julio 17, 2026

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#Entrevista | ADSL femenil: precarización laboral y un despido injustificado

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Atlético de San Luis Femenil

Saida Anyul Abud habló sobre su despido del cuerpo técnico del Atlético de San Luis Femenil, entre la desigualdad y el machismo en el futbol mexicano

Por: María José Puente Zavala

La abrupta salida de la doctora Saida Anyul Abud del cuerpo técnico del Atlético de San Luis Femenil ha destapado una cloaca que apesta a desigualdad, precarización laboral y machismo en el deporte mexicano, pese a que no hace más de tres meses que los potosinos atestiguaron el debut de las futbolistas en el Alfonso Lastras.

Sobre su despido, la joven profesionista ha obtenido dos versiones: que le faltó al respeto a Martín Casas, director técnico del equipo femenil y que su perfil, como médico general, dejó de ser suficiente para atender las necesidades de un equipo que; no obstante, ha sido sometido a un desgaste físico que bien podría justificar las 10 derrotas que acumulan en el torneo.

Al margen de las versiones que obtuvo sobre su salida, Abud tiene otra teoría que, con un vistazo a la breve historia de la Liga MX femenil, no suena descabellada:

“Muchas veces yo hablaba con la nutrióloga, Leslie Pinzón, que es con la que más tuve contacto, que las niñas tenían que alimentarse mejor (…) Les exigían que hay que comer ciertas cosas (…) cómo van a comprar los veinte gramos de carne o los veinte gramos de salmón o los veinte de pollo si al final eso excede la cantidad de dinero que les están pagando. No todas tienen unos papás que les estén resolviendo las deudas”.

Comentarios por el estilo o gestiones para mejorar las condiciones de trabajo de las jugadoras, estima, pudieron granjearle la molestia de su superior, Jordi González, quien el 30 de septiembre pasado habría ordenado su despido a través del doctor Emmanuel Díaz de León, jefe de servicios médicos del club español franquiciado en la entidad.

Para ellos todo; para ellas nada

En una liga cuyos partidos, en ocasiones, no presentan ni una sola asistencia, las atléticas llegaron a jugar con más de 17 mil personas como testigos en el Alfonso Lastras y, de hecho, ese partido, contra las Águilas del América, se mantiene como el que mayor asistencia ha logrado durante todo el torneo, seguido de otro, en la décima jornada, cuando la escuadra potosina enfrento a Tigres.

Ese primer encuentro parece retratar la realidad a la que se enfrentaría el equipo de manera constante, pues cientos de personas no lograron ingresar al estadio ya que apenas se dispuso una taquilla para la venta de entradas que rápidamente se vio rebasada por la marea de aficionados; además, al interior no se había concretado convenio alguno para la venta de bebidas o alimentos, lo que generó descontento entre quienes acudieron.

La condición física de las jugadoras saltó rápidamente a la vista y fue cuestión de tiempo para que cobrara factura con cargo a los resultados del equipo que saltan a la vista en la tabla general, donde actualmente ocupan el lugar 17, entre 19 equipos participantes.

Anyul Abud achaca ese fenómeno a la mala alimentación, la falta de espacios y condiciones para realizar entrenamientos de manera óptima, además de la brecha salarial que impide a las chicas proveerse de la atención sanitaria que el Club, a diferencia de con la división varonil, les escatima.

La doctora recuerda que, al recibir el equipo, las jugadoras llegaron en “números rojos” y que al cuestionarles sobres sus hábitos alimenticios, estas reconocían alimentarse con productos económicos pero altos en componentes dañinos que les impedían mantener una condición física saludable.

Otro factor que agrava las condiciones en que subsisten las jóvenes, es que algunas de ellas no son originarias de San Luis Potosí, sino que se trasladaron desde otros estados para jugar con el conjunto potosino, lo que suma gastos a su precaria situación económica.

Según la información disponible en el sitio oficial de la Liga MX, de las 28 jugadoras con que cuenta el Club Atlético de San Luis, 16 provienen de otros estados de la República como la Ciudad de México, Monterrey, Aguascalientes, Tepic, Estado de México, Morelia, Sinaloa, Hidalgo, Jalisco, Coahuila y Guanajuato.

