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Avaricia | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

«Recuerda esto, querida mía; recuérdalo siempre: sin dinero no hay nada que hacer», dijo en varias ocasiones el señor Grandet a su hija Eugène en una novela de Balzac (1799-1850). El dinero es para el avaro la cosa más importante. Todo lo que quiere de la vida se resume en este simple verbo que no acepta conjugar más que en primera persona: poseer.

El avaro de otros tiempos, según nos aseguran Dickens y Molière, solía levantarse de madrugada para contemplar en gozo solitario el oscuro resplandor de sus monedas de oro. Las acariciaba, las mordía, se dirigía a ellas empleando cariñosos epítetos y las volvía a contar una vez más. Con la desaparición de los metales finos, el procedimiento de los nuevos avaros ha cambiado un tanto en la forma, aunque en el fondo permanece invariable. También éste, a determinadas horas del día o de la noche, abre su caja fuerte y se pone a contemplar sus acciones, sus títulos de propiedad y los estados de su boleta bancaria. Ya no cuenta monedas, pero sí los ceros en el papel, y al ver cómo van éstos alineándose uno detrás de otro –siempre a la derecha- siente la misma satisfacción de su ávido predecesor.

Todo avaro asegura acumular hoy para disfrutar mañana. En realidad ese mañana nunca llega. Vive según el viejo truco del tendero que colocó al fondo de su negocio un letrero que decía: «Hoy no fío, mañana sí», pero como no quitaba el letrero tampoco fiaba nunca. Cuando el avaro habla del mañana, habla de otro siglo, de un tiempo remoto y mítico que nunca llegará.

En El crimen de Kiralessa, una espléndida novela de mediados de siglo, Constantin Virgil Gheorghiu (1916-1992), el escritor rumano, pinta el retrato perfecto del avaro al describir los hábitos pecuniarios de un tal Haralamp Halipam: «No tenía familia ni amigos, y desde su más tierna infancia fue amontonando todas las monedas que pasaban por sus manos… Llegó a tener calderos llenos de monedas de cobre, plata, oro y aluminio. Una vez llenas, enterraba las vasijas con la absoluta seguridad de que jamás las desenterraría. ¿Para qué, si él no necesitaba dinero? Su felicidad consistía en vivir pensando que era verdaderamente rico, pues todo aquel dinero era suyo».

«La codicia –diagnostica Casiano- engendra un frenesí que aumenta más y más con la riqueza. Pero no termina aquí la tragedia. En su imaginación va forjándose insensiblemente el pensamiento de que le aguarda una vida larga, con una vejez cuajada de enfermedades de todo género; enfermedades que no podrá superar a esos años, si no cuenta de antemano con una suma considerable de dinero, que debe reunir ahora en la juventud» (Instituciones VII, 7).

¿Para qué sirve, pues, lo que el avaro acumula con tanta pasión? Para nada. Pensemos en el caso de Carlos Slim, el hombre más rico del mundo. Se calcula que, hasta el día de hoy, su fortuna asciende a los 80.000 millones de dólares; lo que quiere decir que si gastase un millón de dólares diarios no se acabaría su dinero en 200 años. Ahora bien, ¿esperará vivir tanto el señor Slim? Es claro que no, a menos que esté loco. ¡Pero, ay, es tan bello ser rico! Además, ¿quién ha dicho que el avaro acumula para vivir? Nada de eso: él acumula por acumular.

He aquí otro extraño caso de avaricia, aunque quizá más sutil que el anterior. Una vez, según cuenta D’Alembert, hubo en París un hombre que coleccionaba libros de astronomía. Ora compraba uno aquí, ora otro allá; luego los encuadernaba espléndidamente, y por último, cuando tenía necesidad de consultar alguno, para no maltratarlo, iba a pedirlo prestado a la biblioteca pública de su ciudad o a alguno de sus conocidos.

Pero volvamos a Haralamp Halipam. ¿Qué hacía con sus enormes cántaros llenos? Nada. El dinero, al avaro, no le sirve de nada: él es quizá quien menos lo necesita. Pero, eso sí, cuando Haralamp Halipam muera, otro vendrá a desenterrar sus vasijas. He aquí el mañana del que hablaba con tanto ardor, un mañana en el que no tomará parte.

Una cosa suele olvidar el avaro: que los hombres estamos hechos de tal manera que mientras vivamos no haremos otra cosa que trabajar para los demás, querámoslo o no. Todo lo que hemos hecho o ahorrado, con nuestra muerte pasará a otras manos. ¿A qué manos? En mi caso, no creo que me entierren en medio de mis libros, ni a bordo de mi pequeño automóvil negro. Todo esto se quedará aquí. Y la misma suerte correrán mi televisión, mi cartera, mis trajes, mis corbatas orgullosamente made in Italy, fatte a mano, mi rasuradota eléctrica, mi ordenador y hasta mis películas queridas.

Vivir es trabajar para los demás, y esto es algo que el avaro debe tener siempre presente, repetírselo doscientas mil veces al día todos los días para no olvidarlo. Nada de lo que haya acumulado se irá con él. Y si piensa, como los emperadores chinos, que la solución está en hacerse enterrar con sus tesoros, que recuerde que existe una profesión llamada Arqueología, y que tarde o temprano alguien hará lo que suele llamarse «un significativo descubrimiento». En realidad, lo que no demos libremente vendrá la muerte y nos lo quitará. Si San Martín se hubiera rehusado a dar parte de su capa a aquel mendigo que tiritaba de frío en el camino, acaso habría llegado a su casa con ella, y hoy no tendríamos ni capa ni santo. Es la donación voluntaria de lo que de todas formas vamos a perder lo que hace la diferencia.

Y el joven rico del evangelio (Cf. Marcos 10), ¿no fuera hoy un apóstol venerado de haberse atrevido a renunciar a sus bienes? Pero no lo hizo porque era muy rico, y optó por marcharse apesadumbrado. Y, así, por querer salvar sus bienes se perdió a sí mismo. Qué lástima, ¿no?

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