julio 3, 2022

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#4 Tiempos

La razón nostálgica | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

«Así como hay una historia técnica (por llamarla de este modo) tanto de las ciencias como de las artes –seguí diciendo a mi amigo- así debería haber una historia sentimental de ellas, ¿no lo crees?». Mi amigo no lo creía y me lanzó una mirada de desaprobación.

Seguí diciéndole: «¿Qué es lo que sabemos del teléfono, por ejemplo? De hecho, que lo inventó un señor llamado Graham Bell, pero nada más. Ahora bien, ¿qué es lo que pretendía este señor sino acercar las voces lejanas y, por decir así, volver a escuchar las palabras que el viento había dispersado y la muerte apagado?». 

Mi amigo se me quedó mirando, y tras un prolongado silencio dijo que no era seguro que fuera esto precisamente lo que había querido el señor Bell. «Después de todo –dijo- casi todo lo que se inventa acaba usándose más tarde para cosas muy distintas a las que imaginó su inventor». Me citó el caso del walkman y de otros muchos aparatos tecnológicos posmodernos. Sí, tenía razón en eso: el walkman, que fue diseñado para hacer menos tediosos los viajes trasatlánticos de los altos mandos de la Sony, acabó convirtiéndose luego en el símbolo del hombre nómada de nuestros días. Todo esto era verdad, pero no creí que esto lo explicara todo, de modo que proseguí de la siguiente manera:

«Quieras que no, ha sido la nostalgia lo que nos ha llevado a inventar todo tipo de artilugios y aparatos. La nostalgia del otro y, sobre todo, la nostalgia del otro en su calidad de ausente. ¡La civilización nació gracias a la tristeza y avanzó gracias a una razón que no nos equivocaríamos en llamar nostálgica!».

Proseguí: «¿Sabrías decirme cómo nació la pintura? Nos lo dice Plinio en su famosa Historia natural: gracias a una doncella corintia que, para consolarse de lo lejos que se encontraba aquel a quien ella amaba, se puso a pintar en una pared el perfil de su rostro. Uno quisiera pensar en un origen menos modesto y, sin embargo, así fue. Una muchacha pensaba en su amado, tomó de algún lugar un carbón apagado o algo así, y con estos trazos humildes, nostálgicos y caprichosos dio nacimiento a la primera de las bellas artes».

Como mi amigo, por lo que pude ver, quedó fascinado con esta historia, continué: «Si Plinio tiene razón –como creo yo que la tiene-, entonces el arte nació de la nostalgia. Pero sigamos adelante. Muchos siglos después, gracias a una nostalgia igual a la anterior, nació la fotografía, arte que si bien, como sabemos, empezó ocupándose de paisajes y monumentos, pronto se dio a la tarea de conservar, ante todo, la memoria de los rostros. Consta por los historiadores de la tecnología que la fotografía no hizo a la población maldita la gracia hasta que no vio que, valiéndose de ella, podía conservar por años y años la imagen de sus seres amados. En este punto habría que recordar que la fotografía no se popularizó sino hasta el estallido de una guerra: la civil norteamericana, que hizo que los familiares de los combatientes, antes de dejarlos partir, los obligaran a posar ante un fotógrafo. ¡Ya que se iban, que por lo menos dejaran su imagen! Imagen que, por las noches o en las horas tristes, las madres o las esposas acariciarían con honda nostalgia: la misma de aquella muchachita de Corinto».

»Ahora bien –seguí diciendo-, si la conservación de la imagen tiene un origen tan descaradamente nostálgico, como he tratado de probar, la conservación del sonido tiene un origen semejante. Si hoy tenemos lectores de discos y estéreos de gran fidelidad ha sido porque hace mucho tiempo, en el tercer cuarto del siglo XIX, un hombre inventó el gramófono, que es como el abuelo de nuestros modernos aparatos estereofónicos de alta fidelidad. ¿Y qué pretendía el inventor del gramófono si no conservar las voces de los seres amados, voces que pronto o tarde se apagarían? A este respecto es muy ilustrativo lo que dejó escrito Charles Cros, inventor de un artilugio llamado paleófono o máquina de la memoria: 

 

Como los rostros en los retratos,

he querido que las voces amadas

fueran un bien que se disfrutara para siempre

 y pudieran repetir el sueño

musical de este ahora demasiado breve.

