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Una mirada argentina al narcotráfico mexicano | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

 

A punto de concluir el año, el número de asesinatos en México crece. 127 homicidios registrados el primero de diciembre,  lo convirtieron en el día más violento del año. No hay que cantar victoria pues aun quedan 27 días y las muertes no cesan como desde hace más de 15 años. Escribir sobre violencia y narcotráfico parece monótono. ¿Qué de nuevo nos pueden decir los periódicos y las novelas? Ya sabemos que la guerra contra el narco la inicio Felipe Calderón y nuestro presidente Andrés Manuel Lopez Obrador no ha cumplido en este primer año su promesa de bajar el número de muertos. Quizá en lugar de escribir sobre el tema se debería salir a la calle y abrazar a todo delincuente. Parece que los abrazos nos pueden mantener a salvo de las balas.

Dentro del inmenso mundo editorial dedicado a retratar la violencia como consecuencia del narcotráfico me encontré con el libro de cuentos, No hay risas en el cielo (Corregidor, 2016) de Ariel Urquiza. Obra ganadora del premio Casa de las Américas. Los relatos se unen entre sí por la incidencia de personajes, de tal forma que en algunas ocasiones se olvida que es un conjunto de cuentos y se piensa en una novela. En total 14 relatos presentan las historias de vida de los protagonistas  del narcotráfico: sicarios, capos, mulas y secuestradores. Cada uno vive la violencia y el negocio de las drogas desde diferentes perspectivas. Es ahí donde el libro sobresale de los cientos de libros que abordan el tema. Ariel Urquiza logra transmitir una visión completa y sin pretensiones de crear personajes estereotipados que sigan la construcción social del narco como aquel hombre que ha salido adelante de la pobreza, y es por ello que se merece todos los coches de lujo y mujeres en su vida.  Tengo la leve sospecha que es su lugar de origen lo que lo mantiene al margen de los típicos sicarios con botas, sombrero, buchanans y playera polo que en los últimos años se han vuelto material de alabanzas en nuestro país.

Las historias se desarrollan de manera predominante en México, la colonia Roma y Guadalajara son sedes para contrastar las vidas de cada uno de los involucrados en el negocio . Si bien es cierto que en su mayoría, por no decir todos los relatos están bien logrados. El libro encuentra su mayor falla en imitar la jerga mexicana. De nuevo su lugar de origen hace eco en los relatos y en este caso, cae en las frases comunes y no necesariamente dichas en nuestro país. Aún así, sin las palabras precisas de un mexicano, Urquiza logra poner la piel chinita con relatos como “Resabios de una fiesta en la Condesa”. Un narco de poco pelo se reúne con sus amigos y mientras avanza el relato, el protagonista reflexiona sobre su vida y el poco interés que le tiene. Da detalles de su biografía: peruano que radica en México, pero que no conoce quién es Trotsky. Sin más, el final es estremecedor pues narra que su madre era una burra, transportaba dentro de su cuerpo la cocaína, misma droga que tuvo que sacar con sus propias manos para seguir en el negocio y que todos los presentes puedan disfrutarla.

Pero sin duda, el relato que me causó mayor impacto, no por la forma en que se estructura ni en la narrativa, es “Fruto de tu vientre”. Posiblemente el cuento más mexicano del libro, por irónico que suene, pues es ambientado en Chile, narra la historia de una madre que después de un par de años recibe la visita de su hijo. Del cual tiene dos años sin saber mucho de él. Lo recibe en casa con dos amigos. Hombres descritos tan enormes que parecía que echarían abajo la casa con sus risas al calor de las cervezas. La madre protagonista le cuenta al lector que sigue sin entender la razón de que su hijo se convirtiera en un sicario, si a los seis años dibujaba y tocaba melodías de Chopin. La mamá, más allá de encontrar motivos, presenta justificaciones para su hijo. Retratando de una manera extraordinaria la maternidad, una maternidad que ha cumplido todo lo esperado por la sociedad, estuvo ahí, pero no fue suficiente para que su hijo no tuviera revólveres desde los 15 años. El final es desolador, pues la madre se da cuenta lo que es su hijo y lo que es ella para él.

De tal manera, Ariel Urquiza logra retratar las vidas afectadas por la violencia dentro y fuera del narcotráfico de una manera única frente a sus contemporáneos. No hay prejuicios ni estereotipos típicos de las narrativas del narco escritas en nuestro país. Sino una visión entre lo periodístico y lo imaginativo. Perspectiva que el autor conformó por medio de noticas y documentales sobre México de manera imparcial, logrando así darle al lector un panorama cruel y desolador, pero verídico de lo que es vivir en un país que se encuentra en guerra.

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