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Un lugar para aburrirse | Columna de Arturo Mena «Nefrox»

Testeando

 

(El siguiente es un relato de ficción, una imaginación del autor, sin ninguna referencia de lo que realmente pudo haber ocurrido en esta realidad o en cualquiera alternativa) 

Gustavo no dejaba de ver el teléfono, ese que hace unas horas no podía dejar de sonar. 

Sentado en el hall de su maravillosa casa en San José y a punto de irse a dormir para poder regresar temprano al trabajo al otro día. 

Gustavo se preguntaba qué debía hacer. Esas llamadas por la tarde le habían de pronto cambiado el panorama. Regresar de donde había partido parecía la peor opción, sin embargo era la única.

Justo merodeaba por su mente decirle a Fernando que no más, que hasta ahí se acababan los favores, que lo dejara tranquilo seguir con su vida y el sueño de trabajar en el máximo nivel mundial; que estaba cansado de ir de aquí para allá y que aunque, agradecido por lo del medio oriente, no quería seguir pagando la deuda. Al final, dinero lo tenía y de sobra en esas cuentas en Montevideo. 

Ahí estaba cuando sonó otra vez el teléfono. Dudó un momento, lo dejó sonar un par de tonos, se sentó derecho y se atrevió a contestar

-¡”holá”!

-y dime ¿qué has pensado? – Gustavo hizo una pausa, una larga pausa, sujetó un lapicero con su mano izquierda mientras veía el cuadro donde colgaba su última camiseta como jugador .

-y “pará” Fernando, ¿acaso tengo que responderte “sí” o “no” a esta hora?, estoy a punto de irme a dormir para pensar bien las cosas. 

-“mirá” Gustavo, justo acabo de hablar con Mazzoni. El asunto con Alberto está más que cerrado, o “firmás” esta semana o se acabó tu carrera. ¡Dale Gus! Que hay “mucha guita en juego”, solo di que sí y “poné” a los chavales en el once titular, ni más ni menos. 

Gustavo volvía a repensar las cosas… sacrificar su sueño de toda la vida con tal de salvar el negocio de un español y un argentino, como si eso le importara. Sin embargo lo de Fernando sí le importa: él le consiguió el trabajo más remunerado de su historia

-“Andá” Gustavo, di que sí y nos quitamos del favor que le debo a Mazzoni, que por cierto no sé qué carajo se trae con el español, seguro lo embaucó con los muchachos, ya “sabés” cómo se la gasta el de Buenos Aires.

-“Mirá” Fernando – dijo Gustavo con una fuerza profunda en sus palabras – vos “sabés” perfectamente que estoy donde quiero estar, que no puedo dejar el trabajo a medias así como así, y que por plata yo no me tengo que volver a levantar a trabajar, laburo por amor a lo que hago… benditos sean los árabes. 

-Una noche, solo piénsalo una noche -contestó Fernando – y “hacelo” por mí… “mirá” que le debo una a ese Mazzoni, y es momento de pagar… “hacelo” por mí Gus, solo es renunciar, firmar y poner a los que Alberto quiere… “andá” loco, que del resto yo me arreglo. 

-“Andate” tranquilo Fer, que lo voy a pensar – dijo Gustavo más tranquilo. -Chau che- y colgó el teléfono. 

En medio del tremendo Hall que miraba al hoyo 5 del campo de golf, Gustavo miró fijamente a la luna, la bella luna de Centroamérica, y solo atinó a decir: 

-¿Salvarle la inversión a Junior y a Alberto? ¡Y qué más da! Para aburrirme, lo puedo hacer en cualquier lado, bo.

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