#4 TiemposDesde mi clóset

Corporalidad, oposición y resistencia | Columna de Paul Ibarra

Desde mi clóset

 

El ejercicio de la sexualidad está atravesado por regulaciones estatales que nulifican la posibilidad de expresión individualizada. Así pues, los derechos sexuales se constituyen en aspiraciones naturales (Ellacuria, 1989) que se reestablecen con el devenir de la historia. Dicho lo anterior, la lucha por la reivindicación de las identidades, la apropiación del propio cuerpo, la resistencia a la heterosexualidad obligatoria y la oposición a normalizar la existencia en un orden familiar hegemónico ha posibilitado repensar la estructura naturalizada.

En primera instancia, el feminismo, visto como un cuerpo epistemológico de acción corporal, provocó un cuestionamiento comunitario de los roles asumidos como naturales en el dimorfismo social interespecie. De esta manera, los roles asociados al sexo pueden cuestionarse en su naturaleza. Antes que sujetos biológicos, los miembros de la especie humanos son sujetos sociales. Es decir, la influencia del ser cultural está presente incluso antes de la fecundación. El cigoto humano cuenta con una carga simbólica asociada a la naturaleza de la humanidad desde las primeras horas de gestado. La carga sexo-genérica se constituye en un proceso de intercambio de significados que circulan en el contexto familiar y que se propagan al interior del cordón umbilical por la placenta.

La carga simbólica de género se acentúa conforme un feto se desarrolla. Luego de conocer la apariencia genital del producto, el contexto familiar reorienta las expresiones comportamentales para implantarle una identidad de género al feto gestante. Por lo que luego del parto, un producto humano nacido está configurado como un elemento funcional del sistema reproductivo, en tanto sujeto diagnosticado como sano por la ciencia médica.

Esta normalización de las funciones biológicas como parte fundamental del performance del género dan como resultado la asunción de la sexualidad como un sistema genitalizado/reproductivo.

En este sentido, al asumir una identidad alejada del aparato reproductivo, un individuo homosexual resiste a la afirmación de un ser abstracto, elemento engranado a un sistema biológico que perpetúe la vida de la especie a través de la fecundación controlada. Dicho esto, un individuo homosexual, en primera instancia resiente el rechazo del sistema, ya que, al oponerse a trascribir el discurso del pacto heterosexual, se transforma en una anomalía. Un individuo leído como anómalo para el sistema, es perseguido, violentado y se pretende su aniquilación.

El cuestionamiento de la naturaleza de las funciones biológicas de la especie trajo consigo fricciones con las feministas heterosexuales, quienes a finales de los setentas buscaron alejarse del movimiento de liberación homosexual (MMGMG, 2008). Criticaban la praxis exagerada de comportamientos sexuales alejados de la normalidad dimórfica. Repensar el sexo, cuestionar la genitalidad y resaltar los argumentos discriminatorios utilizados por el régimen heterosexual para excluir a transexuales, transgéneros e intersexuales, terminó por delimitar una barrera entre la naciente institucionalización del feminismo occidental y la lucha emancipadora del cuerpo.

Con lo anterior, la resistencia del movimiento homosexual, en coordinación con las mujeres lesbianas, personas bisexuales y trans, ha buscado dotar a las prácticas sociales de un posicionamiento político. La exigencia de establecer una agenda de derechos humanos que incorporara un sentido político del ejercicio de la sexualidad, fue desde el inicio del movimiento el objetivo primario para la acción colectiva.

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