Letras minúsculas
Conversación a tres voces | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Apago la luz, me meto en la cama, doy una vuelta y luego cien más. ¿Qué le vamos a hacer? Me espera otra linda, larga e interminable noche de insomnio. Pero esta vez no me desespero porque de pronto se me ocurre una idea: escribir este artículo. ¿Y de qué voy a hablar en él? Fíjese usted: de lo que tres grandes señores de la República de las Letras dijeron hace mucho, cada uno en su tiempo, acerca de la catedral de Francia. ¿Por qué no hacerlos dialogar entre ellos? La idea me emociona a tal punto que el pájaro del sueño, espantado, echa a volar para ir a posarse muy lejos de mi cama.
Tratemos de imaginarnos un diálogo entre Léon Bloy, Stefan Zweig y Heinrich Heine. Después de todo, ¿por qué no? ¿Qué tiene de malo pensar que los muertos podrían hablar continuamente entre ellos? Así pues, enciendo la luz, tomo tinta y papel y me pongo a escribir. Advierto al lector que yo no he inventado nada, y que si bien se trata de un diálogo imaginario, las palabras que éstos pronunciarán aquí no lo son en modo alguno: el que quiera, puede ir a buscarlas en los libros de cada cual. Pero como no quiero abrumar al lector con advertencias preliminares, comienzo ya.
LÉON BLOY: “La Edad Media era una inmensa iglesia como no se volverá a ver más hasta que Dios vuelva a la tierra: un lugar de oraciones tan vasto como todo el Occidente y construido sobre diez siglos de éxtasis. Era el arrodillamiento universal en la adoración o en el terror. Los blasfemos mismos y los sanguinarios estaban de rodillas, porque no había otra actitud en presencia del Crucificado terrible, que debía juzgar a todos los hombres… Las pobres gentes del campo trabajaban el suelo temblando, como si tuviesen temor de despertar a los difuntos antes de la hora. ¡Ah, sí! Y estos hombres de oración, estos ignorantes sin murmuración que desprecia nuestra suficiencia de idiotas, esos oprimidos llevaban en sus corazones y en sus cerebros la Jerusalén Celeste. Traducían como podían sus éxtasis en las piedras de las catedrales, en las vidrieras ardientes de las capillas, en la vitela de los libros de horas, y todo nuestro esfuerzo, cuando tenemos un poco de genio, está en volver a esta fuente luminosa. Vean ustedes, señores, esta inmensa catedral. ¿Qué es si no un éxtasis petrificado, una inmensa piedra florecida?”.
Stefan Zweig y Heinrich Heine escuchan con respeto a este león al que los ricos temen y los pobres aman. Sí, piensan los dos: una catedral como ésta a cuya sombra se hallan no pudo nacer así como así. ¿Qué tenían los antiguos que los moder nos hemos perdido?
Esto es lo que se pregunta Stefan Zweig lanzando la mirada “allá donde las cumbres besan los luceros”, y, tras un largo silencio, dice a su vez:STEFAN ZWEIG: “Los verdaderos constructores de esta Catedral se llaman Fe y Paciencia. Fe de miles de seres anónimos desaparecidos y Paciencia de muchos miles de obreros trabajando en soledad. Inútilmente se examinan las líneas, los planos: no contestan la inexcusable pregunta de cómo pocos individuos tuvieron una vez el valor de construir semejante Catedral gigantesca
en el vacío de la naturaleza, apenas apoyada en una ciudad mísera”.Aquí el escritor austriaco detiene su discurso para contemplar esas rocas milenarias que cada día parecen florecer, como acaba de decir el señor Bloy; esas piedras que son, al mismo tiempo, naturaleza y paisaje. Luego continúa así:
“Con respeto se siente aquí el espíritu de lo gótico, el siglo de la Fe y de la Paciencia, un siglo que no volverá. Porque nunca surgirán en nuestro mundo obras semejantes; nuestro mundo cuenta las horas con otras medidas y vive con ritmos distintos:
“No –siguió diciendo el famoso novelista, tras una breve pausa-: los hombres ya no construyen catedrales: cuando se vuelve de estas formas duraderas, se siente nuestra época como una pobreza, ante todo. Nuestros planos tienden a fines más rápidos, nuestro ritmo es más acelerado y ya nunca una sola obra dura más que toda una generación y aun raras veces más que una sola vida. Nosotros, a quienes una chispa de sonido permite en un segundo hablar con otro continente, olvidamos lo que hemos aprendido: expresar nuestra esencia, nuestro modo de ser en lentas piedras, en años sin fin… Sí, eso se acabó: los hombres no construyen más catedrales”.
