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La melancolía del encierro | Columna de Carlos López Medrano

Mejor dormir

Son días de jazz. El blue de Miles, el blue de Coltrane, el blue de Kenny Burrell, el blue de Tina Brooks, el blue de Paul Desmond. Qué mejor descripción de la melancolía del encierro que la leve guitarra de Jim Hall en “When Joanna Loved Me”, como si los dedos fueran un susurro en las cuerdas. Canela en rama junto al saxo que quiso ser un martini seco, una delicada recreación instrumental de las palabras de Jack Segal: el recuerdo de la persona amada cuando ella era recíproca, presencia que hacía de cualquier muladar un rincón de París, que cada instante a su lado fuera una tarde soleada de mayo, que cualquier sonido supiera a Mozart.

Queda poco de eso, salvo en la memoria. A falta de contacto y del efecto rejuvenecedor de las distracciones, las paredes aumentan la dimensión tiránica. La tarde de mayo es de pronto un chubasco de agosto, y es probable que al cabo de unos días dé un brinco al otoño más triste. Tal vez llegue el mes que suponga la resurrección, aunque no se sabe si será este mismo año o el siguiente o el que va después. Y muchos ya no estarán (o estaremos) para presenciarlo.

Un truco para no caer en desesperación está en transitar en piloto automático. Ir de la habitación a la cocina (el nuevo éxodo diario) sin pensar más que lo mínimo. No traer a colación las semanas de confinamiento acumulado ni el tiempo perdido e ir libres del espeso guirigay, fingir que la incertidumbre es un espejismo, un instinto legado por los ancestros como cualquier otro fastidio. Renegar; ni futuro ni pasado, tan solo el instante perpetuo en la que te las apañas para guardar el talante. Pensar que la vida es esta minucia y así, tal vez, dejar de angustiarse por lo que a fin de cuentas ya se ha vuelto la nada.

El engaño, claro, dura poco. Ahí están los recuerdos que se niegan a morir. No se rinden, contrario a lo que tenías planeado. Te arrastran con ellos, como en la canción de Joanna. Apenas se agolpa en la mente aquel viejo paseo, la minúscula charla, y de nuevo estás ahí, lamentando lo que ya no encuentras, lo que por ahora no puedes hacer. Y aunque eso duele a rabiar, también te remite por un instante a ese mayo remoto. Te brinda un fragmento del París nunca visitado. Una sonrisa de ella. Una caricia de Paul Desmond y del jazz todo, en sus tonos blue, tan lúgubre como romántico. Valores todos que, pese a la tristeza, te invitan a seguir en la lucha. A mantenerte esperanzado. El ansiado volver se acerca cada día.

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