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El bosque y los pirómanos | Columna de Juan Jesús Priego
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Escribo esta nota mientras millones de hombres y mujeres lloran en Australia sus bosques perdidos, sus árboles quemados. Miles, miles de hectáreas convertidas en ceniza; cientos de especies animales corriendo para ponerse a salvo del incendio; decenas de personas calcinadas…
¿A quién se le ocurrió prender fuego a este mar de color verde?
«A unos pirómanos aún no identificados», dijeron los noticieros.
Porque aquello no fue un accidente, no: fue algo querido, deliberado, voluntario.
Yo también me siento de luto por este odio demencial no sólo contra la naturaleza, sino contra la vida misma. ¿Pirómanos? ¡Locos, eso es lo que son! Pero de nada sirve lamentarnos. ¿Qué se puede decir a unos hombres que por odiarse a sí mismos quieren de una buena vez acabar con todo? ¿Con qué argumentos habría que convencer a un asesino para que no dispare contra los demás y luego se mate él? Reconozcámoslo: no hay argumentos. Porque si no hay nada en qué creer, tampoco hay nada que temer y nada, tampoco, que esperar. Al asesino se le puede quitar la pistola de la mano, y aun arrebatársela, ¿pero cómo hacerle sentir que vivir es bello, que la vida es buena?
Me viene ahora a la memoria lo que escribió Gilbert K. Chesterton (1874-1936) en uno de sus libros, a saber: que la modernidad no tuvo la creatividad suficiente para inventar nuevos valores y se puso a desacralizar los viejos valores cristianos, con un resultado: que al arrancarlos de la tierra que los nutría se le secaron muy pronto entre las manos.
«Hay que ser sencillos, es preciso ser frugales», decía hace poco alguien en un famoso programa de televisión. Y a mí me queda muy claro que hay que serlo porque soy cristiano, pero uno que no lo sea se preguntará: «¿Pero por qué hay que ser frugales y, sobre todo, sencillos? ¿Dónde está escrito que deba uno honrar a su prójimo y no más bien darle un puntapié en la canilla o un garrotazo en la cabeza?».
Y la verdad es que sí: que los que no creen tienen todo el derecho del mundo a hacerse estas preguntas, pues las cosas, sin Dios de por medio, no le quedan a nadie muy claras que digamos.
Jean Paul Sartre (1905-1980), aunque ateo, fue en esto sumamente lúcido; dijo en El existencialismo es un humanismo que si Dios no existe, entonces no está escrito en ninguna parte que yo tenga que ser generoso en vez de avaro, diligente en vez de perezoso u honesto en lugar de ladrón; si Dios no existe, entonces «no hay signos en el mundo», como él mismo dice, y estamos a merced de los vientos: cada quien deberá orientarse en el mundo según los dictados de su propia brújula interior y creando sus propios valores. Y así es, en efecto: si no hay una Voz que nos diga qué es lo que debemos hacer y qué lo que debemos evitar, entonces cada quien es libre de obrar como bien le venga.
Esto debe quedarnos muy claro: sin una motivación trascendente, los argumentos se nos acaban pronto y sólo nos queda, al final, la propaganda. «Hay que ser sencillos, es preciso ser frugales». Sí, pero ¿por qué o para qué?
«¿Las virtudes? –se pregunta Chesterton-. Mientras vivieron fueron cristianas. Pero no creo, por ello, que el humanismo y la religión sean rivales en el mismo plano. Creo que es una rivalidad entre el estanque y la fuente, o entre la antorcha y el fuego. Los intelectuales modernos sacaron cada uno un leño encendido de la hoguera inmortal; pero la verdad es que aunque blandieron la antorcha furiosamente, como si quisieran quemar con ella a medio mundo, ésta se les apagó muy pronto».
En otras palabras: arranca las virtudes de su suelo natural –que es Dios, o, si prefieres, la vida cristiana-, y entonces harás lo mismo que quien saca un leño de la hoguera: por el momento el tizón estará rojo y echará un poco de humo, pero la verdad es que no arderá por mucho tiempo.
Los espectadores de aquel desastre australiano nos tapamos los ojos y abrigamos vehementes deseos de tener enfrente a aquellos pirómanos para hacer con ellos dos o tres cosas que ya se imaginará el lector. Pero también esto es inútil. Quizá los verdaderos culpables seamos nosotros; quiero decir, la sociedad entera: esta torre de Babel que hemos levantado para demostrarle a Dios que nos es posible vivir sin Él. ¡Publicamos tantos libros, decimos con tanta frecuencia que Dios es execrable, la Iglesia una pocilga y la fe una tontería, que muchos han acabado creyéndoselo! Y ahora que han rechazado a Dios, que se han alejado de la Iglesia y han dejado de creer, ¿de qué van a agarrarse para seguir viviendo? ¡Se les ha quitado lo único que podría dar verdadero sentido a sus vidas y ahora nos indignamos porque encuentran de mal gusto seguir en este mundo y se ponen a quemar los bosques! Quizá lo único que querían era pan y nosotros les hemos dado piedras; querían pescado y les hemos dado una serpiente.
