marzo 4, 2021

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Lo que quiere el amor | Columna de Juan Jesús Priego

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Lo que quiere el amor

LETRAS minúsculas

 

Acaso sea yo muy ingenuo, pero para creer en la existencia de la vida perdurable no preciso de grandes argumentos; me basta con razonar así:

Lo que quiere el amor –el amor verdadero, ya se entiende- es que el ser amado viva; no quiere otra cosa. El amor es el ansia, el deseo vehemente de estar juntos. François Mauriac (1885-1970), el gran novelista francés, lo dijo mejor que nadie en uno de sus artículos periodísticos: «El amor es la imposibilidad física de vivir lejos del objeto amado, de respirar un aire distinto del que él respira».

Si el ser amado muere, se pierde, desaparece, huye o se aleja, causa en el que se queda un dolor agudo y un inconsolable llanto. ¿Por qué se va, por qué nos deja? Amar a un ser significa querer que viva, sí, pero que viva conmigo, es decir, no lejos de mi radio de acción, ni ausente de mi diaria actividad.

Ahora bien, pese a ser un apasionado querer, el amor humano goza de un muy limitado poder. Yo no puedo muchas cosas, y entre esas muchas cosas que no puedo hay una en particular que no puedo de ninguna manera: que el otro, el ser que amo, viva siempre, que sea eterno. Mi amor estará siempre herido por la impotencia, y la persona que me ame deberá aceptar desde ahora el hecho de que, aun cuando la vea agonizar, yo no podré hacer por ella nada esencial, salvo, quizá, permanecer a su lado tomándola de la mano.

Pero si es cierto –como lo creemos- que Dios nos ama, entonces hay que creer también que Él quiere nuestra vida, que quiere que vivamos. Y como Él es omnipotente y todopoderoso, su querer no está constreñido a ninguna limitación y es ya en sí mismo poder. Esto lo comprendió muy bien Simone de Beauvoir, que, aunque atea, escribió así en uno de sus ensayos: «Si Dios es la infinitud y la plenitud del ser, en él no existe la distinción entre su proyecto y la realidad. Lo que él quiere, eso es» (Pirrus et Cineas).

En Dios, pues, el amor no es solo el querer, sino ya en sí mismo el poder de que el otro viva, y que viva siempre. Jesús, el único que ha hablado perfectamente la lengua de Dios y la lengua de los hombres, lo dijo muchas veces: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven» (Cfr. Marcos 12, 18-27).

Lo que nosotros no podemos (¡a nosotros sí se nos muere lo que amamos!), Dios sí que puede hacerlo, y de hecho lo hace. Pero, conste, no sólo porque sea poderoso, ni solo porque sea Dios, sino porque es Dios y además nos ama. Un Dios que no nos amara, nos dejaría hundirnos en la nada como si tal cosa; pero otro ser, por mucho que nos amase, si no es Dios, no podrá impedir que nos muramos.

Los griegos, por ejemplo, eran hombres profundamente religiosos, según dio fe de ello San Pablo en su célebre (y muy poco exitoso) discurso en el Areópago de Atenas, pero eso no quiere decir que creyeran en la vida perdurable; de hecho, no creían; creían en la existencia de los dioses, pero no que sus dioses los amaran: he ahí la diferencia. Y, puesto que no los amaban, ya podían lindamente dejarlos volver a la nada sin que se tomaran el trabajo de mover por ellos uno solo de sus divinos dedos.

Cuando en 1985 Waldemar Verdugo-Fuentes entrevista a Jorge Luis Borges y le pregunta: «¿Cómo ve usted la relación del hombre con Dios?», obtiene literalmente esta respuesta:

«Yo no me complico la vida con ese problema, porque en primer lugar no creo en Dios, y en segundo lugar, no me cabe duda de que de haberlo no tendría ningún interés en relacionarse conmigo».

Poco después, siempre en la misma entrevista, Borges dirá que tampoco cree en la vida eterna y que su única esperanza es poder morir en cuerpo y alma porque ya está cansado de ser Borges, etcétera: en fin, lo que siempre decía cada vez que se lo preguntaban.

Ahora bien, si traigo a cuento esta entrevista es porque, al menos en lo que se refiere a esto, el escritor argentino repite exactamente lo que ya afirmaban Epicuro (341-270 a.C.) y sus discípulos casi 2,300 años antes que él, y porque en esta breve declaración está expresada de una manera bastante elocuente la manera de sentir de una gran parte de los griegos de la antigüedad: 1) los dioses no existen, 2) pero, aun cuando existieran, no parece probable que tengan ningún interés específico en relacionarse con los hombres, pues no los aman. Conclusión: ¿por qué debería existir la vida perdurable?

