enero 19, 2022

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#Si Sostenido

El peso de volver a las calles | Columna de Carlos López Medrano

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El peso de volver a las calles

Mejor dormir

 

Otro fenómeno para considerar es el regreso a las calles después de un aislamiento prolongado. No es una liberación tan jubilosa como uno esperaría. Si bien existe cierta satisfacción, el deseo de volver a la normalidad carga con un peso, el del alejamiento ya arraigado. Un noséqué difícil de describir. Se ha perdido el ritmo, la noción del exterior, queda una hipersensibilidad. El aire se siente distinto, incluso caminar por la banqueta supone una breve faena. Eso que antes era imperceptible, tan normal, luego de meses de encierro se manifiesta como una extrañeza, algo que no termina de cuadrar. Es, quizá, una exageración; tampoco es que uno se reincorpore después de un Vietnam o de haber estado en una isla de desierta, pero se resiente y no está de más admitirlo. El cuadro empeora por la desconfianza aumentada en el otro, aquel desconocido que camina por la acera y que comete la desfachatez de acercarse unos centímetros a donde estamos. Una precaución cruel, aunque precaución a fin de cuentas, que obliga a no confiar, a irse, a no entablar el mínimo riesgo si aquel sujeto lleva el cubrebocas una pulgada por debajo de la zona requerida. O incluso si tiene puesta una escafandra. La suspicacia se extiende a las ideas y planes alguna vez trazados. Aquello que se daba por hecho para el futuro inmediato de repente no está y uno ya no quiere ilusionarse de nuevo. Todo es tan endeble que soñar parece una dolorosa pérdida de tiempo. Ni siquiera hablo de escenarios de cinco estrellas, como el pensamiento de que uno estaría viajando por el mundo el próximo verano; el impacto del vacío es mayor porque ya ni lo sencillo se realiza. Aquella visita planeada al museo o a la cafetería ahora en bancarrota, estrenar la ropa que se tenía preparada para la fiesta o el objetivo que se tenía de ir al gimnasio… pautas en apariencia asequibles que al final ya no se pueden concretar y que dejan en cambio una capa de aprensión. La cicatriz del confinamiento —vaya secuela— invita a no hacerse de fantasías, a asumir que las ilusiones son luego un golpe que regresa con el doble de ímpetu y que por tanto conviene ser más reservado. El ánimo queda maltrecho tras ver como los deseos obtienen como única respuesta el propio eco cargado de esquirlas. Es probable que sea mejor no soñar, se piensa, así te ahorras disgustos. Vivir en lo inmediato nada más, pensar solo en el próximo segundo, ese que no tiene tiempo de reunir fuerzas suficientes para decepcionar con soltura. Y va a ser que no, pronto uno descubre que reprimir el espíritu tampoco es que ofrezca demasiados dividendos. Queda pues la opción de continuar con la cursilería de la imaginación, de los propósitos, y, pese a todo, mantenerse ilusionado con ese futuro donde todo es el no va más del placer. El punto que has esperado toda la vida y que nunca llega pero que de cierto modo es el faro que te mantiene en marcha, con la esperanza de que un día todo va a cambiar (para bien). Una brisa de verano que protege la ecuanimidad y que, se materialice o no, representa por su misma imagen mental un goce privado, un consuelo que nadie debe quitarte, mucho menos tú mismo, cuando la cotidianidad se esfuerza por estropear una y otra vez la avanzada que tenías por modelo. Corresponde continuar al dibujo de castillos en el aire. Si se acaban los planes nos quedamos huérfanos de nuestra parte mágica. Los sueños sacan lo mejor nosotros.

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Playa | Un texto de Eduardo L. Marceleño

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Merecíamos viajar de otra forma, estar juntos y no lejos. Mientras dure esta locura quiero estar contigo.

Hay personas que piensan que volar es un asunto muy sencillo, yo pienso que es un asunto extraordinario. En mi casa, volar era un asunto serio.

