puede cambiar el rumbo con una asistencia, una gambeta o un destello de genio.

México y Argentina vuelven a encontrarse, como siempre. Pero esta vez hay algo diferente. Esta vez hay un nombre que hace soñar con que el desenlace no sea el mismo. Si Gilberto Mora logra brillar ante una potencia mundial, no solo estaremos viendo un partido más, sino el nacimiento de una era. Porque en cada toque suyo hay una promesa: la de que el fútbol mexicano, por fin, podría tener a su propio elegido.

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#4 Tiempos

Dos gobernadores, una presidenta y un precipicio | Apuntes de Jorge Saldaña

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APUNTES

 

Culto Público, hijos del pleno disfrute de mi soberanía:

Esta semana, dos gobernadores se asomaron al mismo hoyo, o precipicio para ser preciso, pero no por la misma razón. Una, Maru Campos, abrió la puerta de atrás de la soberanía para que entraran unos invitados que debían tocar el timbre. El otro amaneció con el nombre rondando en un expediente del Distrito Sur de Nueva York que huele a chupitos, dinero sucio y vergüenza pública.

En medio de los dos, berenjenales, una presidenta caminando sobre alambre: abajo, el abismo; arriba, el ruido; enfrente, Trump afilándose los dientotes.

Pero, respiremos para no marearnos:

Maru Campos usó la eficiencia como coartada para abrir la puerta… y no se vale.

La gobernadora de Chihuahua decidió que la soberanía nacional, vista desde su oficina, puede estorbar más que ayudar. Y entonces, según se reportó, acordó una operación con agentes de la CIA en territorio mexicano sin pasar por la ventanilla de Palacio Nacional.

El operativo funcionó. Desmantelaron un laboratorio y que bueno. Hubo resultado… sí, pero ahí está precisamente el problema: hay actos que, aunque sean eficaces, resultan todavía más peligrosos y no son legales. Colgarse de un diablito eléctrico, por ejemplo, es eficaz porque te da luz, pero en una de esas te quedas pegado y es ilegal porque le estas robando a la Comisión o al vecino.

Se oye feo y el hubiera no existe (aunque yo tengo otros datos) pero ¿Qué hubiera pasado si los dos agentes de la CIA no hubieran muerto? Maru se hubiera salido con la suya (con cual otra) y dejaría una ventana abierta para que esas criaturas comedoras de hamburguers and fríes, pudieran entrar y salir cuando convenga y hacer lo mismo con los vecinos.

En cambio, con los CIA boys volteados y fallecidos, el asunto escaló al grado de hervor necesario como para poder sacar a Maru hasta de la olla.

Aceptemos hijos de mi México en la piel: la soberanía no sirve nomás para adornar discursos del 15 de septiembre ni para que los niños la memoricen en civismo. La soberanía es la cerradura de la casa. Y si otro Estado entra sin permiso, no está ayudando, está recordando que quiere copia de la llave.

Maru confundió cooperación con autoservicio diplomático. Creyó que podía brincarse la fila institucional porque la causa era noble, urgente o rentable en términos de imagen. Y no. En este país, al menos en el papel (y de vez en cuando también en la práctica), la coordinación con agencias extranjeras no la administra un gobierno estatal como quien pide refuerzo por aplicación.

El asunto no es si el laboratorio existía. El asunto no es si el operativo fue “exitoso”. El asunto es que cuando un gobernador decide que puede gestionar la relación con un poder extranjero por su cuenta, lo que desmantela no es solo un narcolaboratorio: desmantela la jerarquía del Estado mexicano.

Muy eficiente todo. Muy práctico. Muy “resolvimos”. Pues sí, pero hasta que uno recuerda que así empiezan las cesiones: primero te agarro la manita, luego te llevo del brazo y al final hasta tienes que tender la ropa, o en otras palabras: primero por utilidad, luego por costumbre y al final por obediencia. (Y de ahí a ponerle estrella 51 a la bandera gringa pues tampoco falta tanto…ojalá esté exagerando)

Del otro lado (no del país, sino de la moneda) está Rubén Rocha Moya. Y lo suyo no es una puerta abierta, sino una sótano obscuro.

Según las acusaciones dadas a conocer en Nueva York, su nombre aparece salpicado por un expediente que habla de narcotráfico, armas, sobornos y una red de complicidades donde varios funcionarios también quedaron embarrados. Dicho así, parece serie mala de plataforma. El problema es que no lo escribió Netflix (ni modo, ¿para qué me cortan mi acceso? -ambiciosos-)

Rocha respondió como responden casi todos cuando sienten el agua en el cuello: que todo tranqui, que ya habló con la presidenta, que no pasa nada. Uff, esa frase dicha por políticos suele tener la consistencia de una gelatina de esas temblorosas con papelito húmedo del que escurre.

