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Greg Louganis: una vida de caer, levantarse y luchar | Columna de Roberto Rocha

SUEÑOS OLÍMPICOS.

Greg Louganis es para muchos el mejor clavadista de la historia, pero pese a sus triunfos, la escena más recordada de su carrera es el accidente que sufrió en Seúl 88, al chocar contra el trampolín a 112 kilómetros por hora. Sin embargo, lo más notable de Louganis es que se levantó de ese accidente, como hizo muchas otras veces en la vida.

Greg Louganis nació de un hombre samoano y una mujer sueca, pero creció con su familia adoptiva, con quienes estuvo desde los seis meses de edad, una pareja californiana de ascendencia griega.

Su gran historia olímpica comenzó con solo 16 años, en Montreal 76, cuando consiguió la medalla de plata para los Estados Unidos en la plataforma de 10 metros. Pero no pudo refrendar su crecimiento personal y deportivo cuatro años después, en Moscú 80, porque su país decidió boicotear esa edición de los juegos.

Para 1982, Greg Louganis se convirtió en campeón mundial, en Guayaquil, Ecuador. Fue ahí cuando alcanzó la perfección. Por primera vez en la historia de los clavados, Louganis obtuvo una calificación perfecta de los siete jueces en la prueba.

Por eso, al llegar a las Olimpiadas de Los Ángeles 84, Louganis era el favorito de los expertos, pero también de la afición en su estado natal. En el trampolín consiguió el oro con el margen más amplio de puntuación en la historia de los Juegos. Cuatro días después también se colgó el metal dorado en la plataforma de diez metros. Nadie, desde 1928, había obtenido ambos triunfos olímpicos.

En las siguientes olimpiadas, Seúl 1988, ocurrió el accidente de Louganis. En la ronda clasificatoria de los tres metros, en un clavado de dos vueltas y media, el legendario clavadista estadounidense golpeó su cabeza con el trampolín y sangró.

Solo unos meses antes, Greg Louganis había sido diagnosticado como paciente con VIH, por lo que, al ver la sangre en la piscina, dijo sentirse “paralizado del miedo” de que algún otro competidor pudiera contagiarse. No fue así, pues la sangre se diluyó en el agua, además de que el virus es eliminado por el cloro. Pero en 1988, el prejuicio y desconocimiento del VIH eran un lastre en la sociedad.

Greg Louganis recibió cinco puntadas y volvió al trampolín 35 minutos después del accidente. Escribió después para el Huffington Post que dijo a su entrenador: “Trabajamos mucho y muy duro para llegar aquí. No quiero rendirme sin pelear”.

Louganis hizo un clavado perfecto que le dio su lugar en la final de los 3 metros. Ya ahí, consiguió su tercer oro olímpico y unos días después sumó su cuarta medalla dorada, en la plataforma de 10 metros.

Después de eso, Louganis se retiró y se dedicó a la actuación. Fue en 1994 cuando admitió públicamente ser portador del VIH y además se declaró homosexual. El mismo clavadista considera que, aunque es considerado casi de forma unánime como el más importante atleta en la historia de su deporte, la homofobia evitó que tuviera contratos de patrocinio con grandes marcas.

Pese a todos sus problemas, la carrera de Greg Louganis, pero sobre todo su vida, pueden resumirse con el accidente del trampolín de 3 metros en Seúl 88. Los golpes que dejarían a cualquiera fuera de combate, a Greg Louganis lo incitaban a seguir luchando.

 

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