Deportes
Los mejores tenistas en la historia de San Luis Potosí
Con más de 100 años de historia en nuestro estado, este deporte ha entregado grandes leyendas
Por: Daniel Villa
El tenis llegó a México en el año 1873, cuando se construyó la primera cancha en la mina Real del Monte, Pachuca. Posteriormente el deporte se extendió y adquirió popularidad en toda la República Mexicana y con el paso del tiempo San Luis Potosí se convirtió en uno de los estados más importante para distintos torneos nacionales e internacionales, lo que dio pie al surgimiento de grandes tenistas locales.
La primera institución de tenis fundada en San Luis fue el Club Potosino de Tenis en el año de 1911, que en 1940 se convirtió en lo que hoy el Club Deportivo Potosino.
En los años 50, San Luis Potosí contaría con un equipo que lo representó, el cual logró coronarse ocho veces en el campeonato nacional por equipos Copa Popocatepetl; de igual forma, se llevó a cabo el primer Torneo Abierto de Tenis de San Luis Potosí, evento que es considerado actualmente como uno de los torneos más importantes del país.
La popularidad del tenis en el estado provocó que surgieran jugadores potosinos que gracias a sus participaciones y triunfos, pusieron su nombre en la historia nacional del deporte; a continuación repasamos una lista con los potosinos más relevantes en el deporte blanco, los cuales se habla a detalles en el libro “El Tenis en San Luis Potosí. Ochenta años de historia” escrito por Ana María R. de Palacios y Arnoldo Kaiser Schlittler y publicado por primera vez en 1990:
ANSELMO “PELICANO” PUENTE
Tras lograr posicionarse en los primeros lugares entre los tenistas locales en los años 40, decidió partir al entonces Distrito Federal, donde logró ser campeón local. Anselmo obtuvo medalla de oro en singles de los Juegos Centroamericanos de 1946 en Barranquilla, Colombia, posteriormente, fue subcampeón nacional de singles en 1949 y 1953 y campeón nacional de dobles junto a Nacho de la Borbolla en 1949.
También ganó el oro en los Centroamericanos de México en dobles junto con Mario Llamas; representó a nuestro país en los Juegos Panamericanos de Argentina en 1951, al igual que formó parte del equipo de Copa Davis y fue un elemento fundamental dentro de la escuadra potosina para la Copa Popocatepetl.
MANUEL GALEANA
En su carrera como deportista, Manuel formó parte del equipo de jugadores locales que defendió en distintas ocasiones la Copa Popocatepetl junto con Palillo Ortega, Pelicano Puente, entre otros.
Galeana salió victorioso en distintos torneos dentro del estado, logros que lo llevaron a formar parte del equipo mexicano Copa Davis.
RAFAEL “PALILLO” ORTEGA
El tenista destacó por salir campeón en los VII Juegos Centroamericanos y del Caribe, así como también en la Primera Fuerza en 1949 y ser subcampeón nacional en dobles junto con Anselmo Puente, en 1951.
“Palillo” también logró un subcampeonato centroamericano en 1956, además de ser campeón del II Torneo Abierto de San Luis en 1956. Rafael formó parte del equipo nacional de la Copa Davis durante 4 años, además de ser un integrante importante en el equipo local por la Copa Popocatepetl.
JORGE LOZANO
Nacido en San Luis Potosí, pero radicado en Guadalajara, Jorge fue campeón nacional infantil y juvenil; ganó en 1988, junto a Lori McNeil y en 1990 con Arantxa Sánchez, el Abierto de Francia, Roland Garros, uno de los cuatro torneos de Grand Slam. Fue campeón individual en el evento de Lagos, Nigeria, además de lograr un subcampeonato en singles en los Juegos Centroamericanos de la Habana, Cuba, en 1962.
