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Gula | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

Casiano llamó a este vicio «concupiscencia del paladar» (Instituciones V, 5), y tal vez nadie haya explicado mejor sus efectos que el señor Vortigen, goloso personaje de un breve relato de Patrick Leigh-Fermor: «Los pecados espirituales –dice- pueden agobiar la conciencia, atormentarnos sin pausa, convertir el alma en un yermo, el corazón en una piedra. ¡Ay, y lo hacen! Pero no nos estropean la presión sanguínea, ni nos destrozan el hígado».

Mientras que la tristeza, la envidia, la soberbia y la avaricia corroen la salud del alma, la gula toma un rodeo y se abalanza para minar la salud del cuerpo. ¿Y dónde está el héroe que pueda cultivar la amabilidad y la cortesía entre los dolores de una muela cariada? «El mito de Prometeo significa que toda la tristeza del mundo reside en el hígado. Pero, ¿quién se atrevería a reconocer una verdad tan humilde?», se pregunta el novelista François Mauriac en su novela Nudo de víboras. Un solo dolor de estómago, con tal de que sea lo suficientemente fuerte, basta para hacernos desesperar del universo. El hombre es una extraña mezcla de alma y cuerpo, y allí donde duele el cuerpo empezará a doler también el alma.

Quien ha leído a Ignace Lepp (1908-1966) se frota los ojos para convencerse de que no está viendo visiones al leer lo que este famoso pensador escribió en uno de sus libros: «Se recomienda, particularmente a los intelectuales, los tomates crudos, ricos en vitamina C; además, no tienen necesidad de comer mucha carne. En el queso encontrarán las sustancias grasas indispensables en igual cantidad pero de mayor calidad. Como postre, ha de preferirse la fruta a cualquier clase de tortas. Todos los dietistas recomiendan no beber con las comidas, sino después de comer», etcétera, etcétera, etcétera. Pues sí, son palabras suyas, tomadas de El intelectual y el arte de vivir. Ahora bien, ¿cómo es posible que un escritor de vuelos tan altos haya descendido al nivel de ponerse a hablar de los efectos de la vitamina C? No nos admiremos: los libros de Séneca y de otros filósofos de la antigüedad están llenos de recomendaciones semejantes: también la filosofía sufre cuando el filósofo ha dormido mal a causa de una cena demasiado pesada. ¿Cuántas páginas fundamentales para la justa comprensión de la existencia quedarían sin ser escritas sólo porque a nuestros pensadores les dolía el estómago? Es preciso, pues, reconocerlo con humildad: también la sabiduría sufre cuando sus amigos cenan más de lo conveniente.

He aquí algunos fragmentos de lo que Evagrio Póntico (345-399) dejó escrito acerca de la gula, este vicio capital: «Quien domina el propio estómago hace disminuir las pasiones; al contrario, quien es subyugado por la comida incrementa los placeres. Como la leña es alimento del fuego, así la comida es alimento del estómago. La mucha leña alienta una gran llama y la abundancia de comida nutre la concupiscencia. La llama se extingue cuando hay menos leña y la penuria en la comida apaga la concupiscencia… El deseo de comida engendra desobediencia y una deleitosa degustación arroja del paraíso. Un vientre indigente prepara para una oración vigilante; por el contrario, un vientre bien lleno invita a un sueño largo. Una mente sobria se alcanza con una dieta muy magra, mientras que una vida llena de delicadezas arroja la mente al abismo. La oración del ayunante es como el pollito que vuela más alto que un águila mientras que la del glotón está envuelta en las tinieblas. La nube esconde los rayos del sol y la digestión pesada de los alimentos ofusca la mente». Una versión más moderna de estos mismos preceptos podemos encontrarla en un libro de Anselm Grün titulado Su amor sobre nosotros; dice allí el famoso monje benedictino alemán: «El ayuno fortalece la oración porque hace más despierto al orante. La comida sacia y adormece. Con el ayuno la persona se despierta y se abre a lo espiritual, a Dios… Por el ayuno se agudizan los sentidos y se puede leer más claramente en los ojos. Se hacen más despiertos, más brillantes, más vivos, y parece que ven con más intensidad».

Los filósofos escolásticos, tan amantes de las distinciones y las sutilezas, afirmaban que de cinco maneras se comete el pecado de gula: 1) Por comer sin tener necesidad, 2) o con demasiado condimento, 3) o en demasiada cantidad, 4) o con demasiada ansiedad, 5) o entre demasiada alharaca. Acaso exageraran un poco, como exageró sin duda Jean Anthelme Brillat-Savarin cuando dijo en su Fisiología del gusto (1825) que «el hombre es lo que come»; lo que sí es verdad, en todo caso, es que nada de lo que coma dejará de afectarle para bien o para mal hoy mismo por la noche o mañana por la mañana.

«El monje –escribe Casiano- deberá ponerse en guardia contra la gula mediante una triple observancia. Ante todo deberá esperar, para comer, la hora fijada; luego, se contentará con una cantidad prudencial, no permitiéndose llegar hasta el exceso; por último, comerá de cualesquiera manjares y especialmente de los que puedan obtenerse a un precio módico» (Instituciones V, 23).

En realidad, yendo al fondo del problema, de lo que se trata es de domesticar el vientre, de modo que éste no nos impida aplicarnos a cosas más subidas. Ahora bien, que la gula sea un pecado no debe inducirnos a creer que el cristianismo es enemigo del comer y del beber.

Nada de eso. Cuando uno lee las obras de los Padres, queda fascinado a causa de la humanidad y dulzura de sus consejos. Véase, por ejemplo, éste que San Efrén el Sirio dio una vez a un joven monje: «Si un hermano viene a ti, regocíjate con él. Salúdalo. Saluda sus manos y sus pies. No lo molestes con preguntas como: “¿De dónde vienes?”, porque está escrito: De esta manera, algunos han recibido ángeles en su morada sin saberlo. Luego come con él. Y si estás bajo compromiso de ayuno, quiébralo. Debes regocijarte con él, y estar contento. Haz lo más que puedas para que te bendiga tres veces, para que la bendición del ángel que entró con él caiga sobre ti».

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