enero 15, 2021

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Lidiar con la muerte de las figuras públicas | Columna de Daniel Tristán

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LaguNotas Mentales

El año se acaba, se esfuma uno de los periodos más complicados a los que la humanidad ha tenido que enfrentarse en décadas. Se nos va entre los dedos el 2020 que se ha llevado consigo a un puñado de seres humanos entre las patas. Algunos célebres, algunos no tanto, pero a final de cuentas todos humanos.

En nuestro país históricamente hemos lidiado de manera bastante peculiar con el tema de la muerte. Nos hemos vendido el cuento de que nos reímos de ella, aunque sabemos bien que por dentro temblamos de miedo con el simple hecho de mencionarla. Nuestro sentido del humor con referencia a la muerte no es una carcajada impulsada por la valentía, es más bien una risa nerviosa que sale de manera temerosa de nuestra boca intentando atenuar el caos que nos rodea.

Ejemplos hay miles: las muertas de Juárez, los 43 de Ayotzinapa, los miles de mexicanos que mueren diariamente a causa de la delincuencia organizada, los muchos compatriotas que pierden la batalla contra el verdugo de mexicanos en el que se ha convertido la obesidad.

Este año nos enfrentó a una situación atípica, una pandemia que elevó aún más los índices de mortandad en el país. Y por si esto fuera poco los que aún quedamos vivos hemos tenido que lidiar con la muerte de las figuras públicas que el 2020 se llevó consigo.

Si bien la muerte de una celebridad no tendría por qué afectarnos de manera directa es inevitable ser arrollados por el tsunami de información que el deceso de una figura de esta envergadura genera. Las reacciones ante la muerte de una figura pública suelen ser muy variadas, pero lo que es un hecho es que es imposible no tomar partido ante ellas.

El fallecimiento de una figura pública divide a la sociedad en dos. Primero están aquellos que tienden a poner en un pedestal al difunto en cuestión, elevándolo a categoría de semidios. Por el otro lado están aquellos detractores que se quejan a diestra y siniestra de las exageradas alabanzas dirigidas hacia el personaje cuyo desenlace ha sido fatal. Ambas opiniones tienden a ser extremistas y se niegan a buscar un punto medio, un equilibrio de opiniones.

Las redes sociales se congestionan de comentarios a favor y en contra de aquél célebre difunto. Se lanzan a destajo halagos y duras críticas hacia el sujeto. La muerte de un famoso, sobre todo si esta sucede de manera inesperada, polariza a la población, misma que se da la licencia de poder opinar acerca de la vida de un ser humano al que, probablemente, no tuvo la oportunidad ni de ver de cerca en toda su vida.

¿Quiénes somos para juzgar la existencia de un ser humano completamente ajeno a nosotros? ¿Con qué derecho podemos decir si una celebridad tomó decisiones correctas o incorrectas? Tendríamos que comenzar a dosificar nuestros deseos de protagonismo y nuestro ego desbordado que cree ser el dueño absoluto de la verdad. Somos libres de pensar y opinar lo que se nos dé la gana. Podemos admirar, odiar o sentir indiferencia por una celebridad, pero también debemos comprender que el mundo no necesita nuestro juicio al respecto. 

Es innegable que la muerte de una celebridad sacude a las masas, es inevitable hacerse de una opinión ante el fallecimiento de una figura. Aún así el legado de una celebridad debe ser juzgado y analizado en privado y únicamente por la aportación que el personaje dejó para el campo en el cual se desenvolvió en vida. Live and let die… lo demás es lo de menos.

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Paloma debe ser la candidata de Morena en SLP | Columna de Luis Moreno

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Historias para perros callejeros

 

“La instrucción del presidente López Obrador fue clara: ser la candidata y hacer una campaña digna”.

Por: Luis Moreno

Es un hecho, Paloma Rachel Aguilar Correa se inscribirá el lunes al proceso interno de Morena para definir quién será su candidata a gobernadora y es una de las favoritas a quedarse con la nominación, así lo confirmaron al menos tres fuentes diferentes.

Uno de los trascendidos apuntó a que el propio presidente López Obrador fue quien le solicitó a Paloma ser la candidata y la instrucción fue clara: hacer una campaña digna.