Jorge fue uno de los mejores jugadores de dobles en el mundo, junto al estadounidense Todd Witsken, con quien logró ser la dupla número 4 del circuito de tenis en 1988; en 1990 a lado del mexicano Leonardo Lavalle, ganó el Torneo de dobles de Rotterdam, Holanda, así como el Abierto de San Luis Potosí.
Como jugador de Copa Davis representó a México de 1981 a 1995, también fue capitán del equipo mexicano de Copa Davis.
RODRIGO MARTÍNEZ
La historia de este deportista estuvo unida al tenis desde muy joven, pues a la par de ser recogepelotas en el Deportivo Potosino, participó y fue campeón del Nacional Juvenil en 1963 y 1964. Además de ganar los Juegos Regionales Juveniles en 1963, Martínez coronó junto a Guillermo Andrés en el Torneo Estatal de segunda fuerza, en la modalidad de dobles. Junto a Juan Arredondo se quedó con el primer lugar de dobles en el Internacional de Guadalajara en 1965; en el Torneo Nacional de Segunda Fuerza celebrado en León, realizado en 1968, logró coronarse en single y en dobles con Aurelio García.
Rodrigo se quedó con el primer lugar en el torneo estatal de 1969, y repitió el campeonato de Segunda Fuerza en 1970. Más adelante partiría a Tamaulipas, donde se convirtió en el primer campeón de la Copa Challenger en Tampico, acompañado de Raúl Ceja.
MANUEL GALLARDO
Fue el primer campeón del Torneo Abierto de San Luis Potosí en 1955, además de ser parte del equipo mexicano de Copa Davis en 1952 y 1955.
Manuel logró coronarse en la modalidad de dobles con Jaime Subirats, en el Torneo Nacional de Primera Fuerza en 1969. De igual forma fue campeón del Junior College del estado de California en EEUU, y ocupó un sitio importante como profesional en el Altamira Tenis Club, de Caracas, Venezuela.
En Venezuela fue campeón nacional de singles, dobles y mixtos durante 5 años. Fue entrenador del equipo venezolano de Copa Davis, con quien participó en los Juegos Sudamericanos, y se desempeñó en competencias internacionales en Colombia, Ecuador, Antillas Holandesas, Estados Unidos y Canadá.
Manuel Gallardo quedó inmortalizado en la historia del tenis nacional no solo por sus logros deportivos, sino también porque jugó en el primer partido de tenis que fue televisado en México, durante los Juegos Panamericanos de 1955.
JORGE SOLANO HERNÁNDEZ
Jorgé Solano nació en el estado de Tamaulipas, pero su desarrollo en el deporte se dio a muy temprana edad, cuando su familia se mudó a San Luis, estado al que siempre representó.
Las copas Popocatepetl y Parras fueron algunas de las competencias en donde representó a SLP; Solano logró campeonar en el Municipal y Estatal en la modalidad de singles, dobles y mixtos en múltiples ocasiones.
Solano Hernández fue el primer campeón del torneo Abierto de San Luis, en modalidad dobles junto a Juan Arredondo.
JUAN ARREDONDO “JUANOLAS”
Juanolas empezó su trayecto deportivo desde los 11 años, en su historial logra destacar sus múltiples campeonatos Municipales y Estatales, además de ser campeón de Segunda Fuerza en 1960; fue llamado para los Juegos Olímpicos de México 68, participó en el Abierto de los Estados Unidos y otros torneos de la Unión Americana. Acudió a los Juegos Centroamericanos en 1962 en Kingston, Jamaica, donde ganó junto a Vicente Zarazúa el oro, en singles obtuvo la plata y en mixtos segundo lugar junto a Toña Prado; además jugó Panamericanos en donde llegó a las semifinales en Sao Paulo Brasil, en 1963.
