enero 28, 2022

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#4 Tiempos

Kostoglotov | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas

 

Confesó una vez Graham Greene (1904-1991) en el transcurso de una entrevista que cada vez que veía en algún tiradero de libros obras que amaba o que había amado en otro tiempo, para rescatarlas del naufragio, las compraba, aunque ya las tuviera en su biblioteca. ¡Cómo! ¿Compraba libros repetidos? Sí.  ¿Y por qué lo hacía? Él mismo lo explica más adelante: por un cierto sentido de seguridad. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si alguien le pidiese un libro que él no quisiera prestar de ninguna manera? Y puesto que tales eventualidades casi siempre acaban por presentarse –pensaba Greene-, más valía, por si las dudas, tener siempre un ejemplar de repuesto.

Si un libro ha pasado ya a formar parte de nuestra biografía personal, si es un libro de veras querido, entonces lo mejor es que tengamos de él por lo menos dos ejemplares, como hacía Greene: uno para conservarlo celosamente en nuestros anaqueles, y otro para prestarlo, en caso de que alguien se atreva a pedírnoslo prestado.

Ahora bien, ¿se deben prestar los libros? Sobre esto no hay nada escrito. El mismo Romano Guardini (1885-1968) no supo qué decir respecto a esta terrible cuestión; he aquí, por ejemplo, lo que confesó en su bellísimo Elogio del libro (1951): «¿Qué hay de más obvio que el que posee un libro lo preste a  otro que quiere leerlo? Porque éste lo necesita, o porque no ha podido conseguirlo; porque esa lectura le haría bien, o porque es bello crear un contacto humano a través del conocimiento o de la alegría que proporciona la lectura de una misma obra. Pero respecto a esto, ¡qué experiencias no se tienen! ¡Cuánto tiempo pasa antes de que el libro dado en préstamo regrese a su primer dueño! Y, si vuelve, ¡lo hace en unas condiciones tan penosas que lo mejor sería echarlo de una buena vez a la basura! En él se reúnen todos los agravios que se le pueden infligir a un libro: está sucio, las páginas se salen de su sitio o vienen dobladas y en los márgenes se han escrito signos y acaso hasta observaciones. Y el comportamiento de aquel a quien se le ha prestado es tan desenvuelto que parece no haberse dado cuenta de haber tenido en las manos un libro ajeno», etcétera… ¿No hay, pues, que prestar los libros? Guardini lo deja a la conciencia de cada cual.

Bien, todo esto ha venido a cuento porque acabo de comprar –por segunda vez- El pabellón del cáncer, la novela del escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn (1918-2008). Como ya tenía yo esta obra, y además publicada por Aguilar en dos hermosos volúmenes –uno de cubierta azul y el otro de color malva-, pensé que lo mejor sería comprarme otros libros con ese mismo dinero; pero como el precio que me pedían por ellos era más bien módico y años atrás alguien me la había pedido prestada (sin nada de éxito por su parte, debo confesarlo), pensé que ahora era tiempo incluso de regalársela. Así que la volví a comprar. Mientras regresaba a mi casa y la hojeaba lentamente, saltó de entre sus páginas un nombre que ya había olvidado, pero que en otro tiempo recordaba con emoción y ternura, pues encarnaba una actitud ante la vida que a mí me hubiera gustado mucho adoptar. Este nombre era Kostoglotov.

En la novela de Solzhenitsyn, Kostoglotov es un muchacho con cáncer que comparte el pabellón con otros muchos enfermos del mismo mal. Pero, mientras los demás se pasan la vida quejándose de los pésimos servicios hospitalarios, o de la vida, o de sus familiares, que no los visitan nunca, o de Dios, Kostoglotov se pone a leer. Es un muchacho que está siempre leyendo. Aun con sus mínimas esperanzas de vida, hace planes y se entrega apasionadamente a la lectura.

En el mismo pabellón está también Yefrem, un hombre con cara de rata que se pasea continuamente por la sala reprochándole a todos sus falsas ilusiones.

-«Se acabó –decía éste-. No volverán a casa, ¿entendido? Y si regresan a casa no será por mucho tiempo. Volverán otra vez aquí. El cáncer está encariñado con las personas. A la que atenaza con sus dentones, ya no la suelta hasta la muerte».

