julio 5, 2022

Conecta con nosotros

#4 Tiempos

La mujer que sacó a la luz la Filosofía Mexicana | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Publicado hace

el

EL CRONOPIO

Infatigable estudiosa del pensamiento mexicano rescató las obras de una buena cantidad de filósofos mexicanos, y se convirtió en la fundadora de los estudios de lo que ahora se conoce como filosofía mexicana. De esta manera colocó en el escenario mundial la contribución del pensamiento de filósofos nacidos en estas tierras desde el siglo XVI al presente.

La muerte la sorprendió, y nos sorprendió, el pasado 19 de septiembre a la edad de noventa y ocho años, con mente lucida y entereza admirable, trabajando hasta los últimos días de su productiva vida. Se encontraba haciendo ajustes a un libro que está en edición relacionado con el pensamiento mexicano del siglo XVI. María del Carmen Rovira Gaspar deja una indisoluble huella en la filosofía y en la creación de conocimiento en México y, su obra, con seguridad, seguirá presente en el imaginario mexicano relacionado con las ideas y el pensamiento en el país.

Una española que se convierte en mexicana, por propia decisión y por las circunstancias política en su país natal. Nace en 1923 en Huelva, España y llega a México en 1939 con exiliados españoles que huían del régimen franquista. Ya en México estudia la preparatoria y se inclina por el estudio de las ciencias naturales, en especial la biología, cuando a través de la lectura de las ideas cartesianas en torno a la precisión y la certeza la lleva por la senda del estudio de la filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde coincidió como alumna de otros destacado filosofo español José Gaos que estudiaba el pensamiento en los países de lengua española. Esta senda sería la que estaría recorriendo Carmen Rovira en su vida de investigadora, historiadora, ensayista y docente.

Su tarea como docente, actividad que amaba sobremanera, al parejo que la investigación, la iniciaría en la década de los cincuenta. En 1955 se titula como licenciada en filosofía y se gradúa en la maestría en filosofía, bajo la dirección de su maestro Gaos.

Se incorpora formalmente como profesora en la UNAM en 1973 y en 1991 funda los estudios sobre el pensamiento filosófico mexicano y la historia de las ideas filosóficas en México en el siglo XIX y XX que eventualmente expande con la traducción y divulgación del pensamiento de filósofos mexicanos en el siglo XVIII. En 2008 funda en la UNAM el Seminario Permanente de Filosofía Mexicana, que dirigió hasta el último día de su vida.

En los últimos años, trabajó en la tradición humanista de los pensadores mexicanos, originada en el siglo XVI como una critica a la conquista de México y una defensa de los pueblos originarios y su derecho a la autodeterminación.

Un par de días después de su muerte, iniciaba la actividad académica semestral que había diseñado Carmen Rovira en torno a su trabajo, en el Seminario Quinientos Años del Asedio a México Tenochtitlán y Doscientos Años de la Consumación de Independencia, que ahora le agregan sus alumnos, un colofón: Una Hermenéutica desde Carmen Rovira, que ahora incorporará la contribución de Carmen Rovira que produjo y rescató la filosofía mexicana que por mucho tiempo fue ignorada y que demostró la existencia de esa filosofía mexicana, abriendo una línea de investigación en el campo de la filosofía. La conferencia inaugural inició la semana pasada con la intervención del Dr. Ambrosio Velazco y que se recomienda su consulta en la dirección: https://www.youtube.com/watch?v=x7dsiv-heNw&t=1720s.

Gracias a su labor podemos conocer las contribuciones de filósofos potosinos y filósofos que vivieron en San Luis Potosí, contribuyendo a esta corriente que dio presencia la mexicana nacida en España, Dra. María del Carmen Rovira Gaspar.

Como un homenaje cerramos con una décima potosina que le dedicara Luis Guillermo Martínez Gutiérrez, filósofo y trovador potosino.

Adiós, Rovira querida

nuestra íntegra profesora;

adiós, pues llegó esa hora

de respirar tu partida.

 

Aunque allá en Huelva naciste

pronto llegaste a este lado

y como más exiliados

mexicana te volviste.

 

Esa trompeta que oíste

del mariachi no la olvidas,

tu música preferida

que gran placer te entregó

hoy el mariachi calló,

¡Adiós, Rovira querida!

 

Del dieciséis al dieciocho

esos siglos estudiaste

y en tal tramo constataste

lo que ahora aquí derrocho.

Y si antes había reprocho

por mirarte decidida

a estudiar comprometida

filosofía mexicana

hoy por hoy eres decana,

¡Adiós, Rovira querida!

 

Hablaste de Clavijero

De Márquez también de Alegre

Para que al poco se integren

Y se estudien por entero.

 

De Gamarra y de Severo

Nos diste una luz pulida

De Sor Juana fue sabida

Tu elocuencia pertinaz

Rovira descansa en paz

¡Adiós, Rovira querida!