Arredondo destacó por ganar su match en el Torneo Internacional de México, 1963, contra Martin Mulligan, quien era 2do mejor jugador de su país y séptimo del mundo. Formó parte del equipo mexicano Copa Davis en 1963, y logró coronarse en la modalidad de dobles con Rodrigo Martínez, en el Internacional de Guadalajara, en 1965, año que salió también campeón del Torneo Internacional de San Luis Potosí, al igual que en 1970; en el año de 1969 Juanolas ocupó el séptimo lugar en el ranking nacional.
Durante el Torneo Challenger del 2013, el Club Deportivo Potosino hizo un homenaje a este tenista poniéndole su nombre a la cancha central.
CARLOS MEDRANO
Carlos es reconocido por su labor como instructor de alto rendimiento en diversos clubes locales, así como en Cuernavaca y Acapulco. En su carrera como deportista, logró ser campeón nacional juvenil, categoría “A” en 1965, subcampeón estatal en 1966 y 1967; en 1971 quedó como subcampeón en dobles en el Torneo Internacional de San Luis, junto a Rodrigo Martínez. Además de ser campeón municipal en 1972; junto con Alberto Blanco, quedó campeón municipal en dobles, en 1981; Carlos Medrano se desempeñó como presidente de la Asociación Potosina de Tenis.
GUILLERMO STEVENS
Consiguió el campeonato nacional en la categoría de 14 años y menores en 1972; dos años después ganó el Torneo Azteca de Oro, además de quedó campeón juvenil en Chicago en el Torneo Metropolitano, así como en el Torneo de Baton Rouge, Louisiana, donde se quedó con el triunfo en single y dobles junto a Enrique Haro, en 1974, año en el que también fueron campeones de doble en Memphis, Tennessee, y Alabama.
En el año de 1975, quedó doble subcampeón nacional en 18 y menores junto a su compañero Oscar Leal, posteriormente, en 1976, sería considerado entre los 5 mejores jugadores a nivel mundial, en 16 años y menores, durante ese año saldría campeón nacional interuniversitario.
En 1977 se llevaría la victoria nacional de 18 años y menores, así como en 20 años y menores; fue subcampeón en el Torneo Abierto Internacional de San Luis Potosí en 1980, dos años después, conquistaría el Torneo Internacional de Burdeos y en 1985 saldría campeón del entonces Distrito Federal.
Guillermo participó en distintos torneos importantes a lo largo del mundo: El Orange Bowl de Miami, Copa Casablanca, Copa del Café en Costa Rica, Caracas, Lima, San Juan. Para los años 80 había participado en torneos de Inglaterra, Holanda y Bélgica, vivió en Bélgica donde formó parte del cuerpo de instructores en un centro de formación para tenistas de alto nivel.
En la actualidad el tenis se puede practicar en distintos clubes y centros deportivos como: Lomas Raquet Club, Club Deportivo Punto Verde, Real del Potosí, Club 2000, entre otros.
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De las Malvinas al Azteca y del Azteca a Atlanta: Argentina vs Inglaterra y una guerra que no termina
Argentina llega como vigente campeona del mundo. Inglaterra busca su primera Copa en 60 años. Entre los dos equipos hay una guerra, un Maradona y 44 años de historia sin resolver.
La Guerra de las Malvinas ya no se pelea con fusiles. Se pelea con la voz y, en especial, con un balón
Por: Carlos Ruíz Espinosa
Tras su sufrido triunfo ante Suiza en Cuartos de Final, los jugadores de la Selección Argentina cantaron. No cantaron cualquier cosa: cantaron que las Malvinas son argentinas. “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”. Era la víspera de una semifinal de Mundial, una que marcará el capítulo más reciente de una historia que lleva 44 años sin resolverse.
Hoy en Atlanta, la campeona del mundo enfrenta a una Inglaterra que busca su primera Copa en 60 años. Esos 60 años no son un número cualquiera. La última vez que Inglaterra levantó el trofeo fue en 1966, en la tierra donde el futbol nació.
