Columna de Nefrox
Press start to continue | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
Testeando
Junio de 1992, un niño de 9 años camina por la avenida Mariano Jiménez en San Luis Potosí; es aproximadamente la 1:15 de la tarde, los últimos días de escuela acompañan a muchos alumnos en su travesía rumbo a casa. Ahí, en un pequeño local de periódicos y revistas se dará un encuentro que cambiará por completo la vida de ese niño.
En una pequeña tabla que servía como exhibidor de algunas revistas, una portada llama la atención: Pedro Picapiedra aparece con los brazos levantados; pero lo que de verdad cautivó la mirada de este niño, es una palabra grande y, con su tradicional color rojo, el inconfundible logotipo de Nintendo resalta en el nombre de la revista. Es el número 7 del primer año de la mítica Club Nintendo.
Tengo enormemente grabado ese instante, “la primera vez que vi la revista Club Nintendo” y recuerdo también que batallé para conseguir los $6,000 pesos (de 1992) que costaba la revista, para poder comprarla. Como niño, no reparé al principio sobre quién o quiénes escribían en ese material, simplemente devoraba cada número de principio a fin; la revista es en gran parte culpable de que mis aficiones tanto al videojuego como a la lectura se convirtieran casi en vicio. Leía todo, desde la portada y encabezados, hasta los comerciales y las letras pequeñas de la editorial, mes con mes era un asiduo lector de unas letras a las que no necesitaba ponerles autor.
Pasó el tiempo. Los años me hicieron más y más curioso mientras la información de pronto aparecía; el culpable de tantas y tantas horas de lectura era todo un personaje, un tipo de cabello rebelde, lentes de fondo de botella, jeans a la cadera y camisas de mezclilla fajadas, sin olvidar el uso de tenis de bota y casi siempre una cachucha para intentar controlar esa maraña de pelo. Su nombre era Gustavo, pero le “gus”taba que le dijeran Gus. Gus Rodríguez.
Poco a poco ese personaje fue ganando más y más notoriedad con algunas apariciones fotográficas en la revista y menciones cada vez más cercanas de su trabajo como editor, hasta que su figura se materializó por completo cuando un buen sábado apareció en televisión en un maravilloso programa llamado Nintendomanía. Ahí el personaje firmó su siguiente nivel: convertirse en leyenda de toda una generación.
No me voy a detener a contar lo que Nintendomanía y Gus lograron en esos años, me brincaré toda la historia para contar mi historia con Gus.
Allá por el 2009, en un aún incipiente Twitter mexicano donde pocas personas charlábamos y muchos famosos respondían los tweets, se me ocurrió pedirle una entrevista a Gus. Para ser sincero, nunca pensé que me respondería, pero mi emoción se desbordó cuando recibí la respuesta de Gus, un mensaje directo en donde me decía que con mucho gusto me daría la entrevista, adjuntando también su número de celular y una serie de indicaciones para hacer la llamada. Recuerdo muy bien contarle rápidamente a mi amigo Axel, otro fanático que creció leyendo y viendo a Gus. Nos pusimos de acuerdo y realizamos la llamada.
Esa primera llamada duró algunos minutos; sirvió para organizar bien el horario para realizar la entrevista. Una semana después, Gus estaba al teléfono contándonos la misma historia que repetiría una y otra vez sobre el nacimiento de Club Nintendo y Nintendomanía… la diferencia: ahora nos la estaba contando a nosotros, dos fanáticos influenciados a estudiar Comunicación por su total y plena culpa.
Tuve la fortuna de ver y charlar con Gus en dos ocasiones más, ambas en persona, siempre repitiéndole la misma cosa: “yo soy yo, gracias a ti”.
Afortunadamente tuve la oportunidad de saludarlo, de charlar con él, de entrevistarlo, de tomarme fotos con mi ídolo, tuve la gracia de alguna vez agradecerle en persona lo que hizo y cómo nos cambió la vida; tuve la oportunidad de hacerlo reír y hasta de romper mi ética profesional al aprovechar mi papel como entrevistador para pedirle un autógrafo. Y Gus siempre, siempre sonriente y amable en cada momento en que estuvimos en contacto.
