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Lo que quiere el amor | Columna de Juan Jesús Priego

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Lo que quiere el amor

LETRAS minúsculas

 

Acaso sea yo muy ingenuo, pero para creer en la existencia de la vida perdurable no preciso de grandes argumentos; me basta con razonar así:

Lo que quiere el amor –el amor verdadero, ya se entiende- es que el ser amado viva; no quiere otra cosa. El amor es el ansia, el deseo vehemente de estar juntos. François Mauriac (1885-1970), el gran novelista francés, lo dijo mejor que nadie en uno de sus artículos periodísticos: «El amor es la imposibilidad física de vivir lejos del objeto amado, de respirar un aire distinto del que él respira».

Si el ser amado muere, se pierde, desaparece, huye o se aleja, causa en el que se queda un dolor agudo y un inconsolable llanto. ¿Por qué se va, por qué nos deja? Amar a un ser significa querer que viva, sí, pero que viva conmigo, es decir, no lejos de mi radio de acción, ni ausente de mi diaria actividad.

Ahora bien, pese a ser un apasionado querer, el amor humano goza de un muy limitado poder. Yo no puedo muchas cosas, y entre esas muchas cosas que no puedo hay una en particular que no puedo de ninguna manera: que el otro, el ser que amo, viva siempre, que sea eterno. Mi amor estará siempre herido por la impotencia, y la persona que me ame deberá aceptar desde ahora el hecho de que, aun cuando la vea agonizar, yo no podré hacer por ella nada esencial, salvo, quizá, permanecer a su lado tomándola de la mano.

Pero si es cierto –como lo creemos- que Dios nos ama, entonces hay que creer también que Él quiere nuestra vida, que quiere que vivamos. Y como Él es omnipotente y todopoderoso, su querer no está constreñido a ninguna limitación y es ya en sí mismo poder. Esto lo comprendió muy bien Simone de Beauvoir, que, aunque atea, escribió así en uno de sus ensayos: «Si Dios es la infinitud y la plenitud del ser, en él no existe la distinción entre su proyecto y la realidad. Lo que él quiere, eso es» (Pirrus et Cineas).

En Dios, pues, el amor no es solo el querer, sino ya en sí mismo el poder de que el otro viva, y que viva siempre. Jesús, el único que ha hablado perfectamente la lengua de Dios y la lengua de los hombres, lo dijo muchas veces: «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven» (Cfr. Marcos 12, 18-27).

Lo que nosotros no podemos (¡a nosotros sí se nos muere lo que amamos!), Dios sí que puede hacerlo, y de hecho lo hace. Pero, conste, no sólo porque sea poderoso, ni solo porque sea Dios, sino porque es Dios y además nos ama. Un Dios que no nos amara, nos dejaría hundirnos en la nada como si tal cosa; pero otro ser, por mucho que nos amase, si no es Dios, no podrá impedir que nos muramos.

Los griegos, por ejemplo, eran hombres profundamente religiosos, según dio fe de ello San Pablo en su célebre (y muy poco exitoso) discurso en el Areópago de Atenas, pero eso no quiere decir que creyeran en la vida perdurable; de hecho, no creían; creían en la existencia de los dioses, pero no que sus dioses los amaran: he ahí la diferencia. Y, puesto que no los amaban, ya podían lindamente dejarlos volver a la nada sin que se tomaran el trabajo de mover por ellos uno solo de sus divinos dedos.

Cuando en 1985 Waldemar Verdugo-Fuentes entrevista a Jorge Luis Borges y le pregunta: «¿Cómo ve usted la relación del hombre con Dios?», obtiene literalmente esta respuesta:

«Yo no me complico la vida con ese problema, porque en primer lugar no creo en Dios, y en segundo lugar, no me cabe duda de que de haberlo no tendría ningún interés en relacionarse conmigo».

Poco después, siempre en la misma entrevista, Borges dirá que tampoco cree en la vida eterna y que su única esperanza es poder morir en cuerpo y alma porque ya está cansado de ser Borges, etcétera: en fin, lo que siempre decía cada vez que se lo preguntaban.

Ahora bien, si traigo a cuento esta entrevista es porque, al menos en lo que se refiere a esto, el escritor argentino repite exactamente lo que ya afirmaban Epicuro (341-270 a.C.) y sus discípulos casi 2,300 años antes que él, y porque en esta breve declaración está expresada de una manera bastante elocuente la manera de sentir de una gran parte de los griegos de la antigüedad: 1) los dioses no existen, 2) pero, aun cuando existieran, no parece probable que tengan ningún interés específico en relacionarse con los hombres, pues no los aman. Conclusión: ¿por qué debería existir la vida perdurable?