Fue ese año cuando el árbitro alemán Rudolf Kreitlein expulsó al capitán argentino Antonio Rattín en los Cuartos de Final donde la Albiceleste se enfretaba a los locales. Rattín no quiso salir. Tuvo que ser escoltado por la policía. Inglaterra se acabó llevando la victoria por la mínima con un tanto de Geoff Hurst.
Al final, el técnico inglés Alf Ramsey se negó a que sus jugadores intercambiaran camisetas con los argentinos y los describió en la prensa como “animales”. Los argentinos llamaron a ese partido “el robo del siglo“. Dieciséis años después… llegó la guerra.
El 2 de abril de 1982, Argentina invadió el archipiélago que llama Malvinas y que Gran Bretaña llama Falkland. El conflicto duró 74 días.
La guerra fue breve y fue una catástrofe. El general Leopoldo Galtieri, heredero de Jorge Rafael Videla al frente de una junta militar que llevaba seis años desapareciendo y torturando a su propio pueblo, ordenó la invasión como una apuesta desesperada: necesitaba una causa nacional que enterrara la crisis económica y los crímenes que el régimen acumulaba. La apuesta salió mal.
Los soldados que enviaron a las islas eran en su mayoría reclutas de 18 y 19 años, muchos de provincias tropicales del norte argentino, sin entrenamiento para el frío ni equipamiento suficiente. Llegaron al invierno con ropa inadecuada, mal alimentados, a veces abandonados por sus propios oficiales que dormían en casas mientras los reclutas se congelaban en trincheras.
Frente a ellos, un ejército profesional que recorrió 13,000 kilómetros para recuperar unas islas donde vivían menos de dos mil personas.
El 2 de mayo de 1982, el submarino británico HMS Conqueror hundió al crucero ARA General Belgrano cuando navegaba fuera de la zona de exclusión declarada por Gran Bretaña. Murieron 323 marinos argentinos. Fue el día más sangriento de la guerra y también su punto de no retorno: la flota sudamericana se retiró a sus puertos y no volvió a salir. Lo que quedaba de la guerra se disputaría en tierra, con pibes que no sabían bien por qué estaban ahí, contra soldados que sí.
El poeta Jorge Luis Borges, de ascendencia parcialmente británica, lo vio desde Buenos Aires y dictaminó con su ironía característica: “La guerra de las Malvinas es una pelea entre dos calvos por un peine.” Tres años después escribió el poema “Juan López y John Ward”, sobre dos soldados ficticios (uno por bando) que mueren en las islas sin haber cruzado una sola palabra. Los llamó víctimas de “unas islas demasiado famosas.”
Al final, murieron 649 soldados argentinos y 285 británicos. Argentina se rindió el 14 de junio de 1982. El Mundial de España comenzó al día siguiente. No hubo pausa. No hubo luto colectivo. Hubo futbol.
El caso de Osvaldo Ardiles relató el conflicto como ningún otro. Jugador del Tottenham Hotspur, el día después de la invasión jugó la semifinal de la Copa FA contra el Leicester City: la afición rival lo abucheó en cada toque del balón.
En las Falkland, su primo José Ardiles se desempeñaba como piloto de caza, y acabó muriendo en combate sobre las islas semanas después. Fue el primer piloto argentino en caer en la guerra. Ossie dejó Inglaterra sin saber cuándo volvería, pero sería el primer reflejo de la relación directa que tendría la pelota con las secuelas de las Malvinas.
La derrota en la guerra fue devastadora para un pueblo que, similar a lo que aconteció en el Mundial de 1978, recurrió al futbol para buscar la alegría que la actualidad nacional le quitaba . El ídolo ya no iba a ser Mario Alberto Kempes como en ese torneo ni mucho menos Videla o Galtieri. El héroe albiceleste respondía al nombre de Diego Armando Maradona.
