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El Castillo de la impureza | Columna de Jorge Ramírez Pardo

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O Centro de las Artes a tono para gatopardismo*

No es fácil hablar bien ni mal del recién designado director del Centro de las Artes, Ceart. Es un competente burócrata, hombre del sistema pri/panista y civilizado. En este momento, el más destacado representante de la poetocracia local. Poetocracia, por cierto, sin cabida para jóvenes ni críticos.

Luego de semanas de especulación, necesarias para modificar en su favor una cláusula incómoda; un fantasma denominado Consejo directivo impone para los potosinos en el Ceart al hidrocálido Eudoro Fonseca Yerena, asignado hace años por sus amigos gobernadores priistas para desmontar cacicazgos individualistas y construir el propio colectivo vigente. Por cierto, comandado hoy, por su máximo discípulo en gatopardismo y flema, Armando Herrera, en el cargo de secretario de Cultura.

CEART, EL CASTILLO MANOSEADO Y DEFORMADO. PERO ES DE PIEDRA Y APANTALLA

  • El Ceart, pese a gran expectativa favorable fundacional, suma 10 años de existir en conflictos baratosCreció errático cinco años y desmontó los escasos logros en cinco más.
  • “Nos reservamos, lo mismo el derecho de admisión que de expulsión”, parece su lema hecho costumbre.
  • Ha tenido tres directoras. Quienes abandonaron la encomienda y salieron por la puerta de servicio. La primera, Deborah Chenillo, y la última, Elena González, en calidad de chapulinas, brincaron, como cualquier politicastro, en favor de su conveniencia.
  • Ceart, “no apto para jodidos de varo ni académicos incómodos”. Pese a ello, fueron integrados y han persistido un mínimo de profesores locales excepcionales: Carlos Tapia, José Luis Medellín, entre los escasos sobrevivientes. Despidieron, corrieron o dejaron sin espacio y sitio a profesores con trayectoria. Dominique Chemin, Oswaldo Rivera, Tobías Arenas, Antonio Fuentes, Carmen Citlali Guzmán, Luis Carlos Fuentes, por mencionar algunos. Estuvieron por acá, como profesores visitantes, el escultor Antonio Nava Tirado, el pintor Saúl Kaminer, el realizador de cine documental Carlos Mendoza –de mirada crítica en torno al acontecer socio/político en México, y biógrafo audiovisual del Movimiento navista-, Carlos Villegas procedente del Centro Cultural Georges Pompidou de París, el crítico de cine Sergio Raúl López, Marco Antonio Cruz, creador de la agencia Imagen Latina y el fotógrafo del universo cultural mexicano Rogelio Cuéllar. Muchos más talentosos han transitado, pero si algo distingue al Ceart es su baja convocatoria y escasa capacidad promocional.
  • Interrumpieron la presencia de maestros excepcionales con presencia internacional, como quienes impartieron un Diplomado de crítica de arte, con soporte del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.

UN EJEMPLO DE ENTRE ATOPLELLOS Y TORPEZAS

  • Sin advertencia alguna, de un día al siguiente y sin explicación ni justificación, se canceló un cineclub de ejercicio pleno –programación por temas/autores/corrientes fílmicas, exposición contextualizadora hecha por expertos y diálogo/debate final-. Pese a que ese modelo de cineclub “pleno” se le había ofrecido a autoridades del Ceart y al mismo secretario de Cultura para ser replicado en los distintos municipios del Estado y otros confines. Nadie metió las manos, y la directora en turno, la literata en retiro Laura Elena González, envió a Ana Lilia Maciel, entonces todavía flamante y recién llegada secretaria académica, a hacer el juego sucio; “no ceder, no ceder y no ceder”. Sin embargo, al ejercicio le denominaron diálogo. Ella, Ana Lilia, a su vez, llevó de pistolero/cómplice al fotógrafo Ricardo Sierra, subdirector de Artes visuales. (“El Cineclub del Ceart en vilo –o devuélveme el corazón”, La Orquesta, 27 de febrero de 2017).
  • Ana Lilia Maciel, procedente del Centro Nacional de las Artes, con expectativas favorables a su llegada, siempre tuvo conflictos de autoridad, de manera subrayada con la responsable administrativa en turno. En el Ceart cualquier asunto económico afecta a la academia, nunca a la obesa nómina cupular y exceso de empleados administrativos, o a proyectos y autores consentidos; “si no logras ingresos, corre profesores incómodos o retrásales seis meses el sueldo, el que no quiera (Laura González dixit) ´la puerta está abierta´; nunca dejes de tenerlos en outsourcing, sin generar ni un día de antigüedad ni derechos, no olvides ´divide y vencerás´”.
  • En esas circunstancias aberrantes convertidas en costumbre, Ana Lilia pronunció la desafortunada frase -cito de memoria-  el Ceart es para quien puede pagar, no para pobres. Ello generó, contra su deseo, un lema-bandera de lucha para trabajadores maltratados “Todos somos Ceart, menos los pobres”. El brillo de emérita se le abolló y al inicio de este año 2019 fue desaparecida de nómina y lugar sin ninguna explicación.

POETOCRACIA EN CACICAZGO

Imponen ahora para la dirección del Ceart, sin auscultación ni conceso, a un santón como aquellos que él llegó a desactivar/jubilar/premiar en 1994 (Raúl Gamboa y Francisco Cossío). Es recibido a su llegada con aplausos consecuentes a dádivas otorgadas por él con sombrero del erario, pero también su llegada provoca con molestia, porque se le conoce como experto en gatopardismo, y líder fundador del neocacicazgo local para la administración de los recursos para las artes/cultura. Su arribo coincide con el despido, aún no aclarado, de la talentosa y muy profesional Victoria Cama. ¿Raya para el gatopardo?.

Reivindicar a tantas personas agraviadas al interior del castillo/exprisión a su cargo y dar rumbo, parece ser un acto legitimable. La apuesta es que eso no sucederá. Afectaría a su inmediata antecesora, única mujer visible en los comandos de la poetocracia.

 

*El «gatopardismo» o lo «lampedusiano» es en ciencias políticas el «cambiar todo para que nada cambie«, paradoja expuesta por Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957).

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