En La agonía de Proteo el filósofo español Eduardo Nicol (1907-1990) resumió todo lo que pueda decirse acerca de este asunto en apenas dos renglones: «Los dioses griegos se entro-metían en los asuntos mundanos sin comprometerse con ellos, o sea, sin asumir la misión de redentores». Sí, así era, en efecto.

La fe en la vida eterna, pues, no es más que la fe en el amor que Dios nos tiene, sólo que expresada con diferentes palabras. Se trata, para decirlo ya, de la misma moneda, solo que vista desde la otra cara.

Si creemos que Dios es un Ser personal (y no una mera Energía, como dicen muchos) que se interesa especialmente por nosotros, entonces ya estamos listos para creer en la verdad de la vida que no termina, pues una verdad lleva necesariamente a la otra.

«Existir –dijo Jean Guitton en uno de sus libros- significa ser dignos de ser infinitamente». ¿Es verdad esto? Lo es. Pero sólo porque existir es ser amados por un amor poderoso, por un Dios que nos ha tomado tal vez demasiado en serio; de lo contrario no habría por qué abrigar demasiadas esperanzas.

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El primer ser que pudo volar

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Después de casi un año, hemos interceptado una nueva carta de Eugen Blitz Zepief. Domie Vorti C. :

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La divina gracia de abrir puertas | Columna de León García Lam

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VOLUTA.

 

Los cerrajeros pertenecen, con los mecánicos, los vulcanizadores, los médicos y los abogados, al conjunto de oficios que se ganan la vida sacando de apuros a las personas. A todos nos ha pasado que, por una razón o por otra, no podemos abrir una puerta, porque se nos pierden o se nos olvidan las mugres llaves. Con inocencia intentamos forzar inútilmente la cerradura hasta que, con resignación se solicita la intervención del especialista que, empleando unos fierritos con artes misteriosas, convence al cerraje de abrirse. Tan útil es que se nos abra una puerta, que decidí, querido y culto público de La Orquesta, dedicar esta columna a los cerrajeros, a las puertas y al dilema de abrirlas o cerrarlas.

Primero, para valorar aun más a quienes abren puertas, le sugiero empezar por las antípodas de la cerrajería, es decir por aquellos especialistas en impedir el paso. Los más comunes: policías, secretarias o ventanillas que le preguntan a uno la razón por la que se visita un lugar. Cuando se desea ingresar a un lugar se requiere del visto bueno del portero, luego se pasa a escribir en un diario el nombre, la fecha, la hora y el “asunto”. Hoy día ya no se puede visitar un lugar (aunque sea público) nada más porque a uno le dio la gana y sin una buena excusa. La burocracia moderna organiza la obstaculización del espacio en círculos concéntricos, como un infierno dantesco: después del portero siguen ventanillas, escritorios, señoritas, asistentes, auxiliares, encargados de despacho, cuya principal función es la de obstaculizar lo más posible el acceso a los funcionarios que pueden solucionar los problemas.

La sistematización de la atención al público es llevar el infierno burocrático a otro nivel. Consiste en que, en vez de cerrar la puerta, el “sistema” ingresa a un ciudadano, derechohabiente o usuario a un laberinto angustiante para convencerlo de que su problema no tiene solución. Se marca un número telefónico, responde una máquina parlante que ofrece opciones y más opciones dentro de las opciones que no llevan a ningún lugar, hasta que el usuario cansado de ingresar los 16 dígitos de su cuenta y sin cabellos qué arrancarse, cobra consciencia de que la única solución posible es aceptar a Dios como el salvador de su alma miserable.

Culto público de La Orquesta, hay otra clase de obstáculos modernos que se han inventado para impedir el ingreso a los nuevos espacios residenciales, cuyo sistema se basa en la discriminación, el clasismo y el racismo con tan poco apego a la Constitución, que lo dejaré para otra columna. También cabrían aquí, los hoteles que impiden el disfrute de las playas nacionales y esos grupos amafiados de artistas, deportistas o académicos que cierran las puertas desde dentro de las instituciones para impedir el acceso de los demás: efectivamente, los cotos en la vida pública son miserables.

Consideremos ahora que, los próceres fueron esa clase de personas que lograron abrir puertas no solo para ellos, sino para todos los demás. Así me da por pensar en don Ponciano Arriaga, quien abrió las puertas de la justicia proponiendo el derecho de amparo, en don José María Morelos quién nos abrió la puerta de este lugar que hoy seguimos llamando “Nuestra Nación”. En Francisco I. Madero y en todos aquellos que abrieron las puertas de la democracia.

