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Estúpido… ¡Mi Rockabilly, idiota! | Columna de Daniel Tristán

LaguNotas Mentales

 

“Noctámbulo es aquél que eligió ser primero murciélago que gorrión,
enemigo jurado del alba”
Xavier Velasco.

Cuatro eran las cosas que me daba pavor que sucedieran: que los Kiss dejaran de usar maquillaje, que Playboy dejara de existir, que TikTok se hiciera popular entre mis contemporáneos y que Rockabilly cerrara. Me enteré en los 90’s que el primero de mis miedos se había hecho realidad en los 80’s, antes de que yo llegara al mundo, cuando las señoronas Stanley, Simmons y compañía aparecieron, por primera vez, mostrando sus lastimosos rostros sin gota de maquillaje en Mtv.

El segundo sucedió en el periodo de 2015-2017 cuando la revista del conejito decidió dejar de publicar desnudos (que en su caso es lo mismo que dejar de existir) para afortunadamente corregir la pifia en 2018. La tercera y cuarta pesadilla se materializaron cuando el coronavirus decidió tocar a nuestra puerta y, al no obtener respuesta, simplemente se coló por debajo trayendo consecuencias fatales: Treintones haciendo el ridículo en TikTok durante la cuarentena (y, el colmo, compartiéndolo en Facebook, Twitter, Instagram y Whatsapp) y, por último, las puertas de Rockabilly indefinidamente cerradas. Cuatro jinetes del Apocalipsis que llegaron a sacudirme el rostro a cachetadas.

Durante este eterno periodo de cuarentena pocas cosas he extrañado más que las noches borrosas en esa casona del centro de la ciudad, a pesar de tener ya algunos meses de no vivir en San Luis. Y es que en cada vuelta a la ciudad visitar el antro de vicio era cosa obligada.

La historia de Rockabilly no es corta. Si la memoria no me traiciona, los inicios del “Rocka” se remontan al lejano 2009. Más de una década en la cual la sede permanente de los afters potosinos ha visto comprometida su continuidad por una lista interminable de sucesos: leyes secas, clausuras, balaceras, operativos sorpresa y, ahora, el maldito bicho que hoy nos aqueja.

Si bien se trata de una pausa temporal en las operaciones del bar (al igual que el resto de los bares, no sólo de San Luis, sino del país entero) uno no puede más que sentir cómo se le encoge el corazón al ver las puertas de la casona cerradas por ya casi ocho semanas de manera consecutiva.

¿Cómo no sentir cariño por tan adorable tugurio? ¿Cómo no ser víctima de la nostalgia al echar un vistazo hacia atrás y ver la ristra de memorias en el creadas?

El “rocka” ha sido compañero inseparable en muchas etapas de nuestras vidas. Entre sus cochambrosas paredes y baños, no precisamente pulcros, la chaviza (y chavorruquiza) potosina se ha dado vuelo bajo la infalible premisa de “Mucho bla, bla, bla y poco glu, glu, glu”. Porque uno no va al Rockabilly precisamente a platicar. Uno va al “rocka” a retar cara a cara a su suerte y a darse un tubazo en la cabeza con la mayor cantidad de cervezas posible al son de Café Tacvba o El Gran Silencio.

Uno va al “rocka” ya bien entrada la madrugada, pues si comete el grave error de los borrachos nóveles (llegar a rocka a precopear desde las 9:00pm) simplemente ya le echó agua a la pólvora de la noche. Llegar a Rockabilly antes de las 2:30 de la mañana es como comerse un caldo frío y sin sal.

Uno va a Rockabilly a anestesiarse el cerebro para olvidar los problemas que ya traía cargando y los nuevos problemas de los que esa misma noche se hará acreedor. Las lagañosas luces rojas del lugar y sus mosaicos chiclosos por el infortunado derrame de cerveza le dan al visitante la licencia de ejercer sus derechos vampíricos, pues en Rockabilly la noche dura quince o diecisiete horas si uno sabe jugar bien sus cartas para poder salir, por ahí de las siete, a enfrentar el temido “Draculazo” del sol de la mañana. El encanto del “rocka” radica en ver la misma banda tocar las mismas canciones eternamente, como si de una condena se tratara. La magia del lugar se la aportan su insultante cover que de todos modos uno sabe que terminará pagando, sus bartenders que todo insinúan, pero nada permiten, su pelea estelar de las 3:00 am (Malacopa VS Malacopa) y sus soldados caídos que logran el milagrito de convertir el vino en vómito sabrá cómo diablos.

Si algo extraño en verdad de poder salir es visitar al viejo amigo, al chaperón sonsacador de masas, al culpable de las broncas en las que muchos nos metimos y que cuando quisimos regresar a reclamarle ya se había desentendido pues “ya no eran horas”. Ahora que las puertas están cerrada (las nuestras y las suyas) no hay más remedio que confiar en que el temblor pasará y ya habrá oportunidad de encontrarnos todos bajo su regazo para tomar unas cervezas y dejar que el viejo “rocka” haga lo suyo.

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