Tal era el pasatiempo de Yefrem: anunciar la muerte y quebrar la esperanza a lo largo y lo ancho del pabellón. Pero un buen día, al escuchar sus profecías desventuradas, Kostoglotov lo paró en seco y le dijo:

-«¡Yefrem! ¡Deja ya de lamentarte! Toma este libro y léelo.

»Yefrem se le encaró como un toro, con la mirada turbia.

-»¿Y para qué leer? –le objetó-. ¿Para qué si, no tardando, reventaremos todos?

»Kostoglotov, moviendo, su cicatriz, replicó:

»-Por eso mismo tienes que darte prisa, porque pronto moriremos. ¡Toma, toma!

»Y le tendió el libro. Yefrem no se movió».

¿Quién de los dos tenía razón: Yefrem o nuestro joven lector? Kostoglotov sabía que vivir es apresurarse, ganarle tiempo al tiempo a fin de poder realizar las cosas esenciales. «Hay que apresurarse a amar», dice un personaje de El malentendido, la pieza teatral de Albert Camus (1913-1960). Sí, hay que apresurarse. Los mortales no pueden darse el lujo de dejar para mañana, de posponer lo urgente.

Poco antes de que muriera, fui hace tiempo a visitar a un sacerdote que en otro tiempo había sido mi maestro, el padre David Palomo. Estaba en cama y temblaba de pies a cabeza: padecía el mal de Parkinson, rondaba los ochenta años y cada tercer día era necesario conectarlo a una bombona de oxígeno. ¿Y cómo creen ustedes que lo encontré? ¿Llorando acaso por su triste suerte? Nada de eso. ¡Leyendo un método para aprender griego! «Quiero dominarlo bien», me dijo quedamente. Yefrem se hubiera burlado de él preguntándole con cinismo: «¿Y ya para qué?». Pero yo pensaba: «He aquí otro Kostoglotov, un ejemplar de esta misma raza de valientes: ejemplar de los que, por desgracia, quedan ya bien pocos en este mundo. ¡Dios sea bendito por aquellos que han aceptado vivir su vida hasta el el final!».

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#4 Tiempos

El terror en tiempos de pandemia | Columna de Mario Candia

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APUNTES DE UN CINEÓFITO.

Desde aquel 28 de diciembre de 1895 en el que los hermanos Lumière proyectaron la salida de los obreros de una fábrica de Lyon, hasta la fecha, el cine como entretenimiento ha sobrevivido a todas las adversidades que se le han presentado, guerras mundiales, censuras, la televisión, a los videoclubs, a las plataformas de cine en línea, a la piratería y quedó demostrado ya que ni la pandemia pudo terminan con este bendito entretenimiento. La más reciente entrega del universo Marvel (Disney) Spiderman: No Way Home (Watts, 2021) su impresionante taquilla, las salas llenas e incluso las peleas por conseguir boletos, dieron un respiro a una industria que nos sigue sorprendiendo.

El cine siempre ha estado bajo presión y en constante evolución: tecnológica o narrativa. Hoy en día estamos ante la interesante disyuntiva de un cambio de discurso cinematográfico, lo políticamente correcto ha tomado por asalto a la industria y han puesto bajo lupa la narrativa del cine. La diversidad y la inclusión están delante y detrás de cámaras y ya no hay vuelta atrás, esto es sin duda una de las aportaciones más interesantes y generosas que ha hecho el cine a las nuevas generaciones. Es como si se hubiese volteado, lo que antes estaba en el underground, lo independiente, las historias personales e íntimas, las propuestas emergentes y avant-garde, son ahora las que están en las marquesinas. Y para sobrevivir los famosos blockbusters han tenido que cambiar sus fórmulas clásicas, ahora los buenos no son tan buenos, los malos no son del todo los villanos, lo blanco es negro y lo negro es ahora blanco. Y como diría C. Tangana “demasiadas mujeres”, muchas mujeres, detrás y delante de la cámara con papeles protagónicos y no de ornato, vamos bien.