 

Nos queda tu disciplina

tu estudio serio y actual

tu ser tan profesional

tu buen humor que fascina.

 

Aún nos queda y aún domina

esa tu voz decidida,

tu cátedra tan florida

y unos cuantos herederos

que siguen por tu sendero

¡Adiós, Rovira querida!

 

Lejos de tu Emeritazgo

-que no es decir cualquier cosa-,

lejos de tu noble prosa

se queda tu liderazgo.

 

Y en medio de tanto hartazgo

en una fac. corrompida,

y entre fáciles salidas

de corrupción y estrechez

nos quedará tu honradez,

¡Adiós, Rovira querida!

Luis Guillermo Martínez Gutiérrez

Lee también: El destacado científico y humanista potosino | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

#4 Tiempos

Una pléyade de poetas potosinos en la carrera de jurisprudencia | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Publicado hace

el

EL CRONOPIO

 

Las letras potosinas en los albores del siglo XX tuvieron una intensa actividad con poetas de primera línea que dieron brillo a la literatura mexicana. Una característica de esta pléyade de artistas es que una gran cantidad de ellos coincidieron en las aulas del Instituto Científico y Literario, principalmente en la carrera de leyes.

Ese ambiente propició que estudiantes de otros estados siguieran ese camino de las letras y las leyes para formarse en el Instituto Científico y Literario, donde iniciaran su carrera en el mundo de las letras, siguiendo ese camino de formación que décadas atrás había marcado el bardo potosino Manuel José Othón.

Varios de esos escritores son desconocidos para los potosinos por lo que se requiere una mayor difusión de sus obras y sobre todo de ese ambiente cultural que se respiraba en el San Luis de principios de siglo y que trascendería a nivel nacional. La coincidencia de esos personajes en las letras y la formación en leyes que nutriera la discusión política que se mantenía en aquella época, que diera marco al movimiento revolucionario, es uno de los casos sui generis que ha sido poco estudiado.

De esa generación de escritores provenientes de otros estados y que vinieron a San Luis a estudiar leyes en el Instituto Científico y Literario sobresalen los poetas y escritores Ramón López Velarde, Manuel Muzquiz Blanco, Luciano Joublanc Rivas y Artemio del Valle Arizpe.

Entre los potosinos se encuentran: José María Facha, Ignacio Medellín Espinosa, David Alberto Cossío, José Margarito Ramos, Melchor Vera, Agustín Vera, Juan del Trejo, José Ciriaco Cruz, Rafael Diaz de León, Gildardo Estrada Dávalos, José Antonio Niño, Antonio Barrenechea Sein, Juan José González Bustamante, Alfredo Zepeda Winkfield, Jorge Adalberto Vázquez, Jesús Silva Hersog, Luis Castro y López, Salvador Gallardo, Rodolfo Diódoro Ruiz, Romeo Manrique de Lara, Roberto de la Cerda Silva, Aurelio de Alba, Salvador Cabello, Arturo Reyes Robledo, Guillermo Aguirre y Fierro, Miguel Álvarez Acosta, Manuel Ramírez Arriaga, Jorge Ferretis, Antonio Castro Leal, Francisco Arellano Belloc, Jesús Zavala.

Es asombrosa la lista que se menciona y, no es completa, pues se centra en aquellos que estuvieron en el Instituto Científico y algunos de ellos también en el Seminario Conciliar. Así que en la ciudad de San Luis Potosí se nutría con los poemas y escritos que a través de poemas sueltos o libros publicaban estos poetas.

Figuras como Othón que, para entonces, era el poeta representativo de la literatura mexicana, así como el caso de López Velarde, atrajeron más que retraer a los jóvenes que ensayaban en forjar poemas, sirviéndoles de estímulo, fundaron revistas y periódicos y conformaron el enriquecimiento de la vida cultural potosina.

De esa lista de poetas que coincidieron en la carrera de leyes del Instituto Científico y Literario en los primeros años del siglo XX aparecen más de treinta escritores que sin duda crearon un rico ambiente cultural en torno a la literatura, propiciaron la discusión política y contribuyeron al desarrollo del propio Instituto Científico y Literario que se preparaba para convertirse en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí al obtener su autonomía al inicio de la segunda década del siglo XX.