Falta fe, falta paciencia, falta ver pasar el tiempo de otra manera. ¡Vivimos tan apresurados! Heinrich Heine sonrió el escuchar estas palabras. Estaba en pleno acuerdo con ellas. ¿Para qué añadir algo a lo que ya de por sí estaba tan bien dicho? En todo caso, se limitó a contar lo siguiente:
HEINRICH HEINE: “Cuando hace poco me detuve con un amigo ante esta Catedral me preguntó por qué no construíamos ya monumentos semejantes; a lo cual contesté: ‘Querido Alphonse, los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones; nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para construir una catedral gótica se necesita algo más que una opinión’ ”.
Léon Bloy lanzó una carcajada; Stefan Zweig se limitó a esbozar una sonrisa, pues su temperamento tristón y melancólico no daba para más, y prosiguieron su camino a paso lento…
Fe, paciencia, lentitud, convicciones: ¿es esto lo que antes teníamos y hemos perdido? ¿Es esto lo que se requiere para emprender grandes cosas?, ¿es la carencia de todo ello lo que nos hace, de alguna manera, unos enanos espirituales? Y mientras estros tres señores se pierden en las sombras, de las que salieron, yo me incorporo, voy corriendo hacia el interruptor y apago la luz, haciendo un guiño al pájaro del sueño para que se digne volver…

También lee: Llamadas telefónicas | Columna de Juan Jesús Priego
Letras minúsculas
El elíxir de la vida | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
-¡Oh! ¿De modo que no ha sido solamente un lindo sueño? –exclamó el anciano alisándose el cabello, o por lo menos lo que le quedaba de él en la cabeza; su rostro estaba marcado por infinitas arrugas, como un periódico estrujado.
“¿Entonces todo ha sido verdad y lo que contiene esta copa que veo frente a mí no es otra cosa –digámoslo despacio, digámoslo en voz baja- que el elíxir de la vida? ¿De veras este líquido espeso en apariencia es el brebaje buscado por todos los hombres y todas las culturas en su deseo vehemente de vencer a la muerte? ¡Oh, pócima maravillosa, déjame contemplarte de cerca! ¡Cuánto no hubieran dado por poseerte aquellos hombres de barba larga y sueño corto que conocemos con el nombre de alquimistas!”.
Tomó el anciano el frasco entre sus manos y lo levantó a la altura de los ojos, un poco así como el sacerdote levanta el cáliz frente al altar. Su apariencia no era nada extraordinaria y, sin embargo, sus efectos…
-¡Ea! –exclamó-, bebámoslo de una vez.
Pero sus manos le temblaban, y poco después también sus piernas, y por último todos los miembros de su frágil cuerpo. ¿Emoción? Acaso miedo.
“-¿Por qué te agitas, alma mía, ¿qué es lo que temes? –volvió a decir como hablando consigo mismo, o con su otro yo-. ¿No es verdad que te aterraba la idea de morir?, ¿no es cierto que con sólo pensar en la tumba que te espera te volvías loco de pesar? ¡Entonces bébelo! No lo dudes: un solo trago y el futuro será tuyo, un futuro convertido en un continuo presente: lo más parecido a la eternidad. ¿Es que no habías pedido este milagro? Un ángel bueno te lo ha concedido y, no obstante eso, ahora vacilas, ahora retrocedes espantado”. Sudaba, parecía otro.
“-Vamos, vuelve a tomar esa copa y apura su contenido de una vez por todas. Degústalo, bébelo a pequeños sorbos, y empieza a ver la vida con el desprecio con que la ven los inmortales: con la indiferencia de un dios. Sólo los inmortales sobreviven a la tiranía de la pasión; aman protegidos como por una coraza y no sucumben a ningún amor; sus manos no tiemblan, ni sudan, ni conocen los vértigos.