Caminábamos por la carretera en el desierto de Sonora, a un costado del Mar de Cortez. Para mí el calor nunca ha sido problema, por el contrario, suelo celebrarlo.

Mientras se hacía de tarde y los niños jugaban futbol en la playa paramos en un puesto que vendía pescado frito. Nos comimos nuestros buenos ejemplares y de a poco la celebración del sol mostraba sus efectos. Puse la mirada en las burbujas que deja la cerveza sobre los bordes del vaso, estas reventaban según me perdía en una suerte de hipnosis provocada por el golpe de calor.

La señora del puesto de pescados llamó a los niños a cenar. Dejaron la pelota para jugar con nosotros. Tiraban de mi ropa y se correteaban alrededor de nuestra mesa. Gritaban y se divertían con la presencia de unos extraños, acorralando el momento de que llegara la cena servida.

Luego se hizo de noche y yo ya me había bebido unos ocho o diez vasos de cerveza. Me levanté al baño, es decir, a la playa. T una vez me dijo en Mazatlán que uno tiene permitido mearse dentro del mar. La diferencia con Guaymas, Sonora, es que para mearse dentro del mar hay que espabilarse y soportar las frías aguas del angosto y silencioso Golfo de California, a diferencia de Mazatlán donde la fuerza del Pacífico Norte genera un buen oleaje y una temperatura deliciosamente templada, factores que, por otro lado, ayudan a disimular frente a la demás gente el calor de los meados esparcidos en el agua.

No quería que los niños me vieran orinar, ni mucho menos faltar al honor de la familia que tan bien nos había recibido en su puesto de pescados, pero tampoco estaba dispuesto a mojarme. Así que caminé sobre la playa hasta alejarme lo suficiente y perderme de la vista del puesto.

Al volver, todos los puestos de comida se habían cubierto de un velo oscuro. Cada que se me hace de noche en la playa me siento en la obligación de recordar a T aunque yo ya no lo quiera, y a sentir algo que ya no siento. El rumor de su voz crece en el silencio, como gotas de agua que escurren de una llave rota en medio de la noche, pequeños golpes casi inaudibles que en conjunto se vuelven un prolongado fastidio.

Es como si gracias a ella hubiera conocido el mar, y no a esa ocasión cuando a los 8 años fui a pescar con mis tíos a Nayarit. Todas mis memorias acerca del mar se remiten a mi único encuentro con T.

Si todo esto se tratara de un libro único, no dejaría de escribir interrogantes existenciales en torno al mar y a la persona que aparece frente a ti para mostrártelo de forma diferente a como lo veías antes.

A menudo chapoteamos tranquilos desde una tierna infancia, dentro de la pequeña piscina de nuestras más afianzadas comodidades. Luego, sin avisar, llega alguien a sacarte del chapoteadero para llevarte a nadar a las heladas aguas del cálculo adulto. Entonces todo se estropea, y no importa una mierda que hayas aprendido a asearte como los osos en medio del verano, o que conozcas el bosque como la palma de tu mano. Ahora todo se trata de saber nadar.

Si volar es extraordinario para unos, nadar es imposible para otros.

Puede que todo este asunto del mar o de ella tenga que ver con el propósito sexual de la gratificación narcisista. El dominio que uno tiene sobre el terreno del otro. Acaso pensarlo responde a un entendimiento más práctico, aunque no por ello menos frío.

Por lo demás, puedo decir que la calle o el monte ha sido lo que me ha salvado antes, y lo que pueda salvarme ahora; y volar me siga pareciendo increíble. Aunque, a qué negar, que nada pueda compararse con la inmensidad del mar. Algunas veces hay que meterse a nadar dentro del oleaje, o a jugar en el gran chapoteadero del mundo, como según se le vea.

