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La rentabilidad de la nostalgia | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

Los recuerdos se van si dejan de evocarse una y otra vez en las conversaciones entre amigos.

Milan Kundera, La ignorancia

El viernes pasado se estrenó Toy Story 4, una película innecesaria, pero maravillosa por tocar temas como el existencialismo y el crecimiento personal. La trilogía había cerrado muy bien en 2010, cuando Andy se marchó a la universidad y heredó los juguetes a Bonnie. Andy creció, nosotros crecimos, era un buen final. Parecía que no había motivos para realizar una entrega más, excepto quizá el dinero que se puede generar si se disfraza de sentimiento de pena por algo pasado. Así como Toy Story 4, se encuentran exhibidas Los hombres de negro, Aladín y Godzilla, largometrajes que cualquiera nacido antes del dos mil vio en más de una ocasión, gracias en parte, a la poca oferta televisiva que ofrecía Canal Cinco y Canal Siete. Y sí, todos los que recordamos nuestra infancia, hoy en día tenemos el poder adquisitivo para pagar lo que sea por recordar los viejos tiempos, pues dirían los abuelos, los mejores tiempos siempre fueron pasados.

La cantidad de productos que parten de nuestra nostalgia es inagotable. A principios de mes una marca de tenis sacó en su línea “vieja escuela” la colección basada en Harry Potter. Tenis, playeras, suéteres, gorras y mochilas con los colores y escudos de cada casa del mundo creado por J.K. Rowling. Este año la primera entrega cinematográfica del mago se convierte en mayor de edad y resulta obvio que quienes crecimos esperando la carta de Hogwarts rondamos entre los 20 a 30 años. Sí, también significa que fui corriendo al centro comercial para comprar unos innecesarios tenis como muestra de cariño por una saga.

Por si no fuera poco, la rentabilidad de la nostalgia también llega a los conciertos. Basta mirar los carteles para darnos cuenta de que no hay ideas nuevas, solo melancolía por los artistas de nuestra etapa antes de la adultez. Un tour de los 90´s es el concierto estelar del mes en Querétaro. Artistas que sino fuera por nuestra terquedad estarían en su casa y no llenado un estadio. No tienen canciones nuevas, ni siquiera tienen el interés de sacar un álbum nuevo. Ellos están bien cantando lo mismo que hace 20 años, mientras les paguen.  Pero no solo los poperos mexicanos se llenan los bolsillos con nuestros recuerdos. El cartel del décimo Corona Capital va por los recuerdos de nuestra secundaria y preparatoria. Bandas como The Strokes que hace más de seis años no sacan nuevo material discográfico encabezan el festival, y sí, los boletos están al doble que ediciones pasadas, pero estoy segura de que no seré la única que lo pague por escuchar “Last Nite”, “Reptilia” y “You Only Live Once” y recordar las tardes en el camión de regreso del bachillerato mientras las escuchaba en un iPod nano rosa.

Además, la añoranza del pasado logra romper con prejuicios que en su tiempo no se lograron. Pensemos en la aceptación por el reggaetón, si este es viejito, no en cambio por su contemporáneo. La razón es sencilla, hay quince años de distancia de “Gasolina”, el parteaguas del reggaetón. Y de nueva cuenta recuerda esos años sin responsabilidades. Así miles de jóvenes bailan en festivales de rock al ritmo de los Ángeles Azules, Los Tucanes de Tijuana, Banda el Mexicano y Los Acosta, grupos que en los noventa eran relegados a clases sociales bajas, hoy en día “están a la moda” y tocando en Coachella.

Al final, no importa si hacen negocio con mis sentimientos. Volver a ver a Woody en la gran pantalla, calzar unos tenis de Harry Potter y cantar “La chona” como si tuviera seis años no tiene precio.

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