El 22 de junio de 1986, Cuartos de Final del Mundial de México 86. En el Estadio Azteca, ‘El 10’ metió dos goles contra Inglaterra que explican más sobre Argentina que cualquier libro de historia. El primero fue la mítica “Mano de Dios“. Diego saltó a disputar un balón con el portero Peter Shilton, y ante su falta de estatura, estiró la mano para acabar empujando la pelota a la red… el árbitro lo dio por bueno.
El segundo, en el que gambeteó a cinco ingleses en 11 segundos, fue una obra maestra catalogada como “El Gol del Siglo”. Ganaron 2-1. En un solo día, el ‘Pelusa’ se despachó dos de los tantos más icónicos en la historia del futbol, pero esos goles significaban mucho más que el pase a Semifinales.
En su autobiografía, Maradona lo escribió sin tapujos: “Aunque habíamos dicho antes del partido que el fútbol no tenía nada que ver con la guerra de las Malvinas, sabíamos que habían matado a muchos chicos argentinos ahí. Los mataron como pajaritos. Y eso era la revancha”.
Roberto Perfumo, ex jugador argentino, fue más claro todavía: “En 1986, ganarle a Inglaterra era suficiente. Ganar el Mundial era secundario para nosotros. Ganarle a Inglaterra era nuestro verdadero objetivo.”
La herida no se cerró en 1986, pero tampoco en 1998, cuando argentinos e ingleses se citaron en Octavos de Final del Mundial de Francia. Un primer tiempo trepidante que acabó 2 por 2 tras un golazo de Michael Owen y un icónico tanto de Javier Zanetti tras un tiro libre. La segunda mitad quedaría marcada por la expulsión del entonces joven David Beckham por una patada al ‘Cholo’ Simeone que convertiría al ‘Spice Boy’ en villano nacional por un buen rato. Los sudamericanos se acabarían imponiendo en penales.
El asunto menos se calmó en 2002, cuando en Corea-Japón, el mismo Beckham cobró el penal que eliminó a Argentina en la Fase de Grupos. Los de Marcelo Bielsa se fueron a las primeras de cambio de un Mundial al que llegaron como favoritos y, por primera vez desde la guerra, volvieron a caer ante los ingleses en semejantes instancias.
Simon Kuper, periodista y autor de Football Against the Enemy —el libro que exploró cómo el fútbol canaliza guerras y dictaduras en todo el mundo—, tituló su análisis de esta rivalidad en The Guardian en 2002 con una frase que hoy suena a profecía: “The conflict lives on.”
El conflicto sigue vivo. Los jugadores argentinos lo cantaron el sábado después de librar el encuentro ante los suizos. La diferencia, es que ya no se pelea con fusiles. Se pelea con la voz y, en especial, con un balón.
Hoy en Atlanta, Argentina defenderá su corona mundial contra una Inglaterra que lleva 60 años esperando repetir lo que logró en 1966, pero esto va mucho más allá de la gloria deportiva. Habrá nuevas generaciones en la cancha que no vivieron la guerra, pero que cargarán con su peso sin buscarlo.
Borges tenía razón: son dos calvos peleándose por un peine. Lo que el escritor no sabía, y seguramente no hubiera querido saber considerando cuánto odiaba al futbol, es que ese peine hoy tiene la forma de un boleto a la Final del domingo.
También lee: El Futbol Une al Mundo: Crónica de un Japón vs Túnez
Columna de Nefrox
Pongan Caifanes | Columna de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Es el país de The Beatles, de Queen, de Led Zeppelin, de Pink Floyd, de Oasis, de The Rolling Stones. Bandas que no solo marcaron una época; prácticamente escribieron el manual de cómo entender la música moderna.
En el fútbol ocurre algo parecido.
Cada generación inglesa parece estar destinada a conquistar el mundo. Siempre aparecen figuras de primer nivel, planteles millonarios y una liga que presume ser la mejor del planeta. Inglaterra carga con ese prestigio que intimida incluso antes de escuchar el silbatazo inicial.
México nunca ha tenido ese privilegio.