Alguno dirá que exagero. ¡Yo sé que no! Y vuelvo al lugar de donde partí: uno que ya no quiere vivir, ¿qué pierde quemando un bosque, disparando contra todos los de su clase y luego disparándose a sí mismo? ¿Qué pierde, si para él la vida ya no vale nada? Quítale a un joven la fe, déjalo sin esperanza, entrégale una pistola y ya verás lo que se pone a hacer.
Termino con unas palabras de Henri de Lubac (1896-1991) que leí cuando era joven y que no dejo de leer y repasar ahora que ya no lo soy:
«No es verdad que los hombres no puedan organizar la tierra sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no pueden, a fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre».
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Llamadas telefónicas | Columna de Juan Jesús Priego
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–¿Qué me decía usted? –pregunté al anciano mientras éste luchaba, sudando y todo, por coger con firmeza el hilo de nuestra conversación.
–Ah, sí, le estaba diciendo que uno de mis hijos, el menor de todos, ha tomado para conmigo o respecto a mí, como prefiera usted decir, una actitud bastante extraña. Ya no me saluda cuando llega a casa, ni me dice adiós cuando se va. De la noche a la mañana, según parece, le ha dado por pensar…
Y otra vez el teléfono. El anciano se me quedó mirando como a la expectativa, se encogió de hombros, esbozó una sonrisa que quería ser de comprensión –aunque no llegó a tanto: sólo quiso serlo– y se ovilló en la silla como un derrotado.
–Sí –dije a quien me llamaba esta vez–. ¡Hombre, qué pena! Lo comprendo, pero no traigo conmigo mi agenda. Lo que pasa es que la dejé ayer en mi otra chamarra y aún no he podido ir por ella. ¿Podría hablarme más tarde? ¿Qué tan tarde? Déjeme ver. ¿Podría marcarme nuevamente a eso de las diez? ¡No, qué va a ser tarde! A esa hora apenas estoy llegando a casa. Bien, espero su llamada. Hasta entonces.
Miré al anciano como diciéndole: “Puede continuar usted, señor”. Pero no dije nada, sino que únicamente lo miré. Éste se incorporó en la silla, trazó con la mano sobre el borde de mi escritorio una figura incomprensible (era evidente que no recordaba en qué punto de la conversación nos habíamos quedado) y dijo por fin:
–Entonces mi mujer tomó la decisión de dormir en camas separadas. ¿Por qué razón? Hasta ahora no ha querido decírmelo. Además, jura por Dios que ni siquiera me lo dirá. ¿Qué debo pensar de todo esto? No lo sé. La única palabra que me viene a la mente es ésta: conspiración.
–No, no –dije yo–. Todavía no llegábamos allí, si esto es lo que seguía. Se había quedado usted en que su hijo el menor estaba tomando con respecto a usted actitudes un tanto extrañas…
–Ah, sí –dijo el anciano–. Extrañas, claro. Como por ejemplo no avisar a dónde va ni de dónde viene. De la noche a la mañana se ha puesto a decir, figúrese usted, que yo no cuidé bien de él cuando era niño. ¿Que no me preocupé por él? ¿Quién, entonces, le pagó las colegiaturas, la ropa que se ponía, la comida y los estudios? ¿Quién?
No me va usted a creer, lector, seguro que no me va a creer, pero justo en ese momento empezó a sonar otra vez el teléfono, mi pequeño, caro, odioso y portátil teléfono celular. Miré a mi interlocutor, pero no ya como diciéndole: “Puede usted continuar, señor”, sino como preguntándole: “¿Contesto o no contesto?”. Durante unos segundos dudé. ¡Dios mío, qué dilema! Tomé el teléfono en mi mano derecha sin saber todavía qué hacer con él.