El pasado viernes, mientras jugaba videojuegos (como prácticamente cualquier otro viernes) mi amiga Lupita nos avisaba: ¡falleció Gus Rodríguez! Nunca pensé que me iba a enterar de esa noticia a través de un videojuego, nunca pensé que mi más grande ídolo y referente tanto en la comunicación como en los videojuegos se iba a ir mientras yo tomaba el control en una misión. Ese momento, esa noche, va a quedar grabada en mi memoria tan profundamente como la primera vez que vi una Club Nintendo; es el final de un ciclo y el inicio de una leyenda.
Gracias Gus, eres el culpable de que sea comunicólogo, eres el culpable de que haya escrito durante mucho tiempo de videojuegos, eres el culpable de que IndirectoTV haya existido, eres el culpable de que Item siga al aire después de casi nueve años entre televisión y radio. Eres el culpable de esa semilla que nunca se va a ir, esa que se llama videojuegos y que es imposible de retirar de mi vida.
Gracias Gus y solo queda presionar start y seguir adelante, continuar con lo que nos encanta hacer, siempre sonriendo y dejando el alma en cada compromiso, justo como siempre nos demostraste que se tiene que hacer.
Gracias Gus y estamos en contact… por siempre.
También te puede interesar: eLeague | Columna de Arturo Mena «Nefrox»
Columna de Nefrox
Que arranque la fiesta | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay fechas que aparecen en el calendario. Y hay otras que parecen escritas desde hace décadas.
El 11 de junio de 2026 pertenece a la segunda categoría.
Porque cuando la pelota se lance en el Estadio Azteca, no comenzará solamente un Mundial. Comenzará una historia que México lleva años esperando volver a contar. Será la tercera vez que el país reciba una Copa del Mundo y la tercera vez que el Azteca ocupe un lugar central en la memoria del fútbol. Ningún otro estadio puede decir eso.
Durante meses hablamos de sedes, remodelaciones, boletos y logística.
Ahora ya no.
Ahora empieza el fútbol.
Y eso cambia todo.
México tendrá partidos en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. El Azteca volverá a ser protagonista con el partido inaugural y encuentros de eliminación directa; Guadalajara y Monterrey también recibirán juegos de fase de grupos y la sultana del norte, uno de ronda posterior.
Habrá aficionados de todos los continentes.
Habrá camisetas imposibles de encontrar juntas en otro lugar.
Y por unas semanas, el país volverá a sentirse el centro del mundo futbolístico.
Quizá por eso resulta tan difícil dimensionar lo que viene. Porque los Mundiales no se entienden antes de empezar.
Se sienten.
Se sienten cuando aparece la primera ceremonia. Cuando suena el primer himno. Cuando una selección desconocida le complica la vida a un favorito. Y, sobre todo, cuando descubrimos que los pronósticos casi nunca sobreviven intactos a julio.
Claro que hay candidatos.
Los de siempre.
La vigente campeona, la selección de Argentina, llega con el peso de defender una corona que pocas veces permite relajaciones.
Francia sigue teniendo una generación que parece diseñada para competir en cualquier escenario.
Brasil nunca deja de ser Brasil, incluso cuando las dudas aparecen.
España llega respaldada por una nueva generación que ha demostrado que el talento no entiende de ciclos.
Y luego están Alemania, Inglaterra y Portugal, selecciones que parecen estar siempre a una buena racha de distancia de la gloria.
Pero los Mundiales nunca pertenecen únicamente a los favoritos
. Si algo ha enseñado la historia es que siempre aparece alguien inesperado.Croacia lo hizo.
Marruecos lo hizo.
Corea del Sur lo hizo.
Y este torneo también tendrá su sorpresa.
Porque siempre la tiene. Quizá una selección africana que encuentre confianza demasiado pronto. Quizá un equipo europeo que llegue sin reflectores. Quizá una nación americana que descubra que el miedo cambia de bando cuando avanzan las rondas.
Y en medio de todo eso está México.
El anfitrión.
El equipo que carga con la ilusión de una generación entera que sueña con ver algo distinto. Con romper una barrera que parece eterna. Con aprovechar la ventaja de jugar en casa. Porque un Mundial en México nunca es solamente un torneo. Es una conversación nacional. Una pausa colectiva.