Lo suyo ha sido más parecido a Café Tacvba, El Tri, Caifanes o Maná. Bandas que quizá no cambiaron la historia del rock mundial, pero que aprendieron a construir una identidad propia. Que encontraron una manera distinta de emocionar a los suyos sin necesidad de parecerse a nadie.
Y, curiosamente, esa comparación también funciona para este Mundial.
Porque si alguien hubiera visto únicamente los nombres antes de comenzar el torneo, Inglaterra sería el claro favorito.
Pero los Mundiales tienen la mala costumbre de ignorar los currículums.
México llega a estos octavos enamorando al mundo.
Eso ya lo dijimos.
No ha sido un vendaval ofensivo, pero ha ganado todos sus partidos.
No ha monopolizado la pelota, pero ha sido preciso y efectivo.
No ha regalado exhibiciones para la historia, pero es la mejor defensa del torneo.
Hay muchas cosas que no pueden ignorarse.
No ha recibido un solo gol, en todos los partidos ha anotado y juega por nota, enamora.
En un torneo donde cualquier desconcentración cuesta una eliminación, la Selección ha encontrado en la defensa una virtud que hace tiempo no presumía. Ha aprendido a sufrir sin desesperarse, a defender sin regalar espacios y a competir con una disciplina que pocas veces acompañó a los equipos mexicanos en las Copas del Mundo.
Y eso también gana partidos.
Además, hay un detalle imposible de medir con estadísticas.
El Estadio Azteca.
Hay estadios que son escenarios.
El Azteca es un personaje.
Respira distinto.
Presiona distinto.
Pesa distinto.
No necesita recordar que ahí levantó la Copa Pelé ni que Maradona escribió una de las páginas más contradictorias y brillantes de la historia del fútbol justo contra Inglaterra. Todo eso ya vive en sus tribunas.
Los rivales lo saben.
Y México también.
Por eso terminar primero del grupo significó mucho más que evitar un rival o quedarse en la misma ciudad.
Significó quedarse en casa.
Seguir escuchando un himno que retumba difer ente cuando más de ochenta mil personas lo cantan al mismo tiempo.
Seguir jugando en un lugar donde la historia no garantiza victorias… pero sí obliga a creer en ellas
Inglaterra llega como favorito en la estadística histórica, y sería absurdo decir lo contrario.
Tiene mejores individualidades.
Más experiencia en las grandes ligas.
Más profundidad en prácticamente todas las posiciones.
Eso no está en discusión.
Lo que sí está en discusión es si eso alcanza cuando enfrente hay un equipo que ha aprendido a competir sin desesperarse.
Porque México no necesita ser mejor durante noventa minutos.
Necesita ser mejor en los momentos importantes.
Como lo ha sido hasta ahora.
Quizá esta no sea la mejor selección mexicana que hemos visto.
Pero sí parece una de las que mejor entiende sus limitaciones.
Y eso, en un Mundial, vale mucho más de lo que suele reconocerse.
Los grandes equipos no siempre son los que juegan más bonito.
Muchas veces son los que obligan al rival a jugar incómodo.
Y México ha convertido esa incomodidad en su principal argumento.
Dicen que las grandes bandas nunca desafinan en los escenarios importantes.
También dicen que las sorpresas son las que terminan convirtiéndose en leyenda.
Inglaterra tiene detrás décadas de historia, de talento y de prestigio.
México tiene un estadio que empuja, una defensa que todavía no conoce el error y un país entero convencido de que las noches imposibles existen precisamente para intentar romperlas.
Porque el rock inglés podrá haber conquistado al mundo.
Y el fútbol inglés podrá seguir apareciendo en todas las quinielas.
Pero los Mundiales, como los mejores conciertos, nunca terminan exactamente como estaban escritos en el programa.
Ellos siempre tendrán a The Beatles, a los Rolling o a Queen, pero aquí, no es así, aquí afuera, siempre estará el tío que desde algún lugar en silencio gritará como el diablito “Pongan Caifanes”.