Para 8 de estas jugadoras, Anyul Abud comenta haber gestionado que una empresa local de cárnicos patrocinara los productos de origen animal que las futbolistas necesitan para mantener una alimentación balanceada; además, otras tres voluntarias ofrecieron un donativo extra para la compra de pan, tortillas, frijoles, aceite y otros abarrotes.

Esa necesidad de recurrir a la beneficencia, generó malestar en la joven médica: “a los hombres (les dan) desayuno, comida y cena más el sueldazo. (…) Estas niñas no tienen ni la cuarta parte del sueldo y tampoco les están dando comida, pero sí les están exigiendo los mismos resultados que al equipo varonil”.

A diferencia de los varones, incluso los que juegan en las subdivisiones, las mujeres no pudieron utilizar el gimnasio del Club hasta los últimos días de septiembre; después de que dos jugadoras se lesionaran y una más se desmayara durante un enfrentamiento con las Pumas, en La Cantera.

Antes de eso, se les cambió para entrenar “al plan de San Luis. Las canchas horribles, hoyos espantosos. De hecho, Daniela Lázaro ahí tuvo una caída y se rompió el ligamento cruzado anterior y el posterior por las condiciones de la cancha” relata Abud.

Otro aspecto que menguó, por un lado el bienestar de las jugadoras y, por otro, la relación entre Anyul Abud y Jordi González, fue un viaje que realizó el equipo a Chihuahua en agosto para enfrentar al FC Juárez.

Aunque la directiva dispuso de vuelos para el traslado de la plantilla, estos no se programaron de la forma adecuada por lo que las chicas tuvieron que dormir en el suelo del aeropuerto de Guadalajara, primero, y después en el suelo del hotel donde descansarían pues arribaron mucho antes de que pudieran formalizar su registro para el ingreso a las habitaciones.

“Llegamos al hotel exigiendo que ya les dieran las habitaciones para dormir cuando el check in es después de la una de la tarde. Las dejaron entrar a las 12, pudieron dormir, entrenaron en la tarde un rato y al día siguiente querían que dieran su máximo”; sin embargo, lograron apenas un empate a cero y, encima, debieron regresar en autobús, un trayecto que significa más de veinte horas en un asiento.

“El problema fue que yo quise obtener el mismo beneficio de los regresos en avión”, relata y recuerda cómo Jordi González la conminó a mantenerse al margen de los asuntos administrativos a cambio de que él no interfiriera en su actividad como médico.

Hasta su actividad en redes, pretexto para atacarla

Luego de las lesiones sufridas por las jugadoras durante el partido contra Pumas, la doctora relata cómo González la tildó de incompetente delante del cuerpo técnico del equipo en un grupo de WhatsApp, y la amenazó con despedirla si un caso similar volviera a presentarse.

Incluso su actividad en redes sociales y los comentarios que sobre su aspecto físico comenzó la prensa deportiva fueron utilizados por su superior para reprenderla y exigirle no utilizar la marca del Club en sus publicaciones.

“Teníamos el juego contra el León, me hablan los administrativos del Club y me dicen: necesitas dar una rueda de prensa para dar un adelanto de cómo están las niñas, cómo han evolucionado, cuál es su estatus y yo dije ‘voy a hablar con el doctor Emanuel para saber qué sí y qué no’”.

El médico la citó en un hospital privado donde presta sus servicios y la cuestionó sobre faltas al respeto que habría cometido contra sus superiores para, finalmente, notificarle que había sido despedida con el fin de evitar más confrontaciones.

Después de recibir el anuncio y publicarlo en sus redes sociales, Anyul recibió un mensaje del director deportivo, a quien señala como el principal promotor de su despido. “Qué poca categoría tienes” le reclamó para enseguida azuzarla: “¿por qué no publicas también esto en tu twitter”.

Era una fotografía donde aparece dando atención a una jugadora que se encuentra tendida sobre el pasto.

“Doctor”, le dijo a Díaz de León esa tarde, “yo creo que este es un tema más de machismo; yo creo que es un tema porque yo quise pedir las mismas condiciones para las niñas. Yo creo que el problema fundamental es que el genital que yo tengo es distinto al que esperan en ese Club para tratarme como igual”.