En La agonía de Proteo el filósofo español Eduardo Nicol (1907-1990) resumió todo lo que pueda decirse acerca de este asunto en apenas dos renglones: «Los dioses griegos se entro-metían en los asuntos mundanos sin comprometerse con ellos, o sea, sin asumir la misión de redentores». Sí, así era, en efecto.

La fe en la vida eterna, pues, no es más que la fe en el amor que Dios nos tiene, sólo que expresada con diferentes palabras. Se trata, para decirlo ya, de la misma moneda, solo que vista desde la otra cara.

Si creemos que Dios es un Ser personal (y no una mera Energía, como dicen muchos) que se interesa especialmente por nosotros, entonces ya estamos listos para creer en la verdad de la vida que no termina, pues una verdad lleva necesariamente a la otra.

«Existir –dijo Jean Guitton en uno de sus libros- significa ser dignos de ser infinitamente». ¿Es verdad esto? Lo es. Pero sólo porque existir es ser amados por un amor poderoso, por un Dios que nos ha tomado tal vez demasiado en serio; de lo contrario no habría por qué abrigar demasiadas esperanzas.

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Menos del 30% de las personas que dedican a la investigación son mujeres

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Algunas cifras a propósito del Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia

Por: Itzel Márquez

Este jueves 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Niña y la Mujer en la Ciencia, por lo que es un momento oportuno para hacer una pausa y reflexionar sobre la brecha social que aún existe en la ciencia por temas de género, a pesar de que cada vez son más los espacios ocupados por mujeres.

La conmemoración se remonta seis años atrás, al 22 de diciembre de 2015, fecha en la cual la Asamblea General de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) estableció para reconocer el papel tan importante de las niñas y mujeres en ciencia y tecnología.

En pleno 2021 la desigualdad por razones de género sigue imperando en el mundo y en todos los ámbitos, la ciencia no es la excepción, pues actualmente menos del 30% de las personas que se dedican a la investigación son mujeres. La UNESCO también calcula que solo el 30% de estudiantes mujeres en nivel superior eligen desarrollarse en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas, en todo el mundo solo el 3% de la matrícula corresponde a mujeres en tecnología, información y comunicaciones, ciencias naturales, matemáticas y estadísticas 5%, mientras que ingeniería, manufactura y construcción 8%.

Otros números preocupantes en este tema son los referidos por: Carmen Fenoll, investigadora y presidenta de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), quien anota que en los libros de secundaria son menos del 8% los referentes de mujeres científicas, lo cual hace que se identifique la ciencia como una actividad masculina; además, desde 1901 hasta 2020, los premios Nobel se han otorgado solo 58 a mujeres (la mitad de estos por actividades en la ciencia), frente a 876 recogidos por hombres.

Este 2021, sin dejar de lado la contingencia sanitaria que se vive en el mundo, el lema es “Las mujeres científicas, líderes en la lucha contra el COVID” y desde la UNESCO se plantea un evento virtual, en el cual participen científicas que han estado al tanto del Covid-19 desde su inicio hasta la fecha.

En este sentido, en México un grupo de siete mujeres científicas, se han dado a la tarea de investigar el covid-19 y sus efectos a largo plazo: Talia Wegman, Sandra López, Carol Perelman, Rosalinda Sepúlveda, Paulina Rebolledo, Angélica Cuapio y Sonia Villapol; los resultados de su investigación fueron presentados el pasado 30 de enero.

ALGUNAS MUJERES Y SUS APORTACIONES EN LA CIENCIA

Marie Curie: primera mujer reconocida con un Premio Nobel en Física y Química, reconociendo su trabajo en la ciencia.

Margherita Sarrocchi: filósofa y poeta; intercambió ideas con Galileo Galilei.

Helia Bravo: primera bióloga en México, especialista en cactáceas; fue fundadora del jardín botánico de la UNAM.

Nubia Muñoz: epidemióloga en el Centro Internacional de Estudios Sobre Cáncer de Colombia, fue nominada al premio Nobel por descubrir el virus del papiloma humano como principal causa del cáncer del papiloma humano.

Kathrin Barboza: originaria de Bolivia, bióloga y especialista en murciélagos; ha estudiado a la bioacústica de los murciélagos y su importancia en los ecosistemas.

Sandra Díaz: ganó el premio de Asturias por sus aportes en ecología, recibió el título como “guardiana de la biodiversidad” por la revista Nature.