No una mentira ni tampoco un lance machista asegurar que hoy los perfiles más fuertes de Morena en San Luis son hombres: Leonel Serrato, Juan Ramiro Roble y Primo Dothé, pero la posibilidad de verlos en la boleta es lejana, por no decir imposible, pues implicaría la modificación de alguna de las ocho candidaturas para hombres en otros estados.

A finales del año anterior, cuando Mario Delgado, dirigente nacional morenista, hizo el anuncio de que en San Luis tendrían a una candidata, el proceso electoral se convulsionó, pues antes de eso muchos anticipábamos una victoria de Morena sin muchos contratiempos, pero considerando lo poco conocidas que son y los negativos que tienen las tres inscritas originalmente para la postulación: Francisca Reséndiz, Marcelina Oviedo y María del Consuelo Jonguitud, dio la impresión de que el partido quería perder y con su derrota abrirle paso a otro candidato para quedarse con el voto de las izquierdas.

Luego de eso surgieron voces que sentaban a Mónica Rangel, secretaria de Salud, en la postulación de Morena, una posibilidad que sigue latente, de hecho en el escritorio de Mario Delgado los expediente de Mónica y Paloma son los más adelantados, sin embargo, elegir a la funcionaria carrerista es un suicidio partidista para Morena, pues causaría una decepción irreparable no solo entre su militancia (que es muy poca), sino entre sus simpatizantes (que son muchos y muchas); ya que Mónica, además de no ser parte de Morena, tiene acusaciones serias por uso indebido de recursos públicos, lo que traería una retahíla, no para el partido, sino para el presidente López Obrador, que suficiente tiene con los cuestionamientos contra Félix Salgado Macedonio en Guerrero.

Hacer una campaña digna no es sinónimo de ganar, pues se puede ganar siendo indigno, pero es un triunfo a largo plazo, uno que urgentemente necesita Morena San Luis, pues liderazgos guiados por los complejos y mediocres como el de Sergio Serrano han condenado al partido oficial a un marasmo que lo hace parecer una izquierda de los años 70 y lo aleja de la visión progresista de las y los morenistas en la Ciudad de México que, sin problema, es capaz de convencer a las clases medias aspiracionales y juveniles, algo por ahora impensable en el estado.

Estoy convencido de que si es real que Andrés Manuel ha depositado esa encomienda en Paloma Rachel, ella cuenta con todos los elementos para cumplirla.

En primer lugar tiene el perfil político: es fundadora de Morena en el estado, tiene la inteligencia, la retórica y la oratoria. Fue brigadista de López Obrador, le ha sido leal durante toda su trayectoria y el presidente le responde igual. Y en un tema más trivial, pero que no se debe soslayar (las elecciones son en buena medida un tema de imagen), tiene el atractivo que ofrece la juventud.

Paloma puede ser la punta del inicio de una refundación de Morena en San Luis, en la que deben tener un lugar preponderante otros liderazgos importantes como Leonel Serrato. Su presencia en la boleta sería incontestable, no así la de muchas de las interesadas y de paso, en una de esas, con una elección dividida entre Ricardo Gallardo, Octavio Pedroza, Xavier Nava (si logra romper la coalición) y lo que logren juntar entre Juan Carlos Machinena, Arturo Segoviano, los representantes del PES y RSP, puede que la elección acabe por ponerse al alcance de todas, siempre y cuando se salven pleitos con viejos, se busquen aliados y se acuda a un discurso del siglo XXI.

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Dios es mi hijo | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

 

El 21 de junio de 1940, durante la segunda gran guerra, Jean Paul Sartre (1905-1980), soldado de la resistencia francesa, fue hecho prisionero y llevado a Tréveris, Alemania, donde estuvo recluido durante casi un año. Para ese entonces había publicado ya algunas de sus obras más importantes (La imaginación, El muro, La náusea), y comenzaba a convertirse en el intelectual-símbolo de una época que no estaba dispuesta a vivir más que en absoluta libertad y sin fe.

En Las palabras, su autobiografía, Sartre no vacila en dirigirse a Dios como no lo haría con el peor de sus enemigos. Uno se frota los ojos para cerciorarse de que no está viendo visiones en la página impresa, de que esas frases fueron dichas verdaderamente. Pero no se trata de ninguna visión, por desgracia, ni de ningún error de tipografía.