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De las Malvinas al Azteca y del Azteca a Atlanta: Argentina vs Inglaterra y una guerra que no termina

Argentina llega como vigente campeona del mundo. Inglaterra busca su primera Copa en 60 años. Entre los dos equipos hay una guerra, un Maradona y 44 años de historia sin resolver.

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La Guerra de las Malvinas ya no se pelea con fusiles. Se pelea con la voz y, en especial, con un balón

Por: Carlos Ruíz Espinosa

Tras su sufrido triunfo ante Suiza en Cuartos de Final, los jugadores de la Selección Argentina cantaron. No cantaron cualquier cosa: cantaron que las Malvinas son argentinas. “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”. Era la víspera de una semifinal de Mundial, una que marcará el capítulo más reciente de una historia que lleva 44 años sin resolverse.

Hoy en Atlanta, la campeona del mundo enfrenta a una Inglaterra que busca su primera Copa en 60 años. Esos 60 años no son un número cualquiera. La última vez que Inglaterra levantó el trofeo fue en 1966, en la tierra donde el futbol nació.

Fue ese año cuando el árbitro alemán Rudolf Kreitlein expulsó al capitán argentino Antonio Rattín en los Cuartos de Final donde la Albiceleste se enfretaba a los locales. Rattín no quiso salir. Tuvo que ser escoltado por la policía. Inglaterra se acabó llevando la victoria por la mínima con un tanto de Geoff Hurst.

Al final, el técnico inglés Alf Ramsey se negó a que sus jugadores intercambiaran camisetas con los argentinos y los describió en la prensa como “animales”. Los argentinos llamaron a ese partido “el robo del siglo“. Dieciséis años después… llegó la guerra.

El 2 de abril de 1982, Argentina invadió el archipiélago que llama Malvinas y que Gran Bretaña llama Falkland. El conflicto duró 74 días. 

La guerra fue breve y fue una catástrofe. El general Leopoldo Galtieri, heredero de Jorge Rafael Videla al frente de una junta militar que llevaba seis años desapareciendo y torturando a su propio pueblo, ordenó la invasión como una apuesta desesperada: necesitaba una causa nacional que enterrara la crisis económica y los crímenes que el régimen acumulaba. La apuesta salió mal.

Los soldados que enviaron a las islas eran en su mayoría reclutas de 18 y 19 años, muchos de provincias tropicales del norte argentino, sin entrenamiento para el frío ni equipamiento suficiente. Llegaron al invierno con ropa inadecuada, mal alimentados, a veces abandonados por sus propios oficiales que dormían en casas mientras los reclutas se congelaban en trincheras.

Frente a ellos, un ejército profesional que recorrió 13,000 kilómetros para recuperar unas islas donde vivían menos de dos mil personas.

El 2 de mayo de 1982, el submarino británico HMS Conqueror hundió al crucero ARA General Belgrano cuando navegaba fuera de la zona de exclusión declarada por Gran Bretaña. Murieron 323 marinos argentinos. Fue el día más sangriento de la guerra y también su punto de no retorno: la flota sudamericana se retiró a sus puertos y no volvió a salir. Lo que quedaba de la guerra se disputaría en tierra, con pibes que no sabían bien por qué estaban ahí, contra soldados que sí.

El poeta Jorge Luis Borges, de ascendencia parcialmente británica, lo vio desde Buenos Aires y dictaminó con su ironía característica: “La guerra de las Malvinas es una pelea entre dos calvos por un peine.” Tres años después escribió el poema “Juan López y John Ward”, sobre dos soldados ficticios (uno por bando) que mueren en las islas sin haber cruzado una sola palabra. Los llamó víctimas de “unas islas demasiado famosas.”

Al final, murieron 649 soldados argentinos y 285 británicos. Argentina se rindió el 14 de junio de 1982. El Mundial de España comenzó al día siguiente. No hubo pausa. No hubo luto colectivo. Hubo futbol.

El caso de Osvaldo Ardiles relató el conflicto como ningún otro. Jugador del Tottenham Hotspur, el día después de la invasión jugó la semifinal de la Copa FA contra el Leicester City: la afición rival lo abucheó en cada toque del balón.

