Cuidó a su hijo hasta el final, sacó adelante a los demás y hoy es parte del corazón detrás de los famosos duritos de Don Pancho
Por: Ana G Silva
En una ciudad donde muchas historias pasan desapercibidas, la de María del Socorro Saldívar Cabrera, mejor conocida como “Coco”, se construye desde lo invisible: barrer, trapear, cocinar, cuidar, acompañar… y nunca rendirse. Una vida sin reflectores, pero llena de decisiones que sostienen familias enteras.
Porque ser ama de casa no ha sido para ella una rutina, sino una forma de resistencia diaria. Una elección que, en su caso, también estuvo marcada por el amor… y por la pérdida.
A sus 61 años, Coco describió su día con sencillez: levantarse temprano, hacer el quehacer, preparar los alimentos y estar pendiente de lo que haga falta en casa. También apoya a su esposo, Francisco Silva, conocido en la zona como “Don Pancho” o “El Chino”, un vendedor ambulante de tostadas y ceviche, en la preparación de salsas y alimentos.
“Lo que yo pueda hacer, eso hago”, dijo. Y en esa frase cabe una vida entera.
Aunque durante décadas su trabajo ha estado dentro del hogar, Coco no siempre pensó quedarse ahí. Hubo un momento en el que intentó trabajar en un restaurante-bar, un empleo que —recordó— le gustaba mucho. Sin embargo, su vida cambió por completo cuando su hijo mayor, Óscar, enfermó.
Durante cuatro años, Coco se dedicó a cuidarlo. Pasó gran parte de ese tiempo en el hospital, acompañándolo en sus tratamientos de hemodiálisis, dejando de lado cualquier otra cosa. Su prioridad era él.
No fue una decisión sencilla, pero sí una que muchas madres entienden sin necesidad de explicaciones: cuando un hijo necesita, todo lo demás deja de importar.
Óscar falleció en 2007, a los 20 años. En ese entonces, sus otros dos hijos apenas tenían 10 y 8 años. “Yo me movía, pedía auxilio, hacía lo que podía… lo hice hasta donde pude”, recordó. Esa experiencia marcó su vida, pero también definió su camino: seguir adelante por su familia.
Hoy, uno de sus mayores orgullos es precisamente ese: sus hijos. Su hija, de 29 años, es licenciada; su hijo, de 27, formó su propia familia y es padre de dos niños. Para Coco, verlos crecer, salir adelante y formar sus propios hogares es la mayor recompensa.
“Mi orgullo son mis muchachitos”, dijo con firmeza.
Más que un oficio, el trabajo de Coco ha sido un acto constante de amor: formar una familia, sacarla adelante y estar presente, incluso cuando la vida exigía partirse en dos.
A pesar de los sacrificios, nunca se ha sentido menos por dedicarse al hogar. Al contrario, habla de ello con orgullo: “Hasta la fecha, yo me creo muy orgullosa por lo que soy”, afirmó.
En su casa, además, hay algo que no falta: la hospitalidad. Coco no solo cocina para sus hijos, sino para quien llegue: “Si vienen, les digo: ‘vengan, échense un taco’… yo invito a todos”, contó.
Su historia también rompe con la idea de que el trabajo doméstico es exclusivo de las mujeres. Aunque reconoce que aún falta mucho, señala que los hombres también pueden y deben involucrarse.
Más allá de etiquetas, Coco representa a miles de mujeres cuya labor no siempre es reconocida, pero que sostiene hogares, forma personas y construye comunidad desde lo cotidiano.
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