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Puntual | Columna de Arturo Haro

Contrapunto

Hace años que realizas la misma rutina: llegas con anticipación, limpias tu lugar con esmero y prolijidad, revisas si las secuencias aún están en donde las dejaste y si por alguna razón fallan, estás siempre preparado para reaccionar a tiempo y comenzar puntual, como desde hace mucho.

Recuerdas con nostalgia y perplejidad aquellos años en los que el mundo te quedaba chico: giras, viajes, admiradoras… siempre seguro el dinero, un rostro tras otro: el representante, el que tiene los contactos, el que maneja el camión, el que se encarga del hotel, el que paga, el que pide alguna canción en especial, el que te lleva las cortesías…

Cuando te apasiona lo que haces el tiempo pasa rapidísimo.

Apenas un buen día alguien te dice «¡wow, me encanta lo que haces! ¡ya verás, vas a ser un éxito!» y cuando menos lo piensas, ya tienes al menos dos o tres prospectos de representantes que te aseguran que jamás envejecerás, que eres un genio y que tu música puede dar la vuelta al mundo si confías en ellos y si haces todo lo que te digan. Luego vienen más viajes, más autobuses, hoteles desconocidos, más canciones, firmas de autógrafos, «¡wow, cada vez nos vuelves a sorprender!» de nuevo carreteras, siestas antes de llegar a algún lado, habitaciones de hoteles y siempre, siempre más canciones. El tiempo pasa rapidísimo… pero, ya lo habíamos dicho, ¿verdad?

Entonces llega el momento en el que pones en una balanza mental lo que haces, lo que anhelas, lo que eres capaz de hacer y lo que los demás esperan de ti. Recuerdas que en algún momento debes detenerte para regresar a casa y hacerte presente para que tus hijos sepan de su padre. Odias la balanza que inventaste, pero no puedes hacerla a un lado. Empiezas a detestar las habitaciones desconocidas, el servicio a cuartos, las interminables horas de carretera y esa danza de rostros que se suceden siempre uno a uno con vanas promesas y crueles tentaciones.

En efecto, el tiempo pasa rapidísimo cuando vives tu vida entre acordes y escalas. Y rutas, y gasolineras y comidas a un costado de la carretera. Apretones de manos que pronto olvidarás.

Ahora, aunque el tiempo ha pasado y las promesas de juventud se han ido, los sueños más imposibles se han hospedado en la memoria y en las anécdotas que esperas contar algún día a los nietos. Sabes que es hora de anudarte la corbata, ponerte el saco que regresó de la tintorería como siempre lo hace y llegar con anticipación al hotel, limpiar tu lugar escrupulosamente, revisar si las secuencias aún están en su lugar y, si por alguna razón fallan, estar siempre preparado para reaccionar a tiempo y comenzar puntual. Desde hace mucho. Desde siempre.

Aunque de pronto, entre acordes, te asalten los recuerdos y tus manos vacilen un poco.

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