Sin embargo, según cuenta el dominico Bernard Bro en uno de sus libros (La foi n’est pas ce que vous pensez), durante aquel breve cautiverio, un sacerdote amigo suyo, miembro de su misma congregación, pidió a Sartre la noche de Navidad (era la Navidad de 1940, la única que pasó en el campo aquel) que escribiera algo para recordar el nacimiento del Salvador. Si casi todos los prisioneros eran cristianos y tenían entre ellos a alguien que escribía, y que lo hacía bastante bien, ¿por qué no pedirle una composición?, ¿por qué desaprovechar la oportunidad? He aquí cómo cuenta este episodio el padre Bro:

«Fue (Sartre) uno de los mejores filósofos franceses de los últimos tiempos. Estando en cautiverio, un sacerdote amigo que estaba prisionero con él, le pidió ayuda para que la primera Navidad pasada en el campo no fuera tan siniestra. El filósofo proclamó a menudo que había abandonado la fe. Lo dijo una y mil veces. Y, sin embargo, inesperadamente, compuso una obra de teatro para esta Navidad de cautiverio. En ella evoca a la Virgen, al Niño Jesús y la Sagrada Familia».

He aquí, por ejemplo, lo que Sartre dijo de José en aquella obra que, según sé, acaba de publicar la editorial española Voz de Papel con el título Bariona, el hijo del trueno: «¿Y José? A José no lo pintaría. Simplemente mostraría una sombra y dos ojos brillantes en el fondo del pesebre. Porque no sé qué decir de José, y José no sabe qué decir de sí mismo. Él adora y es feliz adorando. Y se siente un poco desterrado. Creo que sufre sin confesarlo. Sufre al darse cuenta que la mujer que ama se parece a Dios, toma partido por Dios. Porque Dios vino a la intimidad de esta familia. José y María están separados para siempre en este incendio de claridad. Imagino que José se pasará la vida tratando de aceptar todo esto».

En otro pasaje de la misma pieza, el filósofo hace a hablar a María y pone en su boca estas palabras:

Dios… Dios es mi hijo.

Esta carne divina es mi carne.

Está hecho de mí, tiene mis ojos.

La forma de su boca tiene la forma de la mía.

Se parece a mí.

Es Dios y sin embargo se parece a mí.

Ninguna mujer ha podido tener a Dios para ella sola,

un Dios- niño  al que se puede cubrir de besos,

un Dios que sonríe y que respira,

un Dios al que se puede tocar y que sonríe.

A pesar de haber escrito esto más por complacer a los demás que para convencerse a sí mismo, Sartre tenía razón. María, en secreto, debió haber  dicho o pensado algo semejante. Ese niño que tenía allí, tan cerca, era Dios, Dios que se dejaba acariciar como se acaricia un niño.

Celebrar la Navidad es celebrar que Dios tiene una boca como la nuestra, unos ojos como los nuestros, un corazón de carne como el nuestro: que se parece a mí y a ti, que se nos parece. Y que sonríe.

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Adiós a las cartas | Columna de Juan Jesús Priego

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LETRAS minúsculas.

 

Precisamente porque están a punto de desaparecer quiero dedicar a las cartas un pequeño elogio de gratitud por todo lo que nos dieron durante más de un milenio.

¿Quién no se alegró alguna vez al ver en su buzón o debajo de su puerta un sobre dirigido sólo a él? No me refiero a las cartas comerciales, esos anzuelos para atrapar distraídos (que un ama de casa guardó pacientemente día tras día durante un año para hacer con ellas un paquete de 25 kilos), sino a la carta que lleva en el centro un nombre escrito a mano. ¡Qué de pensamientos a veces alegres, a veces nostálgicos asaltan a aquel que contempla arrobado el nombre del remitente! Ora esboza una sonrisa de complicidad, ora se queda pensativo como recordando algo, ora lanza imperceptibles suspiros.

Para que esa carta llegara a sus manos hubo de ponerse en movimiento todo un ejército de hombres y mujeres del cual el cartero que se la entrega es sólo uno, si bien el más representativo. ¿Cuánto tiempo costaría al que la escribió llenar aquella hoja que él leerá en unos cuantos minutos? Acaso dos, tres, cuatro horas; acaso una noche entera. Y cuando ha acabado la lectura, ¡con qué cuidado vuelve a doblarla para que el papel no pierda los pliegues originales! Por último va al lugar en el que guarda sus cosas más secretas y la deposita allí para que duerma la eternidad. Porque toda carta, a menos que haya sido indeseada, suscita, si no lo misma reverencia que una obra de arte, sí por lo menos el respeto que se debe a toda cosa nacida de la destreza de una mano.