En la edición de este año en el Festival de Cannes, la palma de oro a mejor película se la llevó Titane (Ducournau, 2021), una película que algunos críticos ubicaron en el género de terror, Julia Ducournau nos muestra de manera brutal los avatares de una especie de cyborg asesina en serie, en una desquiciada historia con un cierto tufo al cine de Gaspar Noé, en el que la música marca el ritmo sensual e inquietante de un relato insólito y descarnado.

Me parece muy interesante el discurso, Ducournau nació en 1983, deviene de una generación joven con muchas referencias cinematográficas pero también hay mucho de la cultura del ánime japonés, detalle que he visto en muchas de la nuevas narrativas cinematográficas de los directores jóvenes, es el caso también de otra película que recién acabo de ver de este mismo género, una muy interesante película noruega The Innocents a.k.a De uskyldige (Vogt, 2021) un inquietante film que nos muestra en un ejercicio de total libertad discursiva, un mundo infantil en el que la discapacidad, la raza y los adultos son irrelevantes en la narrativa, es una lucha entre el bien y el mal con todas las consecuencias que esto implica, un relato brutal, complejo y bien llevado por el director noruego Eskil Vogt, quien utiliza el recurso de los súper poderes casi a manera de metáfora, en una historia de maldad y desasosiego, un verano donde un grupo de niñas y niños juegan a hacer el mal y a hacer el bien. No tiene desperdicio.

En este mismo tenor de cambios discursivos deben ver la película islandesa Lamb (Johannsson, 2021), una cinta bizarra, surrealista e inquietante. Una trama sencilla, un entorno frío, bucólico y una recién nacida muy peculiar que una pareja estéril encuentra en su granja, son los componentes de una historia que no los dejará insatisfechos. En el hipertexto narrativo esta la inclusión, el silencio, la soledad, la locura, las consecuencias de arrebatar lo que deseas y el miedo constante a perder lo que te hace feliz. Imperdible.

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#4 Tiempos

El “Consejo” significa más de lo que dice | Apuntes de viernes de Jorge Saldaña

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APUNTES

Amigos de “se los dije”, e hijos de mi frágil ego: son apuntes de viernes, los condimentados de infidencias, recovecos y secretos de la vida pública potosina.

Juro que no hay intención consciente de chocantería, pero “como se lo adelanté desde la semana pasada”, hoy el estado amaneció con un nuevo decreto publicado en el periódico oficial. Un decreto que más que decir, significa.

Se trata de la creación de un órgano colegiado, un consejo formado por la academia, la cúspide del empresariado y el gobierno de San Luis Potosí para, juntos, proyectar y ejecutar infraestructura a lo largo y ancho del estado.

Se llama “Consejo Potosí”, pero se escribe: voto de confianza entre un pueblo que integra sin agravios a la que fue su oligarquía, para construir en conjunto el futuro del estado.

Hay que reconocerlo, es también el apretón de manos entre algunos de los que más temían la llegada de Gallardo al poder ejecutivo, y el reconocimiento de los mismos a la voluntad de un pueblo mayoritario que lo hizo posible.

Es fumar la pipa de la paz entre absurdas y anticuadas visiones clasistas  con el reconocimiento de un San Luis mucho más grande, diverso, complejo y poblado que la corta “potosinidad” perfumada de “abolengos” y falsos privilegios que perdieron desde hace mucho.

Es una invitación abierta al público en general al Baile de los Lanceros. 

Sí, el consejo estará conformado por los 15 empresarios más importantes de San Luis, el rector de la Universidad Autónoma y cuatro secretarios de estado, pero las obras que imaginen, que proyecten, acompañen y vigilen en su ejecución, serán en beneficio de todos los potosinos. Sin el “unos y otros”, con el “de nosotros para todos” y un fondo sin precedente de 4 mil millones de pesos.

Entre los empresarios que hasta la madrugada de ayer pude confirmar estarán en el Consejo se encuentran: Pablo Valladares García, su hermano Juan Carlos Valladares, Carlos López Medina “El Chato López”, Teófilo Torres Corzo, Don Jacobo Payán, Félix Bocard, y Luis Mahbub.