En las Falkland, su primo José Ardiles se desempeñaba como piloto de caza, y acabó muriendo en combate sobre las islas semanas después. Fue el primer piloto argentino en caer en la guerra. Ossie dejó Inglaterra sin saber cuándo volvería, pero sería el primer reflejo de la relación directa que tendría la pelota con las secuelas de las Malvinas.

La derrota en la guerra fue devastadora para un pueblo que, similar a lo que aconteció en el Mundial de 1978, recurrió al futbol para buscar la alegría que la actualidad nacional le quitaba

. El ídolo ya no iba a ser Mario Alberto Kempes como en ese torneo ni mucho menos Videla o Galtieri. El héroe albiceleste respondía al nombre de Diego Armando Maradona.

El 22 de junio de 1986, Cuartos de Final del Mundial de México 86. En el Estadio Azteca, ‘El 10’ metió dos goles contra Inglaterra que explican más sobre Argentina que cualquier libro de historia. El primero fue la mítica “Mano de Dios“. Diego saltó a disputar un balón con el portero Peter Shilton, y ante su falta de estatura, estiró la mano para acabar empujando la pelota a la red… el árbitro lo dio por bueno.

El segundo, en el que gambeteó a cinco ingleses en 11 segundos, fue una obra maestra catalogada como “El Gol del Siglo”. Ganaron 2-1. En un solo día, el ‘Pelusa’ se despachó dos de los tantos más icónicos en la historia del futbol, pero esos goles significaban mucho más que el pase a Semifinales.

En su autobiografía, Maradona lo escribió sin tapujos: “Aunque habíamos dicho antes del partido que el fútbol no tenía nada que ver con la guerra de las Malvinas, sabíamos que habían matado a muchos chicos argentinos ahí. Los mataron como pajaritos. Y eso era la revancha”.

Roberto Perfumo, ex jugador argentino, fue más claro todavía: “En 1986, ganarle a Inglaterra era suficiente. Ganar el Mundial era secundario para nosotros. Ganarle a Inglaterra era nuestro verdadero objetivo.”

La herida no se cerró en 1986, pero tampoco en 1998, cuando argentinos e ingleses se citaron en Octavos de Final del Mundial de Francia. Un primer tiempo trepidante que acabó 2 por 2 tras un golazo de Michael Owen y un icónico tanto de Javier Zanetti tras un tiro libre. La segunda mitad quedaría marcada por la expulsión del entonces joven David Beckham por una patada al ‘Cholo’ Simeone que convertiría al ‘Spice Boy’ en villano nacional por un buen rato. Los sudamericanos se acabarían imponiendo en penales.

El asunto menos se calmó en 2002, cuando en Corea-Japón, el mismo Beckham cobró el penal que eliminó a Argentina en la Fase de Grupos. Los de Marcelo Bielsa se fueron a las primeras de cambio de un Mundial al que llegaron como favoritos y, por primera vez desde la guerra, volvieron a caer ante los ingleses en semejantes instancias.

Simon Kuper, periodista y autor de Football Against the Enemy —el libro que exploró cómo el fútbol canaliza guerras y dictaduras en todo el mundo—, tituló su análisis de esta rivalidad en The Guardian en 2002 con una frase que hoy suena a profecía: “The conflict lives on.”

El conflicto sigue vivo. Los jugadores argentinos lo cantaron el sábado después de librar el encuentro ante los suizos. La diferencia, es que ya no se pelea con fusiles. Se pelea con la voz y, en especial, con un balón.

Hoy en Atlanta, Argentina defenderá su corona mundial contra una Inglaterra que lleva 60 años esperando repetir lo que logró en 1966, pero esto va mucho más allá de la gloria deportiva. Habrá nuevas generaciones en la cancha que no vivieron la guerra, pero que cargarán con su peso sin buscarlo.

Borges tenía razón: son dos calvos peleándose por un peine. Lo que el escritor no sabía, y seguramente no hubiera querido saber considerando cuánto odiaba al futbol, es que ese peine hoy tiene la forma de un boleto a la Final del domingo

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Columna de Nefrox

Pongan Caifanes | Columna de Arturo Mena “Nefrox”

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Es el país de The Beatles, de Queen, de Led Zeppelin, de Pink Floyd, de Oasis, de The Rolling Stones. Bandas que no solo marcaron una época; prácticamente escribieron el manual de cómo entender la música moderna.