–Sí, soy yo (Dios mío, qué respuestas más tontas da uno por teléfono: si yo no soy yo, ¿quién más podría ser?). A sus órdenes. Comprendo, claro, pero aún no sé cómo voy a andar ese día y no tengo a la mano mi agenda para saberlo, pero si me habla usted a eso de las diez y media, yo le digo si puedo o no. No, no, lo que pasa es que ahora estoy ocupado con una persona . No importa: si no puede hablarme a las diez y media, puede perfectamente hacerlo a las once. ¡No, qué va! Está usted hablando con el noctámbulo más incorregible del planeta. No se preocupe; si puedo, lo haré con mucho gusto. ¡Hasta luego!
Cuando colgué, ya no me atreví a mirar al anciano. ¡Era demasiado penoso verlo a la cara! ¿Y qué cree usted? Que antes de que lo viera a la cara el teléfono volvió a sonar una vez más. Y como esto ya era demasiado, lentamente, con parsimonia, con sadismo, lo apagué. ¿Por qué no me había atrevido antes a realizar este saludable ritual? ¡No más llamadas telefónicas, al menos por ahora!
¿Qué tienen los pitidos del teléfono que nos hacen ponernos enseguida al aparato? ¿Qué es lo que nos impulsa a contestar con tanta rapidez? ¿De qué magia se valen para ponernos tan nerviosos cuando suenan? He aquí un tema de obligada meditación.
¿Por qué cuando estamos ocupados con una persona sentimos que una llamada telefónica es más urgente e interesante que todo lo que esta persona pudiera decirnos? ¿De qué noche de los tiempos nos viene esa sensación? “Algo grave está pasando”, nos decimos a nosotros mismos, y somos capaces de hacer a un lado a quien esté enfrente con tal de que esa llamada no se pierda.
Pero no: hoy ya no lo haré. Esta persona que está aquí, conmigo, este hombre cargado de años ha tenido que tomar un taxi para venir a encontrarme, y resulta que ni caso le hago para dedicarme a responder al primero que llama. El anciano se había tomado el trabajo de ponerse en camino, en tanto que aquella otra gente sólo se había limitado a marcar un número para obligarme a escucharla. ¡Qué sencillo y qué injusto al mismo tiempo! Cuando éste me vio apagar el teléfono, suspiró aliviado y sonrió dulcemente. Ahora se sentía importante, único; ahora podía hablar con libertad y sin el temor de verse interrumpido.
Desde entonces he tomado una seria resolución: dar prioridad a los que vienen en lugar de a los que simplemente llaman. Ya no me cohibirá ni me pondrá a temblar el pitido tramposo del teléfono; desde ahora lo tendré por lo que es: por una alarma que hacen sonar los que no se tomaron el trabajo de buscarme como se debe buscar realmente a las personas. Y, sobre todo, esto: que la presencia valga más y la sola voz menos, mucho menos. Siempre y cuando, claro está, no me estén hablando desde Hawaii…
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Enseñanzas nocturnas | Columna de Juan Jesús Priego
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Por: Juan Jesús Priego
¡Qué sueño más extraño! ¿O debo llamarlo pesadilla? Estaba yo en alguna parte –tal vez era un bosque, aunque no podría asegurarlo- cuando de pronto escuché una voz que me llamaba por mi nombre. ¿Quién podía ser? La voz me era desconocida y, sin embargo, me parecía de algún modo familiar
-¿Quién es? –pregunté girándome primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, avanzando hacia atrás y luego hacia delante-. ¿Quién me habla?
En torno mío no había nadie más, y al descubrir esto me invadió el terror. Volví a preguntar:
-¿Quién es?
Literalmente, temblaba. Un sudor frío me hacía tiritar hasta el punto que tuve que ovillarme debajo de un árbol. ¿O es que llovía? No lo sé. A este respecto, lo único que puedo recordar es que se hacía de noche, cada vez más de noche, y yo no sabía qué hacer para detener el tiempo.
-Ven –me dijo la voz-. No tengas miedo.
-No tengo miedo –dije sólo por no quedarme callado-. Pero, ¿quién eres?
-Tu tiempo de estar en el mundo se ha acabado. Ahora debes venir.
Aquellas palabras, lo recuerdo aún, me hicieron ponerme muy triste. Ahora ya sabía yo quién era el que me hablaba de esta manera, pero, así y todo, no quería marcharme. Por lo menos, no todavía. Antes tenía que volver a casa y dejar arreglados todos mis asuntos. Estaba dispuesto a obedecer, pero antes necesitaba dejar mis cosas en orden.
-¿A qué esperas? –me urgía la voz-. ¡Dame tu mano!