El tiempo quiere huir, pero yo lo detengo.

 

»Hacer hablar a los muertos, o a los que alguna vez lo serán: he aquí el objetivo que Charles Cros se fijó al inventar el paleófono, un aparato que vino a abrir camino, para decirlo ya, al primer gramófono de la historia. ¿Lo ves? –dije a mi amigo con una sonrisa de victoria estampado en mi rostro-. Lo que mueve al hombre es el amor, y para vivirlo o revivirlo inventará cuantos aparatos sean necesarios».

-Porque sin amor, como dice Erich Fromm –dijo mi amigo en voz muy queda, cual si recitara un poema- el hombre no podría vivir un solo día más».

-Claro, claro, eso es», dije frotándome las manos de satisfacción.

»Y así como puede leerse la historia de las comunicaciones en clave amorosa o sentimental, en la misma clave podría leerse igualmente la historia del universo. ¿No dijo Dante en su comedia divina que era el amor el que movía il cielo e le altre stelle? Sí, pese a las apariencias, la historia es movida por el amor. Pero, si te parece, dejaremos este asunto para otro día». 

-Me parece –dijo mi amigo.

-A mí también –dije yo.

Y nos despedimos con un fuerte apretón de manos, que, por lo demás, también es un rito inventado por el afecto.

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#4 Tiempos

Recomendaciones de cine LGBTQ+ | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO

 

El lugar sin límites (Ripstein. 1978) Con un guión basado en la novela de José Donoso y con la colaboración del novelista argentino Manuel Puig, El lugar sin límites del director mexicano Arturo Ripstein representa un parteaguas en la cinematografía nacional, una película de culto que expone el machismo, la homofobia, el odio, la doble moral, la corrupción y abusos de poder en nuestra sociedad. La película muestra una mirada seria sobre la homosexualidad como no se había visto antes en el cine mexicano, un relato que desafortunadamente se mantiene actual y vigente. Para la posteridad quedan las enormes actuaciones de sus intérpretes, en especial la de Roberto Cobo, quien es todo un icono dentro del cine nacional, tanto por su trabajo como “El Jaibo” en Los olvidados de Buñuel, como por su “Manuela” y su inolvidable baile de la leyenda del beso. Un clásico de culto mexicano.

Prayers for Bobby (Mulcahy. 2009) Película basada en hechos reales, nos muestra el entramado de relaciones de una idílica familia cristiana, en la cual todo funciona a la perfección, cada miembro se mueve según ‘‘la voluntad de Dios’’. Sin embargo el perfecto mundo forjado bajo las férreas doctrinas que inculca la biblia se viene abajo cuando se descubre que Bobby no es el hijo perfecto con el que sus progenitores siempre habían soñado. La madre del joven Bobby, interpretada por Sigourney Weaver, es una señora de creencias evangélicas fundamentalistas que no puede asimilar que su hijo es homosexual. A partir de ahí, el drama va creciendo, hasta llegar a la tragedia. Y la tragedia dará paso al descubrimiento, a la transformación y a la solidaridad. Uno de los objetivos del filme es remover conciencias y hacernos reflexionar. Y sin duda nos hace anhelar el día en que la aceptación, la comprensión y el amor en el sentido más pleno de la palabra, hagan posible que historias como estas no tengan que suceder.