Y aquí conviene dejar algo claro para que no nos gane ni la pasión patriótica ni la tentación del linchamiento por delivery: si hay pruebas, que se investigue; si no las hay, que no se condene por consigna. Así de sencillo y valido para los dos gobernadores mencionados.

Porque la soberanía no puede servir para abrirle la puerta a la CIA en Chihuahua, pero tampoco para tapar con la bandera a un gobernador señalado por una corte extranjera.

El escudo nacional no es sábana para cubrir vergüenzas.

El problema de fondo no se llama Maru. Ni Rocha. El problema se llama ¿Qué nos dice todo esto? ¿Qué lineas se leen desde el exterior?

En política, ya sabemos, la percepción es esa bestia que muerde más duro que los hechos.

Si México se ve como un país que protege a sus impresentables bajo el argumento de la autodeterminación, le está poniendo la mesa a Trump para que vuelva a vender su cuento favorito: que aquí no gobierna un Estado, sino un cártel con himno y Palacio.

Y si el gobierno mexicano actúa con tibieza, peor: la narrativa se le arma sola al vecino.

Pero si la Fiscalía decide avanzar, si encuentra elementos sólidos, si el lodo deja de ser rumor y se vuelve expediente, entonces la 4T tendrá que tragarse una piedra. Porque una cosa es defender la soberanía frente a Washington, y otra muy distinta descubrir que uno de los tuyos tiene las manotas llenas de fango.

Y ahí sí se abre el cajón que nadie quiere abrir: cuánto se sabía, quién miró para otro lado, quién cobró, quién calló y cuánto de ese dinero lubricó las maquinarias electorales de años recientes (saludos a Palenque).

Tómala barbón. Ese es el verdadero mega golpazo, y es que el lodo mancha los zapatos del que pisa, pero también salpica a quien lo acompaña y aquí está en duda el actuar en consecuencia porque, como escribió Carlos Monsiváis: “En México la impunidad no es la excepción, es el paisaje“.

Esta mañana Claudia Sheinbaum hizo lo único que podía hacer: caminar por la cuerda sin mirar abajo. Dijo, en esencia, que si hay pruebas contundentes se actuará, pero que México no aceptará instrucciones de un juez extranjero como si la soberanía fuera un trámite aduanal.

Y esa es la cuerda exacta.

Ni entreguismo disfrazado de colaboración, como en Chihuahua. Ni encubrimiento envuelto en nacionalismo, como quisieran algunos en Sinaloa. Ni subordinación. Ni impunidad.

Difícil equilibrio. Porque un paso en falso la deja del lado de los débiles frente a Washington y el mundo; el otro, del lado de los complacientes frente a los propios. Y mientras, la oposición se siente en el circo: aplaude las acrobacias mientras por dentro espera la caída del malabarista con grado de dificultad del tipo precio de la gasolina, alianza amarrada con hilo del delgado y T-MEC en puerta.

Estar en los zapatos de Claudia Sheinbaum en este momento, es lo mismo que cambiar un foco con cables pelones saliendo de la ducha.

En resumen, dos gobernadores se asomaron esta semana al precipicio y pueden acabar en el hoyo. Mi presidenta entre tanto, mide la profundidad sin pestañear para el próximo brinco.

Y aquí no se vale resbalarse porque nadie sabemos si todavía queda suelo institucional antes del fondo.

 

Bemoles.

¿Ya vieron las últimas encuestas? La senadora Ruth González, de acuerdo a los resultados de una empresa seria que hizo el ejercicio a nivel nacional, en este momento y en caso de decidirse a ser candidata solamente por el Verde, arrancaría la contienda con más de 20 puntos de ventaja contra todos. A nadie sorprende el dato y parece que los demás protagonistas posibles se están pasando de cautos.

Será que se desaniman por los números ¿o será que ya todo está amarrado y la senadora irá prácticamente sin rival? Ese escenario es posible… aunque aburrido y hasta injusto para la senadora Ruth. Su legitimación fundada en su alta votación está en riesgo. Sin rival, da lo mismo tener 500 mil ó 5 mil votos.

Hasta la próxima. Yo soy Jorge Saldaña.

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Opinión

Del idealismo al conformismo digital: de cambiar el mundo a solo ser famosos | Artículo de Sayd Sauceda

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¿Qué sociedad construimos si nadie quiere cambiar nada, pero todos quieren ser vistos?