“Bébelo. ¿Qué fue lo que te dijo el ángel a la hora de depositar el frasco en el borde de tu mesa de noche? Recuerda sus palabras: ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. ¿Las recuerdas? ¿Dudas, pues, de la veracidad de sus palabras? No dudes. ¡Tu plegaria ha sido atendida! Y, sin embargo, titubeas. ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. Te dan miedo estas palabras. ¿O es, quizá, que te recuerdan algo?”.
A este punto de su monólogo, el anciano parecía más viejo que antes; era como si le hubieran caído encima los años que quería vivir de más y lo aplastaran. Casi no podía tenerse en pie. Las palabras del ángel le parecían conocidas, pero no sabía con precisión dónde las había escuchado.
“Trata de recordarlo –se decía a sí mismo-. ‘Si bebes de esta copa, no morirás’. Se trata de una feliz promesa y, a pesar de ello, te estremeces. ¡No te estremezcas! Haz memoria. ¿Fue en un cuento de los hermanos Grimm donde la escuchaste? Después de todo, cuando eras pequeño, tu madre solía contarte todas las noches los cuentos de los hermanos Grimm, leyéndolos en un viejo volumen de tapas color marrón. Es entonces muy probable que haya sido en uno de ellos donde…”.
Pero el hombre no estaba muy seguro. ¿Hans Christian Andersen, entonces? No, no, no… Repasó mentalmente todas las lecturas de su infancia; incluso fue a su biblioteca y se puso a hojear pacientemente libro por libro en busca de aquella frase que lo fascinaba y lo turbaba al mismo tiempo. Removió estantes, desempolvó folios, repasó volúmenes, pero no pudo encontrar nada. ¡Esa maldita costumbre suya de dejar las frases importantes sin subrayar!
Ya casi amanecía cuando llegó, por fin, a una vieja Biblia ilustrada por Doré, regalo de sus padres en una ocasión que ni siquiera recordaba. No hubo necesidad de hurgar demasiado; en las primeras páginas encontró lo que buscaba: “La serpiente era la más astuta de todos los animales del campo que Yahvé había hecho, y dijo a la mujer: ‘¿Es cierto que Dios les ha dicho: No coman de ninguno de los árboles del jardín?’. La mujer respondió: ‘Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, menos del fruto del árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: No coman de él ni lo toquen siquiera, porque si lo hacen morirán’. La serpiente replicó: De ninguna manera morirán” (Génesis 3, 1-4)…
¡En efecto, ésta era la frase que buscaba! De ninguna manera morirán. ¡Y qué parecida era a aquella otra que…!
El anciano tomó el frasco, corrió al baño y dejó que el líquido se fuera por la cañería. Y cuando hubo desaparecido hasta la última gota, suspiró lleno de alivio. ¿Había comprendido que buscar por todos los medios no morirse era tanto como obedecer a la serpiente? ¿Comprendió que aceptar morirse es un acto de humildad por el que Alguien nos recompensará con una vida eterna? Morir es abandonarse a Aquel que nunca dijo: “No morirás”, sino simple y sencillamente: “Vivirás” (Juan 14,19), lo cual es muy distinto, casi lo contrario. ¿Y no dijo Jesús, el Señor, que si el grano de trigo no caía en tierra y moría quedaría estéril para siempre, pero que, si moría, daría mucho fruto (Juan 12,24)?
Sí, cerrar los ojos a este sol era necesario, morir era necesario. Jesús no dijo nunca que no lo fuera. Y, por lo demás, él mismo, enseñando con el ejemplo…
El anciano huyó hacia su cama pensando en el misterio de los granos de trigo y se arrebujó entre las sábanas. No estaba tranquilo, pero tampoco desesperado. Había perdido una batalla, pero había ganado otra.
Cerró los ojos dolorosamente y se quedó dormido.
Lee también: Satán
Letras minúsculas
Satán | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
Satán significa adversario, enemigo, acusador (cfr. Apocalipsis 12, 7ss). Todo su trabajo y todo su afán se concentra en apuntar con el dedo, señalar los defectos, gritar los pecados y desconfiar de la bondad. Todo gesto le parece sospechoso y toda piedad interesada.
“-¿No te has fijado en mi siervo? ¡No hay nadie como él en la tierra! Es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal -exclama el Altísimo lleno de orgullo al contemplar desde el cielo las virtudes de Job.