-No, todavía no. Estoy por terminar el último capítulo de un libro muy importante para mí. Es, además, el tercer volumen de una trilogía, y si queda inconcluso este capítulo quedará trunca la obra entera…
¡Qué extraños son los sueños! Yo no estaba en ningún bosque, sino sudando frío en mi cama, pero por otra parte era verdad que por aquellos días estaba ya por concluir el cuarto volumen de mis Meditaciones en torno a la literatura y la fe. ¿Y cómo irme de este mundo sin haber puesto punto final a esta serie que ya consideraba yo la obra de mi vida? ¡No, todavía no, por el amor de Dios! Después de haber colocado ese punto, que Dios hiciera conmigo lo que quisiese, pero antes no. Insistí, pues, en mi sueño:
-¿Por qué no me dejas terminar este trabajo? Si me llevas ahora, nadie sabrá que existe y quedará sin haber sido nunca publicado. Me falta en realidad muy poco. Si me apresuro, en quince días estará listo. ¡Dame sólo quince días! No te pido más…
Pero la voz fue terminante:
-No. El tiempo se te ha acabado. ¡Ven!
-¿Es que no tiene importancia para ti que yo ponga punto final a ese libro? ¿No te importa nada?
-¡He dicho que no!
Me sentía como un niño que negocia y regatea con su padre con el único objeto de salirse con la suya. Lo que no alcanzaba a comprender es por qué se negaba Él a dejarme acabar esa obra. ¿Qué había de malo en ello? Se trataba sólo de quince días. No le pedía el elíxir de la inmortalidad, ni mi negativa era rotunda… Yo quería llorar. Me sentía incomprendido. Bajé los brazos y me quedé mirando la lejanía.
¿Qué me llevaba conmigo ahora que me llamaban? ¡No había podido terminar mi obra! El documento inconcluso estaba en la memoria de mi computadora y seguramente, para volverla a utilizar, mis parientes borrarían todo lo que se encontraran en ella: así, con un solo golpe de manos, con un solo clic. ¡Qué fracaso!
Con estos pensamientos me atormentaba a mí mismo cuando, de pronto, lo comprendí, y la intuición me hirió como un rayo: la vida del hombre es muy breve; por lo tanto, sólo nos justifica lo que hemos podido hacer en el transcurso de una hora, de un solo día, de un minuto. Lo que importa es, pues, el amor. Si escribir un libro fuera una justificación válida, uno no podría morir antes de que el libro estuviera terminado: morir antes sería absurdo. Además, no se escribe un libro todos los días, en tanto que se puede amar cada minuto. ¡Sólo el amor es un todo en sí mismo!
¿Qué me llevaba conmigo ahora que me llamaban? Sólo los pequeños gestos de amor que, entre un compromiso y otro, había podido realizar. En realidad, únicamente eso.
-Está bien, vamos –dije. Y, mientras levantaba el brazo, me desperté. Lo tenía tan entumido que ni siquiera podía sentirlo.
¡Qué sueño más extraño! Y, sin embargo, a partir de allí una cosa me ha quedado clara: que nada vale ante Dios más que el amor que en este único día podemos regalar. ¡Nadie sabe si mañana estaremos todavía en este mundo! Y también que, si es bueno escribir, todavía es mejor amar.
Escribió el doctor Bernie Siegel en uno de sus libros: “Somos mortales, todos vamos a morirnos algún día, no importa cuánto ejercicio hagamos o cuántas verduras biológicas comamos. Si admito esta idea, aprovecho al máximo mi vida en el presente, haciendo hoy lo que más me gustaría hacer el resto de mi vida. Mi actitud es que, si muriera esta noche o mañana, mi vida habría sido completa; me siento realizado porque he amado en plenitud. Yo suelo decir a todos, sanos o no, que deben vivir como si fueran a morir en cualquier momento”.
Ojalá le hagan caso, doctor. Porque nada hay más verdadero que esto. Anoche, mientras dormía, lo comprendí.
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#4 Tiempos
Historias de valor | Columna de Juan Jesús Priego
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Una vez, un famoso orador se presentó ante un auditorio muy numeroso para disertar acerca de La dignidad humana y sus fundamentos teóricos (así tituló su conferencia). ¡Pero, ay, tan largamente habló de estos asuntos que muchos asistentes empezaron a bostezar y otros francamente se durmieron! Entonces decidió cambiar de táctica y sacó de su cartera un billete de quinientos pesos, lo agitó en el aire y preguntó con voz tonante:
–¿Alguien quiere este billete?
Los que estaban despiertos levantaron la mano, y los que en ese momento dormían también la levantaron, e incluso más firmemente que los otros, un poco así como los diputados y los senadores la levantan en la Cámara a la hora de las votaciones. ¿Sobre qué van a votar? Sólo Dios lo sabe, pero ellos de todas maneras, para fingir que viven, dan muestras de asentimiento. Pero sigamos con nuestra historia. Era claro que todos querían participar en el dichoso concurso, pero ¿qué tenían que hacer para ganarse esos quinientos pesos?