También lee: El médico Gregorio Barroeta como profesor de física | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

Continuar leyendo

#4 Tiempos

Recomendaciones de cine LGBTQ+ | Columna de Mario Candia

Publicado hace

el

APUNTES DE UN CINEÓFITO

 

El lugar sin límites (Ripstein. 1978) Con un guión basado en la novela de José Donoso y con la colaboración del novelista argentino Manuel Puig, El lugar sin límites del director mexicano Arturo Ripstein representa un parteaguas en la cinematografía nacional, una película de culto que expone el machismo, la homofobia, el odio, la doble moral, la corrupción y abusos de poder en nuestra sociedad. La película muestra una mirada seria sobre la homosexualidad como no se había visto antes en el cine mexicano, un relato que desafortunadamente se mantiene actual y vigente. Para la posteridad quedan las enormes actuaciones de sus intérpretes, en especial la de Roberto Cobo, quien es todo un icono dentro del cine nacional, tanto por su trabajo como “El Jaibo” en Los olvidados de Buñuel, como por su “Manuela” y su inolvidable baile de la leyenda del beso. Un clásico de culto mexicano.

Prayers for Bobby (Mulcahy. 2009) Película basada en hechos reales, nos muestra el entramado de relaciones de una idílica familia cristiana, en la cual todo funciona a la perfección, cada miembro se mueve según ‘‘la voluntad de Dios’’. Sin embargo el perfecto mundo forjado bajo las férreas doctrinas que inculca la biblia se viene abajo cuando se descubre que Bobby no es el hijo perfecto con el que sus progenitores siempre habían soñado. La madre del joven Bobby, interpretada por Sigourney Weaver, es una señora de creencias evangélicas fundamentalistas que no puede asimilar que su hijo es homosexual. A partir de ahí, el drama va creciendo, hasta llegar a la tragedia. Y la tragedia dará paso al descubrimiento, a la transformación y a la solidaridad. Uno de los objetivos del filme es remover conciencias y hacernos reflexionar. Y sin duda nos hace anhelar el día en que la aceptación, la comprensión y el amor en el sentido más pleno de la palabra, hagan posible que historias como estas no tengan que suceder.

Pride (Warchus. 2014) La película relata la lucha de los mineros contra la Dama de Hierro, sus huelgas y reivindicaciones callejeras. Y como, una cuadrilla de gays y lesbianas, ante el rechazo a su colectivo en 1984, deciden crear una asociación en apoyo a los mineros para quizá así, conseguir aceptación y visualización. Lo que parece una idea alocada, poco a poco va tomando sentido, llegando a prensa, radios y televisión. Matthew Warchus y su guionista Stephen Beresford componen un agradable relato conciliador y emotivo que hace recuperar la fe en el ser humano más allá de todo lo que nos divide y, revindica aquello que nos une, que es el espíritu humano de solidaridad.

Retrato de una mujer en llamas (Sciamma. 2019) Una película que captura la esencia de los profundos sentimientos que sienten dos mujeres atrapadas en un tiempo que no es el suyo, el amor que surge entre ellas y la indeleble huella que les deja para siempre. Una cinta de gran belleza y delicadeza desde el primer fotograma al último, sin demasiados concesiones al sentimentalismo. Tiene momentos mágicos, cómo la canción de la fiesta en el fuego de un grupo exclusivo de mujeres, repleta de lírica, de poesía. Una película con secuencias que por momentos parecen pinturas renacentistas en imperceptible movimiento. Técnicamente es prodigiosa, tanto la fotografía como el sonido, que te transporta a esa época. Extraordinaria.

También lee: Películas australianas que debes ver sí o sí | Columna de Mario Candia

Continuar leyendo

#4 Tiempos

La historia de Juan | Columna de Juan Jesús Priego

Publicado hace

el

LETRAS minúsculas

 

Conozco a Juan desde hace mucho, desde el tiempo en que éramos vecinos de banco en la preparatoria y estudiábamos juntos por las tardes en el mismo equipo.

Juan. Lo recuerdo con la mirada siempre fija en la lejanía o inclinado ante la página de un libro abierto por la mitad. Hace treinta y cinco años –¡treinta y cinco años ya!- usaba unas gafas gruesas y verdes que lo hacían parecer más viejo de lo que era, y aunque hoy usa unos lentes más delgados y finos y luce más juvenil que hace dos décadas , sigue siendo el mismo Juan.

En aquel entonces caminaba por los pasillos del colegio siempre pegado a la pared, como si no quisiera robar espacio a los demás o necesitase apoyarse en algo para no caer.

Nunca aceptaba nada. Cuando, por ejemplo, lo invitábamos a comer o a cenar, él siempre se sentía en la obligación de pagar la cuenta, y si uno de nosotros le rogaba que no lo hiciera, él se removía en su silla, visiblemente angustiado. Más de una vez, fingiendo tener que ir al baño, se dirigió a la caja para tomarnos la delantera y pagar la cuenta. Los que no lo estimaban se aprovechaban de él, diciéndose entre ellos: «¿Invitamos a Juan para que pague él?»; los que lo estimábamos habíamos dejado de invitarlo a nuestras reuniones por dos motivos: primero, porque sabíamos que no era rico y nuestras invitaciones le eran gravosas, y, segundo, porque no queríamos apenarlo innecesariamente: nos daban lástima sus gestos de tímido, su cara de huérfano.

