#Si SostenidoLetras minúsculas

La fuerza de la verdad | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

Me escribió hace poco un estudiante de Ciencias de la Comunicación para preguntarme qué pienso a este respecto: si Jesús se hubiese encarnado en esta etapa de la historia, es decir, si hubiese formado parte de la llamada sociedad global, de la civilización del conocimiento, ¿se conectaría habitualmente a Internet, crearía su página web y chatearía con sus seguidores? ¿Tendría una cuenta en Yahoo! y otra en Hotmail? ¿Subiría fotos suyas al Facebook? ¿Formaría parte de una de las tantas comunidades virtuales que hoy pueblan el ciberespacio?

La verdad es que nunca me había hecho yo una pregunta semejante; la imagen de un Jesús jugando con el ratón de una computadora me era literalmente inconcebible. Pero ahora me pedían un esfuerzo de imaginación y una respuesta. Solicité tiempo para pensar en el asunto, me puse a releer algunos pasajes evangélicos y al día siguiente respondí. No, Jesús no utilizaría nada de eso. Acaso solamente el teléfono o el micrófono, pero nada más: en suma, los medios menos masivos y más rudimentarios. ¿Ni siquiera la televisión? Creo que ni siquiera la televisión.

Claro, es posible que me equivoque y que esté siendo demasiado injusto con los modernos medios de comunicación. Pero creo tener a mi favor las siguientes razones: si Cristo hubiera querido sobre toda otra cosa prestigio y publicidad para que su palabra llegara a todos los rincones del mundo por entonces conocido, ¿por qué no eligió nacer en la Roma de su tiempo, que era capital del imperio y ombligo del mundo? ¿Por qué no se encarnó en la persona del César o, ya por lo menos, en la de un noble patricio romano? ¿Por qué, en cambio, quiso nacer tan alejado de los centros de poder? Para decirlo ya, ni siquiera nació en Jerusalén, la ciudad santa, sino en Belén, y creció en la aldehuela de Nazaret, un pueblecillo tan modesto que suscitaba desconfianza: entre los mismos judíos del sur de Palestina era moda decir que de allí «no podía salir nada bueno» (Juan 1,46). Incluso hay quien dice que quienes juntaron su nombre al de su pueblo de proveniencia llamándolo «Jesús de Nazaret» fueron más bien sus enemigos para presentarlo como digno de desprecio (Wolfgang Trilling).

Cuando Satanás le ofrece todos los reinos de la tierra, Jesús los rechaza (Mateo 4, 1ss) con gesto soberano, y cuando la multitud quiere proclamarlo rey, él se les escabulle (Juan 6,15). Como hombre rico y poderoso le hubiera sido todo más fácil, pero renunció al poder y optó por la discreción. Muchas veces daba a los ciegos y paralíticos que había curado la orden de no contar a nadie quién había sido el causante de que ahora vieran y caminaran (Lucas 9, 20). No, las campañas publicitarias no eran precisamente lo suyo.

«A Pedro, que había dado una respuesta justa y confesado al Mesías –escribe un monje oriental del que desconocemos el nombre-, Jesús le recomienda no revelar a otros este misterio. Cada hombre debe descubrir por sí mismo el misterio de Jesús» (Jesús. Sencillas miradas al Salvador).

En aquellos tiempos lejanos el medio de comunicación más veloz era el caballo. Pues bien, Jesús jamás se subió a uno, o por lo menos no nos dice ningún evangelista que lo hubiera hecho. En cambio, el domingo que precedió al viernes de pasión quiso entrar a la ciudad santa montado en un burrito (cfr. Mateo 21, 2; Marcos 11,4; Lucas 19,30; Juan 12,14). Del burro dice Michel Tournier que era «el caballo de los pobres», y si Jesús usó uno para entrar victorioso en Jerusalén no era únicamente para que así se cumplieran las Escrituras, sino porque era pobre de solemnidad.

Para conectarse a Internet por lo menos son necesarias tres cosas: una computadora, un módem y una línea telefónica. Ahora bien, no hay que olvidar que incluso hoy en miles de poblaciones a lo largo y ancho del planeta el teléfono brilla por su ausencia y que, en ellas, el sueldo de 50 años de trabajo no es suficiente para poder comprar el último modelo de la IBM. En otras palabras, aunque Jesús se hubiese encarnado en esta etapa de la historia, no es nada seguro que hubiese nacido en Nueva York, Roma o París, sino más bien en un villorrio perdido de quién sabe qué país oculto en nuestros mapas.

Jesús no gritó hace 2 mil años y no gritaría hoy. Y si bajara nuevamente a la tierra, estoy casi seguro que viviría en un pueblecito poco interesante a los ojos de los mercados globales para obligar a los poderosos de la tierra a volver la vista hacia donde todos creían que no podía salir nada bueno.

El hombre, para Jesús, tiene un deber ineludible con respecto a la Verdad, y es el de buscarla. La Verdad no necesita imponerse o gritar para ser más verdadera, como tampoco necesita que un agente publicitario la maquille para hacerla esplendorosa.

Jesús no intentó ir a Roma –tampoco a Grecia- para hacerse oír, ni tampoco escribió nada. Pero casi todos sus discípulos viajaron y escribieron. La utilización de los medios, en todo caso, les toca a ellos. Quiero que se me entienda bien: no es que Jesús desprecie el potencial de los mass media; es que si el hombre no es capaz de ver a Dios en los hechos y en las palabras de un Pobre, tampoco será capaz de verlo en los programas de la radio, en los shows de la televisión o en un sitio cualquiera de la web.

Acceder a la verdad requiere esfuerzo, dedicación y un corazón atento: por lo menos eso es lo que se infiere leyendo en los evangelios las palabras y los hechos de Jesús. Por tal motivo me parece improbable que pueda aprendérsela con sólo encender la computadora o limitándonos a oprimir un botón de nuestro control remoto. Tal fue lo que respondí a aquel estudiante. Y si mis palabras le dieron la impresión de que la Verdad es otra cosa (una cosa que requiere ascesis y humildad), mejor que mejor: es, justamente, lo que pretendía.

También lee: Oración para gustar los días | Columna de Juan Jesús Priego

Nota Anterior

Vientos de 60 km por hora complicarán el combate a incendios en SLP

Siguiente Nota

Separaron del cargo a Cipriano Charrez para enfrentar proceso en su contra