En el fútbol ocurre algo parecido.

Cada generación inglesa parece estar destinada a conquistar el mundo. Siempre aparecen figuras de primer nivel, planteles millonarios y una liga que presume ser la mejor del planeta. Inglaterra carga con ese prestigio que intimida incluso antes de escuchar el silbatazo inicial.

México nunca ha tenido ese privilegio.
Lo suyo ha sido más parecido a Café Tacvba, El Tri, Caifanes o Maná. Bandas que quizá no cambiaron la historia del rock mundial, pero que aprendieron a construir una identidad propia. Que encontraron una manera distinta de emocionar a los suyos sin necesidad de parecerse a nadie.
Y, curiosamente, esa comparación también funciona para este Mundial.
Porque si alguien hubiera visto únicamente los nombres antes de comenzar el torneo, Inglaterra sería el claro favorito.
Pero los Mundiales tienen la mala costumbre de ignorar los currículums.

México llega a estos octavos enamorando al mundo.
Eso ya lo dijimos.
No ha sido un vendaval ofensivo, pero ha ganado todos sus partidos.
No ha monopolizado la pelota, pero ha sido preciso y efectivo.
No ha regalado exhibiciones para la historia, pero es la mejor defensa del torneo.
Hay muchas cosas que no pueden ignorarse.
No ha recibido un solo gol, en todos los partidos ha anotado y juega por nota, enamora.
En un torneo donde cualquier desconcentración cuesta una eliminación, la Selección ha encontrado en la defensa una virtud que hace tiempo no presumía. Ha aprendido a sufrir sin desesperarse, a defender sin regalar espacios y a competir con una disciplina que pocas veces acompañó a los equipos mexicanos en las Copas del Mundo.
Y eso también gana partidos.

Además, hay un detalle imposible de medir con estadísticas.

El Estadio Azteca.
Hay estadios que son escenarios.
El Azteca es un personaje.
Respira distinto.
Presiona distinto.
Pesa distinto.
No necesita recordar que ahí levantó la Copa Pelé ni que Maradona escribió una de las páginas más contradictorias y brillantes de la historia del fútbol justo contra Inglaterra. Todo eso ya vive en sus tribunas.
Los rivales lo saben.
Y México también.
Por eso terminar primero del grupo significó mucho más que evitar un rival o quedarse en la misma ciudad.
Significó quedarse en casa.
Seguir escuchando un himno que retumba difer ente cuando más de ochenta mil personas lo cantan al mismo tiempo.
Seguir jugando en un lugar donde la historia no garantiza victorias… pero sí obliga a creer en ellas

.

Inglaterra llega como favorito en la estadística histórica, y sería absurdo decir lo contrario.
Tiene mejores individualidades.
Más experiencia en las grandes ligas.
Más profundidad en prácticamente todas las posiciones.
Eso no está en discusión.
Lo que sí está en discusión es si eso alcanza cuando enfrente hay un equipo que ha aprendido a competir sin desesperarse.
Porque México no necesita ser mejor durante noventa minutos.
Necesita ser mejor en los momentos importantes.
Como lo ha sido hasta ahora.

Quizá esta no sea la mejor selección mexicana que hemos visto.
Pero sí parece una de las que mejor entiende sus limitaciones.
Y eso, en un Mundial, vale mucho más de lo que suele reconocerse.
Los grandes equipos no siempre son los que juegan más bonito.
Muchas veces son los que obligan al rival a jugar incómodo.
Y México ha convertido esa incomodidad en su principal argumento.

Dicen que las grandes bandas nunca desafinan en los escenarios importantes.
También dicen que las sorpresas son las que terminan convirtiéndose en leyenda.
Inglaterra tiene detrás décadas de historia, de talento y de prestigio.
México tiene un estadio que empuja, una defensa que todavía no conoce el error y un país entero convencido de que las noches imposibles existen precisamente para intentar romperlas.
Porque el rock inglés podrá haber conquistado al mundo.
Y el fútbol inglés podrá seguir apareciendo en todas las quinielas.
Pero los Mundiales, como los mejores conciertos, nunca terminan exactamente como estaban escritos en el programa.