Un momento donde millones de personas hablan el mismo idioma durante noventa minutos.
Dentro de algunos años recordaremos quién levantó la copa. Pero también recordaremos otras cosas. La primera vez que vimos el Azteca vestido de Mundial por tercera ocasión.
La fiesta en Guadalajara.
Las noches de Monterrey.
Las historias que todavía no conocemos.
Porque así funcionan los Mundiales. Empiezan con favoritos. Empiezan con estadísticas. Empiezan con pronósticos. Y terminan convirtiéndose en algo mucho más grande.
Algo que durante unas semanas nos hace creer que el futbol puede detener el tiempo.
Y, para fortuna de México, ese momento está a punto de comenzar, aquí.
También lee: La respuesta siempre ha estado en casa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
Columna de Nefrox
La respuesta siempre ha estado en casa | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Durante años, el fútbol mexicano se acostumbró a mirar hacia afuera cada vez que necesitaba un entrenador. Como si la solución siempre hablara otro idioma o español con diferente acento. Como si la experiencia solo valiera cuando venía de Europa o Sudamérica. Como si aquí no pudiera construirse algo propio.
Y entonces aparece esta final.
Cruz Azul contra Pumas.
Joel Huiqui contra Efraín Juárez.
Dos técnicos mexicanos. Dos procesos jóvenes.
Dos historias que, hasta hace poco, parecían destinadas a esperar más tiempo.
Porque el fútbol mexicano suele ser impaciente con los entrenadores nacionales. Les exige resultados inmediatos, pero les niega margen. Los quiere preparados, pero rara vez les permite equivocarse. Y aun así, aquí están. A noventa minutos (o un poco más) de tocar el campeonato.
Lo de Joel Huiqui tiene algo profundamente simbólico. Un hombre que entendió durante años lo que significa cargar la presión de Cruz Azul desde adentro, ahora intentando devolverle identidad desde el banquillo. Sin reflectores exagerados, sin vender revoluciones tácticas, pero construyendo un equipo serio, compacto y emocionalmente estable. Que en Cruz Azul, después de tantos años de caos emocional, ya parece muchísimo.
Porque este equipo no juega desesperado.
No corre por ansiedad. No se rompe cuando recibe un golpe.
Y eso también se entrena.
Del otro lado aparece Efraín Juárez, quizá el caso más interesante de los dos.
Porque mientras muchos técnicos mexicanos siguen esperando una oportunidad local, él decidió salir. Aprender lejos. Equivocarse lejos. Crecer lejos.
Y eso pesa.
Su paso por el extranjero le dio algo que pocas veces se ve en entrenadores jóvenes mexicanos, una idea clara de juego y la personalidad suficiente para sostenerla. Pumas no es un equipo perfecto, pero sí es un equipo reconocible. Presiona, intenta ser agresivo, ocupa espacios con intención.
Tiene identidad.
Y en una liga donde muchos equipos cambian de rostro cada tres jornadas, eso ya es una ventaja enorme.
Por eso esta final importa más de lo que parece.
Porque sí, hay un campeonato en juego. Sí, hay historia, afición y presión. Pero también hay un mensaje. Uno que el fútbol mexicano llevaba tiempo necesitando escuchar.
Que los entrenadores mexicanos no tienen que esperar eternamente para estar listos. Que la juventud no es incapacidad. Que las ideas nuevas no necesariamente vienen de afuera.
Y quizá lo más importante: que un técnico mexicano también puede construir equipos modernos, competitivos y emocionalmente fuertes.
Cruz Azul puede romper otra barrera emocional levantando el título con Huiqui. Sería una especie de reconciliación con su propia historia, un hombre de casa devolviendo estabilidad donde tantas veces hubo caos.
Pumas, en cambio, puede confirmar algo distinto con Efraín Juárez, que el técnico mexicano también puede evolucionar, viajar, aprender y regresar más preparado que nunca.
Las dos historias tienen valor.
Las dos se sienten necesarias.
Y quizá por eso esta final tiene algo diferente. Porque más allá de quién levante el trofeo, el fútbol mexicano ya ganó una pequeña batalla que llevaba años perdiendo silenciosamente.
La de volver a confiar en los suyos.