Una vez, por su cumpleaños, le regalé un libro cuyo título no recuerdo ahora. Quizá era El Principito, aunque no estoy muy seguro. Pues bien, al día siguiente fue a dejar a mi casa un libro todavía más caro y más gordo que el que yo le había obsequiado el día anterior diciendo que desde hacía tiempo había pensado llevármelo a la escuela, pero que no lo había hecho por puro descuido de su parte. «Siempre se me olvidaba meterlo en la mochila», me dijo bajando la voz y cerrando los ojos, cual si estuviera pidiéndome perdón. En otras palabras, con él no había remedio.

Un personaje del mundo novelístico de Flannery O’Connor (1925-1964), la escritora norteamericana, era exactamente como Juan: «Después de cada comida buscaba en el bolsillo un pedazo de lápiz y escribía una cifra: aquella que, según él, costaba la comida. A su tiempo restituiría la suma entera». Juan la restituiría pagando a su vez en la próxima reunión.

Por aquellos días, según nos enteramos, Juan tuvo una novia. ¿Le parece a usted extraño? A nosotros, crueles con la crueldad de la juventud, el hecho no sólo nos pareció insólito, sino incluso ridículo. ¿Juan una novia? Sí, y tanto la quería que diariamente le compraba un pequeño ramo de rosas. Y no sólo eso, sino que además la llevaba al cine, o a alguna plaza comercial para invitarle un helado. ¿Todos los días, todos los días? Sí. «Esto acabará mal», sentenciamos en coro sus amigos. Y así sucedió, en efecto, porque cuando, sacando cuentas, vio Juan que aquella relación lo tenía a un paso de la depresión económica, de la ruina financiera, decidió sencillamente terminarla.

La novia, claro está, ni siquiera lo buscó para decirle lo que suele decirse en tales circunstancias, a saber, que volvieran otra vez, que no le importaba recibir cosas, que con regalos o sin ellos ella lo quería lo mismo, o cosas así, sino que simplemente desapareció de su vida como desaparece una cucaracha por el resquicio de una puerta.

Y entonces, claro está, la depresión económica de Juan adquirió también un sesgo marcadamente psicológico que lo dejó al borde del suicidio. «¿Por qué nadie me quiere, por qué nadie quiere quererme?», nos preguntaba a sus amigos, que lo único que hacíamos era darle inofensivas palmaditas en la espalda.

Hoy, sin embargo, sí sabría explicar por qué la cosa tenía que acabar mal: porque el amor es un intercambio en el que se da y se recibe al mismo tiempo, y Juan nunca recibió nada a cambio de lo que daba. Él era el que tenía siempre que hablar, que invitar, que insistir. ¿Y qué recibía en compensación? Ya lo sabe el lector: nada. Como me dijo una vez un hombre de campo, hay quienes gustan de usar sólo el azadón, y cuando tienen que usar la pala se escabullen. La novia de Juan pertenecía, evidentemente, a esta raza malévola.

«Amar –dice Erich Fromm repetidamente en uno de sus libros- es esencialmente dar, no recibir». Sí, y, sin embargo, el que nunca recibe termina cansándose de no ser sino el que siempre da. ¡También a él, alguna vez, le gustaría que le dieran algo! Como dijo Benedicto XVI en Dios es amor, su primera encíclica, «el hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don» (n. 7).

Es más, según Anselm Grün, famoso monje benedictino y autor de innumerables libros de espiritualidad, uno de los enemigos de la amistad y del amor es la tentación de estarle siempre dando cosas al otro. «El exceso de favores –escribió una vez- debilita la amistad en lugar de fortalecerla. Hay, efectivamente, personas que regalan muchas cosas a sus amigos. Esto lleva a que el amigo sienta que el otro quiere comprar su amistad. Es verdad que puede reprimir este sentimiento, pero, en seguida, el sentimiento reprimido se transforma en agresividad y, finalmente, conduce al endurecimiento». En otras palabras: los roles acaban consolidándose y el que recibe ya nunca quiere dar; y, así, si el otro esperaba algo a cambio de lo que daba –una palabra de afecto, una declaración de cariño- se queda lindamente con un palmo de narices.

¿Es esto es lo que había pasado con Juan? Tal vez. Pero ojalá haya aprendido la lección, y en su próximo noviazgo –en el caso de que lo haya, aunque ya sea preocupantemente tardío- confíe más en sí mismo y menos en el valor de sus regalos.

(Posdata: ayer vi a Juan en la calle; llevaba sus gafas modernas y, en las manos, una caja de chocolates. Iba, además, muy sonriente. Ojalá no se trate de lo que estoy pensando…).

También lee: El ruido de la vida | Columna de Juan Jesús Priego

Continuar leyendo

Opinión