#Si SostenidoLetras minúsculas

El pasado | Columna de Juan Jesús Priego

Letras minúsculas

 

 

Hace diez años y dos meses, el señor y la señora Hernández llegaban a París. Al aeropuerto Charles de Gaulle, para ser exactos. Ella, por supuesto, no se lo creía. Decía entre susurros: «¿Estoy de veras en París?», y se daba inofensivos pellizcos en el antebrazo izquierdo para, según dijo más tarde a una de sus amigas, cerciorarse de que todo aquello no era solamente un lindo sueño.

Una vez que mostraron sus respectivos pasaportes a un oficial de chaqueta azul y porte juvenil, se encaminaron a la banda número 123 para recoger sus maletas. La banda dio una vuelta y luego otra, y el equipaje no aparecía. Allá por la vuelta 215 al señor Hernández lo asaltaron ciertas dudas. «¿Y si?»… Pero prefirió guardar silencio para no espantar aún más a su señora esposa, que desde hacía quince minutos se veía más que dispuesta a lanzarse en caída libre hacia las aguas de la histeria.

Un individuo que los observaba desde cierta distancia y que también abrigaba ciertas dudas respecto a la suerte de sus valijas, se acercó a ellos y les preguntó en tono lastimero:

-¿Tampoco su equipaje aparece, señores?

En ese momento los tres individuos se sintieron más hermanos que si hubieran nacido de la misma madre, pues bien sabido es que las desgracias unen con lazos mucho más resistentes que las alegrías. A los cinco minutos de conocerse ya se habían intercambiado sus tarjetas de visita y jurado solemnísimamente que se visitarían en sus casas tan pronto como estuvieran de vuelta en ellas.

Lo del equipaje se solucionó pronto. Media hora después de haber cruzado las primeras palabras con el desconocido, el señor y la señora Hernández vieron venir a lo lejos sus maletas queridas. ¡Sus maletas! Deseaban acariciarlas, abrazarlas, cubrirlas de besos. Cuando se despidieron de su nuevo amigo, le dijeron con voz meliflua y satisfecha:

-Recuerde, estimado señor, que lo esperamos en Ciudad de México.

Habían pasado diez años y dos meses de todo aquello y ni el señor ni la señora Hernández se acordaban ya de aquel hombre encontrado por pura casualidad en uno de los aeropuertos del planeta. Pero un día sonó el teléfono…, y, claro, era él: había venido del interior a la capital a arreglar «asuntos de diversa importancia» y deseaba vivamente tomarse la copa con sus amigos de París. «Recordar los viejos tiempos, cuando éramos aún almas viajeras –les dijo- hace a veces mucho bien».

Al señor Hernández la idea de tener que salir de casa y desvelarse no le entusiasmó mucho que digamos. Además, en diez años habían cambiado muchas cosas; su hígado, por ejemplo, no era ya el mismo, ni su riñón. «¡Pero vamos, a quién se le ocurre tomarse tan en serio semejantes invitaciones!», dijo a media voz la señora Hernández, que hubiera preferido quedarse en su casa viendo la telenovela de la noche. «¿Y si le decimos francamente que no es posible vernos hoy?», preguntó ésta a su esposo en un tono más bien decidido. Pero como el señor Hernández se consideraba hombre de palabra dijo que a pesar de todo irían. Quedaron de verse en un desconocido restaurante de la zona verde.

Cuando el señor y la señora Hernández se dirigían allá (serían más o menos las 8,30 de la noche), un jovencito que competía con otro en cruzar la avenida cayó bajo las llantas del auto del señor Hernández, que no alcanzó a frenar del todo. El chico murió pocos días después en un hospital de la ciudad.

Ahora bien, si los Hernández no hubieran ido a París hace diez años y dos meses, ¿se habría salvado nuestro joven corredor? Él tendría unos 6 o 7 años cuando los señores decidieron tomarse unas «merecidas» vacaciones en París. ¿Era posible (o, mejor dicho, era justo) que su pequeña vida dependiera casi por completo de aquel viaje del que no tuvo ni siquiera noticia? ¡Esto es lo que yo quisiera yo saber!

«La historia, decían los sabios orientales, es un hilo infinito de consecuencias». Karl Jaspers (1883-1969), el filósofo alemán, dijo una vez lo mismo que ellos, aunque con otras palabras: «Todo lo que los hombres piensan, obran y crean atañe a sus prójimos».

Nada de lo que hacemos (u omitimos) dejará de repercutir en la vida de los demás tarde o temprano. Un acto personal, una vez realizado, cobra inmediatamente rasgos comunitarios. Y a esto es a lo que llamamos solidaridad. Somos solidarios los unos de los otros, y no hay manera de evitarlo. Solidarios para el bien o solidarios para el mal.

Soy consciente de que, al plantear de este modo el problema, podría dar lugar a que se piense de mí que soy fatalista, o algo todavía peor; en una palabra, que se me crea partidario de una especie de determinismo cósmico que nada tiene que ver con la concepción cristiana de la libertad. En realidad, lo único que he querido hacer ver es que nuestros destinos están ligados de una manera sorprendente, y que lo que uno haga, por inofensivo que parezca, repercutirá siempre en los demás tarde o temprano. No hay actos privados, sino sólo actos comunitarios.

Pero sigue en pie la pregunta: ¿si los Hernández no hubieran hecho ese viaje, el chico aún estaría con vida?

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