#Si SostenidoLetras minúsculas

Ira | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

La ira entra en la vida de una persona justo en el momento en que ésta descubre que ya no es capaz de pronunciar palabras mágicas. 

Cuando el niño empieza a hablar, advierte que cada una de sus palabras es capaz de movilizar un ejército. Si dice leche, por ejemplo, la madre lo esconde en su regazo cariñosamente, o corre a la cocina para hervir agua, o manda al marido a la tienda más cercana a comprar lo que haga falta: para decirlo ya, todo empieza a moverse justo en el momento en que el bebé abre su boquita; leche, en este caso, es para él una palabra mágica. Ahora bien, si dice papá, un hombre de mediana edad sale del baño todavía enjabonado y con una toalla mal ceñida para hacer monadas alrededor de su cuna. 

Pero llega un día en el que sus palabras ya no hacen girar los mundos. Dice chocolate y su mamá empieza a reñirlo con estas palabras u otras parecidas: «¿Chocolate? ¿Pero es que estás loco? ¡En este momento nada de chocolate!». Es entonces cuando nace la ira. Se acabaron las palabras talismán, el brujo fracasó, ya no le funcionan sus encantos ni sus encantamientos. ¿Y si pronunciara el sortilegio con un poco de más fuerza? Este es el momento en que decide echar mano de otro recurso: la palabra agresiva. El niño ya no se limita a decir dulcemente: chocolate, mamá, sino que grita: «¡Chocolate! ¡Quiero chocolate!», a ver si así pega. Pero no pega. 

He aquí cómo empiezan las Memorias de un nómada de Paul Bowles (1910-1999), el escritor norteamericano: «Arrodillado en una silla… contemplaba los objetos de la vitrina. A la izquierda del reloj de oro había una jarra de peltre. Después de mirarla fijamente un rato, pronuncié la palabra “jarra”. “Jarra”, repetí». Y no pasaba nada, la jarra, por supuesto, no se movía. El niño que era Paul Bowles estaba descubriendo en aquel momento una cosa de suma importancia: que no basta con invocar algo para poseerlo; que su palabra, ¡ay!,  no es tan poderosa como suponía. 

La ira nace, pues, cuando la persona descubre que ya no es el centro del mundo ni el ombligo del universo; que, independientemente de sus deseos, el planeta y los seres que lo pueblan seguirán su curso, arreglándoselas para vivir o, ya por lo menos, para sobrevivir. ¿Es la ira hija del orgullo? Quizá; en todo caso lo es también de la impotencia. El hombre airado quisiera, como el jefe de un poderoso ejército, devolver el universo a su momento más glorioso, es decir, al tiempo en que él era el centro. Con palabras mágicas ya descubrió que no puede; a ver si lo consigue con órdenes militares o golpes de fusta. Pero este recurso, a la larga, también se demuestra inútil. ¡Nunca, por desgracia, las cosas volverán a ser como en el tiempo en que roncaba en su cuna! 

Cuando después de ver que tampoco gritando pasa nada, el airado reacciona diciendo: «Oh, no debí haber dicho esto». Pero por lo pronto ya lo dijo y ya ofendió con sus palabras.

Para Casiano, la ira es una enfermedad terrible que obstaculiza la mirada y envenena el alma de quien se abandona a ella: «Sea cual fuere la causa de esta efervescencia que radica en la cólera –escribe-, la verdad es que ciega los ojos del corazón. Es una enfermedad terrible que obstaculiza la mirada como la interferencia de una trabe que no permite a los ojos contemplar el sol de la justicia… A veces, el iracundo no puede manifestar ni llevar a cabo lo que le persuade su espíritu de revancha. Volviendo entonces contra sí mismo la ponzoña de la ira, la va madurando en su corazón sin proferir palabra. Mordiéndose los labios, se va consumiendo tácitamente en su interior» (Instituciones VIII,  6.11).

¡Ah, la ira! ¿Qué no puede uno hacer o decir cuando se halla bajo su poder? Para domesticarla, según cuenta Julien Green en su Diario, una tienda, en  Estados Unidos, se dedicó exclusivamente a la venta de baratijas destinadas a ser destruidas en los momentos de ira de sus compradores. «No le pegue a su mujer –decía un letrero-, mejor desquítese usted rompiendo un vaso de 5 centavos». ¡Triste remedio!

Lo malo es que no siempre el iracundo se limita a morderse los labios y a quedarse callado. Un día, según cuenta una leyenda, un hombre fue adonde el juez de la ciudad para suplicarle: 

-Hazme justicia, servidor de Alá. Uno de mis amigos me ha difamado diciendo entre los creyentes que soy adúltero y ladrón

El juez mandó llamar al acusado y le preguntó si todo aquello era verdad.

-Sí, lo es -respondió éste, postrándose cuan largo era en señal de arrepentimiento. 

-Bien -sentenció el juez-, puesto que aceptas tu culpa, el castigo será menor. Mañana, a esta misma hora, traerás de tu casa un pollo recién sacrificado y lo irás desplumando a lo largo del desierto. Cada cinco pasos arrancarás una pluma. Cuando hayas arrancado la última, regresarás por el mismo camino y pondrás sobre mi mesa las plumas del pollo. Si consigues recuperarlas todas, serás absuelto; pero si no, te cortaré la cabeza. 

-¡Desdichado de mí! –gimió el difamador-. Lo que me pides, oh juez, es imposible, pues mientras camine, unas plumas serán llevadas por el viento y otras engullidas por la arena. 

A lo que respondió el juez: 

-¿Y no te dabas cuenta, infeliz, que al difamar a tu amigo estabas lanzando al viento y a la arena algo que después no ibas a poder recoger?

El airado vive siempre lamentándose de lo que dijo en el transcurso de uno de sus accesos y que nunca debió decir. Pero lo dicho, dicho está. ¿Regresará a la mesa del juez con todas las plumas en su mano? 

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