“-Ah, ¿pero es que Job teme a Dios gratuitamente? –le responde el adversario con un dejo de cinismo-. ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos, y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca sus bienes: ¡verás si no te maldice a la cara!” (Job 1, 1-11).
¡Qué chiste –dice Satán al Señor-, así cualquiera te alaba! Job es el hombre más afortunado del mundo –es el Elon Musk de estos tiempos que los contemporáneos llaman jurásicos-, ¿y no quieres que se muestre agradecido contigo? ¡Claro que está agradecido! Pero porque lo proteges de sus enemigos y le has dado riquezas a manos llenas. Mas quítaselo todo y ya verás el cambio que se opera en él. ¡Apuesto a que te costará reconocerlo!
Juan, el visionario, escribió así de él en el libro del Apocalipsis:
Ahora se ha establecido la salvación
y el poder y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo.
Porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche (12, 10).
Sí, de día y de noche nos acusa, diciendo, por ejemplo:
-¿Juan Jesús Priego? ¡Pobre hombre! Míralo, Dios, míralo bien. No es tan bueno como muchos creen. Está lleno de soberbia y maldad. ¿Has leído en su corazón? En el fondo es un canalla. ¡Anda, mándale una parálisis, detenle la mano y ciérrale la boca para que lo compruebes! Y mira también a Manuel, y a María, que ahora están leyendo uno de sus libros. Quieren parecer piadosos porque leen literatura católica. ¡Ah, como si no supiera yo la clase de pensamientos que conciben en su interior!
Su actitud fundamental es la desconfianza: en los gestos más heroicos no ve sino cálculos interesados y dobles intenciones; para él, la vida es una comedia cuya verdadera trama se lleva a cabo no sobre las tablas, sino detrás del telón. “Hay que desconfiar de todo y de todos”, nos dice al oído. “Aquel que te sonríe desde la acera de enfrente, ¿sabes tú por qué lo hace? ¿Adivinas lo que quiere de ti, o por lo menos lo sospechas? ¡Nadie se muestra simpático con los demás sólo porque sí!”. Ni siquiera se le ocurre que pudiera existir lo que los psicólogos y los filósofos han llamado desinterés, esa hermosa virtud que nos impele a hacer las cosas por el puro placer de realizarlas. (“¿Ah, pero es que Job teme a Dios gratuitamente?”).
En una página de su diario, Julien Green hizo una certera descripción de la mirada demoníaca; escribió así el 10 de febrero de 1959: “Es triste pensar que a menudo vemos la vida como la ve el demonio: con una lucidez atroz. El demonio ve con claridad, pero ve sin amor. Cuanto hay de radiante, o de santo, él no lo ve, o lo oculta, o lo odia. Nos hace ver a aquel hombre y nos dice: ‘¡Míralo! Mira cómo se atraganta cuando come; ¿no parece una bestia? Es de una glotonería atroz. Se cree bueno, pero está lleno de pensamientos impuros. Para hacer una prueba, escucha cómo habla de los últimos escándalos. Es un hipócrita y un egoísta’. Y acaso todo eso sea verdad, pero hay otras muchas cosas además de éstas que nos negamos a ver, que veríamos si estuviéramos más atentos”.
De día, de noche, a todas horas, Satán acusa en nuestro interior a los demás haciéndonoslos parecer siempre viles, siempre pérfidos. Es él quien nos incita a ver de las personas el lado sombrío y de los acontecimientos sólo el aspecto tenebroso. Se goza en cultivar en nosotros la desconfianza, el horror y el pesimismo.
Pero eso no es todo: también se complace en acusarnos a nosotros mismos delante de nuestra propia conciencia. “Eres vil, un cerdo. ¿Crees que alguien podría quererte siendo el que eres? ¡Pobre animal! Lo único que provocas es asco. Y, ahora, observa los movimientos de esa persona que está frente a ti. ¿Crees que en realidad tiene prisa, como dice? ¡Mentira! La verdad es que huye de ti: no quiere verte. Ahora mira a aquella otra: es bella y, además, rica. ¿Has observado que belleza y riqueza casi siempre caminan de la mano? Allí donde hay riqueza, allí podrás encontrar casi siempre a su gemela. Tú, en cambio, eres pobre y feo. ¿Y no se te ha ocurrido nunca reclamarle a Dios por haberte hecho como te hizo? A los otros, todo se lo dio; a ti, todo te lo negó. ¡Anda, maldice a Dios en su cara y muérete de una vez!”.
