#4 TiemposColumna de Óscar Esquivel

La niña del tanque azul | Columna de Óscar Esquivel

Desafinando

Infanticidio, historia real

 

La crueldad es parte del mal, es un compuesto vitamínico de la maldad, ser crueles es la respuesta más violenta del ser humano ante los débiles, la oportunidad de generar sufrimiento en otros y gozarlo. Es la saña indescriptible como se conducen los hambrientos del dolor ajeno. ¿Será que se lleva grabado en el ADN la crueldad?, posiblemente no, por la razón que el hombre ha evolucionado en millones de años, ¿entonces nacemos crueles? 

Acostumbrados a ser testigos de violencias extremas, torturas, violaciones y humillaciones en todas las formas de la cotidiano, incluso en actividades culturales. A menudo, la crueldad se despliega, se presenta como espectáculo, hay una crueldad que nunca llega a satisfacer el morbo ciudadano porque se confronta con sus hipocresías y sus miserias. 

Voces explican, y nos hacen saber, que quien ejerce la crueldad pretende deshumanizar a sus víctimas, sin embargo van más allá. Como los dueños de esclavos, no importando de donde venían, ni su etnia, ni color; los dueños aceptaban por ejemplo, que los esclavos de color, traídos de África a América, en un relato de venta de esclavos en la Luisiana de siglo XVII, se escuchaba “aunque tengan solo algunas semejanzas fisiológicas con los humanos, no eran ciertamente hombres” más bien “criaturas desprovistas de alma”, clasificados como bestias brutas y así serían tratados como bestias por el resto de sus vidas. 

Explican los psicólogos: quienes ejercen y saborean el placer de matar, “debe ser un ser desinhibido de la violencia contra el humano o animales, un espontáneo, resuelto a privar de su condición humana al sujeto que será sacrificado a placer.   

Hace uno días en un poblado de aquellos sumidos en la violencia, no solo física, sino moral por su pobreza, marginación y desesperanza; en el Estado de México, ya casi siempre señalado como lugar emblemático en violencia extrema, contrastado por sus hermosos lugares naturales, pero manchado por el color púrpura de la sangre de miles y miles de personas víctimas de las más desgarradoras historias de sangre.  

Benita una niña de 11 años, con sueños e ilusiones como cualquier niña de su edad, se vio envuelta a su corta edad en un romance con un niño de su escuela, solo un poco mayor que ella. Jugaban a ser novios y amantes, y eso provocó un embarazo inesperado; como todo pueblo pequeño la noticia corrió, Benita hija única, con el dolor de sus padres fue socorrida y apoyada por ellos a pesar de sus limitaciones económicas, Benita dio a luz a una hermosa niña a quien bautizó con el nombre de Esperanza, si bien, Benita no asistió a la escuela por tres años, a sus 14 años, volvió a la secundaria.

Una mañana de verano con lluvia, se le hacía tarde para llegar a la escuela, salió corriendo a toda prisa sin darse cuenta un microbús la arrolló, golpeándola con tal fuerza que Benita murió en el instante. Sus padres en el desconsuelo, se quedarían al cuidado de su pequeña nieta Esperanza.

Al año siguiente su abuela llevó a Esperanza, ya de 4 años, a la guardería, temprano como cada mañana su abuela regreso a casa, ya en el almuerzo con su esposo, a lo lejos se comenzó a escuchar fuertes tronidos como explosiones, cada vez más fuertes hasta que llegaron a su humilde vivienda, explotando como varias de la zona, los abuelos habían muerto quemados por la pólvora de fuegos artificiales, nada se pudo hacer.

Esperanza, su nieta, quedó en el abandono por un tiempo, hasta que las autoridades la entregaron a una tía y su pareja para el cuidado de ella. Quién iba a decir que se convertirían verdugos crueles de Esperanza. Desde su llegada a casa de sus tíos, la niña lloraba mucho al grado que los vecinos se daban cuenta, la niña ya no asistía a la guardería y era dejada por mucho tiempo sola, se asegura que hasta por días y noches.

En septiembre, los tíos hartos de ella, la encadenaron en una vieja perrera de madera en el patio donde también vivía un perro, ambos convivirían por 15 días, la niña de apenas 4 años sobreviviría al frío, al hambre y a la sed, sus cadenas al tobillo ya le presentaban llagas, la falta de alimento y agua una desnutrición severa, ya no lloraba, ni se movía.

Octubre fue el fin de Esperanza, había muerto en aquel patio de terror. Como las ausencias de los tíos se prolongaban hasta por tres días no se dieron cuenta del fallecimiento de Esperanza, entonces los vecinos comenzaron a experimentar fuertes olores, desconociendo de donde provenían llamaron a la policía.

Para entonces los tíos se presentaron en la vivienda, vieron el cadáver, sin saber qué hacer, fueron a comprar unos costales de arena, vaciaron un poco en un tambo de plástico azul, para posteriormente, depositar a la niña y cubrirla con el resto de la arena.

Ana y Juan se habían convertido en asesinos crueles e inhumanos. Salieron muy temprano apoyados con un diablito arrastrando el tambo azul con Esperanza dentro, no se percataron de la presencia policiaca. Un oficial los vio y preguntó que llevaban dentro, estos dos sujetos, trataron de huir como cobardes al verse descubiertos, hoy ya en la cárcel.

El policía abrió el tambo y solo alcanzó a ver el tobillo de Esperanza entre la arena, aun con el tramo de cadena que nunca la dejó.

La crueldad de Ana y Juan, alcanzaron niveles insospechados, una niña muerta y un pueblo sumido en la desesperanza, porque perdió a Esperanza que como todo niño en el mundo es símbolo de paz y consuelo.

Nos saludamos pronto.

caminante369@yahoo.com

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