María Teresa Ruíz: primera astrónoma chilena, así como la primer mujer en recibir el premio Nacional de Ciencias Exactas.
Marie Tharp: realizó los primeros mapas de los suelos oceánicos.

Flora de Pablo: doctora en biología molecular que lucha por la reivindicación de la mujer en la ciencia, con la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas.

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San Vicente y la hiperactiva | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Durante mucho tiempo abrigué por la gente que se dormía temprano una sincera antipatía. ¿Cómo dormir cuando se podía leer? No sé por qué, pero me daba la impresión de que estas personas se cuidaban a sí mismas demasiado. Cuidaban su vista, cuidaban su sueño, cuidaban su salud, pero no hacían nada más. ¿Y no era necesario hacer algo más?

Por si fuera poco, en aquel entonces hasta elaboré para mi uso personal una tipología gracias a la cual me era posible clasificar en grados y jerarquías a estos durmientes odiosos. En la cúspide, naturalmente, se encontraba el «durmiente tacaño», es decir, aquel que se iba pronto a la cama para no gastar luz eléctrica, energía o palabras. Pues, ¿por qué se iba a dormir tan pronto si no para ahorrarse un rato de televisión, un momento de reflexión, o una hora de conversación? Los durmientes de esta especie me causaban horror. Eran metódicos, aburridos y, sobre todo, avaros. Ignoraba qué relación había entre el durmiente precoz y el amor al dinero, pero me parecía que, de una manera secreta, misteriosa, tal relación existía. ¿Y no se ha fijado usted que los avaros hablan siempre susurrando, como si conspiraran? ¡Es que su vida es toda una conspiración!

Hoy las cosas han cambiado. La tipología se ha hecho menos rígida, y aunque sigo viendo con recelo a los que a las diez de la noche ya andan por el quinto sueño, pienso que apagar la luz a cierta hora es algo que exige grandes dosis de autodominio y de humildad. «Se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea», escribió Erich Fromm en El arte de amar. ¿Fe para dormirse? Sí.

A menudo me descubro a mí mismo buscando por la noche cosas en qué ocuparme para no dormir. Empiezo a leer un libro, lo cierro, tomo una hoja de papel, escribo, cancelo párrafos, los rehago y vuelta a abrir el libro apenas dejado hace un momento: un círculo vicioso que conforme pasa el tiempo se vicia cada vez más. Y el tictac del reloj siempre allí, anunciándome el lento transcurrir de las horas. ¿Ansiedad? Tal vez, aunque no estoy muy seguro. ¿Miedo a la oscuridad? ¡Nada de eso! Quizá sea orgullo, pero orgullo de una especie muy particular.

Mi tenacidad es muy parecida a la de aquel que sabe que quizá mañana ya no estará y necesita apresurarse. ¿Falta de confianza? Pudiera ser, pues dormir exige confianza en la vida y, sobre todo, en Dios. «En paz me acuesto y en seguida me duermo, porque tú, Señor, me haces vivir tranquilo», cantaba el salmista lleno de tranquilidad (Salmo 5, 1): es la confianza del que cree que si Dios le ha dado vida, no tiene por qué no seguir dándosela mañana, pasado mañana e incluso la semana entrante. «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lucas 2,29-32): he aquí la oración del justo, es decir, del hombre que ha tratado de hacer las cosas lo mejor que podía. También es la plegaria con que la Iglesia manda a sus hijos a la cama en la oración de Completas, pues si bien es cierto que son las palabras de un anciano, de Simeón, bien pudieran ser también las de uno que se dispone a cerrar los ojos y a decir adiós al día que termina.

¡Apagar la luz! ¡Qué difícil resulta a veces ejecutar este acto que debiera ser el más sencillo! Atlas deja, aunque sólo sea por unas horas, el mundo a sus pies; Sísifo suelta la piedra y deja que ruede, pues ya irá mañana por ella al pie de la montaña; Tántalo olvida sus suplicios y su sed; Damocles cierra los ojos para no ver la espada que pende sobre su cabeza. Todo queda en un estado como de suspenso. El cuerpo se abandona; los puños se abren, relajados; la respiración adquiere su ritmo natural; los músculos se distienden y los ojos se cierran, abandonándose a la contemplación de una nada reparadora.

Aunque debamos concluir lo antes posible cuanto traemos entre manos, es necesario dormir y atrevernos a apagar la luz. El que no duerme nunca, pronto irá a dormirse para siempre, pero lejos de su cuarto, a otro lugar. Hay que hacer las cosas con la confianza de quien sabe que mañana, si Dios quiere, podrá terminarlas si quedaron incompletas, o rehacerlas si le salieron mal. Mañana, hoy ya no.