A ellos y otros ocho nombres, también los acompañará el rector de la UASLP, el doctor Alejandro Zermeño, y la representación de la conocida “Alianza Empresarial” (ni modo) que aglutina a la mayoría de las cámaras, asociaciones y colegios involucrados con el desarrollo económico en el estado. 

El decreto que norma el Consejo para esta hora que usted esté leyendo estas líneas ya estará publicado. El evento, la firma, el protocolo y la fotografía aún no tiene fecha, pero se anticipa que será en días muy próximos.

No hubo necesidad de persecuciones o encarcelamientos (que tampoco se descartan) ni de bravuconadas o venganzas con el pasado. El Pacto Potosí, políticamente, legitima al gobierno de Ricardo Gallardo, que se hace de los avales que necesitaba para destensar la polarización social generada durante años y le abre un margen de operación y acción más duradero que el del efímero “bono democrático”.

De acuerdo al decreto, los secretarios de estado que serán parte del Consejo son los titulares de la secretaría general, finanzas, desarrollo urbano y la de desarrollo económico.

–¿Quién firmará por Sedeco si no tiene titular? –Preguntará Usted, mi Culto Público, siempre con mucha razón.

Pues no tema, hay un “90 por ciento de posibilidades” de que hoy mismo conozcamos al nombre del nuevo secretario.

No le puedo adelantar el nombre, todavía ayer en la noche se estaban concretando las cosas, pero en el transcurso del día, si ocurre el nombramiento, le estaré puntualmente revelando la primicia que a muchos dejará creo que gratamente sorprendidos. La cosa urge.

Si se están preguntando ¿De dónde sale la lana? Mil 500 millones serán aportados por el gobierno del estado y 2 mil 500 más serán producto de un crédito bancario a corto plazo, y según el decreto, el propio consejo estará a cargo y vigilante de que los recursos sean pagados antes de que termine la administración para no dejar cargas financieras al futuro, además de transparentar totalmente su uso. 

No se oye nada mal y según supe en ciudades como Orizaba y otras, la existencia de este tipo de consejos lleva más de una década dejando buenos resultados, ojalá sea el caso para los potosinos.

Los dejo ya disfrutar su viernes, hijos del “cuerpo lo sabe”, no sin antes adelantarles que dentro de la agenda de celebraciones de los 100 años de autonomía universitaria se tiene contemplada la participación de Juan Villoro a quien Cynthia Valle ya está contactando por cielo mar y tierra para que pueda estar pronto en tierras potosinas en un evento por demás interesante. También se editará un libro, se produce ya una obra de teatro en la que estará involucrado el maestro Oscar Montero, se acuñará una moneda conmemorativa, se organiza un magno desfile alegórico y quizás hasta se emita un billete de lotería. Nuestra máxima casa de estudios lo merece. Ya estaré comentando también cosas de fondo de la UASLP, pero será hasta la próxima semana.

Disfrute su fin.

Atentamente,

Jorge Saldaña.

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#4 Tiempos

Diálogos en el parque | Columna de Juan Jesús Priego

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Hace diez años y algunos meses –lo sé por el boleto de autobús, que se quedó a dormir la eternidad entre las páginas del libro-, mientras viajaba a la Ciudad de México, me puse a leer Hambre, la novela de Knut Hamsun, el escritor noruego (premio Nobel de literatura 1920), y si no recuerdo mal ésta me aburrió entonces de tal manera que me prometí a mí mismo no volver a abrir nunca más obras de autores tan monótonos y tediosos. Pero hace poco volví a leerla, faltando a mi juramento, y esta vez me pareció no sólo extraordinaria, sino profundamente humana y, en ocasiones, hasta divertida.

He aquí, por ejemplo, uno de sus pasajes que sería cómico si no fuese, en cierto sentido, trágico. El protagonista de la historia, un muchacho con ambiciones literarias permanentemente hambriento, camina sin rumbo fijo por uno de los parques de Cristianía –la antigua capital noruega- donde se encuentra en una de las bancas con un viejo cegatón. El viejo carga consigo un periódico vuelto al revés, cosa que produce en la febril imaginación de nuestro héroe una infinidad de sospechas. «El hombre estaba tranquilamente sentado y dormitaba.