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El otro partido | Crónica de Arturo Mena “Nefrox”
TESTEANDO
Hay partidos que se compran con meses de anticipación. Otros se planean durante años. Y existen algunos que aparecen de pronto, casi por accidente, pero terminan convirtiéndose en recuerdos imborrables. El encuentro entre Corea del Sur y Sudáfrica durante la tercera jornada del Mundial de 2026 fue exactamente eso: el otro partido, el partido espejo, el que ocurre mientras el anfitrión se juega la vida en otro estadio.
Desde hace muchos mundiales existía una pregunta recurrente en mi cabeza: ¿cómo sería asistir precisamente a ese encuentro? Al partido que comparte horario con la selección local, al estadio que no tiene los reflectores principales, al escenario donde miles de aficionados llevan un ojo en la cancha y el otro en los teléfonos, las pantallas o los altavoces. ¿Cómo se vive un Mundial desde el lugar donde las noticias llegan desde otro estadio? Y peor aún, no solo al partido donde no está jugando el anfitrión, sino donde mi país es el anfitrión y yo estaría sentado en el estadio de la otra ciudad, en el otro partido.
La respuesta llegó en una tarde que terminó siendo mucho más especial de lo imaginado.
Mientras México disputaba su compromiso frente a República Checa en el Estadio Ciudad de México, en Monterrey el duelo entre Corea del Sur y Sudáfrica se convirtió en una especie de reflejo emocional de lo que ocurría a cientos de kilómetros de distancia. Los dos partidos estaban unidos por el reglamento, por la simultaneidad y por la incertidumbre.
Lo que sucedía en uno podía modificar el ambiente del otro.
Por momentos, el balón dejaba de ser protagonista. Las miradas se dirigían a las pantallas, a las aplicaciones de resultados o a cualquier señal que indicara qué estaba ocurriendo en el encuentro de México. Cada anotación en el Estadio Ciudad de México recorría las tribunas como una ola invisible. Primero llegaba el rumor, después la confirmación y finalmente la reacción colectiva.
El gol de México no se gritó en ese estadio como se hace en el inmueble del anfitrión. Se celebró de otra manera: con sorpresa, con abrazos entre desconocidos, con teléfonos levantados y con la sensación de estar viviendo dos partidos al mismo tiempo.
Y quizá ahí radique la grandeza de un Mundial.
Porque el Corea del Sur contra Sudáfrica dejó de ser únicamente un partido entre dos selecciones. Se convirtió en el espejo del México contra República Checa. Cada jugada propia convivía con las noticias del otro estadio. Cada pausa era una oportunidad para buscar una actualización. Cada gol del anfitrión modificaba el estado de ánimo de miles de personas que, técnicamente, estaban viendo otro encuentro.
Durante años existió la curiosidad de saber cómo se sentía asistir precisamente a ese partido: el de la tercera jornada, el del mismo horario, el que acompaña el destino del anfitrión. Y la respuesta terminó siendo mucho más emotiva de lo esperado.
No existe la indiferencia en un Mundial. Incluso el encuentro aparentemente secundario termina formando parte de una historia mayor. Corea del Sur y Sudáfrica disputaron sus propios puntos, sus propias aspiraciones y sus propios noventa minutos. Pero alrededor de ellos se desarrolló también otra experiencia: la de miles de aficionados viviendo simultáneamente el drama de México.
Quizá el verdadero protagonista de aquella tarde no fue el marcador ni el resultado final. Fue esa sensación única de compartir dos estadios a la vez. De escuchar un gol que ocurrió lejos y sentirlo tan cerca como si hubiera sucedido frente a los propios ojos.
Porque en las Copas del Mundo existen partidos importantes. Y luego están esos otros encuentros que, sin proponérselo, terminan contando una historia mucho más grande que el propio fútbol.
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