En jóvenes entrenadores mexicanos que dejaron de pedir permiso para competir. Y que ahora, desde los dos banquillos más importantes del país esta semana, están demostrando algo que parecía olvidado, que el futuro también puede hablar con acento mexicano y que la respuesta, siempre estuvo en casa.
También lee: México vs México | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
Columna de Nefrox
Con coherencia en los banquillos | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay partidos que llegan con tres puntos en juego y otros que llegan con una idea detrás.
El Atlético de San Luis contra Pumas es de esos segundos.
Y es que más allá de la tabla, más allá de si uno necesita meterse o el otro quiere escalar, hay algo que no siempre aparece en el fútbol mexicano: dos entrenadores que entendieron lo que tenían y dejaron de pelearse con eso.
San Luis, por ejemplo, dejó de ser un equipo confundido.
Raúl Chabrand, en silencio, hizo algo que a veces parece revolucionario: ordenar. Volver a lo simple. Apostar por un 4-2-3-1 claro, sin inventos, sin posiciones forzadas, con roles definidos.
Y eso, en un equipo que venía de la incertidumbre, pesa más que cualquier discurso.
Porque San Luis no necesariamente juega mejor que antes, pero eso sí, se entiende mejor, y cuando un equipo se entiende, compite.
Del otro lado está Pumas, que tampoco es casualidad.
Efraín Juárez agarró un equipo que necesitaba identidad más que nombres, y le dio algo que no siempre se nota en la Liga MX: intención. Un sistema que puede mutar, que puede presionar, que puede atacar sin perder orden y los resultados empiezan a acompañar.
Un 3-1 reciente que no solo suma puntos, sino que confirma algo más importante: Pumas sabe a qué juega, que en este fútbol, ya es bastante.
Por eso este partido no es tan simple como parece.
San Luis llega con urgencia. Necesita puntos, necesita creer que todavía está a tiempo a pesar de que el cambio se dio bastante tarde en el torneo.
Pumas llega con confianza. Ya entendió el camino, ahora quiere mejorar el destino, dejando atrás los errores del principio de año que lo desplazaron de Concacaf.
Uno persigue.
El otro se afirma.
Pero los dos comparten algo: coherencia.
Y eso cambia todo.
Porque cuando los equipos tienen idea, los partidos dejan de ser accidentes. Ya no dependen de una jugada aislada, de un error, de un rebote. Empiezan a tener lógica.
San Luis buscará ordenarse desde atrás, sostener el partido, encontrar a João Pedro en momentos clave.
Pumas intentará imponer ritmo, ocupar espacios, hacer que el juego pase por su mediocampo.
No es un choque de estilos opuestos. Es un choque de ideas bien trabajadas. Y quizá por eso este partido importa más de lo que parece.
Porque en medio de una liga que muchas veces vive de la inercia, ver a dos técnicos que sí están construyendo algo, incomoda.
A veces, es tan simple (y tan difícil) como tener claro qué quieres que haga tu equipo cuando tiene la pelota y cuando no.
Pero más allá del marcador, hay algo que ya se está jugando: la validación de dos procesos que, sin hacer ruido, empiezan a tomar forma.
Y en una liga donde muchas veces todo cambia demasiado rápido, ver a dos equipos que por fin parecen saber hacia dónde van, ya es, en sí mismo, una pequeña victoria.
También lee: Hay algo incómodo en el repechaje | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
-
Destacadas2 años
Con 4 meses trabajando, jefa de control de abasto del IMSS se va de vacaciones a Jerusalén, echando mentiras
-
Ciudad4 años
¿Cuándo abrirá The Park en SLP y qué tiendas tendrá?
-
Ciudad4 años
Tornillo Vázquez, la joven estrella del rap potosino
-
Destacadas5 años
“SLP pasaría a semáforo rojo este viernes”: Andreu Comas
-
Ciudad3 años
Crudo, el club secreto oculto en el Centro Histórico de SLP
-
Estado3 años
A partir de enero de 2024 ya no se cobrarán estacionamientos de centros comerciales
-
#4 Tiempos3 años
La disputa por el triángulo dorado de SLP | Columna de Luis Moreno
-
Destacadas4 años
SLP podría volver en enero a clases online