Pride (Warchus. 2014) La película relata la lucha de los mineros contra la Dama de Hierro, sus huelgas y reivindicaciones callejeras. Y como, una cuadrilla de gays y lesbianas, ante el rechazo a su colectivo en 1984, deciden crear una asociación en apoyo a los mineros para quizá así, conseguir aceptación y visualización. Lo que parece una idea alocada, poco a poco va tomando sentido, llegando a prensa, radios y televisión. Matthew Warchus y su guionista Stephen Beresford componen un agradable relato conciliador y emotivo que hace recuperar la fe en el ser humano más allá de todo lo que nos divide y, revindica aquello que nos une, que es el espíritu humano de solidaridad.

Retrato de una mujer en llamas (Sciamma. 2019) Una película que captura la esencia de los profundos sentimientos que sienten dos mujeres atrapadas en un tiempo que no es el suyo, el amor que surge entre ellas y la indeleble huella que les deja para siempre. Una cinta de gran belleza y delicadeza desde el primer fotograma al último, sin demasiados concesiones al sentimentalismo. Tiene momentos mágicos, cómo la canción de la fiesta en el fuego de un grupo exclusivo de mujeres, repleta de lírica, de poesía. Una película con secuencias que por momentos parecen pinturas renacentistas en imperceptible movimiento. Técnicamente es prodigiosa, tanto la fotografía como el sonido, que te transporta a esa época. Extraordinaria.

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#4 Tiempos

La historia de Juan | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Conozco a Juan desde hace mucho, desde el tiempo en que éramos vecinos de banco en la preparatoria y estudiábamos juntos por las tardes en el mismo equipo.

Juan. Lo recuerdo con la mirada siempre fija en la lejanía o inclinado ante la página de un libro abierto por la mitad. Hace treinta y cinco años –¡treinta y cinco años ya!- usaba unas gafas gruesas y verdes que lo hacían parecer más viejo de lo que era, y aunque hoy usa unos lentes más delgados y finos y luce más juvenil que hace dos décadas , sigue siendo el mismo Juan.

En aquel entonces caminaba por los pasillos del colegio siempre pegado a la pared, como si no quisiera robar espacio a los demás o necesitase apoyarse en algo para no caer.

Nunca aceptaba nada. Cuando, por ejemplo, lo invitábamos a comer o a cenar, él siempre se sentía en la obligación de pagar la cuenta, y si uno de nosotros le rogaba que no lo hiciera, él se removía en su silla, visiblemente angustiado. Más de una vez, fingiendo tener que ir al baño, se dirigió a la caja para tomarnos la delantera y pagar la cuenta. Los que no lo estimaban se aprovechaban de él, diciéndose entre ellos: «¿Invitamos a Juan para que pague él?»; los que lo estimábamos habíamos dejado de invitarlo a nuestras reuniones por dos motivos: primero, porque sabíamos que no era rico y nuestras invitaciones le eran gravosas, y, segundo, porque no queríamos apenarlo innecesariamente: nos daban lástima sus gestos de tímido, su cara de huérfano.

Una vez, por su cumpleaños, le regalé un libro cuyo título no recuerdo ahora. Quizá era El Principito, aunque no estoy muy seguro. Pues bien, al día siguiente fue a dejar a mi casa un libro todavía más caro y más gordo que el que yo le había obsequiado el día anterior diciendo que desde hacía tiempo había pensado llevármelo a la escuela, pero que no lo había hecho por puro descuido de su parte. «Siempre se me olvidaba meterlo en la mochila», me dijo bajando la voz y cerrando los ojos, cual si estuviera pidiéndome perdón. En otras palabras, con él no había remedio.

Un personaje del mundo novelístico de Flannery O’Connor (1925-1964), la escritora norteamericana, era exactamente como Juan: «Después de cada comida buscaba en el bolsillo un pedazo de lápiz y escribía una cifra: aquella que, según él, costaba la comida. A su tiempo restituiría la suma entera». Juan la restituiría pagando a su vez en la próxima reunión.