Al llegar al puesto escuché poco ruido. Cuchicheando, la familia de los pescados fritos guardaba los utensilios en bolsas de mimbre. Los niños dormían, rendidos en los hombros de un hombre fornido que cuidaba de su sueño, supongo que se trataba del padre.

Agradecí, pagamos y nos fuimos. En el camino, ella me explicaba lo agradable que es volver a casa de noche caminando sobre la playa, después de haber pasado el día celebrado el calor de Sonora.

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Filosofía para qué | Columna de León García Lam

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VOLUTA

 

Ahora que nos encontramos justo en la antesala de los universos virtuales, se podría calcular que las actuales redes sociales son tres cuartas partes hate u odio. La UNICEF ha informado que, en los tiempos de covid-19, la participación en redes sociales se incrementó un 61%, con el consecuente aumento en las agresiones digitales: prácticamente no existe persona que, ante la exposición de imágenes o comentarios no haya sufrido comentarios hirientes por parte de su propio círculo de amistades virtuales y créame que no hay explicaciones para las causas de este fenómeno, personas expertas piensan que simplemente es porque así somos los seres humanos. Yo quiero proponer aquí una hipótesis: El hate se debe a la convergencia de dos tendencias, por un lado, algo que es muy fácil de observar: se ha generado una gran facilidad de opinión (la democratización de las redes) y por otro, algo que es muy difícil de reconocer, la falta de argumentos que casi todos padecemos.

Métase como espectador a una discusión en redes sociales y verá las ganas que dan de decirle a alguno de los participantes lo muy ignorante, estúpido, animal, baboso y bestia infinita que es y de paso a su progenitora que debió ser incapaz de tomar ácido fólico durante el embarazo. Ese es el nivel de cualquier discusión, no importa el tema. Esas discusiones se ganan insultando a desconocidos, profiriendo maldiciones como si se estuviera corriendo chamucos de la casa y yo pienso que se debe a una enorme falta de argumentos.

Ahora bien ¿a qué se debe esa falta de argumentos? ¿de dónde debimos obtenerlos? Yo pienso, estimado y culto público de La Orquesta, que esos argumentos provienen de la filosofía. Desde hace décadas, la tendencia educativa ha sido marginar las materias filosóficas de los planes de estudio como lógica, ética o estética, esos temas fueron erradicados de la currícula de varias carreras y de los estudios de bachillerato, bajo el argumento creciente en popularidad de que estas materias no ofrecen ninguna utilidad práctica.

Así como las matemáticas sirven para que a uno no lo hagan menso con el cambio en la tiendita de la esquina, la filosofía sirve para tener argumentos, o bien para reconocer que no se tienen.

Las discusiones son muy necesarias para la democracia, porque generan opinión, construyen puentes de diálogo, señalan convergencias, pero también nos indican flaquezas y errores. Para sacarle jugo a una democracia, se requiere de hartas discusiones sobre todos los temas, pero también se necesita de reglas: no se vale faulear al contrincante, ni tirar el tablero cuando se va perdiendo, ni llevarse el balón como niño emberrinchado, hay reglas para argumentar: es decir entender cuándo se puede generalizar, cuándo se debe particularizar, en qué condiciones se puede comparar, etcétera. Es decir, discutir sin falacias y mucho menos sin meterse con las engendradoras, ni con los defectos personales de las contrapartes. Eso se aprende en las clases de filosofía y por ello, hoy vemos cómo la filosofía es más necesaria que nunca.

Esto se lo comento, estimado y Culto Público de La Orquesta, porque nos rodean escenarios muy extraños, por ejemplo, mientras que en las cámaras de diputados y senadores la política nacional se revuelca en un lodazal de insultos, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí planea suspender la oferta educativa 2022 de algunas carreras (se sospecha que Filosofía está entre ellas) por falta de interés de los estudiantes.

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El primer ser que pudo volar

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Después de casi un año, hemos interceptado una nueva carta de Eugen Blitz Zepief. Domie Vorti C. :

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