El orador adoptó un aire misterioso, tiró al billete al suelo, lo pisoteó una, dos y cien veces, cual si bailara sobre él el jarabe tapatío, lo levantó del suelo y volvió a decir:
-El billete ha quedado un poco maltratado, como ustedes pueden ver. Pero si alguien lo sigue queriendo, que me lo diga.
Por demás está decir el revuelo que se armó. ¿A quién le importaba que estuviera maltratado? ¡Todos seguían queriendo aquel billete!
Luego el orador escupió sobre él, lo dobló, hizo con él una bola del tamaño de una pelota de golf y lo enseñó otra vez a su auditorio.
-Quien en tales condiciones siga queriendo este billete no tiene más que decírmelo y se lo daré.
Y he aquí que todos volvieron a levantar la mano.
-Bien –dijo entonces el orador-. Ahora ya están en mejor condiciones de saber qué es la dignidad humana. Cuando el billete estaba liso y crujiente, todos lo querían, pues valía lo que dice en cada uno de sus cuatro ángulos, es decir, quinientos pesos. Cuando lo pisoteé no una, sino varias veces, y quedó manchado con el lodo de mis zapatos, ustedes quisieron tenerlo aún, pues seguía valiendo quinientos pesos: mis golpes, como quiera que sea, no le hicieron perder nada de su valor. Luego lo escupí, pero no por eso ustedes le hicieron ascos. Pues así sucede con el hombre, señores y señoras. El hombre puede ser pisoteado, escupido, humillado; pero, pase lo que pase con él y le hagan lo que le hagan, nunca perderá su valor ni su dignidad.
El auditorio esbozó una sonrisa de comprensión y amabilidad, y el orador prosiguió de esta manera:
-Suceda lo que suceda, ante Dios siempre seremos valiosos e importantes: infinitamente más valiosos que este billete que, por lo demás, sólo vale quinientos pesos. ¿Ahora han comprendido ya en qué consiste la dignidad humana?
Y así acabó aquella conferencia. Espero que, por su bien, el orador haya sorteado entre el auditorio aquel billete, pues, de lo contrario…
Cuando leí esta historia en un libro de cuyo título no puedo acordarme, también yo sonreí. Pero no por el ingenio de este orador, sino porque ya había leído yo en un libro de la antigüedad cristiana una historia parecida.
Una vez –así comienza esta otra historia, mucho más antigua que la primera-, un peregrino fue en busca de un anacoreta para pedirle ayuda y un consejo. Estaba muy afligido por sus pecados pasados y no estaba seguro de que Dios fuera a perdonárselos. “No he sido bueno –gemía, desconsolado-; no he sido trigo limpio. ¿Tendrá Dios compasión de mí?”.
El anacoreta le habló largamente de la misericordia divina, le contó la historia de David y otras muchas tomadas de la Biblia; lo amonestó con graves palabras para que confiara más en la misericordia divina, pero el pobre peregrino seguía mostrándose al borde de la desesperación.
Entonces el santo hombre de Dios le hizo esta pregunta:
-Dime, si tu túnica se rasgara, ¿la tirarías?
-No. Esta túnica es la única que tengo; si se rasgara, la remendaría y volvería a usarla.
-Entonces, fíjate bien –respondió el anacoreta-: si tú cuidas así tus vestidos, que no son más que paño, ¿crees que Dios no va a tener misericordia de uno que ha sido creado a su imagen y semejanza?
El peregrino sonrió lleno de gozo, luego lloró durante unos instantes, emocionado, y por último besó la mano del santo anacoreta: había comprendido la lección. ¡Ahora ya sabía cuál es el valor de la vida humana! Y, dándole las más sinceras gracias, reemprendió su camino…
¿No es ésta una historia bella y profundamente humana? En realidad, me gusta mucho más que la anterior. ¿Crees que, por lo que has hecho, Dios se va a deshacer de ti echándote en el olvido? ¿Crees que Dios se deshace de este modo de sus criaturas? Sí así lo crees, si esto es lo que piensas de Él, déjame decírtelo: aún no lo conoces. Como el billete del conferencista, el hombre puede estar sucio; como la túnica del peregrino, su corazón puede estar roto, pero no por eso a sus ojos vale menos. Tal es, en pocas palabras, el fundamento de la dignidad humana. Y quien quiera fundamentarla de otra manera y con otros argumentos construye sencillamente en el vacío.
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