Ellos siempre tendrán a The Beatles, a los Rolling o a Queen, pero aquí, no es así, aquí afuera, siempre estará el tío que desde algún lugar en silencio gritará como el diablito “Pongan Caifanes”.

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El otro partido | Crónica de Arturo Mena “Nefrox”

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Hay partidos que se compran con meses de anticipación. Otros se planean durante años. Y existen algunos que aparecen de pronto, casi por accidente, pero terminan convirtiéndose en recuerdos imborrables. El encuentro entre Corea del Sur y Sudáfrica durante la tercera jornada del Mundial de 2026 fue exactamente eso: el otro partido, el partido espejo, el que ocurre mientras el anfitrión se juega la vida en otro estadio.

Desde hace muchos mundiales existía una pregunta recurrente en mi cabeza: ¿cómo sería asistir precisamente a ese encuentro? Al partido que comparte horario con la selección local, al estadio que no tiene los reflectores principales, al escenario donde miles de aficionados llevan un ojo en la cancha y el otro en los teléfonos, las pantallas o los altavoces. ¿Cómo se vive un Mundial desde el lugar donde las noticias llegan desde otro estadio? Y peor aún, no solo al partido donde no está jugando el anfitrión, sino donde mi país es el anfitrión y yo estaría sentado en el estadio de la otra ciudad, en el otro partido.

La respuesta llegó en una tarde que terminó siendo mucho más especial de lo imaginado.

Mientras México disputaba su compromiso frente a República Checa en el Estadio Ciudad de México, en Monterrey el duelo entre Corea del Sur y Sudáfrica se convirtió en una especie de reflejo emocional de lo que ocurría a cientos de kilómetros de distancia. Los dos partidos estaban unidos por el reglamento, por la simultaneidad y por la incertidumbre.

Lo que sucedía en uno podía modificar el ambiente del otro.

Por momentos, el balón dejaba de ser protagonista. Las miradas se dirigían a las pantallas, a las aplicaciones de resultados o a cualquier señal que indicara qué estaba ocurriendo en el encuentro de México. Cada anotación en el Estadio Ciudad de México recorría las tribunas como una ola invisible. Primero llegaba el rumor, después la confirmación y finalmente la reacción colectiva.

El gol de México no se gritó en ese estadio como se hace en el inmueble del anfitrión. Se celebró de otra manera: con sorpresa, con abrazos entre desconocidos, con teléfonos levantados y con la sensación de estar viviendo dos partidos al mismo tiempo.

Y quizá ahí radique la grandeza de un Mundial.

Porque el Corea del Sur contra Sudáfrica dejó de ser únicamente un partido entre dos selecciones. Se convirtió en el espejo del México contra República Checa. Cada jugada propia convivía con las noticias del otro estadio. Cada pausa era una oportunidad para buscar una actualización. Cada gol del anfitrión modificaba el estado de ánimo de miles de personas que, técnicamente, estaban viendo otro encuentro.

Durante años existió la curiosidad de saber cómo se sentía asistir precisamente a ese partido: el de la tercera jornada, el del mismo horario, el que acompaña el destino del anfitrión. Y la respuesta terminó siendo mucho más emotiva de lo esperado.

No existe la indiferencia en un Mundial. Incluso el encuentro aparentemente secundario termina formando parte de una historia mayor. Corea del Sur y Sudáfrica disputaron sus propios puntos, sus propias aspiraciones y sus propios noventa minutos. Pero alrededor de ellos se desarrolló también otra experiencia: la de miles de aficionados viviendo simultáneamente el drama de México.

Quizá el verdadero protagonista de aquella tarde no fue el marcador ni el resultado final. Fue esa sensación única de compartir dos estadios a la vez. De escuchar un gol que ocurrió lejos y sentirlo tan cerca como si hubiera sucedido frente a los propios ojos.

Porque en las Copas del Mundo existen partidos importantes. Y luego están esos otros encuentros que, sin proponérselo, terminan contando una historia mucho más grande que el propio fútbol.

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