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Los sueños se hacen lodo en campos de tierra | Columna de Alma Barajas

Capitana #13

 

Alguna vez no hace mucho, en Cárdenas, San Luis Potosí, había unos jugadorcitos de fútbol, de esos que no se fijan si los tachones son Nike o Adidas, de los que se emocionan con playeras baratas porque basta que lleven su nombre y el número de aquel jugador que e idolatran, el 14 por el Chicharito, el 10 por Lionel Messi, el 7 por Cristiano Ronaldo.

De los que no buscan jugar en pasto pues con que haya donde jugar es suficiente, de los que trabajan entre semana al salir de la escuela para pagar 10 pesitos el domingo a un árbitro de una liga, que sin mucha faramalla sabía dar felicidad a tanto chiquillo de todos los colores, morenos chocolate o güeritos queso blanco con todo y pecas.

Ya hace mucho de eso, donde se vivían finales que te arrancaban el último aliento, y petrificaban tus manos de tanta tensión que se daba durante el emocionante momento, donde el dinero no importaba más que para la coca y la sed, donde tres, cuatro o cinco equipos terminaban la jornada y cual amigos de siempre se iban por elotes o papas y con botellas de coca cola llenas de agua, como en la foto, se empezaban a mojar como si la vida se les fuera en empapar hasta al que no quería.

Es infinito el aprendizaje que se adquiere en momentos así, conocer la humildad a través de quienes hacen honor a la frase “amor a la camiseta” es de las mejores experiencias que te puede llegar a dar el futbol, el deporte en general. Es triste que dentro del deporte, el alcance del éxito se dé solo para quienes logran crearse la oportunidad a través de esfuerzos económicos.

Sale a relucir el recuerdo de este grupito de niños fascinados con meter un gol, debido al aplauso que los deportistas panamericanos se llevaron por parte de todo el país, y es que sí, felicidades a todos, pero, si tan solo esos jugadorcitos que ahora ya son jóvenes adultos hubiesen contado con aquel apoyo económico en su respectivo tiempo, puedo asegurar que uno o dos estarían siendo aplaudidos también por el país.

En espera de un futuro deportivo mejor para México, lugar de talentosos deportistas, siguen niños jugando entre piedras, tierra, vidrios, porterías a punto de caerse, redes rotas, balones parchados y camisetas de esas de 50 pesitos con el número de su jugador favorito.

Deseando con ansias algún día pisar campos verdes y sin importarles la marca de sus tachones, dejar el corazón en ese pasto por un equipo, por los colores. Algún día, para alguna generación, esa espera terminará.

Por cierto, ¡que chapuzón ese día! El día en que tomamos esa fotografía de arriba, y por si no se alcanza a ver, ahí abajito en esa foto, hay un trofeo, justo en medio, era el del primer lugar, pero como no había presupuesto para comprar de esos gigantescos se hizo lo que se pudo, y se adquirió el ya señalado, pero como digo, eso no importa, porque al final ese pequeño trofeo era el más grande del mundo, para los jugadorcitos que sin más presunción, se convirtieron en los mejores futbolistas del mundo para siempre, para el recuerdo, para la historia de sus vidas.

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