Cristóbal Colón, ese navegante genovés, abrió las puertas más grandes del mundo, las del Océano Atlántico y con ese suceso histórico que inició un 3 de agosto en el puerto de Palos y terminó el 12 de octubre de 1492 en las actuales Bahamas, recordamos y celebramos que nos conocimos y reconocimos las naciones de aquí y las de allá, con heridas profundas y dolores (como el esclavismo y la colonia) pero también con gozos y bienes muchos. Tenga usted un feliz día del encuentro de dos mundos como lo llamó el Dr. Miguel León Portilla o de la invención de América como lo cuestionó Edmundo O’Gorman.

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Esa delgada línea | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Gun, Andy Warhol

Dicen que estamos condenados. Lo saben, por eso lo dicen. Las generaciones, también aseguran, ellos, los que por sentado nos han condenado, tienden a repetirse. Hay aciertos y hay errores, pero ni unos ni los otros tendrían a qué repetirse, reproducirse, entre nosotros, los nuevos, o aun peor, con aquellos, los que vienen.

Que ellos hayan tenido una vida de mierda no confirma que la nuestra sea, de igual forma, una mierda. Subsistimos gracias a una suerte de milagros. No es que yo sea un hombre de fe, nunca lo he sido. Pero no hay otra forma de ver las cosas, o de equilibrarlas, que atribuyendo la existencia a una suerte de milagros.

Me gusta la farándula y los coffeebreaks, esos donde las reporteras van de falda corta y clavan su mirada en mi entrepierna. Un consultor de la arena pública como yo sabe que la prensa no es sino una trampa de grotescas formas, y como tal está puesta a cazar a quien sea que se distraiga. Me dedico a abrir el camino, a quitar lo que estorba. Aquí y en todo el mundo siempre se juega al cazador y la presa. No se sabe a simple vista quién es quién en este juego. Cada cual asume el rol que quiere, a sabiendas, desde luego, que si se ha equivocado en escoger, el resultado, no por esperado, será menos doloroso.

Lo disfruto. Eso, la farándula y sus obscenas formas de conducirse, las minis dejando entrever los calzones de las reporteras y el animal dispuesto tras mi pantalón. Mientras pueda, siempre veré por ser el cazador, nunca la presa.

Las barras de los bares están hechas para tipos solitarios, las hacen muy resistentes para que el peso de los infelices no las eche abajo. Las culpas ahí se reposan, diluyen, refrescan. Somos varios solitarios en esta barra. Aquí mi única cosa es quedarme callado, me meto de lleno en el silencio. Meto la cabeza hasta el fondo de mi cerveza. Me siento tranquilo.

Tengo varias decenas de empleados comiendo de mi mano. Comen de mi talento, de mi carisma. Si me lo propongo, me doy a desear como un objeto inalcanzable, es decir, no como el príncipe y su riqueza, sino como el genio que vuelve príncipe al mendigo. Mis clientes, que no se andan a las inesperadas, sino que se saben a las inmediatas, ven en mí a un eficaz administrador del peligro, un calculador de riesgos políticos. Me pagan bien, no me quejo.

Para todos los demás soy como un Cristo, saben respetar. Mis empleados, a menudo gente motivada por la esperanza de trepar a uno, dos, tres, cuatro, o cinco escalones, me ven aún más grande. Por lo demás, a mí me viene estupendo aquello de la esperanza. Aunque de vez en cuando, si yo quiero que todos callen, me convierto en el dueño de su silencio, y ahí nada de esperanzas imbéciles ni de compasivas atenciones. Es por el bien de todos.

Por estos días un hombre me ofreció un arma. Me compré un arma. Hay mucha mierda junta a mi redonda, muchos hijos de puta sueltos. Vaya a saberse si a las tantas de mi continuo éxito alguno que otro perturbado quiera matarme. La posibilidad de que al menos uno de tantos locos entre en mi casa de noche es real. Vienen a lanzarse a matarme sin más. Toda aquella mierda junta en contra mía. Mi asesino, algún enfermo de rabia, odio y derrota, aguarda en silencio, recorre los pasillos de mis oficinas, merodea esperando el momento, creyéndose así el cazador de este juego.

El arma es preciosa, un ejemplar italiano de locura. Es de un brillante color metálico; un trozo de acero que en otro tiempo hubo sido un simpático soldadito de juguete, fundido tras la prohibición del plomo y hecho arma. Si estos fierros no hubieran sido fabricados para matar, hubieran funcionado para jugar. A veces cualquier cosa, en cualquier momento, se convierte en el artefacto de entretenimiento que estabas buscando. A qué negar, en cambio, que si no la hubiese comprado loco de paranoia, la habría encontrado para jugar en contra mía, o a favor mía, da lo mismo.

A poco que puede, la belleza del arma se marcha para volverse una constante obsesión con la muerte. Crece el deseo de utilizar sus fines en mi contra.

Olvidadas ya las primeras impresiones de su compra, su precioso color metálico se volvió opaco, de una consistencia absoluta, un pedazo de plomo hecho a la medida de la tapa de mis sesos.