¿Por qué no llevaba su periódico como cualquier individuo lo lleva, con el título hacia fuera? ¿Qué significaba tanta astucia?» -se pregunta el joven profundamente intrigado-. Y añade: «La imposibilidad de penetrar ese misterio me enloquecía de curiosidad».

El lector de estas líneas podrá pensar: «Hombre, pero si no es para tanto».

Lo que prueba que no conoce todavía a este muchacho bueno y a veces un poco loco. Porque, sí, él se interesaba precisamente por este tipo de misterios.

Buscando entablar diálogo con el desconocido y descifrar así el enigma que oculta su persona, nuestro joven le ofrece un cigarrillo, pero como aquél no fuma tiene que intentar llegarle por otro camino.

-¿Hace tiempo que está usted con los ojos enfermos? –le pregunta-.

Entonces, ¿no puede leer? ¿Ni los periódicos?

-¡Ni los periódicos, desgraciadamente! –responde el viejo, excitando todavía más la curiosidad de su interlocutor.

¡Así que ni los periódicos! ¿Y cómo es que traía uno entre las manos? ¡Ah, bribón!

Vivo en la calle San Olaf, número 2 –volvió a decir el muchacho, mintiendo descaradamente, pues, como ya se dijo, era éste casi un vagabundo.

-¿De veras? –preguntó el viejo, que conocía cada piedra de la Plaza San Olaf-. ¿En el número 2 ha dicho usted? Hubo un tiempo en que conocí a todos los vecinos del número 2. ¿Cómo se llama su patrón?

Mintiendo descaradamente otra vez, nuestro héroe escupió un nombre.

-Happolati –dijo.

-Happolati, sí –aprobó el viejo-. ¿No es marino el señor Happolati? Creo recordar que el señor Happolati era marino.

-¿Marino? –respondió el muchacho -. No. Éste es Happolati, agente.

¿Creía nuestro joven que el viejo iba a quedar callado o por lo menos desconcertado? ¡Pues no! Y, además, añadió:

-Parece que es un hombre hábil, según me han dicho.

¿Quién se lo había dicho, si todo era mentira, si ese tal Happolati ni siquiera existía? ¡Qué cinismo de viejo!

-¡Oh! Es un hombre muy astuto: una gran cabeza en los negocios, agente para todas las cosas, sean las que sean –siguió el muchacho-: plantas de China, plumas de aves de todas las clases, pieles de Rusia, pasta de madera, tinta…

-¡Je, je! –rió el anciano-. ¡Valiente pillo!

-¿Ha oído usted hablar del salterio eléctrico que Happolati ha inventado?

-¡Cómo! ¿Eléctrico?

-¡Con letras luminosas en la oscuridad! Una empresa sencillamente colosal.

Millones de coronas en movimiento.

-¡Qué me dice usted! – exclamó el anciano con dulzura.

Luego pasaron a hablar de la hija del ficticio Happolati, «una princesa que tenía trescientos y esclavos y dormía sobre un lecho de rosas amarillas», etcétera.

-¡Ah! – exclamó el viejo -. ¿Tan bella es?

Pero a este punto, cansado ya de que el anciano le estuviera siguiendo la corriente todo el tiempo, el muchacho empezó a insultarlo y se apartó de él a grandes zancadas. ¡Vejete mentiroso! ¿Cómo hablaba con tanta seguridad de cosas que no conocía? ¡Más que esto se merecía por entrometido y hablador! Y así es como desaparece de las páginas de la literatura universal un pobre viejecillo que nunca más volverá a aparecer. ¡Ah, qué pena: con lo bien que me había caído!

En realidad, al anciano le daba lo mismo tanto el señor Happolati como la Plaza San Olaf: él únicamente quería hablar, tener alguien a un lado suyo para dirigirle la palabra y no sentirse tan solo en este mundo. Y si otro distinto de nuestro joven le hubiera mencionado al embajador de Persia o al chá de Irán, él lo mismo habría aprobado con la cabeza diciendo: «Parece que son hombres hábiles, según me han dicho». Lo importante era hablar, expresarse, ser tomado en cuenta.

Pienso que yo no hubiera abandonado tan pronto a aquel anciano. Me habría divertido mucho oírlo hablar. Y él, quizá, hasta se habría sentido un poco menos solo.

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