#4 TiemposColumna de Daniel Tristán

Perdónalos Miguel, sí saben lo que hacen (pero les vale madre) | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales


Para el fantasma de Miguel, donde quiera que éste deambule

 

El inicio del 2019 se vio marcado por un lamentable suceso para los defensores de los derechos animales de nuestra ciudad. La polémica muerte del perro Miguel, can comunitario que forma parte de un programa que busca dar atención digna y alimento a perros de las calles.

Después de una cacería de brujas detonada por la sed de justicia por parte de los cibernautas, al final las autoridades dieron su veredicto. La muerte de Miguel fue causada por un accidente. Un par de jóvenes lanzaban pirotecnia y fue el perro quien se acercó a olfatear el cuetón justo cuando éste explotó en su cara (¡ah qué cuetón tan pendejo! Solo a él se le ocurre prenderse y tirarse al piso para explotar si sabía que el perro podía acercarse).

Ayer no pude dormir pensando en Miguel y en lo desafortunado que fue al haber nacido en un país donde el problema no son las leyes, sino el incumplimiento de las mismas. Si bien puede ser tarde para emitir una opinión al respecto creo que vale la pena capitalizar mis ojeras y que mi insomnio valga la pena. Y es que realmente mis horas de insomnio ya no fueron por Miguel, el pobre animal ya está frío. No pude dormir por nosotros, los que seguimos aquí en territorio apache donde las leyes con una especie de mito del que todos tienen su propia versión.

Un accidente, eso fue lo que dijeron. Entonces supongo que si lanzo una granada al patio del kinder de sus hijos, un escuincle curioso se acerca pensando que es una pelota y le explota en la cara también estaríamos hablando de un lamentable accidente. Y es que, accidente o no, aquí el problema es que estamos tomando al accidente mismo con un enmendador de culpas.

Estamos frente a una cadena de negligencias que desembocaron en la muerte de un animal inocente. Desde el cabrón que produce la pirotecnia, el desgraciado que la vende, el hijueputa que la compra y saca a su cavernícola más profundo para encontrar diversión en ver el artefacto detonar.

Culto público, finalmente mis horas de insomnio no fueron ni por Miguel, ni por la incompetencia de nuestras autoridades, ni por la negligencia de los cueteros. Di mil vueltas en la cama pensando en si existe una forma humana de matar a un animal (como si usar la palabra «humano» fuera sinónimo de «bueno», pero fale ferga, ese es otro tema).

¿Qué define la delgada línea que permite matar o no a un animal? Tal vez su tamaño. Vamos por la vida matando mosquitos, cucarachas, hormigas y gusanos (¿se atrevería usted, estimado lector, a aplastar humanos si estos fueran del tamaño de una cucaracha?). Tal vez su silencio, pues ninguno de los anteriores grita de dolor cuando decidimos aplastarlos. Seguramente si las cucarachas emitieran fuertes gritos al ser asesinadas la tasa de mortandad en su especie disminuiría drásticamente.

Pero resulta que ni el tamaño ni lo ruidoso que pueda ser el animal al morir nos importa. Las trampas para roedores son despiadadamente crueles. Ratoneras que funcionan como guillotinas, trampas de pegamento que condenan al animal a una lenta y larga agonía, venenos que le carcomen las entrañas a aquél que su único crimen es llevar orejas y bigototes de ratón. Y vaya que estos son bastante ruidosos al ver la muerte de frente (nada más escandaloso que un roedor en la antesala del más allá).

Algunas de estas trampas advierten en sus empaques «El animal permanecerá vivo por un largo periodo al caer en la trampa. De ser posible asístalo para morir de manera rápida». Ok, entonces… ¿lo mato con un picahielo, lo pisoteo o le prendo cuetes como a Miguel? (¡Parfavaaar!).

Así como hay defensores de los derechos animales que desenvainaron la espada buscando justicia para Miguel, recientemente hay activistas que luchan por quitar del mercado todas las crueles trampas para combatir a los roedores.

Su propuesta es una trampa «amigable». Una caja con una carnada adentro que simplemente se cierra cuando el roedor entra a comer el bocadillo. Teniendo al roedor atrapado usted tiene que llevar la trampa lejos de casa, abrirla y liberarlo. Soltarlo lejos de casa (casa del roedor, no la de usted, porque si el ratón decidió instalarse ahí fue por algo), liberarlo en un territorio hostil lejos de la calidez de la cocina, lejos de la comodidad de las cobijas almacenadas en el closet. Caray, me parece igual o más cruel. Si yo fuera un ratón sin duda preferiría la guillotina.

También lea: ROMAntic Style in da World | Columna de Daniel Tristán

Nota Anterior

Policías potosinos entre los menos confiables del país

Siguiente Nota

¡Apacigüen su culpas!, cínicos | Columna de Óscar Esquivel