Por aquellos días, según nos enteramos, Juan tuvo una novia. ¿Le parece a usted extraño? A nosotros, crueles con la crueldad de la juventud, el hecho no sólo nos pareció insólito, sino incluso ridículo. ¿Juan una novia? Sí, y tanto la quería que diariamente le compraba un pequeño ramo de rosas. Y no sólo eso, sino que además la llevaba al cine, o a alguna plaza comercial para invitarle un helado. ¿Todos los días, todos los días? Sí. «Esto acabará mal», sentenciamos en coro sus amigos. Y así sucedió, en efecto, porque cuando, sacando cuentas, vio Juan que aquella relación lo tenía a un paso de la depresión económica, de la ruina financiera, decidió sencillamente terminarla.

La novia, claro está, ni siquiera lo buscó para decirle lo que suele decirse en tales circunstancias, a saber, que volvieran otra vez, que no le importaba recibir cosas, que con regalos o sin ellos ella lo quería lo mismo, o cosas así, sino que simplemente desapareció de su vida como desaparece una cucaracha por el resquicio de una puerta.

Y entonces, claro está, la depresión económica de Juan adquirió también un sesgo marcadamente psicológico que lo dejó al borde del suicidio. «¿Por qué nadie me quiere, por qué nadie quiere quererme?», nos preguntaba a sus amigos, que lo único que hacíamos era darle inofensivas palmaditas en la espalda.

Hoy, sin embargo, sí sabría explicar por qué la cosa tenía que acabar mal: porque el amor es un intercambio en el que se da y se recibe al mismo tiempo, y Juan nunca recibió nada a cambio de lo que daba. Él era el que tenía siempre que hablar, que invitar, que insistir. ¿Y qué recibía en compensación? Ya lo sabe el lector: nada. Como me dijo una vez un hombre de campo, hay quienes gustan de usar sólo el azadón, y cuando tienen que usar la pala se escabullen. La novia de Juan pertenecía, evidentemente, a esta raza malévola.

«Amar –dice Erich Fromm repetidamente en uno de sus libros- es esencialmente dar, no recibir». Sí, y, sin embargo, el que nunca recibe termina cansándose de no ser sino el que siempre da. ¡También a él, alguna vez, le gustaría que le dieran algo! Como dijo Benedicto XVI en Dios es amor, su primera encíclica, «el hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, descendente. No puede dar únicamente y siempre: también desea recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don» (n. 7).

Es más, según Anselm Grün, famoso monje benedictino y autor de innumerables libros de espiritualidad, uno de los enemigos de la amistad y del amor es la tentación de estarle siempre dando cosas al otro. «El exceso de favores –escribió una vez- debilita la amistad en lugar de fortalecerla. Hay, efectivamente, personas que regalan muchas cosas a sus amigos. Esto lleva a que el amigo sienta que el otro quiere comprar su amistad. Es verdad que puede reprimir este sentimiento, pero, en seguida, el sentimiento reprimido se transforma en agresividad y, finalmente, conduce al endurecimiento». En otras palabras: los roles acaban consolidándose y el que recibe ya nunca quiere dar; y, así, si el otro esperaba algo a cambio de lo que daba –una palabra de afecto, una declaración de cariño- se queda lindamente con un palmo de narices.

¿Es esto es lo que había pasado con Juan? Tal vez. Pero ojalá haya aprendido la lección, y en su próximo noviazgo –en el caso de que lo haya, aunque ya sea preocupantemente tardío- confíe más en sí mismo y menos en el valor de sus regalos.

(Posdata: ayer vi a Juan en la calle; llevaba sus gafas modernas y, en las manos, una caja de chocolates. Iba, además, muy sonriente. Ojalá no se trate de lo que estoy pensando…).

