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Vacaciones de qué | Columna de Dalia García

Divertimentos

 

Cada periodo vacacional es como la celebración de año nuevo, lo digo por cuatro razones principales: 1) se espera con ansias, 2) se celebra su llegada, 3) se hacen propósitos que no se cumplen y, 4) cuando terminan, cada inicio de ciclo o de periodo laboral es como un nuevo despertar del alma que dura unos cuantos días.

Vacaciones es el tiempo de la procrastinación: uno deja pasar el tiempo haciendo nada. Los estudiantes de literatura se juran a sí mismos que en vacaciones leerán todo lo que no pudieron leer por culpa de las lecturas obligatorias durante el ciclo escolar; los tesistas se proponen avanzar un 50% de la tesis; los maestros de preescolar y primaria aseguran que, en estas vacaciones, harán el material didáctico para sus niños; los profesores dicen que harán las planeaciones de su materia… pero el momento de cumplir estos propósitos llega dos días antes de retomar el trabajo o el estudio, el último fin de semana de asueto. En eso consisten las vacaciones, no me dejarán mentir.

Yo, por ejemplo, tenía la firme intención de hacer mis prácticas profesionales y de terminar dos o tres pendientes de mi proyecto editorial; y véanme aquí, escribiendo un divertimento sobre cómo he procrastinado los últimos quince días que llevo de vacaciones en la ciudad de la eterna primavera. Ya gasté una quincena en intentos fallidos por terminar mis propósitos vacacionales, a los que se sumó la limpieza profunda de la casa. Llevo quince días viendo series de televisión, pasando tiempo de calidad con mi mascota, cocinando recetas elaboradas y obedeciendo las órdenes de Morfeo.

Para las amas y los amos de casa, sin embargo, las vacaciones adquieren su valor si se viven fuera de casa, de lo contrario, este periodo se convierte en una broma pesada porque su consciencia les exige limpiar hasta el último rincón de las bisagras de cada puerta y cada ventana, hasta el último rincón del armario, la loza que nunca se usa, entre muchas otras tareas que requieren un mayor esfuerzo físico. Así son las vacaciones para ellas y ellos, aunque sin la presión de los horarios para cubrir las actividades de los niños.

Las vacaciones son lo más esperado del ciclo; su mayor ventaja es el tiempo disponible para estar con los nuestros, para descansar mentalmente y para respirar sin tensiones y presiones, aunque no sea en una playa que tenga palmeras moviéndose al viento.

En realidad, esperamos las vacaciones porque representan tiempo para estar con nosotros mismos, para dejar de pensar en los clientes, en los pacientes, en los jefes, en los profesores, en los alumnos, en la hora de salida, en lo que no eres tú ni tu familia.

Lo dije hace unos meses en otro divertimento: las vacaciones son para hacer nada —así sean dos, tres, cinco o quince días—, para permitir que el tiempo pase sin dejarnos mortificaciones y cargos de conciencia. Sé que no todas las personas pueden darse ese lujo, pero si tienen la posibilidad, les diría que lo hicieran, que permanezcan bajo las sábanas por muchas horas, que se dediquen a mirar el techo de la habitación, que vean series de televisión hasta que les duela la cabeza, que no preparen comida, que hagan nada. El objetivo es dejar de lacerarse, por un momento, con conceptos como ‘productividad’ y ‘proactividad’. No pasará mucho tiempo para que vuelvan a desear el trabajo y la actividad cotidiana.

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