Por: Redacción

Las generaciones de 20 años no piensan ni actúan como las de 30. No lo digo desde la soberbia de suponer que una es mejor que la otra. Lo digo desde la observación: hay un momento exacto en el que se dejó de querer cambiar el mundo. En el que el afán de encajar todos en el mismo molde —sin cuestionar, sin incomodar, sin criterio propio— ganó la partida.

No todas las personas de 30 son revolucionarias. Pero solía sentirse más el impulso de exigencia hacia autoridades, empresas, estado, familia, amigos. Había un aire de inconformidad que hoy parece esfumado ¿Cuándo dejó de importar cambiar el mundo y empezó a importar solo ser visto?

Antes se hacían las cosas por hacerlas. No para grabar, no para tomar foto. Salías a buscar a tus amigos de casa en casa. Ibas a una reunión y apenas tomaban tres o cuatro fotos, y casi siempre salía todo el grupo. No había un sinfín de historias de “mira cómo voy vestido, mira qué tomo, mira con quién estoy, mira que tú no puedes porque no somos iguales”.

Salir era crear comunidad.

En el grupo siempre había un rockero, un skato, otro que pintaba, otro que cantaba y le gustaba la banda. Había diversidad. Eran las personas que vivían cerca de tu casa, no tanto sus gustos o preferencias. Y juntos, sin saberlo, querían cambiar el mundo.

Yo nunca tuve Metroflog. Prefería salir a jugar o ponerme un disco en mi Play chipeado de diez pesos. Pero recuerdo la primera vez que alguien en redes fue “famoso”. Una niña en secundaria dijo: “Mi hermana ya llegó a 100 likes”. Me dieron ganas de que dijeran eso de mí.

Ahí, sin saberlo, empezó el cambio.

Pero si tuviera que señalar un momento histórico concreto, diría que fue entre 2006 y 2010, con la llegada masiva de Facebook en español y después la creación de YouTube (2005), Twitter (2006) y el primer iPhone (2007). Ahí pasamos de ser usuarios a ser producto. La cultura dejó de ser algo que se vivía en la calle para volverse algo que se mostraba en una pantalla. El “like” sustituyó al abrazo. La fama digital se volvió más deseable que el talento real.

En algún punto pasamos de sentir orgullo por una pecera de Facebook con un Tikki que prendía los ojos, a hablar más con una inteligencia artificial que con nuestros padres. Y lo juzgo desde los 30, pero me pregunto: ¿pensaba lo mismo de mi la generación pasada, los llamados “boomers”?

Hoy todos quieren ser famosos, pero no todos quieren tener talento. El talento es opcional. Cualquier persona puede hacer, hablar y aprender lo que sea. Pero hay tantas posibilidades que resulta abrumador. Y muchos deciden: mejor me quedo con lo que ya sé.

¿Dónde quedó esa juventud que no se deja vencer por algo tan absurdo como los likes? Ni siquiera es atención: son números. ¿En qué momento 100 likes se volvieron pocos? ¿Por qué ser relevantes? ¿Para qué?

Las personas ya no piensan, ya no cuestionan. Simplemente son. A veces ni actúan: son y ya. Y luego no entienden por qué se sienten vacíos, si viven por encima de una pantalla. ¿Cuántas horas puedes perder en TikTok? He visto personas de todas las edades que no pueden tener una conversación de diez minutos sin agarrar el teléfono.

No quiero ser esa persona que dice “en mis tiempos”. Pero es preocupante que a nadie le importe a dónde van las generaciones. Antes te enseñaban Office en la primaria. Hoy los jóvenes no saben ni para qué sirve Excel. Están tan saturados con ser famosos, con pertenecer, que no ven más allá.

Entiendo que hoy se puede vivir de las redes. Pero no entiendo por qué no se puede ser más que eso.

Me pregunto: ¿dejamos de querer cambiar el mundo porque nos convencieron de que no se puede, o porque es más fácil encajar?

Y lanzo la pregunta al periodismo: ¿está contribuyendo a este molde o puede romperlo?

No es que las nuevas generaciones sean peores. Es que crecieron en un sistema que premia la vitrina sobre el taller, la pose sobre la obra, la fama instantánea sobre el talento construido. Cambiar el mundo ya no vende. Encajar, sí.

Pero aún estamos a tiempo de incomodar, de dejar de ver la pantalla y volver a ver a los ojos.

¿Qué sociedad construimos si nadie quiere cambiar nada, pero todos quieren ser vistos?