“La acción del enemigo –escribió el cardenal Carlo Maria Martini (1927-2012) refiriéndose al demonio- es la de apagar los deseos, acusarnos, apagar todo lo bueno que hay en nuestro interior. Tenemos, pues, que aprender a reconocerlo, porque está enfurecido contra nosotros. Siempre nos hace ver nuestros lados negativos, nuestros errores y nuestras incapacidades. Contra su acción, Jesús recomienda lo siguiente: no hacer caso ni dentro de nosotros, ni en la comunidad, ni en el grupo, a las voces de derrotismo y de pesimismo, que son las voces del demonio”.
Cuando me siento inferior (o siento que los demás son inferiores a mí); cuando creo que no valgo nada (o que son los otros los que nada valen); cuando ya no espero nada de la vida, ni de los demás, ni de mí, ni de Dios; cuando pienso que lo mejor sería morirme de una vez (o que mi vecino de enfrente debería morirse cuanto antes), no lo dudemos: es él, Satán, quien nos está dirigiendo la palabra.

También lee: Soliloquios de una puerta | Columna de Juan Jesús Priego
Letras minúsculas
Soliloquios de una puerta | Columna de Juan Jesús Priego
LETRAS minúsculas
¿Se ha imaginado alguna vez un mundo sin puertas? En cierta ocasión hice todo lo posible por imaginármelo y, vanidad aparte, debo confesar que no lo conseguí. Imagine, digo, la cara de un niño que no pueda ir a rebotar su balón a la acera de enfrente; el humor de la mujer a la que le esté prohibido ir a platicar con la vecina de dos cuadras más allá; la nostalgia del que habiendo nacido cerca del mar –marinero en tierra- tenga que conformarse con el puro ruido del oleaje. Un mundo sin puertas sería como un campo de concentración, o algo peor aún que eso. Consta por ciertos testimonios dignos de todo crédito que los prisioneros de los campos alguna vez se consolaron contemplando un crepúsculo, o inclinándose ante la fragancia de una rosa solitaria. Pero en un mundo sin puertas no habría crepúsculos ni rosas. No es casualidad, pues, que la Jerusalén celestial tenga doce puertas siempre abiertas hacia todas las direcciones, según asegura san Juan evangelista, autor también del libro del Apocalipsis. ¡Por muy divina que fuese, si no tuviera puertas, la Jerusalén de arriba sería un infierno más que un cielo!
Cuando los hombres eran nómadas, poca necesidad tenían de puertas: vivían de cara al infinito y caminaban en grupos. Pero cuando, andando el tiempo, se volvieron sedentarios, obraron la separación y cada uno se fue a vivir a su propia casa. Entonces descubrieron que existía un peligro llamado encierro, y que éste puede significar más de una cosa: soledad, incomunicación, tal vez locura. Por lo cual, para tener siempre disponible una vía de escape, se dieron a la tarea de construir puertas, que son como los barrotes por los que se escapa el reo. La puerta es símbolo de salud y libertad. Mucho se equivocaba, pues, Octavio Paz (1914-1998) cuando en algún lugar de su obra poética dijo: “No hay puertas, hay espejos”. ¡Si así fuera, el hombre estaría perdido!
Consideradas las cosas desde esta perspectiva, ¿le parece extraño que Jesús se hubiese comparado a sí mismo con una puerta? “Yo soy la puerta -dijo un día a las multitudes en Jerusalén-. Si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” (Juan 10, 9). Honor que nos hizo.
¿Me creería usted, estimado señor, si le digo que hasta un sociólogo tan renombrado como Georg Simmel (1858-1918) se ocupó una vez de nosotras las puertas? Lo hizo en un ensayo de 1909, donde dijo: “Es esencial para el hombre, en lo más profundo, el hecho de que él mismo se ponga una frontera, pero con libertad, esto es, de modo que también pueda superar nuevamente esta frontera, situarse más allá de ella”.
