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Curiosidades del siglo XIX mexicano | Columna de Dalia García

Divertimentos

 

Disfruté ser becaria de investigación porque mi tarea principal consistía en hurgar periódicos mexicanos del siglo XIX. A raíz de la fascinación que encontré en la lectura de ciertas noticias, crónicas, notas de ciencia y arte, y anuncios publicitarios, entre otras cosas, decidí hacer un espacio en Divertimentos para compartir algunos textos que revelan detalles minúsculos pero geniales del México de aquella época. El de hoy se llama Encargos y recomendaciones, de la columna Cosas que vemos, firmado por Eme Gótica y publicado en El Mundo: edición diaria, el 18 de noviembre de 1899. Aquí va, ¡que lo disfruten!:

Encargos y recomendaciones

El proverbial “mañana” de los mexicanos, esa palabrilla que sintetiza nuestra suprema indolencia y que, sin cesar, nos echan en cara los extranjeros no es, por cierto, la única que carece de valor y la única a la que, por general y tácito acuerdo, nunca prestamos fe. Hay otras frases convencionales de ese estilo. Así, por ejemplo, cada vez que se nos elogia una alhaja que llevamos o un caballo que poseemos, decimos con mucha frescura:

—Muy a la orden.

¿Por qué lo decimos? Porque de antemano sabemos que nuestro ofrecimiento no ha de ser mirado sino como una manifestación de perfecta cortesía y nada más. Si el que nos ha elogiado nuestra propiedad tomase en serio nuestro ofrecimiento de “muy a la orden”, es seguro que, aparte de desdecirnos inmediatamente, nunca en la vida volveríamos a hacer un ofrecimiento análogo.

***

Pero anda por ahí una frasecita que en su principio no ha de haber tenido mayor alcance que las apuntadas, pero que en el curso del tiempo ha llegado a ser tomada en serio y es a menudo causa de muchos fastidios.

Cuando vais a partir para California, pongo por caso, decís a todos y a cada uno de vuestros amigos:

—Me voy para California. ¿Qué se le ofrece a usted?

Es claro que una persona bien educada, deberá contestar: “Un feliz viaje”, y si quiere llevar más lejos su buena educación, podrá permitirse adjuntar algunas cartas de recomendación para personas que positivamente os puedan ser útiles.

Mas por desgracia ese caso es nada común y ya se va acostumbrando tomar en serio el ofrecimiento de marras y cada uno de vuestros amigos os va encargando algo, y aun suele subrayar su encargo con una exigencia comprometedora:

—Hombre, apúntalo delante de mí para que no se te olvide.

Con este procedimiento ni siquiera cabe el recurso, al regreso, de achacar la falta de cumplimiento a la mala memoria que, al fin y al cabo, no depende de uno.

Si vais a Guadalajara, os encargan muñecos de barro, un barrilito de tequila, un canasto de bizcochos; si a Veracruz, una botella con agua de mar, un tompeate de pescado frito, tres cajas de puros; si a Pachuca, un “gallito” de plata de cualquier mina; y así sucesivamente.

Los peor carteados son los que van a Chihuahua, porque esos llevan el encargo de traerse media docena, cuando menos, de minúsculos canes de aquellas regiones para otras tantas buenas amigas.

¡Y la verdad que eso de viajar con perritos..!

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Pero viene la segunda parte. Generalmente se dan esos encargos sin acompañar con la suficiente cantidad de pesos para adquirirlos. De aquí resulta que, si se quisiera cumplir con todos ellos, preciso sería doblar los presupuestos de viaje.

Supongamos que hacéis un viaje de negocios, por estricta necesidad y con estricto presupuesto. Un general amigo y protector vuestro os encarga, entre otras cosas, una carabina Maiisser. ¿Qué hacer?, ¿de dónde tomar el dinero para comprarla?, ¿cómo dejar de satisfacer el deseo de un “protector”?

Viene de molde un viejo cuento. Cierto individuo que al regresar de un viaje dejó de cumplir muchos encargos, se explicaba así con los que se lo echaban en cara:

—Verán ustedes; una mañana me propuse dedicar el día a cumplir con los encargos. Los llevaba apuntados en papelitos, y para no enredarme los fui extendiendo sobre el barandal del balcón, poniéndoles encima el dinero que me habían dado para comprarlos. Vino el viento y se llevó a los que no tenían lastre. Como soy de mala memoria, no pude ya acordarme de lo que decían los que se volaron… ¡Perdónenme ustedes!

Propongo este modelo de esquela de despedida:

“Fulano de tal tiene el gusto de participarle que sale hoy para California. ¡No admite encargos!”

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