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Opinión

Entre la comunicación y la política, Matilde Cabrera Ipiña | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

Por: J.R. Martínez/Dr. Flash

Dedicada a la escritura después de sus cincuenta años de edad que la llevó a publicar una serie de libros como: cuatro grandes dinastías mexicanas; los Bledos; leyendas y memorias de una hacienda; La Lonja de San Luis Potosí: un siglo de tradición; La familia Hernández Soto de San Luis Potosí; Refutación genealógica del libro ‘El valle del Maíz, S.L.P.’; La casa de Cabrera en San Luis Potosí; Los perros de Cucú: ‘Xoloitzcuintli’, ‘Titán’ y ‘Vagabundo’; y Mis viajes: memorias de ayer y hoy, entre otros, es hoy recordada como la primera mujer en ostentar el cargo de diputada por el primer distrito en la Legislatura de San Luis Potosí.

Matilde Cabrera Ipiña participó en la política potosina con la apertura al derecho al voto de la mujer en la década de los cincuenta, cuando ocupó el cargo de primera regidora del ayuntamiento potosino cuando Socorro Blanc Ruiz sustituyera interinamente a Nicolas Pérez, cuestión que ya hemos tratado en esta columna de La Orquesta. El gobernador en turno la conminó a que participara en las elecciones de la legislatura local de 1956 obteniendo el triunfo electoral convirtiéndose así en la primera mujer diputada en San Luis Potosí.

Su niñez, en tiempos revueltos y violentos derivados de las luchas sociales contra el porfirismo la convirtió en huérfana de padre y, su educación fue fincada por un ambiente matriarcal que la llevó a cambiar frecuentemente de residencia entre haciendas en varios puntos del país, reminiscencias de su cuna de hacendados y personajes importantes en la historia política de San Luis Potosí. Su bisabuelo Pantaleón Ipiña, primer alcalde de San Luis Potosí en el México independiente de 1827 a 1830, su abuelo Encarnación Ipiña gobernador interino de San Luis Potosí en 1911.

Su padre Octaviano Cabrera Hernández sería uno de los edificadores más importantes de San Luis Potosí, cuyas placas en sus construcciones suelen apreciarse en el centro histórico de San Luis Potosí. Un año antes del nacimiento de Matilde su padre obtenía el título de ingeniero civil en la Ciudad de México. Uno de los edificios muy conocidos que edificó Octaviano Cabrera es el edificio Ipiña por encargo de su suegro, edificio donde vivirían él y su familia con la pequeña Matilde Cabrera, que convivió en ese lugar con la familia paterna y materna.

Matilde Cabrera nació en San Luis Potosí el 6 de noviembre de 1906 y murió en la misma ciudad potosina el 1 de enero de 1993.

Tras la trágica muerte de su padre la familia viaja a Estados Unidos donde realizaría sus estudios la joven Matilde

, que iniciaba un nuevo peregrinar por Europa, resultado de ese periplo y ya casada con Pedro Corsi de la Maza a la postre diplomático mexicano que trabajara en la Legación mexicana en Berlín, la llevó a radicar en esa ciudad en pleno periodo de gobierno de Adolfo Hitler, con quien coincidiría en eventos políticos y sociales derivado del puesto de su esposo.

Mujer con buena preparación, le permitió trabajar en la radio de Berlín en un programa radial a manera de conferencista donde trataba temas culturales de la mujer, titulado El Mundo de la Mujer. Sobre el programa la propia Matilde Cabrera lo aclara en una entrevista realizada por Miguel Ángel Aguilar un par de años antes de su muerte: “También hacíamos programas de puericultura, o sea, tratamiento de los niños. Fueron programas muy conocidos por la gente y se radiaban a América Latina, Europa y África. Eran difundidos a las dos de la mañana para que en México se escucharan a las siete de la noche, pero con la guerra cada vez fue más difícil comunicarse.

Estuve en la radio desde 1938 hasta que México rompió relaciones culturales y diplomáticas con Alemania en febrero de 1942.

En la radio de Berlín también trabajamos en programas en alemán sobre héroes hispanoamericanos, desde Simón Bolívar a Morelos, de Hidalgo a San Martín, de Maceo a Sarmiento. Estos temas se radiaban en los días de fiesta de cada nación y el pueblo alemán siempre se interesó por nuestros patriotas”.

Después de la guerra, Matilde regresó a San Luis Potosí, siendo pionera en el derecho a la ciudadanía que adquirían las mujeres y ostentando cargos de elección abriendo así la participación de las mujeres en la vida política de San Luis Potosí; digno de mencionarse en su papel en la comunicación que realizara en radio y en medios impresos.

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