Pero esto es agua pasada. La carta perdió la batalla contra los whatsapp, esos mensajes aforísticos que solemos enviar a través de nuestros teléfonos celulares, y los e-mail, esas cartas electrónicas que no gastan timbres y que superan infinitamente la velocidad de los carteros.

«Su capacidad se halla en el límite permitido; si no elimina parte de sus mensajes, nosotros lo haremos por usted y al azar», dice invariablemente el mensaje que aparece en la pantalla de la computadora cuando nuestro buzón electrónico está a punto de saturarse. Entonces nos damos a la tarea de eliminarlos. ¡Cómo nos ha domesticado la tecnología! En otro tiempo, un batallón entero habría sido incapaz de obligarme a quemar mi correspondencia; hoy basta con que el servidor del que dependo me envíe una de estas amenazas para que yo empiece a quitar el lastre que me permitirá seguir manteniendo a flote mi barca en los mares electrónicos.

La carta se puede tocar, apretar entre las manos y llevar al corazón, sobre todo si aquel o aquella que la escribieron se han ido de este mundo para siempre; y, al releerla, uno vuelve a escuchar aquella voz que tanto amó y que sigue diciéndonos las mismas palabras que nos decía cuando estaba viva.

Todavía hace unos años se nos enseñaba que las cartas personales no deben nunca escribirse a máquina, pues tal cosa constituiría una grave falta de respeto. Nuestra letra, bien o mal hecha, con faltas de ortografía o sin ellas, es una especie de don que hacemos al destinatario, ya que una parte de nosotros mismos se revela en ella. Nuestra letra habla de nuestro pasado escolar, de los procesos de nuestro aprendizaje e incluso de nuestros estados anímicos. Además, escribir una carta significa concentración, silencio, profundidad; la escribimos «con ese paso lento favorable a la conversación» de que habla Julien Green en su Leviatán. Nos tomamos todo el tiempo del mundo para redactarla y cuidar cada palabra, cosas éstas que definitivamente no pueden hacerse estando en línea, porque Internet cuesta y además cansa con esos rayos de luz que apuñalan las pupilas. «La carta tiende  ser un espacio de conciliación –escribió Rafael Pérez Gay en un libro reciente: La otra aventura-. Dice Amélie Nothomb que la diplomacia empezó por la correspondencia, y ello es tan claro como que el vocablo griego ‘diploma’ significa ‘papel doblado’. Una carta es una ofrenda, un gesto de entrega. En las cartas se suele actuar con la mesura que permite la palabra escrita. Son las cartas tal vez el mejor espacio para el diálogo porque no dan posibilidad a las interrupciones».

¡Cómo nos explayábamos entonces al escribir una carta! Cosas que debido a su gravedad no nos hubiéramos atrevido a decir cara a cara, escribiéndolas en el papel fluían como el torrente de una cascada. La carta incitaba a la sinceridad, a la transparencia. «Desgraciadamente –escribe Anselm Grün, el famoso monje benedictino alemán-, hoy casi hemos perdido la costumbre de escribirnos. Sin embargo, la amistad necesita de la mediación de la carta con la que hacemos partícipe al amigo de lo que ocurre en nuestra vida. En cierta ocasión dijo Konstantin Raudive: “Quienes nunca se han escrito una carta no se conocen realmente”… Las cartas ayudan a que la amistad se mantenga, aun cuando los amigos nunca más vuelvan a verse en esta vida».

Cuando escribíamos una carta tendíamos a ser más profundos, más nosotros mismos. Pero bueno, de nada vale lamentarse. Se trata de un mundo que ha quedado atrás, muy atrás. «Hoy, como menciona Héctor de Mauleón, ya prácticamente nadie paga ni gasta su tiempo en el envío y escritura de cartas. La virtud de la escritura precisa, limitada y clara de las cartas se desvanece en lo inmediato de la comunicación digital» (Rafael Pérez Gay).

Así es. Así es. Por desgracia.

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#ElNotón

https://youtu.be/sEo7rrJpP8k

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