El hombre del puesto de café tiene unas manos enormes. También sirve jugos de frutas. Con una sola mano puede exprimirle el jugo a dos mitades de una naranja de buen tamaño. Con la otra mano sostiene el colador. Ambas manazas podrían arrancarte la cabeza del cuerpo. Me pregunta: –Chico, ¿cómo has llegado tan lejos? Eres muy joven.

He llegado hasta aquí gracias a la mezcla de ignorancia, inconsciencia y buena suerte. Hay que confiar más seguido en la suerte. Así que siga confiando en que no viviré más allá de los 40, sólo los tontos viven tanto, y los tontos casi siempre carecen de buena suerte.

Le respondo al señor de las manos grandes: “soy un chico con mucha suerte”.

Hay una delgada línea entre estar en el abismo y perseguir culos dispuestos de chicas interesadas.

Entrar en el bar y sentarse a cantar las canciones de la rocola con mi cerveza o acariciar el arma a solas en mi casa. Tratar bien al empleado para que me sonría una vez o tratarlo mal para que me sonría siempre. Café o jugo de naranja. Políticos o señores de puestos de cafés con manos que destrozan cabezas. Demasiado jóvenes o suficientemente viejos para el trabajo. Enfermos o sanos.

Toda la buena suerte del mundo o toda la esperanza de quienes no tienen nada suerte.

Ema es la reportera de un portal mediocre de noticias, pero tiene las mejores tetas que yo haya visto nunca. Tienen la forma perfecta de una gota de agua. Seguido se pasea por mis oficinas, va a limosnear uno que otro dato que pueda servirle, a veces le paso unos muy buenos a través de mis empleados.

Hace poco Ema se enojó conmigo. Después de tirármela, me dijo: “Yo solo hago este tipo de trabajos por amor”. Ema no me cobra una tarifa, nunca lo hace, pero esta vez habló sobre trabajo y amor. Saqué unos billetes del pantalón y se los di con mucha amabilidad. Entonces se enojó, me dejó con los billetes en la mano y se largó.

La vi el lunes siguiente, no hablamos, nunca hablamos en las áreas de trabajo. El miércoles siguiente alguien me informa que ella formalizó con uno de mis empleados. Pobre Ema, hubiera escogido quedarse con mis billetes, de lejos le hubiera ido mejor.

Cuando yo era pequeño mi padre me dijo: “Escucha bien, Christopher, nunca confíes en las mujeres, porque lo mismo ellas no confiarán en ti nunca, y te va a doler mucho cuando te des cuenta”. Mi papá era un fracasado, pero sospecho que los fracasados a menudo tienen la razón. Era un buen hombre mi padre, un día me dijo aquello de las mujeres y luego se lanzó de un puente por encima de una corriente de autos que iban a toda velocidad. Dejó su cuerpo esparcido en la avenida, como mantequilla sobre un pan.

Qué buena vida se pegan los artistas. Los que cantan o actúan en grandes producciones, esos que tienen la posibilidad de hacer lo que quieran, los que no conviven con la porquería tan de cerca. Me puse a ver videos en YouTube, di con una entrevista a C. Tangana. Se dice artista y lo mismo le da cantar que pintar, que actuar o cagarse en Las Cibeles. Envidia de la buena. Envida de la buena ser libre y tener billetes para cagarse en Las Cibeles o pagar para ver llorar a Cher.

Qué preciosa pistola, es de acero. Miro en mi clóset y descubro que tengo más de seiscientas corbatas, en su mayoría azules. Las hay desde azul marino hasta azul turquesa, pasando por toda su infinita gama de azules. Juntas hacen una sinfonía de azules, cantan como sirenas tristes alguna canción sobre el éxito y la buena vida. La pistola está guardada en el clóset, tengo las municiones listas.

De pronto se aparece el tipo del puesto de café con sus manazas haciendo malabares con diez naranjas grandes y me pregunta: “Chico, ¿cómo es que sabes exactamente que tienes esa cantidad de corbatas?”

No sé qué decirle, hace unos malabares estupendos. Me quedo en silencio viendo el espectáculo de naranjas. Luego le pregunto: “¿Cómo es que puede hacer eso? ¿Alguna vez le ha arrancado la cabeza a alguien?” Escojo una corbata, acaricio la pistola. Estoy impecable, mis zapatos siempre están perfectos. Salgo en mi carro a toda velocidad, brilla su lujo por donde le mires. Hoy es día de farándula y coffeebreaks, de reporteras interesadas en lo que sea que pueda yo darles a cambio de sus culos. Hay una delgada línea que me separa de los culos y las municiones, de la vida de mierda y la muerte tranquila. Por ahora, decido quedarme.

Imagen: Gun, Andy Warhol

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