¡Ya sé que este párrafo puede parecerle a usted un tanto difícil! Pero es que Georg Simmel era alemán y, como se sabe, a los alemanes les gusta enormemente oscurecer lo claro. Pues bien, se lo diré con mis palabras. La casa pone un límite al espacio infinito: lo cuadricula, por decirlo así, para convertirlo en hogar; pero gracias a las puertas puede el hombre vencer el confinamiento al que él mismo se ha sometido para salir a respirar el aire puro de la libertad. ¿No es esto maravilloso? Pero vea, también, para qué otra cosa puede servir una puerta.
Cuando los judíos habitaban ya en la tierra prometida y habían construido en ella sus casas, Dios les dio el siguiente mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si estás de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, serán como una insignia ante tus ojos, las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas” (Deuteronomio 6, 5-9).
Para nosotras las puertas, puesto que nos concierne directamente, este texto es de obligada meditación. Durante mucho tiempo he dado vueltas y más vueltas a este pasaje misterioso. ¿Por qué sobre nosotras debía de ser escrito el primero de los mandamientos y no en el techo de la casa, por ejemplo? Respecto a esta difícil cuestión he llegado a elaborar una teoría que ahora expongo a su juicio, estimado señor. ¿Qué es lo que hace alguien, por ejemplo, cuando quiere dejarle a otro un recado urgente? No lo deja por cierto en el suelo, pues se lo llevaría el viento; ni sobre su escritorio, porque se perdería entre los otros muchos papeles que hay en él –se le traspapelaría, para decírselo de manera llana-, sino que lo fija en la puerta, a la altura de los ojos, de manera que cuando éste entre o salga sea lo primero que vea. Algo similar, me imagino, quiso hacer Dios con su pueblo: como lo que le ordenaba hacer era algo de suma importancia, quiso que sus palabras estuvieran siempre delante de los ojos, de modo que nadie las olvidase.
Pero hay todavía algo más: al fijar allí el mandamiento y no en otro lugar, el Todopoderoso vio que era muy prudente que al entrar a su casa o al salir de ella, todo judío, por joven o viejo que fuese, se acordara del mandamiento del amor. El que sale a la calle sin acordarse de que debe amar, corre el riesgo de convertirse en un peligro para sus congéneres; el que entra a su casa y se olvida del amor, puede acabar siendo, como se dice, candil de la calle y oscuridad de su casa, relacionándose con los suyos como sólo saben hacerlo los tiranos. Hay el deber de amar adentro y afuera. Y si esto es así, ¿dónde más podría ser fijado el mandamiento sino en la puerta, que es como el puente entre el adentro y el afuera, entre lo público y lo privado?
En los tiempos de la posmodernidad y del retorno de los brujos, a las puertas nos ponen ajos. Es decir, que hoy servimos únicamente para recordar a las personas que tienen que lavarse la boca y cuidarse el aliento. Lo que, me parece, es una gran ofensa a la dignidad de las puertas.
Pero me callo ya: nuestros soliloquios producen el mismo sonido de las polillas cuando éstas nos devoran las entrañas, y la verdad es que no me agrada nada la idea de anticipar ese júbilo un tanto lánguido llamado, quién sabe por qué motivo, jubilación. ¿Sabe usted lo que haría conmigo el dueño de la casa si por ventura me escuchase? ¡No quiero ni pensarlo! De modo que me despido de usted y le digo adiós. Buenas noches.
También lee: El viejo rico | Columna de Juan Jesús Priego
-
Destacadas2 años agoCon 4 meses trabajando, jefa de control de abasto del IMSS se va de vacaciones a Jerusalén, echando mentiras
-
Ciudad4 años ago¿Cuándo abrirá The Park en SLP y qué tiendas tendrá?
-
Ciudad5 años agoTornillo Vázquez, la joven estrella del rap potosino
-
Destacadas5 años ago“SLP pasaría a semáforo rojo este viernes”: Andreu Comas
-
Ciudad4 años agoCrudo, el club secreto oculto en el Centro Histórico de SLP
-
Estado3 años agoA partir de enero de 2024 ya no se cobrarán estacionamientos de centros comerciales
-
#4 Tiempos4 años agoLa disputa por el triángulo dorado de SLP | Columna de Luis Moreno
-
Destacadas4 años agoSLP podría volver en enero a clases online