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#4 Tiempos

El médico Gregorio Barroeta como profesor de física | Columna de J.R. Martínez/Dr. Flash

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EL CRONOPIO

 

Hace sesenta y cinco años la física moderna se asentaba en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí; en esta sección hemos tratado algunos de sus aspectos y en particular recordamos a profesores de física que de cierta manera allanaron, desde el siglo XIX, el camino para su consolidación, en esta ocasión toca el turno a un personaje al que ya nos hemos referido en anteriores entregas: Gregorio Barroeta Corvalán que fuera profesor de física en varias instituciones educativas del estado, siendo profesor de la cátedra de física en el Instituto Científico y Literario desde 1884 al retirarse el profesor Francisco Javier Estrada.

Gregorio Barroeta, médico y cirujano egresado de la Escuela Nacional de Medicina, fue además un destacado naturalista, director del Observatorio Meteorológico del Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí y encargado de la cátedra y del Museo de Historia Natural. De los personajes potosinos ligados a la ciencia del siglo XIX es el único cuyo nombre ostenta una escuela para niños, la que se encuentra en la Ciénega de San José en el enclave minero de Santiago Papasquiaro en la sierra de Durango.

Podemos situar el año de su nacimiento en 1831 en San Luis Potosí, falleció el 25 de octubre de 1906, en su casa habitación ubicada en el número 16 de la 4° calle del cinco de mayo.

Se relacionó con la comunidad científica mundial y varios de ellos visitaron San Luis, compartiendo experiencias científicas. Durante una de esas visitas se fundó la Sociedad Médica de San Luis Potosí.

Perteneció a varias sociedades científicas tanto del país como del extranjero, hablaba siete idiomas y como cirujano era una eminencia, como que fue el primero en toda la república que practicó varias veces, conjuntamente con el médico Esteban Olmedo, la ligadura de la arteria temporal superficial, con anestesia clorofórmica. Ambos realizaron también, hacia 1873 una operación de meningocele cervical. Las descripciones de ambos trabajos fueron publicados en La Fraternidad, publicación del Cuerpo Docente de Médicos y de la Sociedad Médica de San Luis. Se dedicó con especialidad a los estudios biológicos y botánicos, sus investigaciones sobre la flora potosina fueron revisadas por una academia de la ciudad de Viena, quien impuso los nombres científicos de Viola Barroetácea y Barroeta Setosa a unas desconocidas variedades de plantas que él envió y clasificó.

Al encargarse de la cátedra y gabinete de física en el Instituto Científico, siendo el también médico Dr. Doroteo Ledesma egresado de medicina en el propio Instituto su suplente, esta era una de las mejores y más bien dotadas del Instituto y según las crónicas de la época, había sido trasladada a un elegante salón (actual oficina de rectoría de la UASLP) destinado a ese objeto y enriquecido con todos aquellos aparatos que los adelantos de la ciencia reclaman.

En 1879 se abría la cátedra de física en la Escuela Normal para Profesoras, que fuera fundada en 1868, encargándose de la misma el Dr. Gregorio Barroeta; en el Colegio Seminario Cociliar también se incorporaría, junto a las materias religiosas, la materia de física para los estudiantes seminaristas ofreciéndose en el sexto año de estudios preparatorios atendida por el Dr. Barroeta, quien además impartiría la cátedra en el Colegio Politécnico de San Luis que se abriera a fines de la década de los setenta del siglo XIX.

De entre los colegios particulares, uno que enseñaba geografía y cosmografía, así como nociones de ciencias físicas y naturales era el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, establecido en un lote del exconvento del Carmen en 1888, fundado por el Obispo Dr. Ignacio Montes de Oca y Obregón, contando con especialistas para determinadas clases.

De esta forma el número de alumnos que en el último cuarto del siglo XIX, cursaron física o al menos temas de física, no fue del todo bajo, algunos llegarían a figurar con importantes aportaciones en el campo de la ciencia y en particular de la física, y en su formación contribuiría el médico, naturalista y estudioso de la física Dr. Gregorio Barroeta Corvalán. 

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Opinión