Cuánta razón hay en las palabras con que San Vicente de Paúl (1581-1660) amonestaba a una hiperactiva amiga suya: «Cuando gocéis de buena salud –le decía-, tened cuidado de conservarla por amor de Nuestro Señor y de vuestros pobres miembros, y cuidaos de no hacer demasiado. Es una astucia del diablo para engañar a las buenas almas el incitarlas a hacer más de lo que pueden con el fin de que más tarde nada puedan hacer. En cambio, el Espíritu de Dios invita dulcemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer con el fin de que lo hagamos perseverante y largamente».

Sí, hacer demasiado puede ser nefasto: una tentación del demonio. Hace tiempo, por ejemplo, me dije a mí mismo: «Mis feligreses tienen derecho a saberse el número de mi teléfono celular, pues nadie sabe a qué hora del día o de la noche podrán necesitarme». ¿Qué más generoso que estar a disposición de todos las veinticuatro horas del día? Y di a conocer mi número en una hoja volante. Pero una noche –eran alrededor de las 3 de la madrugada- alguien me habló para decirme: «Hola, padre». Yo pensé que se trataba de un moribundo, o tal vez de un enfermo grave, pero no era así.

-¿Sabe? –me dijo la voz-, como no puedo dormir, he pensado hablarle a usted. ¿Cómo está? ¿Le fue bien hoy? ¿Qué hará más tarde?

Yo quería matar a ese cretino. Pero de nada valía lamentarme: el culpable, por lo menos de esto, era yo mismo.
El diablo –tal es la idea de San Vicente- quiere que nos quememos antes de tiempo. Pues bien, no hay que darle gusto. Una vez hecho lo que se ha podido, hay que apagar la luz. Y también, de ser posible, nuestro teléfono celular. Buenas noches.

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La belleza que nos queda | Un texto de Eduardo L. Marceleño García

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«Y entonces de repente todo pierde su atractivo
El mundo sigue ahí, repleto de objetos variables
De discreto interés, fugitivos e inestables,
Una luz mortecina baja del cielo abstraído.»
Houellebecq

 

Nacen niños, se fuman puros. Anabella y yo somos amigos de canciones, de tristezas y de trenes. Hablamos todo el tiempo sobre nuestros abuelos ferrocarrileros. Luego ella escribe una canción con más de un verso que me saca una o dos lágrimas.

A los 14 años me metí a mi primer cantina y no andaba triste, andaba contento. Esos eran momentos realmente míos, como pocos que aun nos quedan, flotando, en el desierto de la ocurrencia. Son los días de los mártires y las víctimas, y para vivirlos me he inventado un artefacto que desarticula la realidad, parecido a los lentes 3D que te regalaban en el cine. Puede que para algunos todo esto sea una locura.

Ya no hay razón, la gente anda confundida, preguntándose si es normal desplazarse con tristeza todo el tiempo: de la casa a la esquina y de la esquina a la casa; cruzar la calle con los movimientos de un zombi, dejarse los zapatos con la mierda pegada a la suela, o postrarse en la cama sin siquiera haber notado que el día ya terminó.

Avanzamos solitarios aunque caminemos entre la multitud. Se acerca el verano y tenemos miedo de salir a bebernos una cerveza, a mojarnos, felices, en los charcos de la lluvia sucia de la ciudad, a consumirnos antes de que vuelva el invierno. El día se ha reducido a su forma más siniestra, llegando al meridiano como si fuese el anuncio del fin del mundo. A qué negar, por otro lado, que hemos resistido.

De a poco nuestra personalidad se esfuma, todos somos protagonistas de la desgracia. Para mí, esto es algo bueno, pero para muchos es algo muy malo.

Las pesadillas gozan de ese efecto de sentirse reales aun cuando has despertado, como una herida recién hecha que arde, fresca, pero que no es posible verle la sangre por ningún lado. Puede que ese momento de ingravidez que antecede a la caída, ese donde no existen los sucesos inmediatos, sea el silencio infinito, tranquilo, antes del primer alarido de dolor; un grito de guerra que aun no se presenta, la belleza que aun nos queda.

Estábamos en un motel y me vine en sus tetas. Luego me la sacudí hasta dejarla bien seca. Me levanté sobre la cama en mis dos piernas, y el ventilador en el techo me voló la cabeza. Ella reía mientras yo buscaba mis sesos por todo el cuarto, juntándolos, reconociéndolos entre los charcos de sangre, asegurándome de no dejar un solo trozo mío en un lugar tan feo, y con la esperanza de que funcionarían cuando terminara de reunirlos, todos, de nuevo.

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